Año: 11, Diciembre 1969 No. 212

La Planificación y la Razón

Por Gustavo R. Velasco

No deja de ser desalentador comprobar que, así como en el vestido femenino, el habla cotidiana o las diversiones, somos juguetes de la moda; también actividades más serias se encuentran bajo su imperio o, por lo menos, sufren su influjo en forma decisiva. Tal es el caso notablemente de la política económica y, aunque en menor grado, de la ciencia de la economía.

En confirmación, recordemos la boga sucesiva de la ocupación plena, el desarrollo económico y, más recientemente, la planificación como temas de estudio y discusión. Claro que la ciencia, y con mayor razón la política, deben fijar su atención en los fenómenos y problemas que nos presenta la realidad, y que éstos varían a través del tiempo, así como que las investigaciones científicas están relacionadas entre sí y hasta dependen unas de otras o siguen cierta progresión. Pero reconocido y descontado lo anterior, sigue siendo cierto que la simple moda, la imitación, la popularidad, son también factores preponderantes para que determinadas cuestiones se atiendan o examinen de preferencia a otras. Igualmente, para que unas teorías o soluciones se propaguen y prevalezcan sobre otras en la opinión general, al menos durante cierto lapso e independientemente de su fundamento científico o falta de él.

Otra semejanza con la moda consiste en que lo que hoy se presenta como última novedad --el talle alto o bajo, el escote atrevido o moderado, el vestido ajustado al cuerpo o suelto, inclusive la minifalda-- no es más que la copia o resurrección de estilos que rigieron antes de la Primera Guerra, o durante el Segundo Imperio, o en la época del Directorio y las «incroyables», o en los remontísimos tiempos de Creta. Así sucede con la planificación económica, que muchos economistas (y no digamos cuántos políticos) tienen como el último descubrimiento de la ciencia y, por supuesto, como la panacea que nos abriría de par en par las puertas de la prosperidad y quizá hasta del paraíso.

La verdad es muy otra. La idea de que el gobierno planifique la vida económica y social es tan vetusta como el pensamiento especulativo. Ya Platón era un planificador consumado y para confirmarlo bastará recordar su admiración por Esparta y por la organización militar. Al describir ésta, insiste en que se mantenga en tiempo de paz, así como que se aplique en general; es decir, en toda clase de asuntos y a todas las personas, incluyendo las mujeres y los niños: «En cuanto a organización militar, muchos son los temas de deliberación y muchas las normas que vienen a cuento, pero la más importante es que jamás haya nadie, varón ni hembra, que no esté mandado, ni nadie cuya alma esté habituada a hacer nada de sí por sí, ni aisladamente, ni en asuntos serios, ni tampoco en cuestiones de juego, sino que, antes bien, tanto a lo largo de las guerras todas como durante la paz, se viva siempre mirando y siguiendo al jefe y dejándose gobernar por él hasta en lo más mínimo, como, por ejemplo, en levantarse cuando él lo mande, o caminar, o hacer ejercicio, o lavarse, o comer, o despertarse de noche para las guardias o los recados, o en el momento mismo del peligro, no perseguir a nadie ni retirarse ante otro sin orden expresa del jefe; en una palabra, instruir el alma para que se acostumbre a no pensar siquiera, ni a saber en modo alguno hacer nada aparte de los demás, y ello con el fin de que así la vida de todos se organice en todos los aspectos y constantemente según el mayor grado posible de concentración, coincidencia y comunidad, pues no hay ni jamás habrá nada mejor que esto, ni más provechoso ni más eficaz con respecto al éxito y a la victoria guerrera. He aquí lo que, aún en tiempo de paz, hay que comenzar a practicar desde muy niños, el mandar a otros y el ser mandados por los demás; y la anarquía es algo que debe ser apartado en absoluto de la vida de los hombres todos y hasta de los animales por el hombre domesticados». [i]

Con pocas excepciones, los constructores de utopías son tan autoritarios como el filósofo ateniense y todos sueñan con rehacer, no sólo la organización social y económica, sino la naturaleza humana misma. En Tomás Moro, Francis Bacon, Harrington y, con mayor razón, en los socialistas anteriores a Marx (a quienes el Prusiano Rojo, como lo llama Schwarzschild en su biografía[ii], descartó y ridiculizó como utopistas), encontramos planes detallados para regular el trabajo, la producción e incluso el consumo y el empleo del tiempo libre, a tal grado que Oscar Jaszi pudo escribir hace ya treinta años que «los esfuerzos actuales, en el sentido de una economía planificada, puede decirse que llevan impreso el carácter de Saint-Simon». [iii]

Marx tuvo la gran habilidad de no ocuparse de la organización económica de la sociedad del futuro, con lo cual, por una parte, evitó las críticas que indudablemente habrían exhibido los defectos de sus concepciones, como habían destruido las fantasías de Saint-Simon, Fourier y Cabet; y, por otra, dejó a sus adeptos en libertad de dar rienda suelta a su imaginación y de moldear aquélla a su antojo. En cambio Lenin reveló palmariamente su ignorancia de lo que es la economía, al declarar que «la sociedad toda, en el orden económico, funcionará como una sola oficina y una sola factoría, con igual trabajo y pago igual». Su ideal era «organizar toda la economía nacional de acuerdo con el sistema de Correos, pero de tal modo que los técnicos, los inspectores y los empleados de oficina no reciban una remuneración más alta que los operarios y que el conjunto esté bajo la dirección del proletariado en armas». [iv]

Estos y otros antecedentes que no cito por no ser necesario, no dejan lugar a duda sobre la venerable antigüedad de la idea de abolir el mercado para sustituirlo por los decretos y directivas de funcionarios públicos. Más preciso si cabe, es el origen del renacimiento moderno del interés en la planificación, así como la aplicación de la palabra «plan» a la economía. Felizmente, esta afirmación es posible documentarla con toda seguridad. En el curso de la Primera Guerra Mundial, los países beligerantes establecieron diversas medidas de dirección de la economía que se fueron haciendo progresivamente más severas. En Alemania, posiblemente por causa del bloqueo de que fue objeto, la organización de guerra se aproximó mucho a una economía planificada y, una vez terminado el conflicto, la persistencia de las dificultades económicas y la llegada al poder de un gobierno socialista condujeron a la proposición concreta en un memorándum del 7 de mayo de 1919, inspirado por Walter Rathenau y redactado por Wissell y Moellendorf, de que el gobierno se declarara a favor de una economía coercitiva planificada (zwangswirtschaft o planwirstschaft). [v]

En Rusia, después del llamado comunismo de guerra y de la N.E.P. o Nueva Política Económica a que se abrazó Lenin en 1921, con el objeto de reparar los estragos de aquél y de restablecer cierto grado de producción, el régimen tuvo que enfrentarse con el problema cuya discusión había prohibido Marx, de cómo debe estructurarse una economía socialista. La solución que se adoptó y que debe reconocerse que es consecuencia obligada de la socialización de los medios de producción y del control político de toda la vida económica y social, consistió en la elaboración y adopción en 1928 del primer Plan Quinquenal o Platileka. Desde entonces, el carácter más saliente de la economía rusa, a través de una sucesión de planes, ha consistido en que es una economía planificada y dirigida. No es la ocasión de hablar de sus realizaciones (por ejemplo, en materia de proyectiles y satélites, aunque, después de un período de triunfo y arrogancia, los Estados Unidos, con su economía todavía fundamentalmente libre, los hayan relegado a segundo término), ni de sus fracasos (como el conocido de la escasez y mala calidad de los bienes de consumo y del racionamiento de los alimentos, en primer lugar, de la harina), pero sí debe hacerse mención, cuando menos, del reconocimiento cada vez más inequívoco por parte de los economistas y dirigentes soviéticos de que algo falla en su sistema y de la búsqueda casi desesperada de un sustituto para los precios, el cálculo económico y las pérdidas y las ganancias de una economía de mercado [vi].

La investigación nos demuestra que entre socialismo y planificación media una relación histórica tan imposible de negar como la que existe entre la puesta del sol y la oscuridad de la noche. Pero podemos ir más allá. La verdad es que el socialismo resulta inconcebible sin planificación. Si no se respeta la propiedad privada, si no existen precios, si el mercado no funciona, la economía no puede ser más que una economía de mando y compulsión[vii]. Donde las necesidades y los deseos de los consumidores no dicen la última palabra, tienen que constituirla las preferencias y las órdenes de los políticos y los burócratas. En resumen, donde hay socialismo tiene que haber planificación.

¿Pero será cierta la proposición inversa y podremos afirmar que, donde hay planificación, habrá socialismo? Empecemos por desbrozar el camino. Si la planificación es general, centralizada y coercitiva, ni duda cabe de que estaremos frente a una economía completamente socializada; es decir, de un régimen socialista. No importará que se dejen subsistir las formas de las instituciones, por ejemplo, de la propiedad privada, porque no se nacionalicen formalmente las empresas productivas, como no las nacionalizaron Hitler y sus secuaces, a pesar de lo cual no puede discutirse que el nacionalsocialismo fue un socialismo verdadero. En cambio, si la planificación abarca únicamente a un sector, el resto de la economía continuará gobernado por el mercado.

La centralización ofrece mayores dificultades. Puntualicemos, para comenzar, que estamos discutiendo una planificación en que en definitiva el gobierno o poder político aprueba los planes y se encarga de que se ejecuten, sin que importe que al elaborarse oiga o que dé otra intervención a los empresarios y consumidores, o que también los utilice para vigilar y asegurar su ejecución. En efecto, si son los particulares los que adoptan los planes, o bien si, aunque los haga suyos el gobierno, su cumplimiento queda encomendado voluntariamente a dichos particulares, no habremos salido del supuesto de una economía de mercado o del consumidor. En tal caso, los planes informarán, ilustrarán o aconsejarán pero, repito, que no se habrá suprimido ni desplazado el mercado si los particulares son de verdad libres para seguirlos o para apartarse de ellos.

Sin embargo, no es lo anterior lo que se tiene en mente cuando se habla de descentralización en esta materia. Lo que se propone es que los planes no se formulen por una autoridad única, sino que provengan o que en ellos tengan participación diversas autoridades, como, por ejemplo, las de una región o las encargadas directamente de una rama de la economía, o incluso de las distintas entidades industriales y comerciales. Mas, con esto no se rozan siquiera los problemas fundamentales. ¿Quién coordinará los planes? ¿Quién resolverá cuáles prevalecen sobre otros? Si los bienes económicos son escasos (y lo son exhypothesi; es decir, como dato primario de todo sistema económico, no con carácter contingente, según parecen creer algunos de nuestros funcionarios, novatos en estos achaques, cuando traen a colación «la escasez» de capitales o recursos como supuesta justificación de controles y saturaciones), la cuestión económica crucial consiste en optar entre las varias acciones posibles. Al respecto, recuérdese que Robbins define la economía como la ciencia que estudia la conducta humana en cuanto relación entre fines y medios escasos susceptibles de usos alternativos[viii]. Sí no podemos tener simultáneamente más comida y más vestido o más habitaciones, ¿quién sino un poder central puede decidir a qué se dará preferencia y cuánto tendremos de cada cosa, siempre dentro del supuesto que no se permita que lo haga la sociedad en conjunto o sean los consumidores a través de los votos que emiten en un mercado libre?

Nos falta ocuparnos de la tercera característica que mencioné y, más concretamente, de discutir si es posible que una economía planificada no sea imperativa. En los últimos años, ha estado de moda hablar de la planificación indicativa e invocar el ejemplo de Francia, en donde se dice que los planes no estén apoyados por la coacción jurídica, sino que se cumplen mediante incentivos y estímulos que determinan que los empresarios e inversionistas los lleven voluntariamente a la práctica.

Es cierto que de primera intención no se guillotina, pone en prisión, ni multa a las personas porque se rehusen a proceder de acuerdo con el plan económico francés. Pero lo que no es exacto es que el plan sea puramente indicativo y no imperativo. Indicativo es lo que indica, es decir, advierte, enseña, guía o aconseja; e imperativo, lo que impera; esto es, conmina, manda, exige u obliga. Veamos si es verdad que en Francia la planificación se lleva a cabo libremente y sin coacción.

¿Cuándo hay coacción? ¿Cuándo, en cambio, libertad? En realidad, las dos palabras se encuentran en una relación indisoluble, ya que la libertad es la ausencia de la coacción. Y, como esta última constituye un concepto más concreto y positivo, para saber cuándo hay libertad, será forzoso precisar cuándo existe la coacción. Esta «tiene lugar cuando se hace que los actos de un hombre estén al servicio de la voluntad de otro hombre, para los propósitos de éste en vez de para sus propósitos propios. No es que quien es objeto de la coacción no elija;...no obstante, la...coacción supone que, aunque todavía elija yo, [ix]mi mente se convierte en instrumento de otra persona porque las alternativas que se me presentan se han manifestado en tal forma que la conducta que el coaccionador quiere que yo elija, se convierte en aquélla que me resulta menos perjudicial... La coacción implica, tanto la amenaza de infligir un daño, como la intención de provocar determinada conducta por ese medio» [x].

En el arsenal de medidas de que dispone la planificación francesa, únicamente los permisos de construcción, que se pueden rehusar cuando la empresa, por establecer o por ampliar, no se ajusta a los planes aprobados, constituyen un arma reforzada por sanciones jurídicas. Las demás tienen el carácter de incentivos fiscales o de estímulos financieros. Pueden consistir en:

Exención de impuestos a los dividendos sobre acciones emitidas por aumento de capital, cuando los programas de inversión se apegan al Plan;

Exención del impuesto de traslación sobre inmuebles adquiridos en programas de arreglo territorial o de agrupación industrial conforme el Plan;

Liberación del impuesto de registro para favorecer la concentración de empresas cuando se considera insuficiente;

Amortización degresiva para los equipos que se conforman a las directivas del Plan;

Tasas preferentes de amortización para las empresas de exportación;

Préstamos para ayudar a la conversión de las empresas;

Primas de equipo, a fin de favorecer la industrialización y de intensificar la ocupación en las regiones subdesarrolladas en Francia;

Bonificaciones de intereses sobre los empréstitos obtenidos por las empresas;

Créditos a un tipo de interés inferior al del mercado;

Garantía del Gobierno en los créditos obtenidos;

Compromiso de participar en el financiamiento de las existencias de la empresa favorecida;

Compromiso de proporcionar apoyo financiero a las empresas que se obliguen a realizar las inversiones para la investigación y la producción que se definan previamente; autorización de los grandes empréstitos privados;

Lugar preferente en el calendario de emisión de las obligaciones que excedan de un millón de nuevos francos;

Orden de prioridad y discriminatorio entre los solicitantes de crédito, lo que permite al Consejo Nacional de Crédito ejercer una acción selectiva de acuerdo con los objetivos del Plan[xi].

En el caso de las licencias de construcción, que se niegan porque la nueva fábrica o la ampliación no se encuentran en la región que las autoridades quieren desarrollar, es claro que no existe una mera recomendación, sino una coacción indudable. En los demás que he mencionado, no puede negarse que el industrial o comerciante afectado pueda pagar los impuestos íntegros, o amortizar su equipo a las tasas generales, o autofinanciar la expansión de su planta, o cubrir intereses a los tipos que prevalezcan en el mercado, o renunciar a la ayuda del crédito, o aguardar los turnos que le toquen.

Pero, ¿podrá competir, podrá sobrevivir a la concurrencia económica, en estas circunstancias? Estoy de acuerdo en que no es lo mismo «si no haces esto, ejerzo violencia física contra ti», que «si no haces esto, no te concedo un beneficio» Pero, ¿cuál coacción será más poderosa y efectiva para el hombre de negocios: las de pasar unos días en la cárcel o de pagar una multa, o la de verse privado de ventajas que, según sean las condiciones de la rama en que opere, la severidad de la competencia y la coyuntura económica pueden determinar que su negocio no se amplíe ni modernice, no reparta dividendos, o sea incluso desplazado por quienes gozan de las ayudas y el favor oficiales? Si algo es decisivo para mi existencia o para la preservación de lo que yo tengo en más valor, no hay duda que constituirá una coacción sobre mi voluntad y que me eliminará como un ser libre para convertirme en un mero instrumento para la consecución de los fines de otros [xii]Este es el caso del enamorado a quien se impide ver al objeto de su amor; del vicioso a quien se priva de alcohol o de la droga enervante a que se ha habituado, o del creyente al que se excluye de las prácticas de su religión. En multitud de casos, será también la situación del industrial o comerciante al que se nieguen las exenciones, prioridades y otras ventajas que capacitarían a su empresa para competir en igualdad de circunstancias con las que se plieguen a la planificación oficial. Por eso me parece que llamar a ésta indicativa y todavía hablar, como se hace en la propaganda con que se la ha rodeado, de que es libre y democrática, equivale a olvidar el sentido de las palabras.

La conclusión que se impone es que economía planificada es igual a economía socializada. Según sean la generalidad, centralización e imperatividad de la planificación, así será también el grado de la socialización. Y con ello podemos dar respuesta a la cuestión que nos propusimos hace rato. Donde hay planificación, no existe necesariamente un régimen socialista, pero se ha emprendido la marcha hacia él. La nación que opta por sujetar a planes obligatorios de las autoridades (necesariamente una sola en definitiva, según demostré) toda su economía, ha comprado un boleto, probablemente en un solo sentido, hacia el socialismo. Y no se objete que pueden quedar oasis o manchones de actividades económicas libres: también en la URSS los hay y, por cierto, su rendimiento reviste grandísima importancia en materia agrícola, sin que por eso vacilemos en calificar al sistema ruso de socialista o comunista en conjunto [xiii]

Si mi conclusión es exacta (y temo que la laboriosa exposición que precede tiene como única virtud la de fundar la verdad de lo que es cierto por sí solo), ¿cómo explicarse la insistencia en la planificación? ¿Cómo entender este resurgir contemporáneo de la viejísima idea de que «a lo largo de las guerras todas, como durante la paz, se viva siempre mirando y siguiendo al jefe y dejándose gobernar por él hasta en lo más mínimo», en vez de observar la admonición de San Pablo «estad, pues, firmes en la libertad con que Cristo nos hizo libres, y no volváis a quedar sujetos en el yugo de servidumbre?» [xiv]No hay duda de que algunos propugnan la planificación de la economía como un Caballo de Troya del socialismo. Ante el fracaso inocultable de éste, no digamos en lo social y moral, sino en el terreno de la producción y la elevación del nivel de vida de las masas, qué mejor táctica que declararse partidario de algo que abra la puerta al colectivismo, bajo una palabra en sí misma neutra ideológicamente y que, además, suena tan técnica como importante. En otros casos, juegan los dos factores que he descrito en una publicación reciente [xv] de la ignorancia o incomprensión y de falta de firmeza e integridad. En otras palabras, junto a los pocos que saben lo que quieren y adonde van, hay las multitudes que ignoran de qué se trata o que no pueden entender las cuestiones que se debaten, y las apenas menos numerosas de los que no les importa o que creen que en alguna forma se defenderán o que tal vez hasta resulten beneficiados. Todo ello pone en claro, a mi modo de ver, las razones y móviles de la moda planificadora en medio de la cual nos hallamos y cuyo análisis constituye el objetivo de este ensayo.

Sin embargo, sería yo omiso y torpe si no me hiciera cargo de una causa precisa de la popularidad de la idea que la planificación se aplique a la economía. La razón, la inteligencia, son los caracteres distintivos y el orgullo del hombre. Entonces, qué cosa más natural que tratar de sujetar a la acción de la razón cuantos fenómenos encuentre por delante. En contraste, la economía nos aparece como algo informe y desordenado. Los problemas que ofrece son difíciles y rebeldes; los resultados a que llegará son inciertos y hasta imprevisibles. Vamos, pues, a hacer imperar la razón; vamos a someter la actividad económica a planes meditados, bien concebidos, y, con ello, no solamente resolveremos las dificultades y aseguraremos que nuestros esfuerzos conducirán a las metas e ideales que fijemos, sino que habremos satisfecho un imperativo de nuestra condición humana.

No pueden negarse ni la fuerza y el atrevimiento, ni el atractivo de esta concepción. Desde luego, ella se inserta en uno de los movimientos intelectuales más poderosos y seductores del pensamiento, el del racionalismo, que nace Bacon y Descartes y que se nutre, no solamente con afanes de conocimiento, sino de poder y dominio sobre la naturaleza y la vida social. No me refiero al racionalismo en sentido estricto; esto es, a la tesis que el hombre es un ser racional y que sus actos están guiados por la razón [xvi] sino a la variante o exageración de esta doctrina que cree que la razón puede hacer al hombre omnisciente y omnipotente. Y aquí cederé la palabra a quien entre los filósofos modernos, mejor ha estudiado esta cuestión.

«Embriagado por la fruición de las ideas», enseña Ortega y Gasset, «concluye el hombre, creyendo que posee una facultad casi divina, capaz de revelarle de una vez para siempre la esencia última de las cosas. Esta facultad tendrá que ser independiente de la experiencia, la cual, en sus constantes variaciones, podría modificar aquella revelación. Descartes llamó raisono pure intellection a esta facultad, y Kant, más precisamente, «razón pura».

«La razón pura» no es el entendimiento, sino una manera extremada de funcionar éste...La razón pura es...el entendimiento abandonado a sí mismo, que construye de su propio fondo armazones prodigiosas, de una exactitud y de un rigor sublimes. En vez de buscar contacto con las cosas, se desentiende de ellas... Como opera sin contar con nada más que consigo mismo, no le cuesta mucho dar a sus creaciones el máximo pulimiento. Así, en el orden de las cuestiones políticas y sociales, cree haber descubierto una construcción civil, un derecho, perfectos, definitivos, los únicos que tales nombres merecen. A este uso puro del intelecto, a este pensar more geométrico se suele llamar racionalismo. Tal fuera más luminoso llamarle radicalismo». [xvii]

«La física y la filosofía de Descartes fueron la primera manifestación de un estado de espíritu nuevo... Suspicacia y desdén hacia todo lo espontáneo e inmediato. Entusiasmo por toda construcción racional» [xviii]

«Sobreviene un extraño desdén hacia las realidades; vueltos de espalda a ellas, los hombres se enamoran de las ideas como tales. La perfección de sus aristas geométricas los entusiasma hasta el punto de olvidar que, en definitiva, la misión de la idea es coincidir con la realidad que en ella va pensada».

«Quiere el temperamento racionalista que el cuerpo social se amolde, cueste lo que cueste, a la cuadrícula de conceptos que su razón pura ha forjado...Una política de realidades en que no se aspira a hacer triunfar una idea como tal, parecía inmoral...

Ahora bien, una idea forjada sin otra intención que la de hacerla perfecta como idea, cualquiera que sea su incongruencia con la realidad, es precisamente lo que llamamos utopía. Radicalismo, racionalismo, pensar more geométrico, son utopismos...la política es realización.

¿Cómo no ha de resultar contradictorio con ella el espíritu utopista?» [xix]

A reserva de examinar la aplicación de las anteriores ideas al tema de la planificación, me interesa puntualizar desde ahora que el hecho de citarlas en absoluto entraña una postura antiracional o vitalista. Como ha escrito Mises, «en cuanto el hombre es capaz de cognición, tiene que apoyarse en la razón...No existe un modo irracional de cognición ni una ciencia de la irracionalidad».xx Y Ortega ha cuidado de «salir...al paso de las confusiones o malas interpretaciones con .que suele interpretarse» su filosofía. «Mi ideología no va contra la razón», declara contundentemente, «puesto que no admite otro modo de conocimiento teórico que ella: va sólo contra el racionalismo», en el sentido que atribuye a esta palabra y que aparece de las extensas citas que he hecho del ilustre pensador hispano.

En la imposibilidad de seguir repitiendo sus enseñanzas, básteme decir que en el ensayo del que tomo las frases anteriores, Ortega precisa, sin lugar a dudas, «el justo papel de la razón». Y «todo lo que sea más de esto», insiste, «degenera en racionalismo».[xxi]

«Lo que el racionalismo añade al justo ejercicio de la razón es un supuesto caprichoso y una peculiar ceguera. La ceguera consiste en no querer ver las irracionalidades que, como hemos advertido, suscita por todos lados el uso puro de la razón misma. El supuesto arbitrario que caracteriza al racionalismo es creer que las cosas reales o ideales se comportan como nuestras ideas.

El secreto recóndito del espíritu racionalista...consiste en que, a despecho de las apariencias, el racionalismo no es una actitud propiamente contemplativa, sino más bien imperativa. En lugar de situarse ante el mundo y recibirlo en la mente como es,....el espíritu le impone un cierto modo de ser, le imperializa y violenta...Pensar no es ver, sino legislar, mandar...El papel de la razón no es comprender lo real, formar en la mente copias de las cosas, sino «crear modelos» según los cuales éstas han de conducirse. El racionalismo tiende donde quiera, y siempre, a invertir la misión del intelecto, incitando a éste para que, en vez de formarse ideas de las cosas, construya ideales a los que éstas deben ajustarse... A la postre, el racionalismo descubre su auténtica intención que consiste, más que en ser teoría, en sublevarse como intervención práctica y transmutar la realidad en el oro imaginario de lo que debe ser. El racionalismo es la moderna piedra filosofal»[xxii]

Me resisto a volver a tomar la palabra después de la impresión que debe haber producido en ustedes el clarividente pensador y extraordinario prosista que fue Ortega. Pero por fuerza debemos continuar nuestra tarea para tratar de aprovechar su pensamiento y de llegar a conclusiones sobre la pretensión de la planificación económica de ampararse bajo el prestigioso manto de la razón. Mas, desde luego, tiene que asaltarnos una duda: ¿acaso el fenómeno económico no constituye un ejemplo de actividad racional? ¿Y no es precisamente el gran continuador de la Escuela Austríaca al que he citado varias veces, el profesor Ludwig von Mises, quien ha acentuado el carácter racional de la acción humana, de la cual los actos económicos no son sino una parte o manifestación, hasta llegar a afirmar que «la acción humana es siempre racional», por lo que «hablar de acción racional supone incurrir en evidente pleonasmo»?[xxiii] Entonces, ¿no resultan fuera de lugar y hasta un tanto extrañas las criticas al racionalismo, tratándose de una actividad y, por consiguiente, también de la ciencia que la estudia, que se ha empezado por declarar que son eminentemente racionales? Y, descendiendo a las versiones vulgares y a los enemigos de la ciencia económica (porque los hay, que preferirían que no existiera, o que, en todo caso, tratan de dar una imagen falsa de ella y de deturparla), ¿no existe toda una mitología del «hombre económico», o sea, de un ser frío y calculador, una especie de máquina pensante, que actuaría exclusivamente por motivos materiales y monetarios? [xxiv]

Creo que algunas sencillas observaciones bastarán para disipar esta posible impugnación. Cuando la teoría económica y, concretamente, Mises hablan que la acción humana es racional, lo que quieren poner de relieve es que es motivada y que persigue un fin, en otras palabras, que es una acción que se realiza debido a un motivo (una necesidad, un estado de insatisfacción) y para un fin (satisfacer la necesidad que se sentía o cuando menos sustituir un estado de menor incomodidad). No existe, pues, un comportamiento irracional, sino que lo contrario de la acción humana son los movimientos reflejos de los órganos corporales y de nuestros instintos en cuanto no puedan controlarse por la voluntad. Y de lo anterior brota claramente una consecuencia: que decir de la acción humana y, por tanto, de la actividad económica, que es racional, en absoluto entraña afirmar que también sea siempre y necesariamente razonable, ni menos que deba ser aprobada desde otros puntos de vista, por ejemplo, éticos, estéticos, de refinamiento, etc.[xxv]

Yendo al fondo de la cuestión: del hecho de que la actividad económica sea racional, no se desprende en absoluto que la llamada planificación constituya la mejor manera de desarrollarla. Y digo llamada porque lo que está a discusión no es si los hombres debemos hacer planes para nuestros asuntos, sino si los funcionarios y empleados públicos deben impedirnos que los hagamos e imponernos los planes que ellos consideran mejores que los nuestros. Dicho en otra forma: la planificación económica no consiste en propugnar que se actúe previsoramente, ni se reduce a una recomendación de los planes que el gobierno prepare, ni aboga por que las entidades oficiales planifiquen mejor las tareas que les incumben; la planificación es, siempre y necesariamente, en la concepción de sus adeptos, planificación de las autoridades para las particulares, planificación general, central y coactiva.

Como observa Hayek en un pasaje que me permitiré repetir, a pesar de que es un poco largo: «Que pensemos previamente lo que vamos a hacer, que una ordenación sensata de nuestras vidas exige que tengamos una concepción clara de nuestras metas antes de que empecemos a actuar, parece tan evidente, que resulta difícil creer que el movimiento en favor de la planificación pueda ser tan equivocado. Toda la actividad económica, para tomar este caso especial, consiste en planear decisiones con respecto al uso de los recursos para fines que compiten entre sí. Por esto, parecería particularmente absurdo que un economista se oponga a la «planificación» en este significado generalísimo de la palabra».[xxvi] Pero, al igual que yo, aclara a continuación que no es con ese sentido amplio, como los partidarios de la planificación emplean este término, «sino en el de que las actividades económicas de todos nosotros deban ser dirigidas conforme a un plan único que decrete una autoridad central.»[xxvii] El dilema no estriba en «To Plan or Not to Plan», para imitar el título del libro de Bárbara Wootton [xxviii] no se trata de que en un caso usemos nuestra inteligencia y en el otro, procedamos irreflexivamente, a tontas y locas. La opción verdadera es entre una economía planificada y una economía de mercado, tanto vale decir, entre el socialismo por una parte, porque la planificación de la economía no es posible sin la abolición o, por lo menos, el control de la propiedad privada y la supresión de las demás libertades, y una sociedad libre, voluntaria o abierta, pues todos estos calificativos le son aplicables y sirven para caracterizarla y describirla.

Para el planteamiento correcto del problema, vuelvo a mi afirmación: que la planificación suponga o exija el uso de la razón por parte de los planificadores no prueba que sea superior a la economía de mercado, como decimos modernamente, o sistema de la libertad natural, como lo bautizó Adam Smith [xxix] porque, volteando ahora el argumento, ya señalé que toda actividad económica y, por lo tanto, la relativa a nuestros asuntos propios, es racional en el sentido de que siempre optamos conscientemente, en vez de mecánica o instintivamente. Claro que aquí debo prever la repetición de las manoseadas críticas al orden económico libre como algo ciego, sino es que como «la anarquía de la producción» y como un caos. Con toda precisión, he de contestar que esta clase de ataques se deben neta y sencillamente a incomprensión e ignorancia. El que determinado orden social no sea aparente por sí mismo, de primera intención, sino que requiera ser descubierto y explicado, no indica que no exista, ni que sea un orden inferior. Precisamente lo característico de la ciencia es permitirnos percibir y comprender lo que no nos revelan nuestros solos sentidos. Es así como, para citar tal vez el ejemplo más vulgar, nos ha enseñado que la Tierra es redonda y no plana. Sin embargo, todavía después de las fotografías tomadas en el espacio y que confirman que es un globo, leemos en la prensa que en Inglaterra existe una agrupación cuyos miembros siguen creyendo que nuestro astro es plano.

La verdad es que existen dos clases de posibles órdenes sociales, ambos racionales, en cuanto resultado de la acción humana, pero profundamente diferentes por cuanto que unos son producto deliberado de la inteligencia y la voluntad de uno o pocos hombres, en tanto que los otros se han formado lentamente, a través de la interacción de todos los componentes de un grupo social o de la mayor parte de ellos y, lo que es más importante, sin un propósito previo y determinado [xxx] El orden de producción y distribución que designamos con el nombre de economía de mercado pertenece a la segunda clase. A priori, únicamente el falso racionalismo, el que cree que la inteligencia de un planificador de la economía en medio de sus estadísticas y ecuaciones y, posteriormente, del gobernante que en definitiva aprueba los planes y ordena que se ejecuten, son superiores a las preferencias y a los conocimientos combinados de los millones de consumidores y productores, puede sostener que dicho orden autogenerador y espontáneo es inferior al otro orden económico concebible, al de una economía dirigida; esto es, a una economía de mando y compulsión y, en definitiva, a la organización colectivista de la sociedad [xxxi]

Los resultados del orden económico libre están a la vista. Ellos fueron descritos por Carlos Marx desde 1848 en términos tan entusiastas, que pocas veces han sido superados, a pesar de su odio por el sistema al que aplicó el nombre de capitalista, a fin de desacreditarlo y combatirlo [xxxii] Ese capitalismo ha multiplicado la población del mundo desde fines del siglo XVIII; ha hecho que las masas gocen de un nivel de vida y de comodidades como no los tuvieron, no digamos los emperadores y sátrapas de la antigüedad, pero ni siquiera los monarcas mas poderosos de la época anterior a la Revolución Industrial como Carlos Quinto o el Rey Sol, y ofrece en la actualidad la perspectiva seria y firme de hacer desaparecer la pobreza en todo el mundo, como se ha suprimido en Estados Unidos, Canadá, Alemania Occidental y otros países [xxxiii] . Incidentalmente, si en el llamado mundo subdesarrollado no solamente persisten condiciones de miseria, sino que millones de habitantes arrastran una vida infrahumana, ello no se debe a la economía libre, sino precisamente a su ausencia. Más concretamente, esos países se han rehusado hasta ahora o se siguen rehusando a crear el marco político y social necesario para que funcione una economía de mercado y a practicar ésta. Por el contrarío, en grado mayor o menor, en ellos se carece de paz, de orden interno, de seguridad material y jurídica, de un régimen de derecho respetado y efectivo y, finalmente, ¿y por qué no decirlo? de voluntad para trabajar, ahorrar y realizar los demás sacrificios que exige el orden económico capitalista [xxxiv] .

El capitalismo no es un proyecto, ni una promesa, ni una utopía como la economía planificada. Es un sistema económico conocido y probado. Como dijo Röpke alguna vez: «este orden económico de mercado libre que garantiza la libertad para desarrollar la propia personalidad, el régimen de derecho, la democracia parlamentaria y la dignidad humana es, al mismo tiempo y casi por milagro, un orden económico que no solamente promete, sino que ha probado ser inmensamente superior en el terreno de la productividad material al otro orden, al socialista, que significa la muerte de la libertad y la dignidad humana». [xxxv] Los juristas tenemos como regla que la carga de la prueba, el «onus probandi» le corresponde al que afirma y no al que niega. Inclusive en materia religiosa, una máxima aconseja dejar «in dubiis, libertas», en tanto que la planificación es por esencia restrictiva y prohibitiva [xxxvi] Por consiguiente, es a la planificación económica, al orden que se proclama superior al capitalismo o sistema de la libertad, a la que le corresponde demostrarnos que funcionará en la práctica; que nos traerá prosperidad y no escasez, y que no destruirá el régimen de derecho, la democracia y la libertad.

Esa prueba no podrá hacerla jamás. A mi modesto modo de ver, la razón fundamental es la misma que condena al socialismo a un fracaso perpetuo e irremediable, a saber, la imposibilidad del cálculo económico en una comunidad en donde no existen la propiedad privada, los precios, ni las ganancias y las pérdidas[xxxvii] . Cierto que, mientras la planificación no sea completa, más que un socialismo, tendremos un intervencionismo que, en mayor o menor escala, privará a los empresarios e inversionistas de sus facultades de decisión, falseará las señales que son los precios y las utilidades, y desorganizará y paralizará el mercado. Pero, en cuanto la planificación abarque la mayor parte de la actividad económica como en Rusia o en China, será aplicable la argumentación hasta hoy no refutada, que ha establecido que el socialismo, y ahora agregaremos que su alter ego, la planificación, «es un sistema inferior de organización, carente de racionalidad y caracterizado, no solamente por perpetuos cuellos de botella, por despilfarros enormes de recursos, por producir lo que no se quiere y no producir lo que se necesita, sino imposibilitado para corregir y, lo que es peor, para conocer siquiera los errores que comete».[x xxviii]

Al hablar de falta de racionalidad, uso la palabra racional, evidentemente, como sinónimo de razonable; esto es, de ajustado a la razón y, por tanto, de inteligente, fundado, sensato. Pero ¿no es la mayor paradoja que el nuevo orden, el que se comenzó por anunciarnos que traía consigo el advenimiento y predominio de la razón, resulte menos razonable que el anterior y despreciado sistema de la libertad? La explicación es sencilla y se encuentra en las enseñanzas de Ortega y Gasset que por eso presenté con tanta amplitud. No es éste un estudio filosófico, ni estoy capacitado para disertar sobre los límites de la razón. Tampoco se trata de destronarla porque no tenemos nada que sustituirle, porque es nuestra característica distintiva y más preciosa, porque ella nos ha sacado de nuestra privación primitiva y porque de que la apliquemos debidamente depende que este mundo imperfecto y con el que estamos tan inconformes, se vaya aproximando al próspero, pacífico y justo que todos anhelamos. Pero a la razón se sirve cuando descubrimos y acatamos sus limitaciones; no cuando hinchados de soberbia creemos que un mundo cabe en una inteligencia y que basta quererlo para rehacer ex novo las instituciones que constituyen el resultado conjunto de incontadas generaciones. Como dejó escrito mi lamentado amigo Daniel Villey: «Nada parece menos razonable que querer racionalizar todo. Nada repugna tanto a la razón como pretender someterle todo». [xxxix]

La planeación de la economía es necesariamente planeación de toda la vida social; es decir, planeación del hombre [xl] . En ella dejamos de ser seres libres, personas, para convertirnos en meros instrumentos; en peones de un juego de ajedrez [xli] en que el planificador en funciones nos mueve y sacrifica a su conveniencia y capricho. Por ello, la planificación, además de contraria a la razón e inconveniente desde el punto de vista económico, es esencialmente antihumana, como destructora de la libertad y la dignidad del hombre [xlii]


[i] La Leyes. Instituto de Estudios Políticos. Madrid, 1960. Págs. 231 232

[ii] El prusiano rojo. La vida y la leyenda de Karl Marx. Ediciones Peuser. Buenos Aires, 1956.

[iii] Encyclopedia of the Social Sciences . The Macmillan Company, New York, 1934. Vol. XIV, pág. 194. Sobre la relación entre El Socialismo y Saint-Simon, puede consultarse el libro de ese título por Emile Durkheim, publicado por Alvin W. Gouldner, The Antioch Press, Yellow Springs, Ohio, 1958.

[iv] El estado y la revolución proletaria. Biblioteca Nueva. Madrid, 1920, págs. 216 y 120.

[v] Ludwig von Mises. El Socialismo. Editorial Hermes. México, 1961, pág. 256.

[vi] S. Kabysh/Andrey Babich. The Debate on Soviet Economic Planning. Institute for the Study of the U.R.S.S. Munich, diciembre de 1964. Ver también Margaret Miller y otros autores. Communist Economy under Change . The Institute of Economic Affairs. London, 1963.

[vii] En su notable ensayo «An Economist Looks at Plannlng», reproducido en GoId, Unemployment and Capitalism, T. E. Gregory opina que es concebible un socialismo en que las diversas empresas estatales compitieran entre sí, pero que «en la práctica, el socialismo supone planificación». P. S. King and Son. London. 1933. pág. 284.

[viii] Ensayo sobre la naturaleza y significación de la ciencia económica. Macmillan and Co. London. 1940, pág. 16. Hay traducción española del Fondo de Cultura Económica. México, 1951.

[ix] Aunque, como en tantos otros casos, las palabras mismas no se encuentran en los textos, los glosadores resumieron el parecer de los jurisconsultos romanos en la máxima «Voluntas coacta, voluntas est» (Glossa ad Ieg. 21, par. 5. Dig. Quod metus causa).

[x] Hayek, Los fundamentos de la libertad Fundación Ignacio Villalonga, Valencia, 1961. Tomo Primero, págs. 247-248. La traducción del pasaje citado es mía.

[xi] Tomo esta enumeración de un trabajo inédito del Profesor Louis Rougier, intitulado «Le Plan Indicatif». Ver también Planning In France por John y Anne-Marie Hackett, George Allen and Unwin. Ltd. Londres, 1963; French Planning por Vera Lutz, American Enterprise Institute for Public Policy Research. Washington, 1965. y Central Planning por The Market Economy, igualmente por Vera Lutz, Longmans, Green and Co., Londres, 1968. Otra obra reciente es Economic Planning and Policies In Britain, France and Germany, de Denton, Forsyth y Maclennan, publicada por George Allen and Unwin, Londres, 1969.

[xii] Comparar la obra citada de Hayek, especialmente los capítulos 1 y 9. No es nada fácil precisar el concepto de coacción como se desprende de su lectura y, asimismo, de la breve discusión entre Hamowy y el mismo Hayek en New Individualist Review. vol. 1, números 1 y 2.

[xiii] Así puede confirmarse en numerosos estudios publicados por el Instituto para el Estudio de la U.R.S.S., en Manhardtstrasse 6, 8 Munich 22, mencionado en la nota 6.

[xiv] Epístola a las Gálatas, 5. 1.

[xv] Bibliografía de la libertad Editorial Humanidades, México, 1964. pág. 19 a 23.

[xvi] Ludwig von Mises. Theory and History. Yale University Press, 1957 pág. 280.

[xvii] El ocaso de las revoluciones Obras Completas. Madrid, Tomo III, págs. 214 y 215. Aunque no he tenido tiempo de investigar el alcance que les daba, resulta interesante saber que Pascal oponía al esprit de géometrle el esprit de finesse. Ver Pascal en Diccionario de Filosofía. Ferrater Mora. Editorial Sudamericana. Buenos Aires, 1965, Tomo II. pág. 374.

[xviii] El tema de nuestro tiempo ,Tomo III, pág. 161.

[xix] El ocaso de las revoluciones Tomo III. págs. 216, 218 y 219.

[xx] Human Action . Yale University Press, New Haven. 1963, pág. 89. Hay traducción española de la Fundación Ignacio Villalonga, ValencIa, 1960

[xxi] Ni Vitalismo Ni Racionalismo, Obras Completas, tomo III, pág. 277

[xxii] Obras Completas, Tomo III. págs. 278, 279 y 280.

[xxiii] La acción humana, Tratado de Economía. Editorial Sopec, S. A., Madrid, 1967 (segunda versión castellana), pág 45.

[xxiv] Robbins, obra citada, pág. 94; Mises, obra citada págs. 94 a 96; Man, Economy and State. Murray N. Rothbard D. van Nostrand Company, New York, 1962, vol. 1, pág. 63.

[xxv] Como los términos racional y razonable se usan frecuentemente como sinónimos, Rothbard ha evitado el empleo del primero, a pesar de su coincidencia con el pensamiento Misiano, a fin de no verse obligado a entrar en aclaraciones como las que formulo.

[xxvi] Kinds of Rationalism, en el libro Studies In Philosophy, Politics and Economics, University of Chicago Press, 1967, pág. 82 .

[xxvii] Hayek, mismo lugar. Esto es tan cierto que no tiene objeto empeñarse en probarlo. «La planificación en la jerga moderna, supone el control gubernamental de la producción, llevado a cabo por uno u otro método», escribió Robbins en un libro presiente que puede leerse con gran provecho a pesar de haberse escrito desde 1937. La planificación económica y el orden internacional, Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1943, página 19. En cambio, además de pretender que la planificación puede ser puramente indicativa, recientemente se presenta el término como más amplio. Así, Tinbergen dice que «no usará la palabra «planificación» en el sentido de determinado orden o política, como un orden de mando en que haya una investigación detallada». Pero la lectura completa del artículo de que es autor en la recién publicada Enciclopedia internacional de las ciencias sociales, convence que, bajo un lenguaje moderado y un aparato científico, la planificación de que se habla es la misma de siempre y, en último término, la que hizo anunciar a Saint-Simon que quienes no obedeciesen a los consejos de planificadores que proponía, serían tratados como ganado. The Macmillan Company and The Free Press, 1968. Planning, Economic, Western Europe Vol. 12, pág. 103; y Hayek, Camino de servidumbre. Editorial Revista de Derecho Privado, Madrid, 1946. pág. 26.

[xxviii] El nombre exacto del libro es Plan or No Plan. He traspapelado la ficha con los datos del editor y la fecha.

[xxix] Investigación sobre la naturaleza y causa de la riqueza de las naciones. Fondo de Cultura Económica, México, 1958, pág. 612.

[xxx] Hayek, Kinds of Order In Society, en New Individualist Review, Vol. 3, Núm. 2, pág. 3; y varios otros libros y artículos de este fecundo pensador, principalmente los contenidos en la obra citada en la nota 26.

[xxxi] «Existe alguien que sabe más que cualquiera de nosotros: ese alguien somos todos nosotros». Napoleón, en The Viking Book of Aphorisms, New York, 1962. pág. 327.

[xxxii] Manifiesto del Partido Comunista, en Introduction to Contemporary Civilization in the West. Columbia University Press, New York, 1946, Vol. 2, págs. 419 y 420.

[xxxiii] La palabra pobreza no tiene un sentido único, sino que significa, por lo menos, tres cosas distintas, a saber, insuficiencia económica; esto es. Carencia de lo que en un país dado, en un momento determinado, se considera necesario para una vida adecuada; dependencia económica y desigualdad económica. La pobreza de los Estados Unidos de América, en el primer sentido del término, no es pobreza en la India, ni en varios de los países latinoamericanos. Prueba de ello y del carácter relativo y social de la pobreza insuficiencia (lo que hace imposible establecer un concepto absoluto de pobreza en que, por ejemplo, sería pobre el que tuviera menos de tantas calorías, proteínas, etc. de alimentación por día), es que la definición oficial de la pobreza al norte del Río Bravo es un ingreso menor de 3,412 dólares al año para una familia compuesta de marido, mujer y dos niños. Y, por si no bastare lo anterior, agrego que, por resolución del Gobierno de agosto de este año, se crearon 1.600,000 más pobres, al resolverse que el ingreso que marca la línea divisoria de la pobreza debería elevarse a 3,555 dólares. Sobre el particular, puede consultarse Poverty Definition and Perspective por Rose Friedmann. American Enterprise Institute, Washington, 1965; y, desde otro punto de vista, La miseria y la pobreza, en No puede existir una doctrina social cristiana, Alberto G. Salceda. Club de la Libertad, México, sin fecha.

[xxxiv] Gustavo R. Velasco, La indispensable tarea del gobierno Conferencia sustentada el 30 de abril de 1968 en el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey.

[xxxv] Seis conferencias sobre política económica. Instituto de Investigaciones Sociales y Económicas, México, sin fecha, pág. 12.

[xxxvi] El aforismo completo es el conocido de «In necesariis unitas; in dubiis, libertas: in omnibus, charitas», atribuido a San Agustín, a Melanchton y a Ruperto Meldenius, según el Diccionario de Citas de Goicoechea Romano; Editorial Labor, Madrid, 1953. Me inclino a creer que tiene razón el erudito investigador hispano Gallegos Rocafull cuando escribe que su autor fue San Vicente de Lerins porque cita la obra y el lugar precisos en que se encuentra.La doctrina política del P. Francisco Suárez, Editorial Jus, México, 1948. pág. 21.

[xxxvii] La literatura sobre el cálculo económico en el socialismo es muy abundante, tanto en pro como en contra, por lo que me concreto a mencionar las obras de Mises citadas en las notas 5 y 25, el libro de Rothbard, también citado en la nota 25 y una novela «El gran descubrimiento», de Henry Hazlitt, Fundación Ignacio Villalonga, Valencia, 1964, en donde se encuentra una de las explicaciones más claras del problema y una de las refutaciones más vigorosas de la planificación económica. En un artículo de este año, Paul Craig Roberts llega a la conclusión de que «un resultado de décadas de esfuerzos, en el sentido de una planificación central, ha sido establecer que, para una economía industrial, no existe alternativa viable frente el mercado...» The Polycentric Soviet Economy , en The Journal of Law and Economics. abril de 1969, pág. 179.

xxxviii] Gustavo R. Velasco. El socialismo, el intervencionismo y el sistema de la libertad, en Deliberaciones sobre la libertad, Centro de Estudios sobre la Libertad , Buenos Aires, 1961, pág. 44

[xxxix] Marché et Plan, en Revue D'Economie Politique, mayo de 1964, pág. 20.

[xl] Panfilo Gentile. La Idea Liberal. UTEHA, México, 1961, págs. 76 y siguientes.

[xli] Elton Trueblood en Central Planning and Neomercantilism, editado por Schoeck y Wiggins, D. Van Nostrand Company, Nueva York, 1964, pág 13.

[xlii] L a convicción final que deja el estudio de la planificación económica es que se trata de algo tan infundado y peregrino, que no me parece exagerado hacer mías las palabras de Jewkes en The Perils of Planning. The Three Banks Review, junio de 1965: «Si alguna vez se escribe una historia de las alucinaciones económicas, la idea de que los gobiernos poseen el saber y el poder de determinar con precisión la tasa a que debe crecer la economía mediante la técnica de la planeación económica, aparecerá como uno de los errores mas difundidos, tenaces y dañinos.» Sobre los intentos de planificación en la Gran Bretaña, pueden verse The New Ordeal by Planning del mismo autor, Macmillan, New York, 1968, The National Plan por John Brunnner, The lnstitute of Economic Affairs, Londres, 1965; y Planning In Britain; The Experience of the 1960's por George Polanyi, editado por el Instituto mencionado en 1967.