Año: 8, Julio 1966 No. 130

N.D.La filosofía política de los Estados Unidos durante los últimos años se ha estado desviando paulatina pero certeramente hacia el colectivismo. «Nadie merece ser dueño de un millón de dólares» es uno de los clisés socialistas utilizados hoy en día en los Estados Unidos, así como en el resto del mundo para ir amoldando la mente de la gente e ir creando prejuicios en contra del sistema de economía libre. En el siguiente artículo, el doctor Dean Russell nos ofrece una elocuente crítica del concepto implícito en ese clisé, que lamentablemente prevalece entre personas poco entendidas en la materia, aunque bien intencionadas.

Nadie merece ser dueño de un millón de dólares

Por el Dr. Dean Russell

Ciertamente necesitamos muchas cosas, pero dentro de lo que más contribuiría para mejorar nuestra situación, sería contar con unos cien millonarios al estilo de Edison, Carnegie, Ford, Wanamaker. Hombres emprendedores de visión amplia que puedan crear riquezas -no pigmeos que sólo piensen en la redistribución de la riqueza por otros producida. En este siglo que se ha dado en llamar el siglo del «hombre común», necesitamos desesperadamente de hombres «poco comunes».

Durante los últimos sesenta años, nosotros, los hombres comunes, hemos estado aprovechando nuestro voto mayoritario para penalizar y obstaculizar a los hombres «no comunes», que tienen la habilidad y la ambición para enriquecerse honradamente mediante la producción de artículos o la suministración de servicios a precios satisfactorios para el que los utiliza.

Impulsados por los demagogos que insistentemente buscan controlarnos, mientras que hipócritamente pretenden velar por nuestros intereses, estamos descartando poco a poco el principio equitativo de premiar a cada persona según sus méritos, siguiendo el libre proceso de la economía del mercado, por el cual los consumidores, al hacer uso de su dinero libremente, se encargan de premiar al que mejor les sirve. En vez de ello, estamos permitiendo cada vez más que la propiedad pase a manos del estado (quien ha dado sobradas muestras en todo lugar y todo tiempo de ser el peor administrador) y que éste tenga cada vez mayor injerencia en nuestros negocios.

Para justificar esta intervención, nosotros, los hombres «comunes», damos por excusa que: «NO HAY QUIEN MEREZCA SER DUEÑO DE UN MILLÓN DE DOLARES». «QUE, CUANDO UN HOMBRE SE HACE MILLONARIO, LO HACE A COSTILLAS DE LOS DEMÁS Y ÉSTOS AUTOMÁTICAMENTE QUEDAN EMPOBRECIDOS». PERO, ¿SERÁ VÁLIDA ESTA PREMISA?

Sólo hay dos maneras legítimas por las cuales un hombre puede convertirse en millonario: por suerte o por habilidad. Puede suponerse que no hay relación entre uno y otro procedimiento. Pero inmediatamente nos asalta la duda de por qué es tan frecuente que aparezcan juntos. Tomemos, por ejemplo, a los piel rojas de Norteamérica. ¿Fue simplemente por mala suerte que no hayan inventado maquinaria, ni hayan descubierto el petróleo? Y los originarios de Irán o Venezuela ¿por qué es que no se convirtieron en millonarios explotando sus propios recursos? ¿Fue por mala suerte? Los descubrimientos y el desenvolvimiento de los capitales norteamericanos, en cambio, han contribuido a elevar el promedio de vida de las gentes en todo el mundo y han hecho millonarios a los descubridores y explotadores de las riquezas naturales. ¿Es esto suerte?

Los países de economía dirigida -aquéllos que siguen el principio comunista de: «a cada quien según sus necesidades», aparentemente nunca tienen «la suerte» de descubrir nada que sea de inmediato interés o valor para la humanidad. Generalmente son imitadores; nunca descubridores. Están más interesados en dividir el fruto de los descubrimientos ya existentes que en ofrecer incentivos para impulsar el desarrollo futuro. La política que practican desanima la producción en dos formas: (a) La producción automáticamente disminuye cuando los productores saben que les será confiscado el producto de sus esfuerzos y sus utilidades; y (b) la baja producción es una consecuencia que resulta automáticamente cuando el Gobierno se compromete a cubrir las necesidades de todas las gentes tales como: albergue, servicios médicos, jubilación, etc., sin tomar en cuenta si la persona lo ha ganado o no.

Consideremos ahora a aquéllos que tienen la suerte de nacer de padres ricos y ser sus herederos. Ya que no han tenido participación directa en la acumulación de la riqueza, ¿ha de permitírseles que la conserven? Eso equivale a preguntar si cualquier persona tiene derecho a conservar lo que le han obsequiado. Antes de responder, hay que tomar esto en consideración. Si, por ejemplo, a Henry Ford (el fundador de la fortuna) se le hubiera dicho que no podía dejar su dinero como herencia a sus hijos, o a cualquier otro miembro de su familia, quizás jamás se hubiera preocupado en acumularla. Quizás sólo hubiera producido unos cuantos miles de coches y hubiera cerrado su taller tras de acumular un medio millón. ¿Por qué esforzarse en ganar más, si después no se le hubiera permitido disponer libremente del producto de su trabajo?

Algunos podrán tildar esta filosofía de egoísta, pero su resultado ha sido que el nivel de vida de que disfruta el promedio de los norteamericanos sea la envidia de los habitantes del resto del globo. Cierto que las fábricas eran propiedad de los millonarios o de los que se hallaban en camino de serlo, pero, por primera vez en la historia, los trabajadores disfrutaron de lo suficiente para gozar de un nivel de vida decoroso.

Pueda que unos cuantos de esos millonarios hayan sido deshonestos. Pero, ya que la función del gobierno debe ser la de velar por el buen comportamiento, correspondía al mismo el haberlos castigado.

Tal debe ser la principal función de los gobiernos: el proteger la vida, la libertad y la propiedad adquirida por medios legítimos, aunque ésta valga «un millón». Con sólo esa función que el gobierno llenara a satisfacción, sería suficiente.

El esfuerzo honrado de hombres excepcionales por convertirme en millonarios dio origen a innumerables fuentes de riqueza que a nosotros, los hombres «comunes», no nos costaron ni un solo centavo. Dicho esfuerzo, no sólo dio origen a millones de nuevos empleos, sino que contribuyó a que se multiplicaran fantásticamente los salarios del resto de nosotros. No fue el hombre común, sino el tan difamado y calumniado hombre «no común» a quien se tilda de ser el explotador de las masas, el que elevó el nivel de vida norteamericano al más alto del mundo.

Ahora los que propugnan las doctrinas socialistas y colectivistas pretenden que se haga ilegal la acumulación de millones y que las fortunas acumuladas sean redistribuidas por medio de impuestos exorbitantes. Dichos colectivistas están destruyendo el principio tradicional de premiar a cada cual según pus méritos, tal como sucede en una sociedad voluntaria de hombres libres, disponiendo de su propio dinero y están sustituyéndolo por el principio comunista de «a cada quien según sus necesidades».

Sin embargo, la futura prosperidad de todos nosotros y, MÁS QUE TODO, EL BIENESTAR DE LOS NECESITADOS, DEPENDE DEL INCENTIVO QUE PODAMOS OFRECER A LAS PERSONAS EXCEPCIONALES QUE TENGAN LA LEGÍTIMA ASPIRACIÓN DE LLEGAR A SER MILLONARIOS; DE PODER REALIZAR SU ANHELO: personas que tengan la visión y la ambición necesarias para tender ferrocarriles, construir carreteras, edificar colonias residenciales, establecer plantas de energía, desarrollar programas de televisión, dar impulso a las industrias, etc. La razón es sencilla. Nadie puede agenciarse un millón de dólares compitiendo en la economía libre del mercado sin producir algo de lo que nosotros necesitamos a precios razonables. Y ninguno va a continuar produciendo artículos de necesidad a precios razonables, a menos que tenga la oportunidad de lucrar, de hacerse rico y aún, si es posible, de llegar a ser millonario.

A esto podrá llamársele codicia, ambición desmedida, o simplemente naturaleza humana, pero tendremos que admitir que es el dínamo impulsor que ha hecho del pueblo norteamericano el mejor alimentado, mejor vestido, con mejores albergues y el más caritativo de la historia. ¿Por qué insistir ahora en ecualización y en la reducción del nivel de vida norteamericano al nivel de vida miserable de que padecen los países donde los millonarios capitalistas han sido sustituidos por «comisarios» colectivistas?