Año: 8, Enero 1966 No. 118

STATU - QUO Y PROGRESO

Pedro Julio García «Prensa Libre», Guatemala

A propósito de un estribillo

Cuando se habla de aumentar y diversificar la producción a la vez que poner cortapisas al capital so color de realizar justicia social en beneficio de las «mayorías desposeídas», se pretende tener el pastel y comérselo al mismo tiempo, frase certera con la que el vulgo califica un desatino, lo que no tiene sentido. Lo lógico es, si se quiere que el capital dé más copiosos frutos, que genere mayor riqueza en la forma de fuentes de trabajo y bienes de diferente especie, que se le permita desenvolverse dentro de un ámbito holgado y seguro, propicio a las reinversiones y a la creación de nuevos capitales; ese es el procedimiento indispensable en donde quiera que se necesita estimular el desarrollo. Es la política de los incentivos, cuya meta inmediata es el lucro; si no hay un estimulo eficaz, tampoco hay iniciativa. Si se trata de cercenar las oportunidades que el capital necesita para su incremento, no queda otra alternativa sino que el estado asuma esas funciones y se dedique, por su cuenta, a dirigir y fomentar la producción, poniendo término al sistema al que tantas deficiencias se achacan y al que se culpa gratuitamente de todos los males que aquejan a la sociedad moderna. Sería absurdo pedirle milagros cuando no se le tiene ni se le presta fe alguna. De modo que al hacerle graves reproches y amenazarlo con medidas correctivas, lo que tienen en mente en realidad es el socialismo, para llegar al cual lo primero es desangrar al capital, lograr su demisión cargándolo de cadenas. Se le presenta, por eso, como el gran culpable.

Es la táctica más sencilla porque en esas condiciones todos los denigrantes pueden presentarse a sí mismos como redentores. El capital, repiten insistentemente, es egoísta, avorazado e insaciable; se preocupa sólo de acumular riquezas; se desentiende fríamente de las necesidades de los demás; no busca sino su provecho, y para ello acude a métodos inhumanos. Es decir que, según esa figura detestable, lo contrario ha de ser el desiderátum de la nueva hora; un ente bondadoso, magnánimo, que derrame sus bienes a granel para que todos disfruten de una vida digna. Esa criatura preternatural es, según los teorizantes, el estado. Es él el único que puede acogotar a la fiera y obligarla a devolver a sus legítimos dueños lo que les ha arrebatado gracias a sus ardides. Se esconde el hecho tratándose de países subdesarrollados de que ni siquiera se ha alcanzado un grado de avance capitalista digno de ese nombre y que, por tal virtud, es un contrasentido hablar de fiasco. Para determinar el fracaso de un sistema, es necesario que llegue a su grado máximo de expresión, que se vigorice, que se afiance y multiplique. En suma, hay que juzgarlo según su nivel de perfeccionamiento. En una etapa incipiente no puede hablarse de incapacidad para resolver los problemas del medio que en pocas palabras se reducen a las oportunidades de trabajo para multiplicar los bienes y servicios porque no ha habido tiempo para alcanzar ni las metas más elementales. Los recursos son magros; los esfuerzos, aislados e inconexos. Es indispensable un proceso de crecimiento para alcanzar la máxima tensión, como el músculo del atleta que no responde al esfuerzo que se exige de él, si antes no ha pasado por un periodo de entrenamiento adecuado. Si le obligan a prodigarse antes de alcanzar su sazón, se consume prematuramente su fuente de energía. Pues igual cosa pretenden los que quieren que el sistema vigente rinda, en agraz, lo que sólo podría esperarse en una etapa superior de madurez y, a la par, con el achaque de que es torpe y egoísta, se le somete a enérgica sangría para hacerlo más débil.

Lo paradójico de esas posturas es que comienzan por ofrecer la distribución de una riqueza que no existe porque no ha habido tiempo de crearla. Para que esos bienes alcancen a las mayorías desposeídas, hay que tenerlos en abundancia. Parecería pertinente el enunciado de una política distributiva en países en donde el producto nacional bruto es elevado, en donde los bienes de capital son extraordinarios y en donde la economía rebosa en todas sus manifestaciones. Pero, en donde los capitales son exiguos, las industrias, raquíticas y todo el movimiento económico, insignificante, es un despropósito. Lo único que ha de lograrse es desinflar el proceso de adelanto, restarle ímpetu y provocar un estancamiento; en otras palabras, provocar un estado de mayor pobreza. Analícese un ejemplo aislado. Cuando so propone aumentar la producción, se implica un curso de acciones eslabonadas, cada una de ellas sumamente compleja. La más obvia es la de reinversiones en escala apreciable porque, sin ellas, no hay manera de aumentar el rendimiento. Reinversión supone a la vez la existencia de réditos, de reservas y de seguridades futuras, un margen de lucro que alcance, de un lado, para el pago de todas las contribuciones fiscales, prestaciones obreras, mantenimiento y desgaste y, por otro, para resarcir al inversionista e incitarlo a correr un nuevo riesgo, que es el que va incrustado en las ampliaciones de maquinaria, de personal y de mercadeo. Ahora bien, los teóricos esperan que todo esto se produzca mientras el estado se encarga de distribuir esa misma riqueza mediante un sistema de imposición confiscatorio, a la vez que se aumentan las cargas laborales, que se castigan las reservas y, de añadidura, se cubre al inversionista de denuestos y amenazas. La política confiscatoria y el agobio fiscal merman el rendimiento del capital y, automáticamente, los ahorros; sin éstos, no hay creación de nuevos capitales para invertir. Las amenazas veladas y los cargos infundados hacen imposible un estado mínimo de confianza, con lo que se imposibilita el aumento de la producción. O lo uno o lo otro: ambas cosas es imposible. No se puede tener el bollo después de habérselo comido. Una frase coloquial elocuente que resume el quid del asunto.

Si se quiere aumentar la producción y distribuir los beneficios de la riqueza, han de crearse condiciones propicias, a sabiendas de que lo uno apareja lo otro porque son causa y efecto. Mayores inversiones, más intenso movimiento de capitales, trae envuelto mayores oportunidades de trabajo, mejores índices de vida, mayores tributos y, en consecuencia, más facilidades para resolver los problemas sociales de la población. Si no es así, lo que se propone en realidad es un cambio de sistemas; arrumbar el capitalismo e imponer su antípoda; el reino socialista.

La concentración, factor dinámico

El más constante de los reproches que se hacen al sistema económico de libre empresa es que promueve una cada vez más apretada concentración de la riqueza en unas pocas manos y da lugar, como secuela, a una injusticia intolerable porque contrasta grimosamente con la carencia de la mayoría de los habitantes. Es el cargo más socorrido por ser el más aparente y el que despierta en la masa, con mayor efectividad que cualquier otro, un resentimiento agudo. En ese fermento oscuro en que se mueven la ira, la envidia, el despecho y otras pasiones igualmente sórdidas, florece la noción de que ocurre de tal guisa como consecuencia del despojo y de la rapacidad de los privilegiados; cada quien que compara su necesidad con la holgura de esos pocos se inclina a creer que lo que ellos poseen es en buena parte lo que a él pertenece, que ha sido desheredado y estafado en alguna forma no muy clara, pero sí palmaria. No le cuesta aceptar, por lo tanto, que un sistema en que eso ocurre es fundamentalmente nocivo y que los promotores tratan de conservarlo por codicia y glotonería. De convencerlo se encargan los portavoces de las corrientes socialistas que presentan su mercadería como antípoda de aquélla; es decir que, si el sistema derivado del capitalismo es malo, el suyo es sólo bondades; si el otro es egoísta y usurpador, el de ellos es desprendido y longánimo. Se trata, desde luego, de una falacia; pero cuando tal cosa se descubre, es demasiado tarde para volverse atrás.

Lo curioso es que se tacha a la libre empresa de una característica que es común al socialismo; en realidad, que es un fenómeno inherente y propio de toda corriente social, económica o política. Concentración no es el término rigurosamente exacto para definir ese hecho, pero es el que más fácilmente esboza sus efectos, en cuanto a que se opone a dispersión y diseminación. Significa entonces que una especie dada de energías se hace apretado haz y adquiere consistencia, forma e ímpetu. La conglutinación de elementos dispersos crea una masa compacta, homogénea y resistente. Lo que aisladamente es endeble, conglutinado adquiere una fuerza insospechada. Ningún proceso social podría realizarse si no opera concentradamente, ligado en los elementos de su misma naturaleza y enderezado al mismo fin. Lo que se censura al capitalismo es, no una gracia ni un defecto, sino una condición esencial para manifestarse y realizar sus fines. Sirva de ejemplo el mecanismo de una sociedad anónima. Las participaciones individuales de cada uno de los socios son de por sí insignificantes e inocuas. El valor nominal que les es propio no permitiría a su tenedor obtener ningún beneficio ni realizar ninguna empresa, pero sumadas unas con otras, conglutinadas dentro del marco operativo de la sociedad, constituyen la base de colosales empresas que hacen posible el rédito, en cuanto al poseedor atañe, y generar una fuerza económica incontrastable en lo que al medio en que opera se refiere. La concentración de los bienes y los medios, lejos de ser un factor negativo, es por el contrario una palanca poderosa, capaz de dar empleo a centenares de personas, de prestar servicios a millones de seres y de impeler la economía para el logro de mejores condiciones de vida para todos.

Exactamente igual ocurre con los otros sistemas político-económicos, pero de manera más notoria aún con el socialismo. Haciendo caso omiso del aspecto político, que es una concentración de poder el más absoluto y dominante que pueda imaginarse lo que ocurre en el terreno económico basta para demostrar el punto. La idea socialista consiste fundadamente en la absorción de los medios económicos por el estado. En virtud de la fuerza, éste se apodera de los instrumentos de la producción y los administra según su criterio. Los bienes pasan de unas manos a otras, mas no se dispersan ni prodigan. El aserto de que se entregan al pueblo es una falacia, como quien dice, una licencia de lenguaje. El estado se considera a sí mismo representante del pueblo y actúa en su nombre, mas no por ello significa que el conjunto de riquezas expropiadas a los particulares pasen a ser propiedad de las mayorías. El patrono es distinto, nada más, pero no necesariamente mejor. A los empresarios particulares el trabajador puede reclamar prestaciones, mejores salarios, hacer en su defensa uso de los recursos que le permite la ley, en tanto que, frente al estado-patrono, se halla totalmente demiso e indefenso. Es éste inflexible e implacable; y lo que es más, no admite objeciones ni discrepancias. A la concentración económica añade otra de tipo político mucho más temible. ¿Es que acaso dentro del sistema socialista se tolera al proletariado ninguna muestra de descontento? ¿Es que tiene derecho a demandar o adoptar actitudes coactivas como la huelga? Ni en sueños. La excusa es otro embuste igualmente burdo y engañoso. Siendo el amo el mismo pueblo, sus integrantes no pueden rebelarse contra sí mismos.

Estas imposturas que tan hábilmente se manejan para desquiciar el andamiaje económico social que brota a la sombra de la democracia, por ser la libertad del individuo una de sus raíces vitales, se descubren en la práctica, cuando ya no hay escapatoria. En teoría, se aderezan de tal modo que sorprenden la buena fe de los incautos y de los ignorantes. Se acusa al capitalismo de canalizar la riqueza hacia unos pocos y con ello se hace creer que, bajo la bandera socialista, ocurre de manera diferente. La verdad es distinta. Ninguna doctrina podría subsistir en la dispersión. La ley natural es aglutinante porque en esa característica radica la fuerza impelente. No hay ninguna desemejanza de forma entre el uso de los medios económicos por parte de unos pocos, en beneficio de otros muchos, y el acaparamiento por el estado de esos mismos medios para el mismo efecto. De una minoría pasan a otra aún más exclusiva y más temible porque al poder económico agrega la fuerza de las armas. De una oligarquía se cae en otra más grosera e intratable. Se elimina la disparidad entre los individuos, pero se erige una casta privilegiada, la que usurpa el poder, que disfruta de todas las ventajas de la opulencia y la plutocracia, mientras usa el lenguaje de los proletarios. Las condiciones de vida de los jerarcas políticos de ese nuevo orden son muchas veces más grimosas con referencia de la de los proletarios amarrados a la máquina estatal, que las existentes entre el empresario y su trabajador. Al menos en este caso hay un vinculo voluntario, hay libertad y ancho margen al albedrío. Conviene tener esto en mente ahora que va a oír hablarse muy a menudo, como parte de la campaña política, de acabar con todas las injusticias sociales y políticas, para instaurar, revolucionariamente, un paraíso ilusorio y fantasmagórico.

La distribución de la riqueza

En los manifiestos políticos tropezamos a cada paso con la propuesta de promover una distribución más justa de la riqueza para remediar, según se advierte, el desequilibrio económico y social que caracteriza al orden imperante. Al proponer ese plan, se deja implícito, de manera inapelable, que hay un estado de iniquidad por virtud de ser el capital patrimonio de unos pocos y por naturaleza insensible a las necesidades de los demás. Así se viene repitiendo sea que se trate de justificar medidas fiscales más severas la imposición confiscatoria o que se propugne por la reforma o el trastrocamiento del sistema. El fin es conminar al capital a impartir sus beneficios, a diseminarse hacia los demás estratos sociales. Nada más plausible, pero eso es, aunque se cuiden de reconocerlo, lo que ocurre en mayor o menor escala, según el grado de desarrollo capitalista en que se encuentren los países que viven bajo ese estandarte. Acontece en menor grado en donde la economía es endeble y el capital lucha por despuntar y afianzarse en terreno inculto; siendo su caudal exiguo no soporta grandes sangrías sin peligro de quedar exangüe. El proceso lógico es procurar su desarrollo de manera que sus irradiaciones tengan en un futuro inmediato mayor alcance y trascendencia. Un suceso de tanta magnitud no puede precipitarse ni violentarse; ha de cubrir un ciclo inmutable. Cabe estimularlo, propiciar condiciones favorables para que se mantenga al ritmo debido de crecimiento y cuanto antes comience a dar frutos. Cualquier otra fórmula conduce, se quiera o no, a malograrlo porque equivale a restarle oxígeno en la etapa decisiva.

Hay que comenzar por señalar que es exagerado el cargo de que el capital favorece exclusivamente a la minoría que lo posee y que sus ganancias engordan nada más las faltriqueras plutocráticas. El hecho que se subestima o se menosprecia al sostener ese criterio es que existe una contribución valiosa del capital en favor del medio en que se desenvuelve. De un lado, sostiene con sus contribuciones la parte más voluminosa de las cargas públicas. Es inevitable que así suceda. El que más tiene es el que más sufre la acometida fiscal. Las grandes y pequeñas empresas suministran al erario sus principales fuentes de ingresos; como entidades lucrativas, por concepto de aduanas, de timbres, de licencias y derechos múltiples. Todo ese dinero es el que permite sostener la burocracia, que es trabajo y bienestar para millares de familias, y llevar a cabo obras de beneficio social. Técnicamente eso es lo que se entiende por distribución de la riqueza; canalizarla a través del estado para beneficiar a los que no la poseen; gracias a ese dispositivo, hay hospitales, escuelas, servicios públicos a que tienen acceso, sin distingos, todos los habitantes. Es el capital activo el que va a irrigar indirectamente los estratos necesitados. La sabiduría del sistema consiste en procurar que eso suceda en escala conveniente, sin perjudicar las raíces cardinales del árbol de la prosperidad. Una política impositiva confiscatoria, obnubilada por la idea de hacer justicia a los desposeídos, imposibilita el rendimiento e impide el fenómeno reproductivo que le es propio. Un capital que no obtiene beneficio se agota y se consume; no desaparece la riqueza de una o más personas solamente, sino se elimina una fuente de energía que mueve al conglomerado.

Estas objeciones prudentes y comedidas son las que se interpretan como indicio de insensibilidad y de codicia. Si el capital se resiste a las medidas confiscatorias, es por apetito desordenado; si aboga por un margen de lucro, es por excesiva avidez. No se quiere entender que sin ganancias no hay ningún movimiento económico que se sostenga mucho tiempo. Unos invierten capital; otros, esfuerzo, energía, iniciativa, para obtener algo. El capital, provecho; el trabajo, la satisfacción de las necesidades esenciales. La mejor muestra de que la idea de lucro no es lo abominable que se dice, es que en Rusia se está volviendo a la política de incentivos para dinamizar la producción. Al cabo de un largo y costoso experimento, han venido a reconocer los nuevos jerarcas del socialismo que la ganancia es el mejor acicate económico. La noción ilusoria de la igualdad, del rasero indiscriminado, hace tiempo que fue archivada por impráctica y contraproducente, tanto así que hoy en día son notorias las diferencias económicas en el mundo proletario. Los hay que disfrutan de las comodidades de la civilización y del progreso, que tienen automóvil y villas de descanso, y también los que viven estrechamente, en casas de vecindad, atenidos a un magro estipendio. Lo cual sirve para demostrar que, mientras no cambie totalmente la naturaleza humana, no es posible suprimir los ímpetus de superación, sus afanes de mejoramiento, su deseo de procurarse medios de satisfacer sus apetitos. Siempre habrá quien tenga más que otro, disparidad que, aunque pudiera considerarse injusta desde un punto de vista teórico, en la realidad es un hecho natural, incontrastable. El lucro ha sido, si se mira sin prejuicios ni aberraciones, el punto de apoyo de la palanca que ha hecho posible el desarrollo de todas las civilizaciones; es decir, del progreso y de la superación de las comunidades humanas. Lo vituperable, en todo caso, es el destino que pueda dársele en un momento dado. O, si se quiere, la manera cómo se administra; en el dispendio y la malversación.

Las situaciones que se achacan al capital son, pues, de un orden que nada tiene que ver con su esencia ni sus propósitos. En lo que a esto corresponde, realiza sus funciones de acuerdo con su potencialidad y el medio en que actúa. Genera riqueza, sí, pero también reparte beneficios. Da trabajo y procura de ese modo el sustento de la clase laborante; entrega al estado gruesa parte de sus réditos para que éste los canalice en beneficio del pueblo; da aguinaldos anuales, lo que equivale a decir que reparte otra porción de sus ganancias entre sus empleados. Si a despecho de ello no es posible resolver todos los problemas de la convivencia social, no es su culpa; alguna cuota corresponde a los administradores de los bienes colectivos, que no actúan con la debida honestidad, que se enriquecen en los puestos públicos con dineros que estaban destinados a atender las necesidades del pueblo. ¿Significa esto que la solución está en cambiar todo el aparato político-social y acogerse a las nuevas doctrinas? Hasta ahora no hay nada, en ninguna parte del mundo, que lo pruebe. Al revés; lo que se observa en los estados socialistas es el advenimiento de una casta privilegiada, todopoderosa, una oligarquía política que usufructúa la riqueza, que vive en la opulencia y hace el papel de verdugo, carcelero y capataz de pueblos inermes, desposeídos de sus más elementales derechos. Allí está Cuba como espejo y allá están las otras naciones satélites del eje comunista para saber qué es lo que puede esperarse.

Statu-quo y progreso

Los apuntes precedentes no deben entenderse como una defensa del statu quo, ni como una postura conservadora a ultranza; vida es, sobre todo, movimiento, caminar hacia algún punto en donde han de realizarse los propósitos del individuo y los designios de las naciones, la vista dirigida hacia adelante, los pies firmemente asentados en la realidad. El statu quo, el estado en que se encontraban las cosas antes, no sirve sino como punto de referencia; son los hitos que quedan en el camino y que con el tiempo entran en la historia para enseñar a los que vienen atrás la experiencia de sus antecesores. El hombre y la sociedad en que vive se mantienen en constante evolución; muda de costumbres, de puntos de vista, de ritmo vital. Lo que desecha a su paso es lo que ha dejado de ser útil y convertido en estorbo. Es un fenómeno que ocurre espontáneamente sin que las gentes lo adviertan ni lo padezcan, Antes de que nadie se detenga a escrutar, el hecho ha pasado a formar parte del atuendo habitual; es la virtud del instinto de supervivencia que induce a prescindir de lo que le queda estrecho como consecuencia del desarrollo. Si no sucediera de ese modo, el crecimiento social sería un fenómeno doloroso, sólo posible mediante recursos artificiosos que violentaran la naturaleza del acto. Las deformaciones que produciría en los núcleos humanos semejarían las que en el cuerpo de los africanos producen los apretadores que se colocan a los niños en diferentes partes de su anatomía.

Nadie puede detener el hecho Irreversible del crecimiento. Pero, igualmente, nadie está en condiciones de precipitarlo sin concitar sobre la entidad social consecuencias desastrosas. Lo que una sociedad descarta por sí misma es lo que ha cesado de cumplir una función necesaria; es ello indicio de salud y de vigor. Pero lo que se le mutila en período de desarrollo le causa impedimento seguro; los apéndices que se le agreguen o ajusten, en vez de aligerar la marcha como se supone, la condenan a una larga convalecencia y a un movimiento de reajuste que se equipara a estancamiento. El único resultado inmediato e innegable es el cambio del poder; las estructuras pueden ser arrumbadas, mas no por ello se arriba a la solución presta de los problemas que indujeron a la mudanza. Por el contrario, se aleja según el grado de violencia que se emplee porque las heridas necesitan más tiempo para cicatrizar. La prueba es que un país sacudido por un vendaval de ese tipo sólo comienza a recuperarse en la medida en que prescinde de los métodos revolucionarios y conforme se atempera y pierde ímpetu. Para llegar al punto en que se encuentra, Rusia ha debido apartarse substancialmente de la ortodoxia marxista-leninista; es decir, aburguesarse y copiar modalidades al sistema capitalista. Esa proclividad ha de acentuarse al paso que las nuevas generaciones, nacidas muy lejos de la hoguera inicial, comiencen a actuar dentro del aparato social. El aburguesamiento del proletariado llegaría a constituir el apogeo revolucionario.

Rebatir lugares comunes en boga, demostrar la inconsistencia de las cantinelas que se entonan sin entender su real sentido, no es propugnar por que se viva con los ojos puestos en el pasado, que es como vulgarmente se entiende el conservatismo. Es sólo defender las cosas por lo que son y como son, no por lo que se desea que fueren. Me parece una treta infantil asentar dogmáticamente que todo es malo para ensalzar los méritos de lo que se ofrece como substituto. No se deben comparar virtudes contra defectos, sino las bondades de unos con las cualidades de otros. Si el socialismo tiene algunas, también las hay en el coto democrático; y, si aquél se presenta como la expresión de los nuevos tiempos, éste se halla dotado de suficiente elasticidad para amoldarse a las situaciones que surgen al paso de los pueblos. Lo menos que puede demandarse es que se permita al sistema actual alcanzar su grado máximo de desarrollo, poner a prueba todas sus reservas materiales y espirituales; de donde se infiere que, al revés de abogar por el estancamiento, lo que se hace en estos comentarlos es patrocinar una política dinámica que aproveche el potencial democrático a la par que estimule el crecimiento y madurez de esa idea. Estaría bien que se condenase al sistema en países en donde ha alcanzado su grado supremo de progreso y hubiese probado su incapacidad para resolver los problemas de la sociedad moderna. Pero resulta que, cuando se observa lo que acaece en esas naciones, se descubren indicios poderosos de una vitalidad inagotable. Nadie duda que el grado extraordinario de prosperidad que se registra en Europa Occidental en agudo contraste con el panorama gris y enteco del sector oriental es consecuencia de un aceleramiento de los métodos capitalistas proverbiales. ¿Cómo se podría sostener la decadencia democrático-capitalista, si es capaz de levantar un continente en ruinas e insuflarle un impulso pocas veces conocido en esas latitudes? Se necesitaría estar obcecado o ciego para no reconocer que no es un suceso inusitado ni un brote esporádico, sino un ejemplo fehaciente de la eficacia y de la fibra de todo el sistema, cuando se cultiva con fe, con entusiasmo y con perspicacia.

La actitud que ha hecho posible el suceso europeo traduce espíritu de lucha, voluntad y denuedo, características de los pueblos emprendedores, que son los que miran el fenómeno social como es y desechan las quimeras, aunque con ellas se les pinte una senda más llana; es decir, que no culpan a los instrumentos las deficiencias de empeño y de iniciativa que ellos mismos padezcan, tesitura que los diferencia radicalmente de los pueblos desidiosos, indolentes y levantiscos, que, en lugar de aplicarse a la faena, se dedican a idear atajos, maneras de evitarse esfuerzo. Las recetas revolucionarías son los pretextos para rehuir lo que cree es engorroso o incómodo. Por eso se descantan como fórmulas instantáneas de resolver los problemas y de llegar a la meta sin gastar mucha sandalia. Son la interpretación moderna del maná bíblico. ¿Para qué planear, desvelarse y padecer fatiga cuando es más sencillo derribar que construir? Destruir es cosa que esta al alcance de todos; no necesita inteligencia, ni preparación, ni excelencias. En cambio, edificar es empresa de muchos bemoles, de la que quedan excluidos los indolentes y los incapaces. Los pueblos revolucionarios son, en consecuencia, los que quieren resolver sus problemas a base de milagros y, para colmo, son también los más atrasados porque han vivido largo tiempo en brazos de la incuria, de la apatía y de la morosidad. Téngase la certeza que por esa vía no llegarán nunca a su destino; y, en cambio, se condenarán a quebrantos indecibles.

Los problemas sociales, de ésta o de cualquier otra era, se resuelven mediante el desarrollo y el progreso, y éstos se alcanzan de manera segura mediante el empleo de toda la capacidad y de toda la energía de los hombres interesados en aprovechar al máximo los instrumentos y aparatos de convivencia que tienen a la mano. Utilizar las circunstancias, en vez de negarlas o condenarías, emplear las herramientas político-sociales a fondo, es la fórmula sacramental del adelanto. Eso es lo que resumen estos apuntes.

«Me es completamente imposible separar la palabra fraternidad de la palabra voluntaria. Me es por completo imposible concebir la fraternidad forzada legalmente, sin que resulte la libertad legalmente destruida y la justicia legalmente pisoteada».

Federico Bastiat