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Año: 7, Octubre 1965 No. 112
EL MILAGRO LIBANES, UN TRIUNFO DEL LIBERALISMO ECONOMICO
Por Jorge Quintana
Con autorización de la revista « Bohemi a» editada por Prensa Libre Venezolana, S A.
Si en alguna parte es posible observar la realización de un milagro portentoso es en Beirut. Hace veinte años había sólo cinco bancos. Hoy pasan de setenta y ocho. Hay veinte mil apartamentos desocupados, pero todos los días, en alguna parte de la ciudad, se inicia una nueva obra. Y ya no se conforman con casas de una o dos plantas. Ya se ven, por todas partes, modestos rascacielos de diez o más pisos. El crecimiento es vertiginoso. Crece a la vista. Crece por día, por semana, por mes, por año. No se detiene. Los automóviles norteamericanos de distintos colores invadieron a Beirut. Pero tropezaron con la dificultad del estacionamiento. Ahora los vecinos de Beirut comienzan a interesarse por los carros europeos que son más pequeños y, lógicamente, más manuables. El mercado de monedas es libre. En los Souks se pueden cambiar todas las monedas del mundo que se compran y venden sin dificultad. El oro circula como una mercancía común. No tiene restricciones. En el centro de la ciudad adquirir un metro cuadrado a veces llega hasta los dos mil dólares. Y sigue subiendo. Por doquier hay comercios de todas clases. Y productos de todas partes. Allí usted puede adquirir una mercancía japonesa, inglesa, norteamericana, francesa, alemana o italiana con la misma facilidad que en sus países de origen. Hay una mezcla de colores que se nos mete por los ojos y exalta el entusiasmo. En Beirut se ha logrado expulsar al pesimismo. Se vive en medio de un vértigo fascinante. Los automóviles irrumpen por las calles a velocidades increíbles. Atravesar una esquina es un conflicto. Todo es entusiasmo, dinamismo, acción. Beirut vive de prisa. Hay un ansia de no desperdiciar el tiempo. Los hoteles están atestados de hombres de todas nacionalidades. Se escuchan por doquier distintos idiomas. Tal parece que asistimos al espectáculo del rodamiento de una película en la que todos los habitantes de Beirut son actores. Uno de esos films realistas que los italianos nos impusieron después de concluida la II Guerra Mundial. Suprimido el artificio. No hay espectadores. Todo el mundo hace algo. Y lo que más maravilla es que esta obra se ha realizado poco más o menos en veinte años.
Un triunfo del liberalismo económico
Para un espíritu observador no le habrá de interesar lo que está viendo, sino cómo fue posible llegar a esa realidad. Y la indagación nos lleva a una conclusión: el Líbano es el triunfo pleno, absoluto, total del liberalismo en el campo económico. Al concluirse la II Guerra el mundo se eriza de barreras aduanales. Un nacionalismo obtuso y sin sentido cierra fronteras, levanta obstáculos. Los libaneses deciden, en ese momento, hacer todo lo contrario. El más limpio liberalismo orienta su política económica. El Líbano se olvida de la secuela del colonialismo y libera totalmente las importaciones y los cambios. Los resultados están a la vista.
Es verdad que en el Líbano las condiciones geográficas facilitan la tarea. Es verdad que los fenicios en su época hicieron de este soleado territorio con sus costas al Mediterráneo, una encrucijada que facilita la comunicación entre Europa, Asía y África. Era la entrada y la salida de todo lo que se producía en la Grecia de los helenos, en el Egipto de los faraones y en las ciudades africanas que el esfuerzo fenicio sabía convertir en los primeros centros comerciales del mundo. Por eso no fue nada extraño que al concluir la II Guerra Mundial, Siria, Jordania, Irán importaran y exportaran por la zona franca de Beirut sus productos. La capital del Líbano era como una colosal rampa para el comercio con los países del golfo Pérsico y de la península arábica.
Con el comercio en ascenso. Beirut desarrolló la iniciativa financiera. Los bancos proliferaban. Cómo la explotación petrolera en los países árabes aumentaba prodigiosamente y los mismos carecían de bancos para las transacciones, los libaneses les ofrecieron, en Beirut, las facilidades de una banca sólida y bien organizada. Los beneficios petroleros afluyeron a Beirut en busca de inversiones. Todo era facilidad. Nada de trabas. Había crédito porque había confianza. Cuando todo el Medio Oriente se agitaba y convulsionaba con su nacionalismo pasado de moda, el Líbano se ofrecía, cordial y gentil, como un oasis de seguridad y prosperidad. Allí no había conflictos religiosos, porque cristianos y musulmanes habían encontrado el modo de convivir sin odios ni rencores. El sentimiento nacional es fuerte, pero ajeno a la xenofobia. Un alto espíritu de comprensión lo preside todo. Hoy el Líbano es ejemplo magnífico de lo que puede realizar el hombre cuando se despoja de pasiones innobles y se afana por desarrollar sus propias capacidades.
Factor muy importante en esta actitud lo ha sido la circunstancia de que los Libaneses son un pueblo de casi tres millones de habitantes, de los cuales dos millones viven en el Líbano y un millón y medio se halla disperso por el mundo con un acendrado sentimiento patriótico y nacional. Cuatrocientos mil libaneses viven en los Estados Unidos de América; trescientos cincuenta mil desarrollan su capacidad extraordinaria en el Brasil. Hay doscientos mil libaneses en la Argentina y cuarenta mil en México, veinte mil en Canadá, cinco mil se han regado por Europa y unos treinta mil han construido su vivienda en el África Negra. No es de extrañar ese espíritu de emigrante. Los libaneses descienden de los fenicios que fueron los primeros comerciantes del mundo antiguo y, también los primeros navegantes y los más entusiastas colonizadores del Medio Oriente, la Europa mediterránea y el África mediterránea y Atlántica. Fueron grandes viajeros, excelentes exploradores, magníficos marinos, pero mejores comerciantes. El contacto con otros pueblos les despojó de prejuicios y les hizo cordiales amigos en todas partes del mundo conocido de su época. Los libaneses actuales descienden de aquellos fenicios y son los que mejor lo tipifican. El mismo espíritu los anima.
Las colonias libanesas en todo el mundo procuran mantener vivo el espíritu nacional. Once periódicos libaneses en lengua árabe se editan en los Estados Unidos, cinco en Río de Janeiro, diez en Sao Paulo. Dondequiera que viven se organizan bajo la poderosa Unión de los Libaneses del Mundo. Como muy bien ha dicho un periodista francés, Yves Cuau en «Le Figaro» de Paris, se trata de una poderosa y sólida «tela de araña», una red cerrada que cubre al mundo. Los libaneses contribuyen a consolidar la economía del Líbano. La red facilita el entendimiento. Un banquero de Beirut puede permitirse el lujo, merced a estos contactos, de mantener comunicación con banqueros, comerciantes, industriales y expertos en negocios locales en todas partes del mundo.
El inviolable secreto bancario del Líbano
Como los suizos, la banca de Beirut ofrece una absoluta confianza en el secreto bancario. Son las dos únicas naciones que ofrecen en el mundo esta garantía. Pero en el Líbano no se ha aprovechado la experiencia suiza y han asegurado mucho más el secreto bancario. Ninguna administración incluyendo la fiscal puede obligar a su quebrantamiento. A Ben Bella, por ejemplo no le fue muy difícil lograr que las autoridades suizas quebrantaran el secreto bancario y le revelasen el tesoro de uno de sus adláteres, el Sr. Khilder, que al defeccionar se llevó todo el dinero bajo su custodia a los bancos de Ginebra. Eso no se hubiera podido lograr en Beirut, donde se estima que el quebrantamiento del secreto bancario puede muy bien ser la quiebra de la institución. El secreto bancario y la libertad de cambios y de transferencias constituyen en el Líbano, algo muy sagrado.
Para los emires del Golfo Pérsico, con sus millones obtenidos, de la explotación del petróleo, Beirut es una bendición del cielo. Les ofrecen todas las comodidades del mundo europeo y también las del mundo árabe. Allí pueden depositar sus fondos y hablar con funcionarios bancarios en su propio idioma, recibiendo consejos sin dificultad. Si necesitan moneda de cualquier parte la reciben inmediatamente. Si necesitan hacer transferencias a Ginebra, Paris, Nueva York o Londres pueden hacerlo al instante. Si quieren divertirse hay cabarets y si quieren orar hay mezquitas. Todo se les facilita.
En la historia contemporánea del Líbano el año de 1958 marca un hito histórico, la guerra civil se desató violenta desangrando al país. Se luchó en Trípoli. Se combatió en la montaña. La sangre corrió a raudales. Nasser, desde Egipto, movía sus peones. Quería apoderarse del Líbano. Incorporarlo a su feudo egipcio. Su ambición desmedida de poder y control del mundo árabe, no tiene límites. Las autoridades libanesas sabían que los oposicionistas recibían fondos de un banco egipcio. Era necesario, por razones de Estado, quebrantar el secreto bancario. Había ministros que eran partidarios de descubrirles a los de la oposición sus fuentes de ingresos. Estaban traicionando a la patria libanesa, poniéndose al servicio de una nación extranjera. Sin embargo, el Ministro de Finanzas del Líbano fue de opinión que no era necesario. Argumentó, razonó y al fin impuso su criterio. El secreto bancario se mantuvo cerrado, inviolable. La crisis se resolvió porque el patriotismo se impuso a la postre y los traidores sufrieron aplastante derrota.
Un alto interés bancario
Hay algo que diferencia ostensiblemente a la banca suiza de la de Beirut. Y es que mientras en Suiza a los depósitos bancarios se les obliga a pagar impuesto, en Beirut se les beneficia con un alto interés que va desde el 1 hasta el 7%.
Sin embargo la situación política del Medio Oriente ha alarmado a los banqueros de Beirut. Los depósitos aumentan, pero ellos no saben hasta qué punto pueda afectarles la situación. Saben muy bien que la inseguridad política trae, como consecuencias, la fuga de capitales, hacia otros lugares que consideran más seguros. En este caso los banqueros suizos son los rivales más poderosos y casi diríamos que los únicos que pueden desplazarlos. Por otra parte los depositantes árabes están aprendiendo rápidamente el mecanismo bancario y con el tiempo llegarán a amenazar con reducir los depósitos. Nasser, con su nacionalismo árabe, amenaza también. Él está sugiriendo constantemente que los recursos petroleros de los árabes sirvan, fundamentalmente, a la nación árabe. Es un ambicioso de la unidad del mundo árabe, con lo que contribuye a engrandecer el futuro económico del Líbano que, por otra parte, es de las naciones árabes más independientes y más alejadas de su nefasta órbita de influencia. Pero ése es un conflicto a largo plazo que no perturba, por el momento, el sosiego de los banqueros libaneses. El monto total de los depósitos en la actualidad ascienden a unos 2,500 millones de libras libanesas, o sea, aproximadamente, unos 800 millones de dólares.
Los depositantes árabes tienen predilección por la inversión en inmuebles. Esto es lo que hace que en Beirut existan unos veinte mil apartamentos desocupados, pero se sigue construyendo a un ritmo acelerado.
Beirut zona franca
El puerto de Beirut se ha estado desarrollando en forma paralela al financiero. Una zona libre de ciento treinta y dos kilómetros, quinientos metros cuadrados de extensión, a lo largo de la costa hacen de Beirut el puerto de salida de la mayor parte de la producción del Medio Oriente. Las mercancías se pueden almacenar hasta por tres años. Los almacenes están abarrotados de mercancías de todas clases. A la salida se les fija una tasa aduanal si entran al Líbano. Si se envían a otro país no pagan nada. Así se explica que ciento cuarenta comerciantes o industriales se hallan instalados allí y que mil quinientos obreros obtengan allí su sustento. Es famoso el Bazar de las Alfombras. Por Beirut pasa la mayor parte del comercio de alfombras persas. Y allí se ha instalado una fábrica de preparación de legumbres secas, de elaboración de tabaco, once talleres de confección de ropas, una fábrica de perfumes y una industria donde se tratan y calibran la mayor parte de las tripas que se recogen en el Medio Oriente. Cuando un norteamericano se come una salchicha de fabricación nacional, no sabe que el tejido que la envuelve proviene casi siempre del Líbano.
El puerto de Beirut posee dos diques y ha acometido la construcción de un terreno que está dotado de mil novecientos cincuenta metros de muelles, con calado hasta para trece metros. Se espera que el mismo comience a prestar servicios para el año de 1966. Los vecinos comienzan a imitarlos. Siria y Jordania desarrollan sus puertos de Lattaquie, Tartus y Akaba, pero es muy poco lo que han logrado hasta el presente.
El turismo es otra fuente de ingresos que los libaneses saben cuidar. No se maltrata al turista como en París, sino que se le mima y cultiva. Consideran muy importante que se lleve una buena impresión. Todavía el turismo es bajo si le comparamos con los recursos del país, pero crece y se desarrolla, constribuyendo a aumentar las divisas. Beirut aspira a canalizar la corriente turística de Europa y de todo el Medio Oriente. Y puede lograrlo.
Un fenómeno curioso es cómo el Líbano, pese a las dificultades de un déficit notable en su balanza comercial, es más lo que importa que lo que exporta y en su balanza de pagos, saldos de compra y venta de bienes y de servicio disfruta de un saldo positivo en su balanza de pagos.
El milagro libanés es ya un hecho
De todos modos el milagro libanés es un triunfo del liberalismo económico y todo hace pensar, que debiendo al mismo éxito presente no se decidan los dirigentes políticos y económicos del Líbano por alteraciones o cambios que pongan en peligro ese éxito. Mientras el mismo rinda sus frutos y signifique lo que hasta el presente, nada hay que hacer como no sea continuar por la senda emprendida con tanto acierto.
Que el «milagro libanés» no está consolidado es cosa que los dirigentes de la nación libanesa tienen muy presente. Saben bien los obstáculos que hay que vencer y los que en el futuro se pueden presentar. Pero para esos problemas ya se estudian soluciones. Y no hay dudas que las encontrarán. Los libaneses son inteligentes, laboriosos y, sobre todo, gente de imaginación y talento. Su vocación comercial y financiera permite augurar que el milagro puede prolongarse y asegurarle, al Líbano, una prosperidad ilimitada.
«Allí donde la función del mercado es sustituida por la actuación de los funcionarios, y la competencia por una burocracia dirigida, desaparecen la mejoría del rendimiento y el progreso; y en este caso, llegará también a su fin la beneficencia social y el bienestar humano».
Ludwig Erhard