Año: 9, Abril 1967 No. 148

Ética y Economía

EL EVANGELIO NO ES SOCIALISTA

Por WILHELM ROEPKE

Traducción: Gustavo R. Velasco y Miguel Ángel Hernández Romo

Cuando se habla del aspecto moral de la economía, no se hace referencia solamente a aquello que es justo o injusto, leal o desleal en la actividad económica del individuo: está de por medio mucho más, a saber, las relaciones éticas en las cuales el individuo está vinculado con el sistema económico, con la política económica. Está en juego el valor que el sistema, el orden y la política económicos tienen para nuestra existencia espiritual y moral, y especialmente para nuestra libertad. Todo ésta reviste por lo menos tanta importancia como el problema de qué juicio deben merecernos los precios y las ganancias, los intereses y las rentas, la concurrencia y la conducta de los individuos en las operaciones de intercambio.

Para poner de relieve la importancia de la libertad en el sistema económico de los países de Occidente, basta que nos preguntemos por la otra posibilidad que existe para dar un ordenamiento completamente diverso a la vida económica, esto es, por la posibilidad del colectivismo. Tal sistema pone en el lugar de la libertad, la coacción y la mentira. Sólo que al exponer nuestro punto de vista sobre el problema «economía y ética», estamos continuamente empeñados en una lucha en dos frentes; es decir, nos vemos obligados a combatir simultáneamente contra dos errores. Hace tres años hablé de esto, al sostener que «la economía de mercado no es suficiente». Al decir lo anterior, «la economía de mercado no es suficiente», ha quedado expresado el concepto de la lucha en dos frentes; es decir, la economía de mercado es una condición necesaria, pero no es suficiente, para un orden económico productivo, fructífero y digno del hombre.

La perspectiva será diferente según se enfoque el problema. Podemos decir: la economía de mercado es una condición necesaria, y así hacemos hincapié en un aspecto. Podemos decir también: la economía de mercado no es una condición suficiente, y entonces subrayamos un aspecto diferente. Es decir, mientras por una parte nos enfrentamos a los moralistas y los románticos puros, que no pierden el tiempo en reflexionar sobre la naturaleza de la economía de mercado, por la otra nos volvemos contra los economistas, los utilitaristas, los social-racionalistas. Para definir la lucha en los dos frentes que explico, he acuñado la frase: «un moralismo de diletantes en la economía política es tan desalentador como un economismo moralmente indiferente, a pesar de lo cual tan difundido está el primero como el segundo. Repito esta fórmula porque hasta ahora no he encontrado otra mejor.

No rehuimos el problema. Quien, como nosotros, ve en la economía de mercado una condición necesaria para una sociedad digna del hombre, libre, fructífera y adecuada, debe también declararse en favor de los mecanismos, atributos y móviles indispensables de esta economía de mercado; la ganancia, la aspiración a la ganancia, los propios intereses, la extensa lista de las libertades, la concurrencia, la propiedad, la función de los empresarios, el rédito de los capitales, las especulaciones, etc. No podemos dejar de aceptar todo esto. No podemos decir sí con sinceridad a la economía de mercado y decir no a todas las condiciones y medios necesarios y aquí quisiera subrayar la palabra necesarios.

Al deducir las consecuencias no debemos hacernos culpables de falta de lógica, de pereza mental, de insinceridad, de deslealtad y de indecisión, porque todo esto sería sumamente inmoral. No podemos hacerlo sólo por concedernos el lujo de un sentimentalismo social, que quizá representa la cima del egoísmo porque satisface nuestra vanidad moral a costa de posibles daños jamás calculados con suficiente aproximación provocados por aquellos de nuestros proyectos que se inspiran en la ética.

Un hombre como Einstein, hacia el fin de su vida, hizo esta sorprendente afirmación: «la anarquía económica de la sociedad capitalista, como hoy existe, es, en mi opinión, la causa primera de nuestras desgracias. La producción trabaja para la utilidad y no para la demanda». Corruptio optimi pessima: si un Albert Einstein se expresa en esta forma ¿qué podemos esperar de lo otros? No se necesitan reflexiones profundas para entender que en esta frase que, por lo demás, todos conocemos muy bien, por cuanto ha sido continuamente repetida por los difamadores de la economía de mercado se contraponen dos cosas completamente diferentes y se confrontan de una manera científica poco precisa. Me refiero a los impulsos psíquicos, por una parte, y a los resultados objetivos, por la otra. Ciertamente, en la economía de mercado, la producción, enfocada desde el punto de vista del individuo, está regulada con miras a una ganancia. Es necesario, en primer lugar, preguntarse si con esto se obtiene en nuestros tiempos el resultado real de la satisfacción de las necesidades, de modo que ni siquiera en Moscú, Budapest y Bucarest se considere despreciable. En segundo lugar, es necesario preguntarse qué cosa podría reemplazar a las fuerzas motrices y de regulación si renunciamos a tales fuerzas naturales que acoplan de inmediato el esfuerzo y la recompensa (o, en caso contrario, se traducen en una pérdida). Sabemos qué cosa no debe reemplazarlas: la coacción y la mentira, es decir, el orden económico colectivista con sus inevitables atributos de la burocracia, la coerción y la mentira llamada propaganda.

El moralismo de Einstein es todo lo contrario de un hecho aislado y casual. Me parece, consiguientemente, que creer que la libertad económica y la sociedad que se asienta en ella no son conciliables con criterios cristianos de valoración, constituye uno de los errores más frecuentes y peligrosos de nuestro tiempo. Esta insostenible posición es responsable de que tanto en el Viejo Mundo como en el Nuevo, gran parte del clero se sienta atraído hacia la izquierda socialista, favoreciendo así, de una manera trágica, al verdadero enemigo mortal del cristianismo, al comunismo. No existe, por tanto, ninguna misión más ingente que la de esclarecer y eliminar la confusión que se encuentra en la base de este error. La verdad es que, propiamente, los argumentos más fuertes en favor de la economía de mercado y de la libertad económica son de naturaleza ética. Son los valores morales de nuestro patrimonio occidental los que exigen la economía de mercado, en vez del sistema económico contrario, es decir, el colectivismo tienen necesidad de lo valores morales del patrimonio occidental. Si se piensa en la extensa difusión de este error en los círculos eclesiásticos y en las dañinas consecuencias que esto tiene, se comprenderá por qué un hombre como Einaudi, el gran economista y estadista verdaderamente cristiano, propuso que a todos los sacerdotes italianos se les imparta una instrucción elemental de política económica.

Es necesario fijar la atención. Si uno de nuestros peregrinos a Moscú y turista «snob» digamos un mariscal inglés en viaje de regreso de una visita a Mao Tse-Tung, «el Eichmann chino», viniese a contarnos que en el paraíso comunista existe una superabundancia material y en nuestro infierno capitalista la miseria y una situación antieconómica, sería el caso de contestar en buen ginebrino, «tan-pis», nos desagrada pero no nos impresiona. Simplemente, no es esto lo que esperamos de una economía de mercado. La que le pedimos, principalmente, es la realización de ciertos ideales supraeconómicos. Es para nosotros una fortuna inmerecida el que adicionalmente a todos los valores supraeconómicos que trae consigo la economía de mercado, podamos prever una mayor productividad material. De hecho, a pesar de toda la jactancia de Moscú, debemos afirmar que el colectivismo comunista no solamente destruye la libertad y al hombre, sino que al mismo tiempo es un sistema económico inferior desde un punto de vista material. Pero al emitir un juicio sobre la economía de mercado, los decisivos, para nosotros, son los puntos de vista supraeconómicos.

Por lo demás, esto es aplicable también al otro polo, al negativo, es decir, al comunista. También aquí el factor ético-espiritual ocupa el primer lugar, sea negativo o positivo. El error principal al juzgar al comunismo y ocuparse de él se encuentra precisamente en el hecho de que, en el mundo occidental, muchos estén ciegos frente a la realidad de que el comunismo no es en primer lugar una técnica económica, sino un fenómeno en la esfera ético-intelectual, una ideología, una fe, un movimiento que trata de apoderarse del hombre y de cambiarlo psíquicamente. El error que se comete, si no se pone de relieve el factor antieconómico en el comunismo, asume varios aspectos. Uno de ellos es la opinión de que el comunismo es un producto de la pobreza y que el mejoramiento del nivel de vida representa la mejor defensa en su contra. Sabemos que esto es un error Sabemos que el comunismo se basa más en almas vacías que en estómagos vacíos, y que trata de llenar actos vacíos con su paja. Esto es aplicable también a los países subdesarrollados. De ello resulta que nuestra lucha contra el comunismo debe ser, en primer lugar, una lucha por afirmar nuestra existencia moral e intelectual, una lucha contra la negación y la amenaza de destrucción que proviene del comunismo.

La valoración equivocada del aspecto ético-intelectual del comunismo se manifiesta, además, en la inclinación muy difundida a reducir el comunismo a una técnica del ordenamiento y del desarrollo económico, es decir, de considerarlo inocuo, precisamente en un punto decisivo, el ético-intelectual. Con gran asombro de mi parte, he escuchado que los expertos soviéticos me invitaban a considerar el comunismo sobre todo como un esfuerzo gigantesco para dotar de industria a un pueblo atrasado. He replicado que esto equivaldría a decir que el pueblo alemán había elegido a Hitler para entrar en posesión de una autopista. Sabemos a qué grado fundamental es equivocada esta creencia. ¿Es acaso el bolchevismo sólo una forma diversa de la sociedad industrial moderna, como dijo alguna vez Raymond Aron? ¿Es acaso el bolchevismo queriendo ignorar generosamente aquella fruslería de que constituye la más brutal violación del hombre, el más innoble desprecio de las leyes morales más elementales, un método históricamente inevitable para industrializar con rapidez a un país atrasado?

Bajo este equivocado modo de pensar se ampara otro error grandísimo, pero muy extendido entre los actuales teóricos del desarrollo (una categoría muy moderna), como es considerar el desarrollo económico en los países comunistas como un proceso técnico, un proceso que en todas partes pasa por las mismas etapas, independientemente del hecho de que reine el comunismo o la economía de mercado. Según ellos, el desarrollo depende de las inversiones y, tarde o temprano, la industria se levantará como un aeroplano se levanta de la tierra. La expresión «take off» ha sido acuñada a este propósito por el profesor Rostow, del Instituto Tecnológico de Massachusetts, uno de los principales autores de esta teoría errónea. Yo creo que nunca se puede insistir suficientemente en esta clase de errores. Es un hecho curioso que muchos de los que hoy cometen el error de prescindir del factor moral en el comunismo, son los primeros en erigirse en jueces para condenar la economía de mercado desde el punto de vista moral.

Con esto vuelvo nuevamente al desagradable capítulo llamado por mí «farsa moral». Permitidme que cite algunas de las más relevantes deducciones y consecuencias de esta postura poco recomendable. Ya he hablado de la consecuencia más peligrosa. Ella se manifiesta cuando este moralismo se propone destruir la economía de mercado, poniendo en su lugar, en nombre de una moral más alta, una organización colectiva, con el resultado de la coacción, de la mentira y de la destrucción del espíritu humano. El moralismo se revela como una fuerza que, en la mejor de las hipótesis, desea el bien, pero cosecha el mal. Forma parte de esto también la «nacionalización del hombre», que aunque resultado de pretensiones altamente morales que ya conocemos, equivale a ponerlo bajo tutela, por ejemplo, mediante los excesos del sistema asistencial. Este moralismo se desenmascara con crueldad una y otra vez, tan cruel como singularmente, cuando como consecuencia de tales pretensiones se produce el fenómeno más inmoral e injusto, la inflación. Podemos calificarla como la cima de la justicia social, que tantas veces ha sido escalada con las cuerdas y el pico de una moral inusitada.

Podría citar muchos otros factores: la unilateralidad, como, por ejemplo, el ablandamiento moralizante de la ética crediticia, los impuestos vejatorios, etc. Alguien ha dicho que mientras el mundo sufría antes a causa de las injusticias sociales, ahora padece a causa de los medios adoptados para combatirlas. Los remedios a causa de los cuales sufrimos en la actualidad son la inflación, los impuestos paralizantes y, en algunas partes del mundo, los sindicatos tiránicos, la economocracia, el control de los arrendamientos y otras medidas semejantes. Es de suma importancia lo que vamos a decir: como base moral de la economía de mercado es indispensable el patrimonio ético que habíamos acumulado como consecuencia de un desarrollo milenario, desde la antigüedad, a través del cristianismo, hasta el día de hoy. Esto significa, para decirlo concisamente, que la base ética de la economía de mercado está constituida por los diez mandamientos. Ellos son indispensables y, al mismo tiempo, suficientes. Lo único que sería de desearse es que fuesen observados.

Es significativo que para el colectivismo los diez mandamientos no bastan ya, sino que los actos más variados que según el decálogo son indiferentes desde el punto de vista ético o inclusive de carácter negativo- se estiman como positivos, en tanto que a la inversa se califican como criminales y se persiguen como tales, otros aspectos que no revisten dicho carácter conforme a nuestra moral. En los diez mandamientos, nada se dice de la compra y venta de divisas extranjeras. Estas operaciones han venido a ser crímenes perseguidos por el Estado. Esta es únicamente una expresión diversa del efecto paradójico del colectivismo: que conduce al extremo opuesto de cuanto se considera moral, es decir, a la coerción y a la mentira, a la destrucción de la cultura.

Además de las leyes comunes de la ética que nos prohiben mentir, estafar o cometer peores actos, sólo dos cosas son necesarias para que este deseo de obtener una ganancia, esta defensa de los propios intereses, no resulten excesivos y no provoquen daños. En primer lugar, necesitamos la concurrencia a fin de encauzar el torrente fragoroso de nuestro interés, conduciéndolo, entre muros de cemento, hacia el torbellino de la producción. En segundo lugar, tenemos necesidad de las barreras comunes del orden jurídico o de la disciplina colectiva que, en un libre orden económico, impongan normas a nuestra actividad, en forma semejante a como actualmente el tráfico está regulado por normas a las cuales todos nos sujetamos, sin que por esto renunciemos a nuestra libertad.

Tales normas y limitaciones son un complemento necesario de la autodisciplina, en la cual podemos confiar poco dentro del sistema de la concurrencia, en cuanto fácilmente entra en vigor «la ley de la moral límite», en virtud de la cual la conducta de los astutos y de la gente sin escrúpulos se convierte en norma. Por vía de ilustración tomemos un ejemplo reciente que demuestra cómo la moral límite puede conducir a situaciones insostenibles, y hacer necesaria, en defecto de la autodisciplina, una regulación estatal. Este ejemplo nos lo proporciona el comercio con nuestros enemigos mortales, los comunistas, un comercio que con disfraz característico e insensibilidad ética se llama «comercio con el oriente». Debería ser posible esperar de los empresarios industriales, a este propósito, la comprensión y lealtad necesaria a los principios para no facilitar al terrible pseudo-Island de nuestro tiempo que se prepare económicamente para el desastre que nos tienen destinado. En principio debería ser deshonesto al igual que el tráfico de esclavos. Pero ya que en este punto entra desgraciadamente en juego la ley de la moral límite, se requiere una acción decisiva y clara de regulación estatal, toda vez que la tendencia a la ganancia no se halla suficientemente limitada por la autodisciplina.

Se nos puede preguntar si determinados valores morales, como, por ejemplo, el «bien común» y la «justicia social» se contraponen a la economía de mercado, a sus mecanismos y estímulos, y hasta qué grado pueden hacerlo. Se plantea el problema difícil de hasta qué punto se trata en este caso de conceptos comprensibles y relativamente claros, de directivas. Lo menos que podemos decir es esto: de hecho, no es tan seguro, como muchos parecen creer, que podamos trabajar con estos conceptos y considerarlos como claros. Si se quiere considerar como socialmente injusto que el empresario se enriquezca, no debemos olvidar en lo absoluto que el empresario que no tiene éxito se empobrece o debería empobrecerse, y que en vez de ganar sufre una pérdida. Debemos recordar que la utilidad es un mecanismo indispensable como guía de nuestro orden económico, un valor indispensable con el cual se regula la producción de acuerdo con la demanda de los consumidores, con la salvedad de que exista un régimen de concurrencia.

Los dirigentes de la economía colectivista saben esto desde hace mucho tiempo y con seguridad estarían felices si pudiesen trabajar, como medio de orientación de su sistema económico, con una definición tan precisa de la utilidad como lo es la nuestra. ¡Debemos tener presente siempre cuál sería la alternativa a un orden económico que funciona con estas normas y con este sistema de control! Sería el colectivismo, sería la violencia y la mentira, la humillación de la voluntad del individuo, la esclavitud.

Si por «justicia» entendemos igualdad de los ingresos, eliminación de aquellos ingresos a los cuales no parezca estar unida cuando menos una gota de sudor, deberíamos considerar, en primer lugar, que estas utilidades están a lo mejor acompañadas de fenómenos físicos mucho más serios que una gota de sudor, como son el infarto y las úlceras gástricas. No debemos olvidar que las grandes utilidades de los industriales o de los cirujanos representan casi siempre el precio de una rara y singular prestación y de un talento excepcional. Personalmente dejo sus millones sin sombra de envidia a los grandes organizadores de la industria, ya que me siento, por lo demás, tan poco atraído a este género de actividad, como capaz de organizar un club deportivo.

Nos será útil hacer la siguiente reflexión, cuando se reprueba como cosa inmoral el número siempre ascendente de millonarios en la República Federal Alemana y se considera como un punto en contra de la economía de mercado. Estamos seguros de que sin estos millonarios, ¿el nivel de ocupación sería tan elevado como lo es ahora? Admitamos, a pesar de ello, que su número fuese menor en un 30 por ciento lo que no sería imposible ¿estaríais dispuestos a pagar este precio? ¿El precio por qué cosa? ¿Para satisfacer la justicia social? ¿O no sería quizás y más para satisfacer nuestros resentimientos sociales, nuestra envidia? ¿Estamos seguros de la sinceridad de nuestros sentimientos y motivos? La justicia social exige la convicción de que el camino para lograr mayores utilidades debe conducir solamente a través de la estrecha senda y la todavía más estrecha puerta de un mayor rendimiento. Pedimos, por tanto, que dejen de apoyarse los intentos por obtener ingresos mediante el rodeo de este camino y el cierre de esta puerta. El mejor método para obtenerlos sigue siendo la economía de mercado y la concurrencia.

Con esto hemos tocado el problema relativo a si al lado del precio, del salario, del interés del mercado, no puede existir también un precio, un salario y un interés equitativo. Sé que se trata de una cuestión muy importante, de una cuestión ennoblecida por siglos de teología y filosofía. Debo admitir, honradamente, que después de 60 años de una vida bastante recta de entrega a mi ciencia, no sé todavía cómo pueda establecerse la equidad en los precios de las mercancías y en los precios comerciales sino mediante el mercado, si se cumplen determinadas condiciones de las cuales forman parte y lo repito-, la concurrencia y la libertad de mercado. Todavía no me explico cómo puedan establecerse precios y salarios equitativos, que se aparten de los del mercado, sino muy arbitrariamente y con base en un criterio subjetivo.

Lo mismo debe decirse de la aplicación de simplificaciones demasiado dogmáticas. Como vale también para el uso del concepto «bien común», como medida de la productividad en oposición a las utilidades, a menudo citadas en desprecio. Esto me trae a la memoria una experiencia vivida: en 1930, durante una convención de la Sociedad Friedrich List, uno de sus miembros hizo una comparación entre la productividad y la utilidad. Nuestro querido amigo Lautenbach, que desgraciadamente nos ha abandonado, hizo la siguiente observación: «Lo que deja utilidades lo decide el mercado, lo que es productivo lo decide el señor Ritsch!». Éste era el nombre del interpelante.

Esta es una manera ingeniosa de formular una consideración no inútil que debemos hacer. Yo me siento molesto y siento que en mi posición sobre dos frentes un flanco ha quedado descubierto. Me vuelvo hacia el flanco descubierto y agrego que no debemos exagerar en lo absoluto. Existen, naturalmente, muchos casos en los cuales el bien común debe ser contrapuesto al mercado y a sus normas, en los cuales se debe atribuir un rango superior al «bonum commune».

He hablado de una manera exhaustiva sobre este tema hace tres años en mis artículos y también he tratado la cuestión en mi libro, solamente quería hacer que se escuchara «lautre son de cloche» y mostrar asimismo su otro aspecto.

Estoy de acuerdo, naturalmente, en que precios y salarios equitativos han tenido en el pasado un sentido mejor del que hoy tienen. Tuvieron un significado innegable en una economía estática, ligada a las tradiciones, y fueron de esa manera una premisa esencial para tal economía. Sin embargo, esta economía estática, tradicional, ha desaparecido desde hace 20 años. No quiero juzgar aquí si para bien o para mal. Si para mal, es indudablemente claro que no debemos intentar reconstruirla con la superestructura ideológica de nuestro tiempo, una objeción que debe hacerse también contra las numerosas ideas sobre la economía profesional.

Quisiera, finalmente, examinar la cuestión concerniente a qué lugar debe atribuirse a la caridad o la fraternidad. También aquí debo exponer con cuidado mis consideraciones y enfrentarme a dos puntos diversos. Nadie puede tomar este asunto más seriamente que yo, y puntualmente por esto he tenido dificultades con experimentados economistas y utilitaristas. Me toca también, a este propósito, la desagradable tarea de tener que mostrar el otro lado de la medalla.

Por un lado, la caridad representa moralmente sin duda un valor incomparable, el más precioso del nuevo ideal del sistema asistencial. Sin embargo, precisamente este sistema y el colectivismo, que proceden haciendo suyo el concepto de moralismo, son responsables de destruir más y más la caridad. Existen diversos conceptos de filantropía; uno sentimental y falso, otro verdadero, porque está consciente de su responsabilidad y ha pensado bien las cosas. No se plantea solamente el problema de cómo satisfacer nuestro noble impulso de elevar nuestra propia estimación al hacer donativos, sino, ante todo, otro problema, como es el de la mejor forma de ayudar a quien tiene necesidad, sin perjudicarlo y humillarlo.

No hay duda de que la caridad es siempre saludable y de que hace bien al alma de quien da. Sin embargo, creo que existe una forma superior de dar, cuando se considera previamente si representa siempre la mejor solución para quien recibe el donativo. El mayor beneficio para él es hacer que no necesite ya de la beneficencia. Tenemos aquí el límite entre el sentimentalismo y la fraternidad de veras moral y consciente de las responsabilidades propias. Debemos recordar esto cuando nos enfrentemos al problema de los países subdesarrollados. No basta hablar de esos «pobres diablos» de la India. Que son pobres diablos lo sabemos. El problema es cuál es la manera óptima y mejor duradera de ayudarlos. Esto puede lograrse haciendo que se basten a síi mismos, es decir, transformando la agricultura india en una agricultura que rinda más de lo que hace actualmente. Para esto no se necesitan regalos, sino consejos y ayudas adecuadas.

Existe el sistema de juego sumamente peligroso de los «Do-Gooders», como se dice en Estados Unidos. Son aquellos que, en nombre de la fraternidad y de la caridad, arruinan la economía de mercado, echando arena en la fuente de donde la caridad debe brotar. Además, tenemos una caridad parasitaria. Un ejemplo es ese extraño personaje La Pira, en Florencia, quien en calidad de alcalde de su ciudad creyó obrar sólo Dios sabe con qué mérito, obligando a las empresas que trabajaban con pérdidas a continuar en actividad y condenándolas a la ruina completa. El mundo está lleno de esos seudosantos y seudomoralistas. Ellos deberían, más bien, sentirse moralmente obligados a leer a Adam Smith.

En conclusión, el moralismo verdadero se contrapone al falso, sobre todo en nombre de la libertad. «Libertad, una hermosa palabra para quien la sabe comprender», se lee en Egmont Sostengo que es un grave abuso entender por libertad el poder hacer o no hacer nuestro capricho, es decir, el sentirse libre de cualquier liga o freno. Me viene a la memoria una canción estudiantil, cuyo final dice: «¡Queremos enfangamos y llevar una vida libre!». Este es un sueño pueril expresado en versos estudiantiles. Sabemos que es ridículo y repugnante. Pero sorprende que en nombre de la libertad se incurra en tanta superficialidad a base de la cual no encontramos un concepto más profundo que el de «llevar una vida libre». El concepto de la libertad es un concepto moral de valor excepcional. Más aún: la libertad es imposible sin normas morales de orden supremo. Libertad sin normas y reglas, sin autodisciplina moral del individuo, es la más terrible falta de libertad para todos aquellos que han sido pisoteados y esclavizados.

También a la libertad económica se aplica lo que acabo de decir, a ella muy en especial, en cuanto que allí se desencadena principalmente la ambición del individuo. Se aplica también a la libertad económica lo que Burke nos ha enseñado: «Los hombres están preparados para la libertad en la medida en que están dispuestos a frenar su ambición, en que su amor por la justicia suprema supera la codicia, en que la solidez y sobriedad de su juicio es mayor que su vanidad y presunción, en que prefieren escuchar el consejo de quien sabe juzgar y es recto, en vez de las lisonjas de los bribones».