Año: 3, Julio 1961 No. 26

N. D. Presentamos a continuación la segunda conferencia dictada por el Lic. Gustavo R. Velasco propiciada por este Centro a mediados de Enero pasado. La primera conferencia fue publicada en el número anterior de Tópicos de Actualidad.

El Sistema de la Libertad, el Socialismo, y el Intervencionismo

Señoras y señores:

Tengo la presunción de creer que en la plática que desarrollé ante ustedes el día de ayer, logramos ordenar las diversas doctrinas o ideologías que existen y obtener de ellas una visión general. Como el viajero que desde una altura contempla el panorama que se abre ante él, conocemos ya los principales accidentes del terreno y podemos identificarlos por sus rasgos más salientes; también percibimos su situación respectiva y las relaciones que guardan entre sí. Es el momento de que nos acerquemos a las repetidas doctrinas, como, continuando su camino, ese viajero desciende al valle y entra en contacto con los sitios que observaba, y de que exploremos más a fondo su naturaleza, sus consecuencias y, finalmente, de que nos formemos un juicio sobre su conveniencia o inconveniencia. Tal es la tarea que acometo esta noche en el caso de tres de los sistemas de que hemos tratado, el de la libertad, el socialismo (en el sentido propio y amplio de esta palabra que ya expliqué) y el intervencionismo, con relación al cual casi no he hecho más que mencionarlo y situarlo en el lugar que le corresponde.

La primera dificultad que experimentamos al tratar de explicar el sistema de la libertad deriva de que no se cuenta con una denominación uniforme ni satisfactoria para designarlo. Los tres términos más comunes que se utilizan, de individualismo, capitalismo y liberalismo, no llegan a expresar todo lo que representa, todo lo que encierra este sistema, además de que se han gastado con el uso, y en el curso de su vida, unos han adquirido connotaciones extrañas a la esencia de lo que queremos describir y otros se han cargado de contenidos emocionales y de enemistades. Así ocurre con la palabra individualismo, que resulta demasiado elevada e incomprensible para el grueso público, a la vez que ha sido deformada por sus enemigos hasta convertirla en una caricatura irreconocible. En cuanto a capitalismo, aparte de que se acuñó con propósitos de crítica y ataque como también ocurrió con individualismo, creada deliberadamente para denotar lo opuesto de socialismo, es inexacta en cuanto que lo decisivo del sistema que exponemos no es el empleo del capital, y ambigua o equívoca porque también un régimen colectivista como el ruso, puede apoyarse en la utilización del capital en grande escala. Es cierto, como observa Mises, que el cálculo monetario constituye un elemento esencial del concepto del capital, por lo cual el que usa éste sin poder calcular económicamente, produce a ciegas según demostraré después, pero esta razón no destruye ni compensa los inconvenientes que señalé, ni nos proporciona una explicación sencilla y asequible a la mayoría de las gentes, de por qué el término capitalismo es el que debe utilizarse. Liberalismo, finalmente, evoca en el ánimo de quienes escuchan esta voz la lucha que libró durante el siglo XIX con los elementos conservadores y la Iglesia Católica, y suscita sentimientos de hostilidad al creerse que es intrínsecamente irreligioso, cuando «el liberalismo verdadero, a diferencia del racionalismo francés», comenta Hayek, «no tiene pleito con la religión». Además, en los Estados Unidos, como ya expliqué, la palabra liberal designa en la actualidad lo opuesto de su sentido propio, en tanto que también en la Gran Bretaña y el Continente Europeo ha degenerado su significado.

No son más satisfactorias las expresiones que mencioné, de empresa libre, iniciativa privada, economía de mercado, economía del consumidor, etc., por mucho que varias de ellas pongan de relieve una característica exacta y hasta favorable del sistema. Aparte de que no poseen la fuerza de una sola palabra, a su vez requieren explicaciones, y si destacan un aspecto, como digo, en cambio no proyectan luz sobre nosotros.

Tal vez lo que ocurre es que algunos de sus partidarios hemos estudiado tanto el sistema de la Iibertad y estamos tan convencidos de sus excelencias y su superioridad incomparable, que no hallamos término que encierre todos sus aspectos y que haga justicia a sus ventajas. Al respecto recordemos con Tocqueville que «el entendimiento humano puede más fácilmente inventar nuevos objetos que nuevos nombres». Para mí en lo personal, la mejor palabra sigue siendo liberalismo, a pesar de que reconozco los obstáculos a que se enfrenta. En primer término, porque, como ya subrayé, lo esencial y decisivo es la libertad. En segundo lugar, por la tradición y elegancia de la palabra. Tal vez influya en mi actitud el origen español que ya mencioné. En todo caso, si se quiere lanzar un nuevo término, podría pensarse en libertismo, libertista, que no me explico por qué no se han usado hasta ahora (en italiano existe liberismo, que Croce usa en sentido desfavorable como la variedad del liberalismo que concede tanto valor a la libertad económica como a las restantes libertades). Tienen la ventaja de basarse en la palabra libertad, de formarse conforme a la índole de nuestro idioma y de ser sencillas y comprensibles sin explicaciones.

Mas este no es un ensayo lexicográfico y debemos proceder al que dije que sería el objeto de nuestra conversación, o sea a fijar los caracteres que distinguen al libertismo (si ustedes me conceden su venia para designarlo así) o sea al que también he llamado sistema de la libertad. En todo caso y debido al lastre que han acumulado los vocablos tradicionales, a grado tal que se opina que «hoy ya no corresponden a sistemas coherentes de ideas», resulta obligado para cada escritor o expositor puntualizar cuál es el contenido que asigna a los términos que emplea.

Para aclararlo en el caso del sistema de la libertad, partiré de una afirmación o apreciación general y enseguida detallaré las consecuencias sociales y económicas que se desprenden de ese postulado básico. A mi modo de ver, lo esencial del liberalismo (o libertismo según insistiré, con la esperanza de que la repetición haga que disuene menos el neologismo) es que la cooperación social y la división del trabajo únicamente pueden alcanzarse en un sistema de propiedad privada de los medios de producción o sea en una sociedad en que funciona el mercado. En cuanto a los principios concretos y mecanismos e instituciones que integran o acompañan a esta filosofía social, encontramos que consisten:

En la libertad de consumir, o talvez deba yo decir que de desear, de buscar nuevos satisfactores, inclusive de formarse nuevos deseos y necesidades.

En la libertad de invertir, de trabajar y, consiguientemente, de producir.

En la libertad de cambiar y comerciar.

Aunque ya lo expresé y aunque ella es el cimiente, sin el cual no pueden existir ni las libertades que he enumerado ni los fenómenos e instituciones que menciono enseguida, en la propiedad privada o individual tanto de los bienes de consumo como de los bienes de producción.

En la existencia de la moneda.

En la existencia de precios.

En la institución del mercado.

En la libre concurrencia.

En las utilidades o pérdidas.

Y en el cálculo económico, con su consecuencia, una economía racional cuyo fin es el consumo.

Después de fijar los principios e instituciones del sistema de la libertad, lo que procedería es exponer cómo funciona y mostrar sus realizaciones. Lo primero demandaría no una sino varias conferencias, aparte de que no otro es el tema de los textos de economía, en la parte que estudian la cataláctica o sea la economía de mercado. En cuanto a lo segundo, en vez de recurrir a sus sostenedores, prefiero hacerlo a su más encarnizado enemigo, al creador del socialismo científico. Reléanse las páginas del Manifiesto Comunista en que Marx relata las hazañas de la clase directora de la nueva organización de la sociedad y en que por momentos parece que su entusiasmo acabará por dominarlo y que en vez de predecir la desaparición de aquella, va a rogar al Cielo que le permita continuar transformando y haciendo progresar el mundo.. «La burguesía», dice en un párrafo en que resume sus logros, «a pesar de haber imperado escasos cien años, ha creado fuerzas productivas más sólidas y más colosales que todas las precedentes generaciones juntas. La subjeción de las fuerzas de la naturaleza al hombre, la maquinaria, la aplicación de la química a la industria y la agricultura, la navegación a vapor, los ferrocarriles, los telégrafos eléctricos, la apertura de continentes enteros al cultivo, la canalización de los ríos, el surgimiento de poblaciones completas que parecen haber brotado del suelo ¿Qué siglo anterior tuvo siquiera el presentimiento de que fuerzas productivas de tanta magnitud dormían en el seno de la sociedad?»

Obsérvese que el pasaje que transcribo se escribió en 1848, cuando la Revolución industrial no contaba cien, sino apenas setenta y cinco años de haberse iniciado y cuando aún el capitalismo no se difundía ni cobraba el impulso que después adquirió. Tampoco habían aparecido tantos y tantos descubrimientos científicos e invenciones, iguales o superiores a los que causaban el asombro de Marx. Por ello llamaré otros testigos a la barra, que aunque mucho menos conocidos que el anterior, tienen el mérito de referirse a lo acontecido en los años siguientes y de proyectar su mirada al futuro. Para Moulton, si la historia escrita se reflejara en la carátula de un reloj, el periodo transcurrido hasta 1830 representaría el tiempo de las 12.00 de la noche hasta las 11:40 de la mañana siguiente, en tanto que el siglo de 1830 a 1930 estaría representado por los 20 minutos restantes. «El hecho pasmoso» continúa, «es que en estos 20 minutos el progreso económico medido según el rendimiento del hombre por horafue tan grande como en todos los 700 minutos anteriores». Y Schumpeter, después de examinar las cifras con que contamos sobre el aumento de la producción desde la Guerra Civil Norteamericana hasta 1928, asevera que «si el capitalismo repite su actuación pasada durante otro medio siglo a partir de 1928, desaparecería todo lo que puede llamarse pobreza con arreglo a nuestras normas actuales, inclusive en las capas más bajas de la población, exceptuando únicamente a los casos patológicos». Esto se escribía en 1942 y ahora estamos en 1961. Hace unos días un arzobispo inglés declaró que la pobreza ha desaparecido de la Gran Bretaña. Coincidentemente un reportero mexicano informó desde Alemania Occidental que en ella ya no existe lo que llamamos pobreza. Creo que puedo afirmar que se ha cumplido anticipadamente la profecía de Schumpeter, no obstante el consumo y la destrucción de la Gran Guerra y no obstante que la mayor parte del tiempo no ha sido una economía libre sino una economía llena de trabas y dificultades la que ha funcionado en los dos países que uso como ejemplos.

Para ocuparnos del socialismo lo primero que debemos hacer es remover la confusión a que me referí en mi primera conferencia y que concierne al concepto mismo de este sistema de organización.

El socialismo es el régimen económico, social y político en que los medios de la producción están socializados, esto es, en que existe un control centralizado de la producción por un órgano social o, más exactamente, estatal. No obsta a esta definición el que en algunas de sus variedades, por ejemplo en el socialismo nacionalista alemán, o en un grado avanzado del «welfare-state», que ya ha dado los primeros pasos en la Gran Bretaña y los Estados Unidos, el control sobre la producción se adquiere sin necesidad de un acto formal de nacionalización o socialización y de supresión de la propiedad privada, sino a través de medidas parciales que en conjunto producen el efecto de transferir ese control, de los particulares a los funcionarios públicos. Tampoco es posible negarse a discutir la característica distintiva del socialismo mediante la afirmación de que lo esencial son sus fines y de que está impulsado por motivos especiales, de los que no es posible desentenderse. Ciertamente, para mucha gente el socialismo entraña únicamente o antes que nada, ciertos ideales de justicia social, mayor igualdad, mayor seguridad. Pero vuelvo a mi argumento: si el método para realizar éstos es la abolición de la propiedad privada de los medios de producción y la creación de un sistema de economía planificada o dirección centralizada que sustituya al mercado y a lo que los socialistas consideran el caos y la anarquía de la producción capitalista, entonces lo que debemos examinar es el método que se nos presenta y no los elevados móviles de sus proponentes, ni los nobles propósitos que animarán a los encargados de su funcionamiento. Para apoyar mi posición me bastará la opinión de un conocido a quien ya hemos utilizado, cuando sienta en «El Capital» «que el camino del infierno está pavimentando con las buenas intenciones».

No solamente la propiedad de los factores productivos desaparecen en el socialismo, sino todas las libertades, instituciones y fenómenos que dije que caracterizan al sistema de la libertad. Desde luego, la de desear y consumir, pues no se consume lo que se quiere sino lo que los directores de la economía resuelven que se debe y puede producir. La satisfacción de las necesidades de la población deja de constituir la guía de la producción y ésta se orienta por los sentidos que se le quieren imprimir, cañones en vez de mantequilla según el conocido «slogan» de los nazis, bienes capitales en vez de bienes de consumo, cohetes y sputniks, edificios monumentales y obras públicas espectaculares, etc. Claro que hay que alimentar y vestir a los trabajadores y que tampoco se puede prescindir de sus deseos a tal grado que su descontento ponga en peligro al grupo en el poder, pero subsiste el hecho central de que no son la demanda ni los consumidores los que ponen en movimiento esta economía, sino las ideas y planes de sus amos, de estos nuevos agentes del destino, que como el viejo hombre del mar en el cuento de Simbad el Marino, se han encaramado sobre sus hombros y no los dejan ni a sol ni a sombra.

En el socialismo únicamente el estado posee capital por lo que sólo él puede invertir. La fuerza de trabajo, en cambio, es de cada hombre que puede desarrollarla, pero por supuesto que se le expropia tan efectivamente como si también se nacionalizara. La prueba de que el socialismo no puede coexistir con la libertad de trabajo la proporcionó el Gobierno Laborista Inglés cuando después de haber proclamado reiteradamente que nunca llegaría a ese extremo, decretó el reclutamiento forzoso de los obreros. Y cuál es la situación real de éstos en el paraíso soviético puede verse en el desigual pero impresionante libro de Lin Yu Tang, «El Nombre Secreto», publicado tanto en inglés como en español. La libertad de cambio, de circulación, de comercio, es evidente que también se proscribe en un régimen socialista, totalmente por lo que respecta a los medios de producción, en parte por lo que hace a los bienes de consumo, varios de los cuales pueden «los proles», como gráficamente se llama a los súbditos en la novela de George Orwell «1984», vender y cambiar entre si. De paso apunto que la frase «Laissez faire, laissez passer», que ha sido tan incomprendida después y tan atacada, no significó en su origen, en la Francia del Antiguo Régimen, otra cosa que «Dejadnos trabajar, dejad circular», y que este grito es el que hay que dar frente a los regímenes en que desaparecen o se merman considerablemente las libertades económicas, sin las cuales todas las demás son ilusivas e inexistentes.

En una comunidad socialista el mercado deja de existir totalmente por lo que se refiere a los medios de producción y de cumplir sus funciones tratándose de los bienes de consumo que los directores juzgan de más interés, dado que los precios y hasta las cantidades de ellos que pueden obtenerse y las condiciones en que esto tendrá lugar, se deciden y fijan por aquellos. Puede existir una moneda, pero su importancia como medio que facilita los cambios se reduce considerablemente debido a que éstos únicamente pueden tener lugar en el caso de los bienes de consumo. Sin embargo, aquí debo hacer una aclaración importante: una sociedad socialista pura, completa, nunca ha funcionado, y obviamente puede asumir diversas modalidades. Por cuanto a su esencia, las innumerables obras en favor del socialismo se han ocupado de todos los temas y han excursionado por los reinos de la fantasía, pero no nos han dicho cómo trabajará en la práctica, cómo resolverá el problema económico, esto es, qué se va a producir, en qué proporciones y por qué medios, es decir, con qué combinación de factores productivos, todo ello en la forma más económica posible. Esto último significa que no se debe aplicar a la producción de determinado artículo o servicio ningún factor productivo que habría dejado un mayor rendimiento si se hubiera dedicado a la producción de otros bienes o servicios. Como se verá, el problema que planteo es complejo y nada fácil de resolver. El sistema capitalista lo zanja mediante el cálculo económico. En el socialismo, donde no hay propiedad privada de los medios de producción, ni mercado, ni precios de aquellos, el cálculo económico resulta imposible. Por tanto, en el socialismo el problema económico es irresoluble. Por tanto, este modo de producción está condenado a una inferioridad irremediable frente al sistema de la libertad.

Aunque varios autores intuyeron la conclusión que consigno, el mérito de haber visto el problema con claridad por primera vez corresponde al economista holandés Pierson y el de haberlo expuesto en forma completa y que ya no fue posible ignorar, al pensador austríaco que he citado varias veces, a Ludwig von Mises. Prácticamente no ha habido intento por contestar sus argumentos y los esfuerzos de los economistas pro-socialistas, como Dobb, Taylor, Lange, Landauer, Lerner, Dickinson, Beckwith, etc., se han consagrado a idear un mecanismo que permita un sistema socialista producir cuando menos los mismos resultados que la organización capitalista. No me es posible penetrar en las soluciones que han ofrecido ni en las razones para su fracaso, y por eso me concreto a afirmar que esos esfuerzos han fallado por completo y que está en pie la tesis de que una economía socialista tiene que funcionar a ciegas, al azar, puesto que carece del auxilio que el cálculo económico presta a la economía libre. Claro que puede existir y funcionar de hecho, de la misma manera que un barco puede cruzar el Atlántico sin ayuda de brújula sextante y que es posible que llegue a Europa. Pero económicamente el socialismo es un sistema inferior de organización, carente de racionalidad y caracterizado no solamente por perpetuos cuellos de botella, por despilfarros enormes de recursos, por producir lo que no se quiere y no producir lo que se necesita, sino imposibilitado para corregir y, lo que es peor, para conocer siquiera, los errores que comete.

Una propaganda hábil e incesante non presenta a Rusia como la refutación de cuanto he estado diciendo y como el ejemplo que deben imitar los países ansiosos de desarrollarse y de mejorar las condiciones de vida de su población. Para tratar debidamente este importante asunto son necesarias estadísticas, comparaciones, libros enteros, y lo único que hay que sentir es que no sean más numerosos. Sin embargo, creo que puedo aportar las consideraciones suficientes a fin de orientar una opinión.

Comenzaré por algunos hechos. Rusia es una nación inmensamente grande y rica en recursos naturales, con «una potencialidad de recursos ––dice el economista G. Warren Nutter en un artículo en que me voy a apoyar– aproximadamente semejante a la de Estados Unidos». Su población posee cualidades admirables de laboriosidad, aplicación, resistencia y energía, aunque con los defectos bien conocidos de crueldad y arrogancia, sumisión y servilismo, melancolía morbosa y un orgullo patriótico que en ocasiones es risible, como cuando pretenden haber inventado todo, y a veces se antoja insano. Lo que habría que explicar, dadas las ventajas iniciales que se desprenden de las dos características que señalo, es por qué Rusia no posee un ingreso nacional total y un nivel de vida individual (no rendimientos en renglones económicos escogidos) que se aproximen a los de la Unión Americana. Ahora bien, otro hecho inocultable es que Rusia sigue siendo muy pobre y las condiciones económicas de la generalidad de sus habitantes inferiores inclusive a las de los países de Europa Oriental, que siempre se han catalogado entre los más atrasados, como Polonia y Rumania, no digamos de otros satélites o semi-satélites sometidos a explotación como Checoeslovaquia y Finlandia, donde el bienestar de las masas supera visiblemente al de los ciudadanos soviéticos.

A creer a la propaganda rusa, el bolchevismo ha construido ese país de la nada. Esta mentira no merece otro dictado que el de descarada. Desde 1914 Rusia era una de las principales potencias del globo, y, lo que es más importante, se hallaba en plena industrialización y desarrollo. «La tasa general de cre­cimiento es inferior durante el periodo de los Soviets a la de los últimos cuarenta y tantos años del periodo zarista», según prueba Nutter después de un examen cuidadoso de las cifras sobre producción industrial. Y eso que las estadísticas soviéticas «entrañan un mito... En esta materia los estudiosos de Occidente hablan como un solo hombre, aunque pueden diferir en cuanto a la gravedad del mito. El índice soviético oficial muestra una producción industrial que se multiplica 27 veces entre 1913 y 1915; los índices que se presentan aquí (en el estudio que estoy citando, que ojalá consulten ustedes) basados en datos oficiales rusos sobre el rendimiento físico y valores unitarios elaborados conforme a los métodos en uso en el Occidente, indican que el rendimiento se multiplicó de 5 a 6 veces. Si se aceptan nuestros índices como razonablemente exactos, el índice oficial exagera cuatro o cinco veces el crecimiento habido durante este periodo».

Todavía debo agregar que en la U.R.S.S. no ha llegado a hacerse un verdadero experimento socialista. Subsisten algunos sectores de actividad en que hay libertad, como en parte de la producción agrícola, el pequeño comercio y el comercio en el mercado negro, el que aparentemente se permite como medio de neutralizar y aliviar los errores del aparato productivo y las escaseces y fricciones que origina. Pero lo más importante es que en Rusia la economía socialista no carece de toda base, de guías para el cálculo económico, como seria la situación en un socialismo totalmente aislado o que imperara en el mundo entero. Cuenta con los precios de los mercados mundiales y de los otros países, puede recurrir al cálculo económico sobre la base de ellos, por mucho que en otros aspectos el sistema actual funcione y tenga que funcionar en condiciones inferiores a aquéllas en que lo hace el sistema de producción capitalista.

Me falta hablar de las recientes hazañas científicas de los rusos y de su adelanto en materia de cohetes. Nadie pone en duda que una gran nación, que concentre su esfuerzo en un punto determinado, aplicando a él los recursos económicos que sean necesarios, puede alcanzar resultados que igualen o sobrepasen a los logrados en otras partes. Esto es precisamente lo que hicieron los Estados Unidos durante la guerra, cuando desarrollaron la bomba atómica, lo que los alemanes estuvieron cerca de obtener y lo que si consiguieron en materia de cohetes y aviones de reacción, aunque ya no les alcanzó el tiempo de sacar a estos adelantos bélicos el partido que habrían podido en los primeros años de la guerra. También los faraones egipcios y nuestros incas, mayas y aztecas nos dejaron ejemplos de las construcciones imponentes que puede levantar un régimen, mediante el sacrificio y la pobreza de la generalidad de sus componentes. Los sputniks no prueban que el sistema soviético sea superior al de la libertad, sino que no está balanceado, que carece de equilibrio, y que su fin no es el bienestar del pueblo, sino el poder de sus gobernantes. Imitando una frase del Evangelio, debemos decir que no se hizo el hombre para la economía, sino la economía para el hombre.

Y aquí debemos pasar a aspectos superiores al de la valorización económica. En Rusia al hombre se le ha rebajado, afrentado en su dignidad de ser libre e inviolable, desconocido como la persona que es. En China se ha abolido su calidad humana para reducirlo a la condición de una bestia, si no es que dé una cosa, de las que lo único que interesa es extraer esfuerzo, rendimiento. Es que lo fundamental y decisivo consiste en que en un régimen socialista no existe libertad, ni económica ni civil ni religiosa ni de ninguna clase; no existe igualdad jurídica; no existe régimen de derecho ni seguridad personal ni real; no existe democracia ni participación alguna en el gobierno; por último, no existen armonía y tranquilidad en lo interno, ni tolerancia y paz con el exterior. No solamente me agradaría, seria de la mayor trascendencia la especificación de las razones por las cuales estas características son consustanciales a una comunidad socialista. Pero ya que carezco de tiempo para la demostración detallada que quisiera hacer, permítaseme que en lugar de ella me apoye en unas cuantas citas, de testigos libres de toda excepción. Para la libertad en general acudiremos a Trotzky: «En un país en que el estado es el único patrón, la oposición significa la muerte mediante la inedia gradual. El principio antiguo: el que no trabaja no come, ha sido reemplazado por uno nuevo: el que no obedece no come». En materia de libertad religiosa y de democracia oiremos a Marx: «El concepto democrático del hombre es falso porque es cristiano. La democracia sos­tiene que cada hombre es un ser soberano. Esta es la ilusión y el sueño del cristianismo». Con relación a la igualdad que existe en una comunidad socialista, mi testigo será Bujarin: «El partido de los comunistas no pide ninguna clase de libertades para los enemigos burgueses del pueblo. Por el contrario... La burguesía, los anteriores propietarios de tierras, los banqueros, los especuladores, los comerciantes, los tenderos, los usureros, los intelectuales tipo Korniloff, los sacerdotes y los obispos en resumen, la totalidad de esa negra hueste, no tendrán el derecho al voto, ni derechos políticos fundamentales». En cuanto al estado de derecho, es bien conocido el desprecio de todos los colectivistas por esta creación de la civilización, a la que califican de burguesa e ideología, y si los caudillos no se han referido a ella (o al menos no recuerdo sus expresiones sobre el particular) los corifeos y panagiristas del socialismo no le han escatimado sus ataques, como Schmitt, Pashukanis, Laski, Jennings, Robson, Finer, etc. Las opiniones de los líderes del colectivismo sobre la democracia liberal y la paz son bien conocidas, por lo que terminaré con una cita de carácter general de Hitler, notable por lo terminante y cínica: «A la doctrina cristiana del valor infinito de cada alma humana, opongo con claridad glacial la doctrina redentora de la nada e insignificancia del ser humano».

Como dijo el eminente economista alemán Röpke en unas conferencias que sustentó en México, «la ventaja incalculable que la economía de mercado tie­ne sobre el orden económico opuesto, es decir, el orden socialista, es tan inmensa, que debemos preferir siempre dicha economía, aún en el supuesto de que ello implicara menor prosperidad, menor eficiencia y menor producción... Pero casi por milagro, este orden económico de mercado libre que garantiza la libertad para desarrollar la propia personalidad, el régimen de derecho, la democracia parlamentaria y la dignidad humana, es al mismo tiempo un orden económico que no sólo promete, sino que ha probado ser inmensamente superior en el terreno de la productividad material al otro orden, al socialista que significa la muerte de la libertad y de la dignidad humanas». Con este magistral resumen, creo que puedo dar mi caso por probado.

¿Cómo es posible que entre la verdad de las realizaciones del capitalismo y los sueños delirantes y realidades aterradoras del socialismo, haya quien se muestre partidario de este método para regresar a estados de escasez y de barbarie, según nos lo han probado las dictaduras colectivistas contemporáneas? Desde hace tiempo que me tienta este tema, pero urge que nos ocupemos de la otra realidad de nuestra época, la mayor e inmediata, la realidad del intervencionismo. En efecto, en la batalla de las ideologías, aquélla cuyo triunfo es indiscutible en los hechos es el intervencionismo como solución económica y social, con su acompañante obligado, su agente ejecutor que es el estatismo. Por ello ameritaría que le consagráramos un análisis mucho más completo y profundo de lo que se ha hecho hasta ahora y del que nos será posible dedicarles. Si no creen ustedes que sea inmodestia de mi parte, me permitiría rogarles que se sirvan leer lo que he escrito sobre este falaz y peligroso sistema en mi libro «Libertad y Abundancia», especialmente en el ensayo «El Mayor Peligro, El Estado», cuyo título copié de un capitulo de uno de los libros más elocuentes de los tiempos recientes, «La Rebelión de las Masas» de Ortega y Gasset. Ello me permitirá concretarme a varios puntos esenciales en lo que sigue y no abusar de la paciencia que hasta ahora me han demostrado.

Qué pretende ser el intervencionismo Conforme a la imagen que tiene de sí mismo, el intervencionismo no es ni capitalismo ni socialismo, ni libertismo (volveré a emplear el giro que propongo) ni comunismo. Entre la economía de mercado o del consumidor y la economía planificada o de dirección burocrática, esta doctrina cree que existe una solución intermedia. En otras palabras, su propósito consciente y declarado no es abolir el capitalismo sino corregirlo y mejorarlo; tampoco llegar al comunismo, sino hacerlo innecesario y evitarlo. No seria socialista porque conservaría la propiedad privada, incluso en los medios de producción; tampoco seria el sistema de la libertad porque eliminaría los supuestos males y deficiencias que acarrea ésta.

Qué es el intervencionismo Como en el caso del socialismo, no nos contentaremos con aspiraciones ni propósitos, por plausibles que parezcan, sino que examinaremos los medios que el intervencionismo propone para realizar aquellos. Ahora bien, esos medios no son únicos, sino numerosos y variados, pero todos tienen una característica en común: hacer intervenir al llamado estado, en realidad al gobierno o aparato coactivo de la sociedad. Concretamente esa intervención (de donde el nombre de intervencionismo, que no deja de presentar inconvenientes y prestarse a confusiones), tiene lugar mediante un complicado sistema de autorizaciones, concesiones, órdenes, prohibiciones, exenciones, dispensas, etc. De ahí que en la práctica del intervencionismo sea mero estatismo y de ahí también que su resultado político sea la hipertrofia y deificación del estado y su resultado jurídico la degeneración del derecho y el falseamiento de sus fines.

Antes de mostrar sus resultados, con la brevedad angustiosa con que estoy procediendo a fin de no acabar de cansar a ustedes, me parece conveniente recordar un hecho histórico elocuente, que proyectará claridad sobre lo que voy a decir. En una época, la del Manifiesto Comunista, Marx fue partidario del intervencionismo como medio de implantar la organización socialista. En otra, se declaró enemigo de las medidas graduales y parciales, a las que ridiculizó como contradictorias y frustráneas. En esta apreciación tenia razón, pero su motivo determinante para rechazarlas era doctrinario: Consistía en su convicción fija de que el socialismo llegaría inexorablemente a su hora, y de que, por tanto, todo lo que se emprendiera para apresurar su advenimiento era tan innecesario como lo que hagamos para anticipar la salida del sol.

El hecho fundamental en la apreciación del intervencionismo es que las medidas aisladas que lo forman no alcanzan los resultados que se proponen sus autores. No sólo, sino que los efectos concretos de aquéllas son precisamente los contrarios de los que se persiguen y que determinan su adopción. En todos los casos -precios máximos, precios mínimos o de garantía, prohibiciones de ciertas industrias, declaraciones de saturación, cuotas de producción, provisión gratuita de servicios, subsidios-- por una especie de perversidad de las cosas que desespera a los intervencionistas y que achacan a la maldad humana o a que la intervención es incompleta o las sanciones demasiado leves, cuando no a las condiciones climatológicas y a la resistencia de la naturaleza, las medidas intervencionistas producen un estado de cosas que, desde el punto de vista de sus autores, no desde el punto de vista de los individuos directamente perjudicados por ellas, ni de los partidarios de una economía libres, son más desfavorables que las que se trataba de corregir. En otras palabras, el intervencionismo no únicamente no es idóneo, no es eficaz, sino contraproducente y frustráneo. En vez de abatir los precios, el control de éstos crea el mercado negro y los eleva; en vez de generar abundancia (desde el punto de vista general, pues nadie niega que pueden crear grupos privilegiados) las medidas restrictivas de la producción o que desvían ésta por cauces diversos de los que marcan el mercado, producen escasez; los subsidios provocan excedentes y desbordamientos en lugar de equilibrio; los precios mínimos y los servicios gratuitos, exceso en la oferta o en la demanda; el control de cambios, la desvalorización de la moneda. Realmente, pasar en revista las medidas intervencionistas da la impresión de que exagera uno o se burla, cuando cualquier relato es un incompleto y pálido reflejo de sus fracasos, sus incongruencias y sus absurdos..

A nadie extrañará que el intervencionismo se mueva en una pendiente inclinada y que cada vez amplíe en extensión y extreme en intensidad y severidad sus providencias. Ante el fracaso de un control, hay que establecer otro; al advertirse un vacío en la reglamentación, hay que cerrarlo; al descubrirse una defensa de los particulares en esta especie de juego tan perjudicial económicamente como trágico muchas veces desde el punto de vista humano, hay que anularla, que erigir en delitos actos moralmente indiferentes o inclusive convenientes en si mismos, como producir determinados cultivos, que declarar crímenes la posesión de ciertos bienes o el tráfico con divisas extranjeras. De continuarse suficientemente por este camino se llegará a la planificación integral de la economía, a ese socialismo y totalitarismo que se empeoró por manifestar que se aborrecía y que se tenía la intención de conjurar. Este es uno de los inconvenientes más graves del intervencionismo: Que prepara el ánimo de las gentes, el sistema social y político, el ambiente espiritual todo para la implantación del colectivismo. Así lo hace porque sus medios de acción son todos autoritarios, supresivos de la libertad, y porque al paralizar al mercado y fracasar en sí mismo, crea un clima de confusión y frustración al que la única salida parece ser la definitiva y tajante de abrazar el comunismo. Ahora nos explicaremos por qué Marx delineó todo un programa de medidas intervencionistas a fin de destruir la sociedad capitalista y entronizar al socialismo y por qué sus adeptos, con más perspicacia que él, continúan explotando al intervencionismo. También nos explicaremos por qué Lippmann le llama «colectivismo gradual».

Efectivamente, el intervencionismo no es un tercer camino, no es una solución intermedia entre la libertad y el totalitarismo. Visto en conjunto, además de la pobreza que crea y de su fracaso desde el punto de vista económico, constituye un medio de introducir e instaurar el socialismo. No existe un tercer camino, a media distancia entre la economía de mercado y la economía regimentada, pues éstos son sistemas alternativos y una mezcla de los dos significa que ninguno funcionará. A pesar de lo populares que son los términos medios y las transacciones, aplicables en materia de intereses pero totalmente fuera de lugar cuando se trata de resolver problemas intelectuales y de juzgar cuál es el sistema más conveniente para organizar la sociedad, tenemos que reconocer con Röpke que «quien no quiere una economía de mercado libre, tiene que querer la economía dirigida o economía de mando, pues no hay ninguna tercera posibilidad para regular el mecanismo de una economía moderna. No hay otra alternativa, así como no la hay con una puerta, que no puede estar sino abierta o cerrada. Aquí, donde se trata del principio ordenador, no hay ningún «tercer camino»: o los precios regulan la economía, o no lo hacen; si no lo hacen, deben hacerlo entonces las autoridades. Si no sucede ni lo uno ni lo otro, tendremos el caos».

Felizmente, la opción no es difícil. El pensamiento, la experiencia práctica, la moralidad, hasta nuestro orgullo y dignidad de hombres nos la señalan. También Don Quijote pareció mostrarnos el camino cuando desde el siglo XVII nos dejó dicho: La libertad Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra, ni el mar encubre. Por la libertad, así como por la honra. se puede y debe aventurar la vida».