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Año: 16, Diciembre 1974 No. 93
CONSIDERACIONES ACERCA DE LA LIBERTAD
Por HILARY E ARATHOON S.
El quetzal, símbolo sagrado de nuestra libertad, es un ave de singular belleza que, según cuenta la leyenda y ha probado la experiencia, no puede vivir en cautiverio. Tuvimos la oportunidad, en una ocasión en que nos encontrábamos en la ciudad de Chicago, de comprobar la veracidad de este acierto. Por un panfleto, supimos que se ufanaba su zoológico de contar con especies enjauladas de dicha ave, pero cuando acudimos a constatar si era verdad tamaño desacato, pudimos comprobar que los ejemplares, fieles a la tradición, hablan muerto y que sólo restaba una hembra que, melancólica y triste, parecía pronta a correr el mismo fin.
En una de las páginas de la obra magna de la literatura castellana, Cervantes, por boca de don Quijote, dice: «La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos: con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra, ni el mar encubre: por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida». Cervantes mismo estuvo dispuesto a aventurar la suya en la gloriosa batalla de Lepanto, cuya victoria preservó a Europa de la invasión de las hordas otomanas. En dicha batalla perdió la mano izquierda, lo que le valió el epíteto de «el Manco de Lepanto».
Fue a dicha clase de Libertad, a la que se refirió el patriota y prócer norteamericano Patrick Henry, cuando lanzó su célebre grito: «Dadme Libertad o dadme muerte». La sinceridad de ese grito, no la ponemos ni por un momento en duda. Bastantes mártires ha habido en nuestros días que han sabido sellar con su sangre ese anhelo de libertad. Díganlo si no, las tétricas murallas que se alzan entre Berlín oriental y occidental, con las que las autoridades de la primera tratan de retener forcivoluntariamente a los que pretenden huir del yugo comunista. Dicho muro, que en realidad no lo es, sino que en parte es solamente una alambrada, es, como alguien ha dicho, el mejor monumento al espíritu de libertad que alienta al hombre y constituye el mayor escarnio al despotismo del régimen que intenta doblegarlo y reducirlo a la servidumbre y a la esclavitud.
De que no es simplemente retórica vacía el grito de: «Dadme libertad o dadme muerte», dan fe también los innumerables refugiados cubanos que se dan a la mar en endebles barquichuelos, prefiriendo afrontar los peligros del océano y naufragar en un mar infestado de tiburones, a permanecer esclavizados por el régimen marxista en su país natal.
Los evangelios de San Mateo y de San Lucas, nos cuentan que cuando Jesús fue tentado en el desierto e invitado por el demonio a transformar las piedras en panes pera aplacar el hambre de las multitudes y que éstas lo siguieran como dirigente, rechazó las propuestas, declarando que: «NO SÓLO DE PAN VIVE EL HOMBRE». Como dice Dostoievsky en los Hermanos Karamazov, al referirse a este incidente: «No quiso Jesús privar al hombre de su libertad. Quería que éste quedara libre para aceptar o rechazar su doctrina sin que mediara el soborno, porque consideraba que la libertad era el mayor don que habla podido conceder al hombre y no quería privarlo de dicho don». Pero hoy día hay quienes creen que el pan es panacea para todos los males y que basta con aplacar el hambre fisiológica de la humanidad, para hacerla feliz. Lo único malo de los que así piensan, es que cada vez se encuentran más lejos de alcanzar su cometido y hasta están considerando recurrir a las «viejas fórmulas de los decadentes países capitalistas», porque las que ellos se han trazado, no les han dado el resultado apetecido. Yes que la fórmula: «A cada cual según sus necesidades, de cada cual según sus capacidades» es una fórmula que contraviene las leyes más elementales de la naturaleza y de la lógica que establecen que al máximo del esfuerzo, corresponde el máximo de beneficio. A nadie le gusta afanarse sin ver los resultados tangibles de su trabajo y de sus acciones. Además, el hombre necesita el acicate de sentirse responsable y de tener que proveer para sí y para los que de él dependen. Si lo relevamos de dicho acicate, no tendrá por qué luchar, ni por qué esforzarse.
Pero volviendo a nuestro tema, fue esa Libertad generalizada y de tipo abstracto que concibieron los filósofos franceses, la que condujo a los patriotas de dicha gran nación a la gloriosa gesta de su revolución. Contrasta dicho concepto de libertad con el concepto mezquino que pretenden ofrecernos hoy día y que han subdividido en pequeñas dosis, como si el conjunto fuera un brevaje demasiado fuerte para paladearlo de un sorbo. Las subdivisiones que pretenden darnos, son: «Libertad de palabra», «Libertad de prensa», «Libertad religiosa», «libertad de miseria», «Libertad de opresión», etc., como si la libertad no fuera solamente una e indivisible. Los regímenes socialistas y comunistas a los que concretamente nos referimos, en vez de libertad. pretenden darnos un «boleto de racionamiento» que nos permita asegurar la mera subsistencia, aplacándonos un hambre puramente fisiológica, pero que en nada contribuye a aplacar esa hambre aún mayor, esa necesidad espiritual que el hombre tiene de sentirse libre y de poder escoger a discreción y ser él el arquitecto de su propio destino y no solamente un engranaje más en la vasta maquinaria del Estado.
Para personificar su concepto de libertad, los franceses encomendaron al escultor Frederik Auguste Bertholdi, la grandiosa estatua que más tarde obsequiaron al pueblo norteamericano y qué fue erigida en la isla de Bedloe, desde donde domina la entrada al puerto de Nueva York. Es la que ha brillado como el faro que en realidad es, dando bienvenida a los millares de refugiados que huían de la opresión y de la tiranía y que venían a buscar en el nuevo continente, lo que el viejo no les podía brindar: «La Libertad» y «la oportunidad» hija de la primera que sólo se presenta donde habita su progenitora. De niño y a los pocos años de transcurrida la Primera Guerra Mundial, tuve la oportunidad de viajar en un barco que venía atestado de dichos refugiados y aún los recuerdo congregados sobre cubierta cuando por primera vez aparecía ante sus ojos la estatua promisora destacada sobre el fondo de los rascacielos de Nueva York.
¿Qué es esa «oportunidad» que les brindaba América a dichos emigrantes? Era la oportunidad de luchar desde la nada del anonimato y elevarse por sus propios esfuerzos desde los puestos más humildes, los cuales aceptaban sin pestañar y sin desdoro, porque no hay desdoro en estas latitudes en el trabajo honrado cualquiera que éste sea. Y desde los puestos humildes se levantaban gracias a su propia iniciativa y a sus propios esfuerzos hasta llegar a alcanzar la holgura y la bonanza, sin que nadie los tildara de «advenedizos», ni de «nuevos ricos». Fueron estos emigrantes a quienes Estados Unidos de América abrió sus puertas de par en par y a quienes recibió en su seno y asimiló como hijos propios, los que contribuyeron a forjar su riqueza. Fue este vasto material humano, el que ha constituido su máximo tesoro y los que le han dado su actual grandeza. No fueron las «Leyes de Seguridad Social» las que indujeron a dichos emigrantes a acudir en masa y en tropel a América, ni fue que las tierras de este lado del Atlántico fueran más o menos fértiles que las que quedaban al otro lado. Fue únicamente que en América se respiraba ese aire de libertad y de igualdad. Que de este lado no había distingos sociales que los diferenciara en nobles y plebeyos. Que de este lado todos eran iguales ante la ley y podían desarrollarse libremente.
Como complemento intrínseco a la idea de la «Libertad» está la del «DEBER», o sea, de las obligaciones que nos imponen las leyes morales o divinas. El concepto del «DEBER» presupone, ante todo, que estemos en la libertad de escoger. Que gocemos de «libre albedrío». Desgraciadamente, en nuestros días, las nuevas generaciones han sido educadas según las teorías de Freud, que hacen que nos consideremos y actuemos como meros autómatas irresponsables, obedeciendo a determinados estímulos. Con tal clase de educación se ha perdido en nosotros el sentido del deber.
Se ha perdido también ese espíritu aventurero que nos hacía soñar con nuevos horizontes, con nuevos continentes qué explorar, qué conquistar.
Otra consecuencia de esas teorías nocivas, es que el hombre ya no se considere responsable y que no busque en si mismo la causa de sus propios triunfos o fracasos. Shakespeare en la tragedia de «Julio César», hace decir a Casio: «The fault, dear Brutus, lies not in our stars, but in ourselves that we are underlings». («La culpa, querido Bruto, de nuestra Inferioridad, no está en nuestras estrellas, sino en nosotros mismos»). ¿Quién en nuestros días, diría otro tanto?
Otra consecuencia y quizás la más lamentable, es que tendemos a mirar al exterior para la solución de todos nuestros males. El antagonismo de que son objeto los norteamericanos, aparte de la envidia que se les tiene, parte de que los demás países se han acostumbrado a depender de ellos en tal forma y a. esperar de ellos la solución de todos sus problemas al grado que ya no pueden valerse por sí.
Si queremos ser verdaderamente libres, si queremos gozar de nuestra libertad, debemos reeducar a nuestros hijos. Enseñarles el significado de «libre albedrío» que muchos ignoran. Enseñarles lo que significa el «DEBER» y la satisfacción del «DEBER CUMPLIDO». Enseñarles que cuando decimos que deben convertirse en «hombres responsables», queremos decir exactamente eso. Debemos cultivarles la educación del «CARÁCTER» y de la «VOLUNTAD», si hay alguien hoy día que aún recuerde dichos términos y su significado. Debemos enseñarles que el primer deber de cada individuo al llegar a la mayoría de edad es, como diría Emerson: «TO WEAN THYSELF». Es decir: «DESTETARSE», o, en otras palabras: «Aprender a valerse por sí, sin necesidad de depender de los padres o de ninguna otra persona». Debemos enseñarles a no volver sus ojos al Estado para que les remedie todas sus necesidades. El Estado jamás podrá darnos más de lo que previamente nos ha quitado y quien vuelve sus ojos al Estado es porque espera disfrutar gratuitamente de lo que el Estado haya arrebatado a otro. Debemos enseñar a nuestros hijos el respeto a la PROPIEDAD PRIVADA, única garante de nuestra libertad, y debemos enseñarles que la mejor función social que la PROPIEDAD PRIVADA puede desempeñar es exactamente esa y no otra.
Pero no bastan estas consideraciones por hoy. Anteriormente dije que «la Libertad es un don de Dios», como en efecto lo es. Pero es un don que hay que saber conquistar y preservar. Dios quiera que la sepamos preservar en nuestra Guatemala.