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Año: 10, Noviembre 1968 No. 185
Desarrollo Económico y Libertad de Mercado
Reed .J. Irvine
NOTA: El autor del presente articulo es Consejero de la División de Finanzas Internacionales ce la Junta de Gobernadores del Sistema de la Reserva Federal. Las opiniones que en él se expresan son del autor y no reflejan necesariamente las opiniones de la Junta de Gobernadores del Sistema de la Reserva Federal. El articulo ha sido publicado originalmente en español en Orientación Económica No. 25 del Instituto Venezolano de Análisis Económico y Social.
LA TESIS DE QUE LA RIQUEZA de las naciones puede expandirse con la máxima rapidez mediante la dirección gubernamental de sus economías no es un concepto socialista tradicional. En una visión general del pensamiento económico, Adam Smith introdujo la idea de que la intervención gubernamental constituía un obstáculo, no una ayuda, para el desarrollo económico. Adam Smith analizó lo que ocurría en torno suyo en Inglaterra y en algunas partes de Europa y llegó a la conclusión de que si se diera a los hombres un alto grado de libertad para producir, comerciar y consumir, la productividad se elevaría y los consumidores resultarían mejor satisfechos.
Los socialistas, incluyendo a Karl Marx, no discutieron la tesis de que la libertad económica conducía a una gran productividad. No podían discutirla, porque tenían ante sí el testimonio abrumador de la Revolución Industrial, que demostraba su evidencia. Obsérvese la descripción que hace Friedrich Engels del proceso del desarrollo económico bajo el capitalismo:
«
...la burguesía destruyó el sistema feudal, y sobre sus ruinas estableció el orden social burgués, el reino de la libre competencia, de la libertad de movimiento, de la igualdad de derechos para los propietarios de las mercancías y de todas las demás glorias burguesas. El modo de producción capitalista podía desenvolverse ahora libremente. Desde el momento en que la máquina de vapor y la nueva maquinaria productora de herramientas habían comenzado a transformar la primitiva manufactura en industria en gran escala, las fuerzas productivas, desplegadas bajo la dirección burguesa, se desarrollaron a un ritmo antes desconocido y hasta un grado sin precedentes».Lo que molestaba a los socialistas del siglo XIX no era la incapacidad del mercado libre capitalista para lograr un desarrollo económico rápido. Por el contrario, muchos de ellos estaban asombrados de la extensión y el ritmo del cambio económico causado por la Revolución Industrial en Inglaterra. Lo que todos ellos criticaban duramente era lo que estimaban una injusta distribución de los frutos de la producción. Marx y Engels compartían estas opiniones, pero expusieron también la idea de que este sistema de producción, tremendamente dinámico, acabaría por derrumbarse, a causa de los defectos que le eran inherentes. Percibieron lo que creían que era una falla fatal en el constante impulso hacia una mayor productividad y lo que creían que era una tendencia a minimizar el empleo y la remuneración de la mano de obra. Sostuvieron que esto acabaría por derrumbar estrepitosamente todo el sistema y abriría el camino al socialismo.
El hecho de que la historia económica no haya confirmado las lúgubres predicciones de sus profetas debería constituir una fuente de profundo desconcierto para los teóricos marxistas. Los Estados capitalistas han tenido sus crisis, pero ninguna de ellas ha resultado fatal, y estas economías no sólo se han recuperado, sino que han continuado creando y distribuyendo riquezas a los trabajadores, así como a los capitalistas y rentistas, en una escala no soñada en el siglo XIX.
El dogma ha tenido que ser ajustado ante la tenaz resistencia de los hechos históricos a confirmar la hipótesis marxista. Cada vez oímos hablar menos de la creciente miseria de los obreros explotados en las economías capitalistas. Más raras aún son las predicciones del colapso final de las economías desarrollas de Occidente.
En lugar de ello, tenemos un dogma nuevo, un dogma que Marx no hubiera reconocido nunca. Puede decirse que así como Marx volvió del revés a Hegel, así también los marxistas modernos han vuelto del revés a Marx. El socialismo ha dejado de ser la síntesis que se suponía que habría de emerger del colapso inevitable de los Estados capitalistas más desarrollados. El socialismo se presenta ahora, por el contrario, como el motor del propio desarrollo económico. El capitalismo, con su énfasis burgués sobre el libre comercio y la libre competencia, es representado ahora como un sistema inútil, si no perjudicial, para cualquier país subdesarrollado que espere aumentar su riqueza. Mientras Marx y Engels veían en el capitalismo un impulso irreprimible hacia la expansión de la producción y de la productividad, que causaría inevitablemente su colapso, el socialista moderno ve el capitalismo como un sistema carente por completo de dinamismo, con una tendencia fatal hacia el total estancamiento. Se dice que el socialismo es la medicina energética que necesitan los países estancados bajo los sistemas de los mercados libres a fin de impulsarlos hacia la era Industrial. Esta opinión ha sido aceptada incluso por algunos liberales modernos, uno de los cuales ha expresado este nuevo dogma con estas palabras:
«Solamente en Rusia y China encuentran ellas, las masas sumergidas, un modelo de cómo pueden elevarse rápidamente por su propio esfuerzo en países atrasados las grandes masas populares. Los comunistas se están extendiendo en Asia porque están mostrando un camino, por ahora el único efectivo, de elevar rápidamente el poder y el nivel de un pueblo atrasado».
Los hechos empíricos no apoyan esta nueva hipótesis más de lo que apoyan la teoría original de Marx. A la vez que el mundo se ha asombrado por las hazañas espaciales soviéticas, la población de Europa oriental ha percibido cada vez más el fracaso del sistema económico comunista para proporcionar vivienda, alimentos, ropa otros bienes de consumo en las cantidades y las calidades deseadas. Mientras que estos países se jactan de tasas impresionantes de crecimiento económico, sus estadísticas ocultan graves fracasos económicos. Esto es verdad no sólo n la agricultura, donde son notorios los efectos desastrosos de la política comunista, sino también en la industria.
Esa es la razón por la cual ha progresado tanto en Europa Oriental la propuesta revolucionaria de introducir el incentivo del beneficio en el sistema económico soviético. La propuesta fue formulada por primera vez por el Profesor Y. G. Liberman, del Instituto de Ingeniería Económica de Kharkov, en Septiembre de 1962. Aun cuando las propuestas de Liherman fueron combatidas por los comunistas «conservadores», por su carácter capitalista, en Julio de 1964 fueron introducidas en la Unión Soviética, sobre una base experimental. Más tarde, después del derrocamiento de Krushchev, el gobierno soviético anunció que se sentía satisfecho con los resultados del experimento e indicó que seria extendido a otras plantas. Esto originó inmediatamente un anuncio de que estaba renovando por completo su sistema económico para reducir la planificación y el control centralizados y confiar en mayor medida en el incentivo del beneficio y en la ley de la oferta y la demanda. Un informe de Praga resumía en estas palabras las dificultades del viejo sistema:
«Mediante la planificación y el control centralizados, los recursos eran despilfarrados en casi todos los productos industriales imaginables, desde los aeroplanos hasta los xilófonos. Esta excesiva extensión originó costos de producción Intolerablemente elevados, escaseces de mano de obra y, sobre todo, una pérdida de calidad en comparación con los productos de los competidores más especializados. Praga se vio forzada a vender barato en el exterior, elevándose aquí el costo de la vida. No había manera de invertir la tendencia, porque la planificación central de la producción solamente podía controlar la cantidad, no la calidad. No se podían poner en vigor los mejoramientos tecnológicos, las innovaciones y los refinamientos, los cuales dependen del interés del productor por sus bienes».
Hungría ha introducido reformas «capitalistas» y Polonia se mueve claramente en la misma dirección.
Difícilmente puede recomendarse como modelo para otros países un sistema económico que ha mostrado padecer tales graves defectos intrínsecos en los países que se han esforzado más vigorosamente en hacerlo funcionar. Cuando se ha ensayado, en países aún más dependientes de la agricultura que los de Europa Oriental, los resultados han sido todavía más desastrosos. Cuba, que fue en otro tiempo uno de los países más prósperos de América Latina, ha sido empobrecida por el comunismo en menos de cinco años. China, en una década de dominio comunista, ha sido sacudida hasta los cimientos por las consecuencias desastrosas de los desatinos económicos de los comunistas. Las catástrofes económicas han golpeado o amenazan golpear a países tales como Indonesia, Birmania, Ceilán, Guinea, Mali y Argelia, como resultado de haber adoptado el método «socialista» de crecimiento económico. La regresión, en vez del progreso, han sido la marca distintiva de la experimentación comunista en los países menos desarrollados.
¿Qué se puede decir acerca de la crítica de que el capitalismo está demasiado falto de dinamismo para ser útil a los países en desarrollo en la era moderna? Esta crítica está también refutada por los hechos.
El contraste sorprendente entre la recuperación económica de Alemania Occidental, bajo el capitalismo de libre mercado, y la penosamente vacilante recuperación de Alemania Oriental, bajo el socialismo, nos dice mucho acerca del dinamismo relativo de los dos sistemas. Por supuesto, los socialistas no anticiparon este resultado. Paul Hagen, un socialista alemán, escribió en su libro Alemania Después de Hitler, publicado durante la guerra, que a no ser que Alemania adoptase un sistema de «planificación democrática, en contraposición a la restauración del sistema capitalista del beneficio», serian oscuras las perspectivas económicas de Alemania y de Europa. Hagen creía que el restablecimiento del sistema tradicional significaría sentenciar a muerte a millones de alemanes y pondría en peligro la reconstrucción europea. Afortunadamente para Alemania, Ludwig Erhard no compartió estas tesis dogmáticas.
Japón, al igual que Alemania Occidental, ha desplegado un tremendo dinamismo económico en el período de la postguerra, manteniéndose ligado a la libre empresa. En 1945 la destrucción física del Japón y la desmoralización de su población eran tan completas que algunos observadores creían que podría tardar un siglo en recuperarse económicamente de la guerra. En realidad, tardó menos de una década. El producto manufacturero excedió el nivel anterior a la guerra en 1953. Seis años después, lo había duplicado, y para mediados de 1964 lo había duplicado otra vez. Japón es ahora el tercer productor de acero del mundo, después de Estados Unidos y la URSS. Los bienes de consumo japoneses no sólo abundan en el país, sino que se venden en grandes cantidades en todo el mundo. Las exportaciones japonesas, a pesar de la discriminación de que son objeto en algunos mercados, aumentaron a más del cuádruple entre 1953 y 1963.
Debe observarse que estos resultados representan mucho más que la simple recuperación de la destrucción infligida por la guerra. El desarrollo de fibras sintéticas durante la guerra significó que Japón no podría poner tanta confianza como antes de la guerra en las ganancias de las exportaciones de seda cruda. Los tejidos de algodón, otro pilar del comercio exterior del Japón antes de la guerra, también ofrecían menores perspectivas, a medida que otros países desarrollaban sus propias industrias textiles y restringían las importaciones.
Los japoneses sabían que tenían que comerciar para sobrevivir, pero hace diez años ningún planificador habría podido predecir el rumbo que había de tomar su comercio. La motocicleta Honda, que desde entonces ha tomado por asalto una buena parte del mundo era todavía poco más que un destello de luz en la mente de un mecánico joven y luchador. Todavía no se había oído hablar de las radios de transistores, el mundo había comenzado justamente a enterarse de que los japoneses podían fabricar artículos ópticos que rivalizaban en calidad con los alemanes y la idea de que los japoneses pudieran hacer la competencia a los suizos en relojes habría sido considerada como una broma.
Afortunadamente, bajo el sistema del mercado libre, no fue necesario que ningún planificador predijera ni comprendiera siquiera la posibilidad de estos desarrollos. Se efectuaron a causa del dinamismo del sistema de mercado libre, ese mismo impulso hacia mayor eficiencia, mayor producción y mayores ventas que tan vigorosamente había impresionado a Karl Marx. La exportación de éstos y millares de otros artículos en cantidades enormes ha procurado al Japón los medios para pagar las enormes cantidades de alimento, combustible, materias primas, maquinarias, equipo y bienes de consumo que necesita para mantener en funcionamiento su gran máquina industrial y bien alimentada y satisfecha a su población. Aun cuando Japón tiene 96 millones de habitantes, hacinados en cuatro islas montañosas, cuya superficie terrestre total es inferior a la del Paraguay, han sido capaces de alcanzar un nivel de vida razonablemente elevado. Ese nivel ha mejorado constantemente en los últimos años, a medida que se ha incrementado la productividad. La desocupación es insignificante y se estima que las tasas de salarios son ahora comparables a las de los países del Sur de Europa. El aumento de los salarios reales ha promediado un 4.5 por ciento anual desde 1951.
Puede argumentarse que el Japón y Alemania son casos excepcionales, puesto, que ambos habían logrado ya un alto grado de desarrollo Industrial antes de la Segunda Guerra Mundial La recuperación y el rápido crecimiento ulterior pueden ser más fácil que partir de la nada, aun cuando ello no pareciera así a los observadores al final de la guerra.
¿Qué se puede decir de los demás países? ¿Hay algunos que no estuvieron ya industrializados y que hayan mostrado signos de desarrollo en años recientes?
Ha habido una sorprendente elevación de la actividad industrial en todo el mundo durante el periodo de la postguerra y muchos países de Asia, África y América Latina han participado en ella. Uno de los ejemplos más interesantes es el de Hong Kong, tanto por la rapidez de su crecimiento como porque su política económica ha estado en tan sorprendente contraste con la preconizada por los comunistas. Hong Kong es tal vez en el mundo actual la máxima aproximación al capitalismo del laissez-faire del siglo XIX. He aquí lo que dice una reciente publicación del Departamento de Comercio de los Estados Unidos»:
«Hong Kong es único entre los mercados del mundo por el hecho de que virtualmente no presenta barreras artificiales al comercio. Como puerto libre, la colonia no tiene derechos aduaneros proteccionistas ni restricciones cuantitativas a las importaciones; no hay dificultades para Importar u obtener divisas extranjeras; el paso de las mercancías por las aduanas no está obstaculizado por trámites engorrosos ni por dilaciones; el dólar de Hong Kong es estable y libremente convertible.. En realidad, el concepto de libre comercio y de empresa privada es apoyado y practicado calurosamente por todos los sectores de la comunidad empresarial y oficial y ha sido probablemente el factor singular más importante que explica el fenomenal desarrollo del comercio y la industria de la colonia en la última década».
Antes de la guerra, Hong Kong era poco más que un bullicioso depósito comercial de China. Después de la guerra recobró este papel por espacio de unos pocos años, pero la dominación comunista del continente le obligó a realizar un cambio dramático en su status. Hong Kong no podía seguir dependiendo del comercio de almacenaje para su supervivencia. Además, su población estaba creciendo intensamente por el aflujo de refugiados del continente. Ningún planificador decreto que Hong Kong debiese impulsar la industria, pero pronto se hizo evidente para un gran número de personas que podía ser remunerador iniciar allí empresas manufactureras. La mano de obra era abundante y barata, los impuestos eran bajos, el papeleo burocrático era virtualmente inexistente, las materias primas y la maquinaria odian ser importadas libremente y Hong Kong tenía el mundo entero por mercado.
La actividad industrial se inició con tejido de algodón y, en 1967, el pequeño Hong Kong se estaba convirtiendo en un competidor a quien habla que tener en cuenta en los mercados mundiales de tejidos.
El comercio de almacenaje continuó, pero ya en 1967 alrededor de un tercio de sus exportaciones eran de bienes producidos en Hong Kong. En 1961 esta proporción había crecido a dos tercios.
Hong Kong no publica un índice de producción industrial, pero puede obtenerse alguna idea del ritmo de crecimiento de la producción manufacturera por las estadísticas sobre registro de fábricas y sobre empleo. En 1950, habla 1.752 fábricas, que empleaban 92.000 obreros. A fines de 1963, habla 8.346 fábricas, que empleaban 354.000 obreros. Así, el número de fábricas casi se habían quintuplicado, a la vez que el empleo industrial se había casi cuadruplicado. Sin embargo, estas cifras subestiman considerablemente el empleo industrial. De acuerdo con el Censo de 1961, estaba ocupada el 39 por ciento de la población, y algo más de la mitad de la misma, 610.000 estaba ocupada en actividades industriales.
El desarrollo industrial de Hong Kong ha tenido que vencer los obstáculos derivados de la escasez de tierra y agua dulce. Virtualmente, todas las materias primas tienen que ser importadas, incluyendo los combustibles. Esto significa que la industria no ha tenido la ventaja de una energía eléctrica barata.
No obstante, se está produciendo un conjunto realmente impresionante de productos manufacturados. Los tejidos de algodón siguen siendo el producto singular más importante. A fines de 1963, había en funcionamiento 632.000 husos y 19.300 telares. Se producían más de 540 millones de yardas cuadradas de tela de algodón, la mayoría de la cual era exportada. Otras industrias importantes son las de productos plásticos, construcción y desguace de buques, fabricación de maquinaria, cemento, productos de aluminio, relojes, artículos de esmalte, equipo y material eléctrico, productos alimenticios y bebidas, calzado, productos de cuero, artículos electrónicos, ferretería, productos ópticos y ropa.
Hace una década, Hong Kong era, para la mayoría de las personas, apenas algo más que un lugar insignificante del mapa. Hoy es uno de los principales países comerciales de Asia y, en realidad, del mundo. En 1963, solamente cuatro países latinoamericanos Argentina, Brasil, Venezuela y México sobrepasaban a Hong Kong en el valor de sus exportaciones. Esta es una hazaña notable para una población de 3.6 millones hacinada en una superficie de sólo 391 millas cuadradas, desprovista casi por completo de recursos naturales.
Como en el caso del Japón, esta dinámica expansión económica dio por resultado ingresos más elevados y mejores niveles de vida para la población trabajadora de Hong Kong. A pesar de la afluencia de refugiados procedentes del «Estado de obreros» de China continental, que en 1960 y 1961 contribuyó a aumentar la población de Hong Kong en un increíble 7 por ciento anual, se han presentado escaseces de mano de obra. Los salarios, aunque todavía bajos de acuerdo con los patrones occidentales, se han elevado fuertemente en los últimos años. Como el aumento en el costo de la vida ha sido uno de los más bajos del mundo, ha habido un aumento substancial en los salarios reales.
Una indicación del mejoramiento de los niveles de vida es el brusco descenso de la tasa de mortalidad general y de la tasa de mortalidad infantil en el último decenio. La tasa de mortalidad ha bajado al 5.5 por mil, una de las más bajas del mundo. La tasa de mortalidad infantil se ha reducido en un 64 por ciento desde 1948, y se ha situado en el nivel de 32.9 por mil nacimientos vivos en 1963. Esta es considerablemente menor que la tasa para no blancos en los Estados Unidos y se compara favorablemente con las tasas de América Central y México, que oscilan entre 80.2 para México y 91.3 para Guatemala (datos de 1962).
El crecimiento de Hong Kong en la postguerra es una sorprendente demostración de la dinámica que puede ser una economía libre en desarrollo No demuestra que toda economía libre haya de ser por necesidad igualmente dinámica. La colonia ha tenido algunas ventajas y algunas desventajas, que no se encuentran en otros países en desarrollo. No todos los países pueden repetir las realizaciones de Hong Kong ni aun cuando siguieran una política económica idéntica. Algunos países sufren obstáculos económicos aún más graves que Hong Kong. Algunos están tan aislados geográficamente que están en seria desventaja en el comercio internacional. Muchos tienen un gran numero de habitantes que no se adaptan fácilmente a los nuevos y más eficientes modos d producción. Otros están acosados por la inestabilidad y las contiendas políticas, las cuales desalientan el ahorro y la inversión.
Cuando un país, que sufre graves desventajas similares a las expuestas, no progresa económicamente con rapidez, los comunistas lo atribuyen invariablemente a la libertad económica cualquiera que sea su grado- que el gobierno permita.
Los comunistas, al pronunciarse dogmáticamente contra este valioso «lubricante» económico, la libertad, han logrado influir sobre la política de muchos países, haciendo que disminuya al mínimo el grado de libertad económica permitida. Han actuado sistemáticamente para exagerar desmedidamente los obstáculos al desarrollo económico en las economías libres. Se han esforzado por intensificar la inestabilidad y la inseguridad políticas, han hecho cuanto han podido para desalentar la afluencia de los ahorros necesarios del exterior, han tratado de frustrar los esfuerzos por aumentar la productividad de la mano de obra y la racionalización necesaria en la asignación de los recursos productivos. Han hecho todo esto para probar que la libertad tiene que ser eliminada. El resultado ha sido que muchas economías están funcionando a un nivel de eficiencia muy inferior al máximo posible, bien por haber permitido demasiada libertad a aquellos cuyo objetivo principal ha sido impedir que la economía funcione satisfactoriamente, o bien por haber cedido a una presión irrazonable para restringir la libertad que podría mejorar el funcionamiento de la máquina económica.
La experiencia del Japón y de Hong Kong, donde no han tenido éxito estas maquinaciones, merece ser estudiada cuidadosamente y emulada por los países del mundo que desean desarrollarse económicamente.