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Año: 11, Junio 1969 No. 200
¿Tiene Vigencia Hoy una Política Liberal?
Von Mises «asigna al término Liberal el sentido que al mismo le atribuían en todas partes en el siglo XIX y aún hoy le atribuyen, en los países de la Europa Continental. Su uso, en tal sentido, es imperativo, simplemente porque no hay otro término para designar el gran movimiento Intelectual y político que sustituyó los Métodos precapitalistas de producción por la libre empresa y la economía de mercado, el absolutismo de los reyes o de las oligarquías, por gobiernos representativos y constitucionales; y la esclavitud, la servidumbre y otras formas de sometimiento, por la libertad para todos los individuos.
(Del glosario de las obras del profesor Von Mises preparado por el profesor Percy L Greaves, J. Pág. 32).
EL LIBERALISMO es un movimiento de opinión que sostiene un programa liberal. En la práctica, se concreta en el sistema social de la libertad.
Los totalitarios, lógicamente, odian al liberalismo. Hitler, Mussolini, Stalin y sus sucesores, Mao, Perón, Castro y demás dictadores de la misma laya, lo excecraron reiteradamente. Mientras más totalitaria una persona, mayor es su furia contra el sistema social de la libertad. Y se explica que así sea, porque dicho sistema se concreta en la voluntaria sociedad contractual que se opone a la concepción social totalitaria, la cual tiene una base hegemónica y determina la desmesurada concentración de poder político, que da rienda suelta a la megalomanía, propia de espíritus totalitarios.
Ciertamente me refiero al líberalismo conforme con la acepción europea, que es la que adopta el profesor Von Mises cuando alude al término liberal. Es decir, el liberalismo a que me refiero aquí, es el que contiene los principios e ideas del movimiento político y económico del siglo XIX que sostuvo y en gran medida implantó el programa liberal. No me refiero, pues, al «progresismo» de izquierda, mal llamado liberalismo por muchos norteamericanos.
Los totalitarios, movidos por su odio al liberalismo, realizan constantemente campañas de calumnias contra dicho sistema social. Las campañas contra el liberalismo provienen de diversos grupos de personas, incluso de ciertos sectores del clero y de la actividad sindical. Atacar al liberalismo es hoy un lugar común. Por eso el mundo anda tan mal y occidente está en grave peligro. Paradojalmente, se le atribuyen al liberalismo males que, en verdad, son fruto de políticas antiliberales. Insistentemente se reitera esta afirmación contra la verdad y la mayoría de las veces nadie hace la debida rectificación. Por eso, Hitler llegó a sostener que una mentira repetida suficientemente número de veces, se convierte en verdad. Calumnia que algo queda, dice el refrán. Lo cierto es que la repetición de vilipendios y cargos injustificados contra el liberalismo, al que se le atribuyen males que se deben a otras causas, ha logrado socavar la posibilidad de su gravitación beneficiosa en la vida de los pueblos.
Al liberalismo se le imputan culpas ajenas
CUANDO se escriba la historia de nuestros tiempos, la marca característica de la actual etapa que vivimos, será el avance colectivista. Este viene realizándose mediante una generalizada política antiliberal que está comprometiendo seriamente la suerte de la civilización occidental, puesto que provoca la declinación del derecho y la secuela de guerras internacionales y de luchas civiles. Los EE. UU. resisten hasta ahora, quizás mejor que otros países, dicho avance colectivista. Pero, también allá el colectivismo ha infectado la vida social, aunque con menos gravedad que en otros países. Por otra parte, la saludable reacción de Alemania Occidental, en el año 1948, contra la fiebre colectivista, fue evidente. Empero, junto con algún otro ejemplo de no mucho significado, son pocas las excepciones que se salen de la regla.
En el mundo de hoy, pues, apenas quedan vestigios del otrora triunfante liberalismo. No obstante, es blanco de ataques, como sí existiera. Sus implacables detractores se cuentan entre ellos también quienes no advierten que al actuar así, sirven de compañeros de ruta de los totalitarios atribuyen a dicho sistema social la culpa del insatisfactorio actual estado de cosas. COMO si los males que padecemos pudieran ser fruto de causas que no actúan. En cambio, la perniciosa y generalizada política antiliberal del mundo de hoy, no aparece, para los difamadores del liberalismo, como generadora de ningún mal. En su dialéctica, quienes difaman ese sistema social hacen aparecer las manifestaciones netamente antiliberales, como si fueran realizaciones del liberalismo.
Pero hay mas en dicha dialéctica falaz. A la vez que le atribuyen los males de nuestros tiempos al liberalismo, le niegan el mérito que le corresponde, cada vez que tuvo alguna aplicación. Esa falsa dialéctica niega, incluso contra la evidencia histórica, que el sistema social en cuestión, en la medida en que se practicó a fines del siglo pasado y comienzos del presente, impulsó el más fecundo progreso social de la humanidad y elevó el nivel de vida de las masas hasta alturas desconocidas anteriormente.
La democracia y la política antiliberal
PERO las políticas antiliberales no son patrimonio exclusivo de los totalitarismos nazis-facistas-comunistas. Por desgracia, las llamadas democracias representativas también suelen adoptar tales políticas, a menudo violando sus Constituciones escritas. Mas, cuando lo hacen, debe reconocerse que se niegan a sí mismas, rindiéndole al enemigo lo más preciado de su contenido. Puesto que cuando una democracia viola las limitaciones al poder político, impuestas por la substancia liberal que la engendró, su renuncia a dicha substancia, sacrifica la esencia misma que la caracteriza. Mantener efectivamente la inviolabilidad de esas limitaciones, es condición para evitar la caída en muchos de los excesos de los nombrados totalitarismos; así como también, dicha inviolabilidad, es condición para conservar incólume la legitimidad del poder. Por eso, no exageran quienes denominan «totalitarias» a las democracias que caen en tales excesos mediante la práctica de políticas antiliberales.
Seguridad para derechos y libertades individuales
ESTAS REFLEXIONES nos llevan a preocuparnos, circunstancialmente, menos por el origen del poder ejercido por un determinado gobierno, que por la clase de política que el mismo ejecuta. Lo fundamental para el progreso y prosperidad de los pueblos es que, la política ejecutada, asegure la vigencia de los derechos y libertades inherentes al individuo. No es suficiente que un gobierno haya surgido del comicio, si el mismo no preserva a esos derechos y libertades de posibles violaciones y las reprime debidamente cuando se producen; y si ese gobierno ejerce el poder sin las limitaciones indispensables para evitar que su propia acción viole derechos y libertades individuales; es decir: a expresar el pensamiento, a trabajar y disponer del fruto del propio trabajo (propiedad privada), a contratar pacífica y voluntariamente y a profesar la religión preferida. Asegurar la plena vigencia de dichos derechos y libertades del individuo, constituye, precisamente, la esencia del programa liberal. Esa seguridad es la única posible y deseable, y es la única que los gobiernos libres se obligan a brindar a los gobernados.
La verdadera democracia es liberal
NUNCA está demás repetir lo que, en muchos casos, parece haberse olvidado. Es decir, que la moderna democracia representativa nació contra gobiernos absolutos anteriores. Y que el concepto original en que ella se asentó, consiste, precisamente, en la salvaguardia de los referidos derechos y libertades. Por consiguiente, en tal concepto, esos derechos y libertades individuales, deben hallarse siempre fuera del alcance del poder de las mayorías Si no fuera así el advenimiento de la democracia, en su hora, hubiera significado, simplemente, el reemplazo del absolutismo de las viejas monarquías, por el absolutismo de mayorías circunstanciales.
Lamentablemente, con el andar del tiempo, la democracia con frecuencia resultó desvirtuada por el absolutismo mayoritario. Su significado ha sido tergiversado por el erróneo concepto de que la mayoría necesariamente tiene razón y que debe imponer su voluntad a la minoría, sin limitación alguna.
La auténtica democracia, en cambio, requiere seguridad para las libertades y derechos inherentes al individuo. Estos no pueden ser derogados mediante el sufragio, sin desnaturalizar la esencia democrática. La principal razón de ser de todo gobierno democrático, vale decir, libre y progresista, es asegurar efectivamente tales derechos y libertades. Para prevenir y reprimir ataques interiores y exteriores contra ellos, la Justicia, la Defensa Nacional y la Policía constituyen sus resortes vitales. Así opinaron ilustres forjadores del pensamiento democrático, entre los cuales Locke fue uno de sus lúcidos expositores.
La política antiliberal engendra el estatismo
ES SABIDO que, en los tiempos que corren, para mal de los pueblos, las democracias occidentales, en mayor o menor medida, han sido corroídas por alguna dosis de demagogia. Esta, impulsa las tendencias antiliberales, que acrecientan el poder político, en desmedro de libertades y derechos individuales.
Las tendencias antiliberales son las que producen el estatismo colectivizante que caracteriza a los tiempos actuales. Por ejemplo, en todas partes, con dosificaciones diferentes, la planificación autoritaria del Estado interviene compulsivamente para «regular» también para «desarrollar» la producción y el consumo de bienes y servicios. Desde luego, se trata del «desarrollo» en el sentido que mandan los burócratas. Hitler «desarrolló» la economía alemana con el objeto de lograr «Más cañones y menos manteca» a fin de conquistar y someter al mundo libre. Desde luego, ese «desarrollo» y esas «regulaciones», no constituyen espontáneo crecimiento económico, el cual sólo tiene lugar según lo prefieran los consumidores, de acuerdo con la prioridad de sus necesidades y deseos y que únicamente el mercado libre satisface.
Como se sabe, en el mundo de hoy, todos los pueblos, unos más y otros menos, soportan tremendas cargas fiscales para mantener aparatos de cumpulsión estatal hipertrofiados que atestiguan la generalización política antiliberal. Los Estados, compulsivamente, mantienen así proteccionismos que entorpecen los intercambios; subsidios y cuotas de producción y consumo; precios y salarios controlados por la coerción del Estado o la violencia sindical; sindicalismos compulsivos, en lugar de sindicatos libres en ejercicio de la libertad de asociación; regímenes de papel moneda inconvertible, cuyo poder adquisitivo se halla a merced de funcionarios públicos nacionales e internacionales; empresas estatales antieconómicas que ejercen el comercio, la industria y la producción. Estas manifestaciones de crudo antiliberalismo, junto con otras de la misma especie, constituyen evidente negación de la economía de mercado, la cual forma parte de la esencia del programa liberal.
Sin dejar de reconocer que en otros países las cosas son mucho peores, no hace falta entrar en detalles para darnos cuenta de la fuerte dosis de antiliberalismo que padece la actual realidad latinoamericana. El estatismo antiliberal de nuestros países es una realidad, pese a las buenas intenciones antiestatistas contenidas en algunos documentos originales de los gobiernos, y no obstante ciertas medidas adoptadas por éstos en el buen sentido. Sin embargo, no faltan quienes pretenden que hoy y aquí vivimos un sistema liberal.
Avancemos por el buen camino
DESANDAR el camino estatista y avanzar decididamente por el camino liberal es la consigna, si queremos que el país prospere sobre bases sólidas.
Dicha consigna debe cumplirse para bien del país. Aunque sabemos que ella no contará con la simpatía ni el apoyo de los que no les preocupa la hipertrofia del Estado. Estos son los que desean que el poder crezca cada vez más porque ambicionan para ejercerlo ellos, a fin de inmiscuirse lo más posible en las vidas ajenas y ser artífices de su destino, en asuntos que sólo incumben a cada cual; y son también los complacientes con el crecimiento del poder, porque son proclives a declinar sus responsabilidades, transfiriéndolas a un Estado omnipotente y «omnisciente», que promete bienestar y felicidad para todos «de la cuna a la tumba».