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Año: 6, Septiembre 1964 No. 86
N.D. Aunque el autor se refiere a los EE.UU., sus observaciones sobre la relación que existe entre la naturaleza de las instituciones gubernamentales, el carácter de los ciudadanos y el progreso económico, son para Guatemala muy pertinentes e importantes ahora que se está redactando una nueva constitución.
Siendo los alcances y consecuencias de una constitución tan determinantes en el nivel de vida, paz, tranquilidad interna y progreso de que gozan todos nuestros habitantes, conviene meditar sobre las consideraciones que generalmente pasan desapercibidas y que con tanta lucidez expone el autor, Gabriel Hauge, presidente de la Junta Directiva de la Manufacturers Hanover Trust Company, y con cuyo especial permiso publicamos el siguiente discurso que dio en Nueva York en noviembre de 1961 ante la Asociación de Manufactureros de Productos de Hule.
Contribuirá también este artículo a explicar los fenómenos políticos que en estos momentos de campaña electoral en EE.UU. están sucediendo.
Comentario Sobre:
El Sistema Económico y el Carácter Nacional
Por GABRIEL HAUGE
Presidente Manufacturers Hanover Trust Co.
El carácter nacional y nuestras instituciones fueron fundidas del mismo crisol. Lo uno ha influenciado a lo otro desde el principio de nuestra República. El carácter influencia las alternativas políticas que se adoptan, y éstas alteran las instituciones. Deseo examinar con Uds., a la sombra de la Guerra Fría, algunas tendencias en la crítica interrelación de carácter y política.
Las instituciones políticas son más que instrumentos para guiar producción y distribuir ingresos. No son simples mecanismos intercambiables. Más bien son simples reflejos de la naturaleza humana, filosofía personal, vida en sociedad.
Las teorías comunistas parecen enfrentar esta simple verdad con mayor prontitud que nosotros. Siempre han reconocido que su tipo de sociedad no podría moldearse con el mismo barro humano de antaño. Durante cuarenta años han trabajado para moldear un nuevo hombre soviético que se ajuste a las instituciones que han creado. Hasta la fecha no han tenido éxito, y no creemos que lo tendrán.
Nosotros actuamos diferente. En vez de exaltar el dogma, enfatizamos experiencia humana. En vez de tratar de forzar el carácter para ajustarlo a un sistema determinado, partimos de la naturaleza humana como la encontramos, y modelamos política e instituciones para controlarla en tal forma que sirva al bien común. Pues tomamos al ser humano individual como centro de nuestra preocupación y objeto de nuestra misión. Modelamos la sociedad para satisfacer sus iniciativas, motivaciones, esperanzas y aspiraciones. Desde nuestro punta de vista, el carácter y la sociedad deben conjugar: ello es una verdad que quizá no es necesario informar, sino más bien recordar.
I. Desarrollo Económico y Carácter
Nuestro carácter nacional fue templado en un clima de expansión explosiva continental. Esta expansión fue un subproducto de, y en parte indujo, ciertas características de nuestro carácter: ingenuidad, arduo trabajo y voluntad a aventurarse. Hubiese sido atrofiado por conformidad, la exaltación del placer, trabajo desganado y exagerada preocupación por la seguridad.
Recordarán que Tomás Alba Edison definió genio como 1% inspiración y 99% perspiración. Y es significativo que fue un genio americano el autor de esta definición.
Es corrientemente sostenido que la expansión económica perdura como la finalidad principal de nuestra gente, y un atributo inherente de nuestro sistema económico. Sin embargo, una revista a nuestra reciente historia nos obliga a suscitar algunas dudas. ¿La política nacional fomenta modos de acción que, en balance, promueven o desalientan desarrollo? ¿Han existido cambios en nuestro carácter que estén fundamentalmente redirigiendo nuestro enfoque a instituciones económicas? ¿Cómo se relacionan a la fortaleza de nuestro sistema a largo plazo, hoy en conflicto con el comunismo autoritario?
Esfuerzo y Recompensa
Es aceptado, supongo, que una de las fuerzas en nuestra historia de expansión fue la conocida accesibilidad a recompensas. atractivas para aquellos que triunfaban.
La esperanza de recompensa no hará moral aI hombre, pero por lo menos lo hace portarse bien. Cuando la virtud es su propia recompensa, pocos están en su mejor comportamiento. Esta verdad aplicada al «mercado» significa que un eslabón cerrado entre ingreso y contribución económica fomenta una economía productiva y expansiva.
Pero en la década de 1930, en el afán de recuperarnos de la depresión, nuestro país se acostumbró a obras públicas y privadas artificiales para crear trabajo. En la década de 1940, la demanda excesiva por toda clase de bienes y servicios nos acostumbró a la ineficiencia y a repagarnos en exceso, como nación, por el trabajo que hacíamos. No ha de sorprender, entonces, que en nuestro lenguaje, en vez de «hasta luego» haya surgido como saludo de despedida «Tómalo con calma» (Take it easy).
El progreso depende en que más gente gane por producir más y no en ganar más por producir menos. Depende también en que la gente involucrada en el proceso productivo esté tan interesada tanto en recibir como en devengar o merecer su remuneración.
Beneficencia Vrs. Desarrollo
Un sistema expansivo y vigoroso como lo ha sido el nuestro, basado en libertad y empresa, tiene su precio. No es el precio del sistema autoritario, tan alta en términos de dignidad humana, libertad y monotonía. Más bien, el precio surge de alguna inseguridad típica del carácter dinámico de una sociedad libre: la posibilidad de perder el empleo por causa ajena a uno; el temor que el final de los años de trabajo productivo signifiquen pobreza; las privaciones que pueden resultar cuando el sostén de la familia muere.
En reconocimiento de tan dolorosos problemas humanos que afectan a aquellos que así se encuentran en desventaja económica legítima, la beneficencia se ha convertido en importante y apropiada preocupación en la política de nuestro sistema.
Debemos estar conscientes, sin embargo, que beneficencia es una palabra ambigua, porque algunas veces significa caridad y otras veces implica inversión. Ambos objetivos tienen su lugar. Se confunden en detrimento de ambos a pesar de complicadas racionalizaciones al contrario. La educación puede y debe ser una inversión; pero, diseñar los programas para el tercio más bajo de la clase en aras de un equivocado igualitarismo, desacelerar la adquisición de estudios a la velocidad de adquisición del nivel más bajo, es más bien caridad que inversión. Ayuda al extranjero encauzada a países pobres sobre la base de necesidad en vez de perspectivas de desarrollo es una mímica de inversión.
La inversión tiende a distribuir ingresos hacia lo productivo según su contribución económica; sirve así la causa de desarrollo. La caridad tiende a distribuir ingresos de lo productivo hacia lo improductivo sobre la base de necesidad: su efecto al desarrollo es evidentemente diferente. Cada una tiene su lugar, pero el confundirlas conlleva a mayor confusión de justicia económica con justicia social, justicia con igualdad y producción con distribución.
Holganza Vrs. Desarrollo
En algunas partes del mundo se dice que el desarrollo está restringido porque la gente está inclinada hacia la ociosidad en vez del trabajo. Le atribuyen poco valor o virtud al arduo trabajo, al esfuerzo productivo como tal.
Quizá en el pasado, en EE.UU. exageramos nuestra dedicación al trabajo al grado de compulsión natural: quizá enfatizamos automejoramiento. Pero el péndulo ahora se mueve en dirección opuesta.
¿Constituye este cambio una amenaza para EE.UU.?
Si una sociedad de hombres libres ha de prosperar, sus hombres deben respetar el trabajo. Cuando el ocio se convierte en el modo de vida del rico y la aspiración del no-tan-rico, cuando cierto ocio pasa por contemplación, cuando se condona la malignidad, el progreso está destinado a ser lento. En EE.UU., los ingresos en aumento han elevado la atracción al ocio. Las implicaciones de esa tendencia son evidentes aun cuando algunos se esfuerzan en favorecer un más rápido desarrollo simultáneamente con la reducción de horas de trabajo semanal.
La Dignidad del Trabajo
Otro problema está en parte relacionado. La sociedad de mercado libre competitivo, con el tiempo, elimina el trabajo torpe; surgen o existen normas. Pero ellas son pobres sustitutos de la satisfacción del artesano por un trabajo bien hecho. ¿Si el lema «que se atenga el comprador» va a prevalecer en los negocios y el trabajo, cómo pueden los que predican la Regla de Oro1predicar el evangelio de libertad de empresa? El trabajo de la vida de un hombre, anteriormente descrita como su vocación, hoy día es solamente su empleo. La práctica del artesano de esforzarse está hoy diluida a lograr lo mínimo aceptable. Y mientras más acortemos la operación de las fuerzas competitivas del mercado en la búsqueda de otros fines, más contribuiremos a fomentar esta dañina tendencia.
Estos cambios en valores revelan, no fallas de carácter, sino quizá principalmente cambios en el ambiente social. En una sociedad con producción en masa, el individuo está tan especializado que pierde de vista su producto final y su lugar en el mundo. Esto es tan cierto del gerente y trabajador en las grandes empresas, como del ciudadano y empleado en un gobierno grande. El trabajo está fragmentado; es muy fácil ver la vida desde una perspectiva fragmentada. Mantener viva la realidad de individualismo en una sociedad del siglo veinte constituye gran desafío para todos nosotros.
Seguridad Vrs. Desarrollo
Las personas desorientadas en una sociedad de masas se sienten inseguras pero, desde luego, desarrollo y progreso significan cambios, y los cambios, por naturaleza propia, significan alguna inseguridad. Los estadounidenses, en general, fijan su atención en el futuro más que en el pasado. Tienen fe en un progreso perpetuo, y se atreven a correr el riesgo. Se casan cuando jóvenes, tienen hijos y no demuestran temor a la deuda, sea suya o del país.
Pero, en otros sentidos, prefiere seguridad, pues hay mucho que perder: su hogar, los muebles, el carro, el lugar logrado en la comunidad que va con el empleo. Teme al fracaso más que desea el éxito; por tanto, no aspira muy alta, no se esfuerza mucho. En el afán de lograr certeza, muy a menudo descartamos grandes oportunidades.
Como reflejo de esta actitud creciente, la política gubernamental y sus presupuestos están cargados con subsidios y protecciones en postura defensiva contra los riesgos de la vida, con relativa negligencia hacia los incentivos al progreso, desarrollo y oportunidad. Su pesado énfasis en la distribución de ingresos parece implicar que ya somos lo suficiente ricos, y que existe poca razón para contemplar seriamente mayor desarrollo. Se pospone la reforma impositiva; subsidios para áreas e industrias antieconómicas se mantienen; incentivos irreales a la producción de excedentes agrícolas continúan; flexibilidad en los precios es restringida por la ley y decisiones administrativas. Nuevamente, las implicaciones para la expansión económica son claras, ya que la redistribución de ingresos es la preocupación dominante únicamente en una sociedad estática; en una economía dinámica la preocupación dominante es sobre crecimiento.
II. Eficiencia y Carácter
Pero aparte de nuestra valorización de desarrollo económico, podemos aún aprovechar lo que tenemos: nuestros talentos, oportunidades y recursos o podemos perder nuestra herencia. Ya habiéndose perdido el eslabón entre esfuerzo e ingreso, con menor dedicación al trabajo, es natural que nuestra eficiencia baje. Nuestro clima cultural se ha vuelto hostil al espíritu competitivo en que antes sobresalíamos y que es la fuente de la eficiencia.
Muchos estadounidenses han sido enseñados en la escuela a desacreditar la excelencia como anormal y antisocial. Quizá se le ha enseñado que el afán de superación es compensatorio de un sentimiento subconsciente de inadecuacidad; que encerrarse con libros es el último refugio del fracasado en deporte o en el ámbito social. Ha confundido la igualdad legal que hace de cada hombre un ciudadano con un voto e iguales derechos, con la igualdad intelectual que le da igual peso al conocimiento como a la ignorancia. Se ha desarrollado una disposición para sustituir conocimientos con opinión, convicción con sentimiento, verdad con popularidad.
Muchas veces parece que los estadounidenses hubiesen progresado del punto de vista revolucionario que cada hombre tiene derecho a su opinión, al muy diferente concepto que todas las opiniones tienen igual valor.
Según esta medida, los Horacio Algers, los Fords, Franklins y Lincolns fueron antiamericanos todos. Quizá uno de los grandes beneficios, para nosotros, del Sputnik soviético, fue sacudirnos de nuestra adulación a la igualdad en educación. Espero que se nos esté conduciendo a darnos cuenta que debemos buscar nuestros mejores talentos, entrenarlos, darles la oportunidad y remunerarlos muy bien.
Sendero de la Transacción
Los estadounidenses gustan suponer que hay dos lados en todas las cuestiones. Vemos el lado bueno y el malo únicamente en películas de vaqueros. Tenemos la tendencia a creer que todos los problemas tienen soluciones mutuamente satisfactorias. Que la verdad y la justicia siempre están en el centro, nunca de un lado o del otro. Un sistema típicamente estadounidense para resolver controversias públicas es el de nombrar una comisión integrada por todos los intereses en disputa, otorgándoles igual peso en la decisión, escribir un reporte, y pretender que las diferencias han sido resueltas. Hemos desarrollado un sistema de contar dedos para decidir en qué consisten los principios, la verdad, los hechos y el interés público.
Especialmente el gobierno ha pecado de abandono cuando en su ansiedad de mediar y transar olvida su principal deber de recordar a todos los participantes cuál es el interés público. Tiene la tendencia en dicho proceso a transar en sacrificio del interés público.Las consecuencias de esta transacción son evidentes en la postura que adoptamos ante el sistema competitivo. Acuerpamos libre comercio dentro de nuestra economía y aspiramos a algo que llamamos «justo comercio» (legislación que prohibe vender a precios diferentes que los «acordados»). Parece que creemos que nuestra gran industria agrícola debe excluirse del sistema de mercado competitivo, convertirla en un servicio público. Insistimos en que las naciones subdesarrolladas recurran al comercio en vez de a ayudas, y entonces recurrimos a impedir la entrada de sus productos a nuestros mercados. Lo que decimos que queremos es libertad de empresa; lo que parece insistimos en establecer es una especie de Mercantilismo a la Siglo Veinte.
III. Carácter y Política Pública
El afán de superación no es una lucha a muerte sin ton ni son. Es un juego con reglas y jueces. Hay punteo. El carácter escribe las reglas con las que jugamos nuestra vida; establece el patrón de nuestros actos. La habilidad de sacrificar el presente momentáneo por un futuro más durable es una característica que diferencia al hombre civilizado. Pensar y trabajar para el futuro ha sido natural en el estadounidense con su fe en el futuro. Esta ha sido, de hecho, la tierra donde los sueños se vuelven realidades.
Cuando el individuo es responsable de su propio futuro tiende a tomar el punto de vista a largo plazo. Sopesa las consecuencias de las alternativas que escoge, ordena sus prioridades y actúa según ellas. Comenzando con un sentido de responsabilidad hacia sí mismo, aprende autodisciplina. Pero cuando delega su bienestar a la comunidad tiende a multiplicar sus demandas y a reclamar sus derechos, con poca consideración hacia los costos. Sus intereses y los de otros entran en conflicto compitiendo por los limitados recursos del Estado.
Tres Alternativas
El Estado tiene que escoger: puede satisfacer las demandas subiendo impuestos; puede decepcionar a sus partidarios limitando sus dádivas a sus posibilidades; o puede posponer una decisión, tratando de apaciguar a sus partidarios sin antagonizar a los contribuyentes recurriendo a presupuestos deficitarios (inflación).
Cuando demasiados ciudadanos abandonan sus prerrogativas al Estado, el Estado mismo no puede, por mucho tiempo, mantener la mesura y responsabilidad que sus súbditos han claudicado. Él también se convierte en miope y tolerante, carente del valor para subir impuestos o del coraje para restringir gastos de poca prioridad. Recurre a presupuestos deficitarios que pronto se tornan crónicos y terminan con inflación. Al fracasar en balancear costos con beneficios, en equiparar necesidades a recursos, el Estado no logrará ni prosperidad ni popularidad. Disfrazando el fracaso de prosperidad, poco a poco abandona el control económico de la nación.
Obteniendo sin dar
Los individuos que pretenden obtener sin dar, mediante el manipuleo del aparato estatal solamente substituyen la autodisciplina con la coerción política. La generosidad del Estado es primero constreñida por los límites de sus recursos impositivos. Si ignorando esto recurre a presupuestos deficitarios es obstaculizado por la amenaza de inflación o estatuto legales. Si esos obstáculos no son suficientes, se pondrá a prueba la tolerancia de los ciudadanos empeorando la balanza de pagos y reservas de oro. La política, en un tiempo el arte de lo posible, se convierte de verdad en el arte de lo imposible.
Al quedar la moneda sujeta a descuento en el mercado internacional, el Estado quizá encuentre más expedito restringir el crédito en vez de balancear el presupuesto. Puede posponer el día del juicio contemporizando con la dudosa medida de quitar el respaldo metálico a la moneda. Podrá evadir la responsabilidad que sus ciudadanos han repudiado tratando de pasar el problema de mantener estabilidad al Fondo Monetario Internacional, como si se pudiese reforzar el pilar de la casa extendiendo el techo. No importa lo que haga, los dos medios de estabilidad económica, la política monetaria y fiscal, se convierten en los cuernos del dilema.
La retribución es segura y no es lenta. Porque la calidad de nuestra moneda refleja nuestro carácter nacional. Un crédito arriesgado necesita más garantía. La pérdida persistente de oro2puede significar implícita desconfianza en el dólar, así que se necesita una mayor garantía para un carácter nacional débil. Una moneda confiable es más que una muestra de solvencia; es un aspecto de soberanía. Si no logramos disciplina en casa, si no ordenamos nuestros asuntos domésticos, otras naciones pueden rápidamente ponernos en orden.
ALCANCES DE UN GOBIERNO
El gobierno corre el peligro de perder el control de nuestros asuntos porque está actuando fuera de su esfera propia. El Estado está para supervisar el bien común; pero puede subvertírsele al papel de puramente mediador entre intereses en conflicto. Pues los individuos, cuando buscan mejorarse son competidores naturales, mientras que cuando promueven el bien general, cooperan. El papel de competidores debe jugarse en el mercado; su función cooperativa, en parte, a través del Estado.
En forma poco comprendida, el gobierno ofrece la oportunidad a los ciudadanos de aprovecharse de sus conciudadanos. En vez de comprar un servicio en el mercado, pueden presionar al gobierno para que los provea, y en seguida utilizan su influencia política para transferir sus costas a otros. O bien, los partidos políticos, compitiendo por el poder, ofrecen beneficios a sectores políticamente fuertes, y le cargan los costos a sectores políticamente débiles. Algunos obtienen cosas gratis; otros, algo pagan por nada.EL MERCADO vrs. LA ARENA POLÍTICA
En nombre de la disciplina, algunos tratan de pasar al gobierno problemas del mercado. Creen que intereses económicos con gran poder en el mercado pueden subordinarse a la persuasión política; que con persuasión política se puede lograr la congelación del precio del acero que no logra la presión de competencia exterior y la amenaza de sustitutos. Tal enfoque aparentemente no comprende la realidad de la competencia y de la persuasión.
Otros buscan transferir sus problemas a la arena política en su esfuerzo de evadir la disciplina económica que imponen las fuerzas del mercado. Esperan cambiar el fallo del mercado en un tribunal más alto, mediante la obtención de subsidios para ellos, o imponiendo impuestos a sus competidores. Las implicaciones de tal comportamiento, en cuanto afectan el carácter y la unidad, son claras. Las consecuencias para con la comunidad fueron gráficamente descritas por sir Robert Hall, reciente asesor económico del gobierno de Su Majestad, refiriéndose a su Inglaterra natal:
«Por períodos cortos, grupos en particular, pueden progresar a expensas de la comunidad; por periodos largos a expensas de los pensionados; y, permanentemente, a expensas de aquellos con ingresos fijos. Pero en el proceso, el país tiene problemas de balanza de pagos, su actividad y desarrollo es errático y el valor de la libra esterlina, disminuye».
Gobierno grande, en el sentido de grandes presupuestos, estará con nosotros por un periodo indefinido de Guerra Fría. Pero el gobierno puede aún limitarse en funciones. Expansión del gasto gubernamental para funciones tan básicas como defensa podrá mermar los recursos disponibles para fines privados. Pero expansión del alcance en las funciones de gobierno tiene un impacto mucho más serio: reduce el alcance de funciones privadas. Así, recorta la prevalencia de libertad, y ensancha la esfera de decretos administrativos. Tal corriente va en contra del carácter fundamental de nuestra gente y de las condiciones para su progreso con libertad.
Tanto el mercado como el proceso político supuestamente son democráticos, aunque solamente en forma imperfecta. Sí existe, sin embargo, una diferencia. En el mercado ninguna decisión mayoritaria es impuesta a la minoría. Si un 60 por ciento de los consumidores (votantes en sentido económico) escogen un producto, el 40 por ciento restante no está obligado a hacer lo mismo. En este sentido el mercado es un potente mecanismo para defender derechos minoritarios, un instrumento para el ejercicio de libre albedrío.En asuntos gubernamentales, la decisión mayoritaria es impuesta a la minoría, no porque los burócratas sean perversos, sino porque así es la naturaleza del proceso político.
PODER DE ESCOGER
En el mercado, el individuo tiene amplia gama de alternativas y el poder de escoger. En la arena política sólo las mayorías tienen el poder de escoger Tampoco se puede superar esta dificultad con la fácil aseveración que el poder político está distribuido con igualdad, en cambio, el poder adquisitivo no lo está. Como asunto práctico sabemos que el poder político está muy lejos de estar distribuido con igualdad. Pero tampoco debemos descartar el sistema por esas dos aseveraciones.
El fondo del debate en cuanto a la esfera y tamaño del sector público relativo al sector privado no estriba en únicamente la distribución de rentas o la división del botín. La verdadera controversia estriba sobre el significado de libertad personal y la esfera que se le ha de permitir.
En vista de la neblina que se ha estado formando alrededor de la definición de libertad, no debe sorprendernos que este asunto con frecuencia se confunde. Se nos dice que para lograr libertad política es necesario mayor control económico, control democrático, se nos asegura. Esta novedosa manera de hablar de la libertad parece ser que se refiere a «libertad de» dificultades económicas, más que a «libertad a» crear el verdadero cimiento para aliviar la presión económica y general desarrollo económico. Este concepto modificado lo ha mencionado con estas palabras Henry Wallich:
«La libertad de antaño... giraba en la libertad del poder arbitrario, de la opresión, de violación de los derechos humanos. La libertad de antaño definía los derechos del hombre ante su gobierno... La nueva libertad considera al hombre como libre en diferentes grados, de acuerdo con sus condiciones materiales y su psicología... La nueva libertad simplemente significa la ausencia de obstáculos para la realización de deseos».
La nueva libertad tiene un sonido familiar, pues forma parte especial de todos los discursos de todos los dictadores y demagogos de nuestro tiempo. Prometen que un simple cambio en la propiedad de los bienes, o en el control de la maquinaria estatal, mágicamente pondrá fin a todas las frustraciones.
¿Se habrá nublado tanto nuestra definición de libertad, en un tiempo tan clara y terminante, que hemos de constreñir la esfera de libertad individual y estrechar el campo de alternativas, y hacer todo esto en nombre de la libertad misma?
IV. LA PRUEBA Y LA ALTERNATIVANuestras instituciones económicas y políticas constituyen el marco vivo del carácter nacional. Lo que somos determina en gran parte lo que podemos hacer. Lo que hacemos, por otra parte, contribuye a determinar qué clase de gente seremos nosotros y nuestros descendientes.
Una sociedad orientada hacia el futuro como la nuestra, o crece o se marchita. Creció porque había hombres dispuestos a correr riesgos, tenían orgullo de un trabajo bien hecho y estaban estimulados por un sistema que premiaba a los individuos según sus ejecutorias. Desarrollo y carácter están amenazados por el temor al fracaso y la excesiva preocupación por seguridad, por el énfasis en el ocio en detrimento del trabajo productivo, y por una distribución de ingresos demasiado inclinada hacia categoría, necesidad o poder en vez de hacia contribución económica.
El pasado que se dedicó al desarrollo de un nuevo continente puso énfasis y premió la habilidad y la eficiencia; éstas, sin embargo, están en conflicto con la libertad que también incidió en nuestra historia. Nuestro sistema económico está diseñado para la eficiencia y justicia económica; nuestro sistema político es el motor de la igualdad. Como utilizamos cada una para complementar y no obstaculizar, la otra influenciará críticamente nuestra fuerza en casa y nuestra postura en el mundo.
Las tensiones del momento no son emergencia pasajera sino parte de prolongada lucha. No podemos enfrentar la prueba recurriendo a medidas temporales expeditas. Tendremos que vivir indefinidamente con los métodos que empleamos, con los objetivos que buscamos. Deben estar de acuerdo con el carácter nacional y las instituciones que nuestra gente ha creado, con excepción hecha únicamente cuando la necesidad es obvia. Controles de tiempo de guerra, durante la larga penumbra de la Guerra Fría, puede engendrar una mentalidad de cuartel dentro de nuestro sistema de libertad. La prueba que confrontamos es severa, pero cuidemos de enmarcar nuestra política en armonía con lo mejor de nuestro carácter, no con lo peor; explotando nuestros puntos fuertes, no los débiles
Si nos conducimos con ese espíritu, algún historiador podrá decir en verdad que fuimos abuelos y no sólo nietos de grandes hombres.
1 «Trata a tu prójimo como deseas que te traten a ti».
2 N.D. que aún continúa en 1964.