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Año: 13, Octubre 1971 No. 255
Reflexiones en Torno de la Violencia
Rev. Edmund A. Optiz
La mayoría de los desacuerdos entre los hombres se resuelven pacíficamente. Conflictos de interés ocurren de manera esporádica, pero donde se combinan la inteligencia y la buena voluntad, se logra establecer un «modus vivendi». Opiniones contrarias se resuelven apelando a la razón y con paciencia y persuasión pueden disminuirse las fricciones que surgen de los encuentros personales. Así sucede en la mayoría de los casos; encontramos formas de supervivencia y caminamos acordes con los demás. Pero hay períodos en la historia más violentos que otros, en los que el arbitraje no funciona con facilidad y los conflictos se intensifican. Tal el momento actual.
Guerras de ferocidad sin par han pesado sobre Occidente por más de medio siglo; a pesar de todas las protestas de paz que han asumido la forma de un pacifismo nominal y humanitario. Pero las luchas internacionales no son nuestra única plaga; las tensiones domésticas también rebasan sus límites con harta frecuencia; trifulcas, manifestaciones, asaltos, secuestros, bombas, huelgas y actos de sabotaje apenas llegan a la primera página de los periódicos, por lo común y frecuentes que se han vuelto. Detrás de mamparas surgen elocuentes oradores que dictan conferencias a los universitarios sobre la política de la metralla, la revolución por la revolución misma, y la belleza de la violencia. Se invoca a profesores de filosofía para que provean el razonamiento que justifique la destrucción. Así va surgiendo el culto de la violencia y el terror sistemático. Se nos dice que ya no hay tiempo para meditar y que debemos actuar. Llamadas estridentes y continuas hacia la acción inmediata son dirigidas, apelando a las bajas emociones del odio y del miedo y ahogando toda posible apelación a la razón. La exigencia de la acción inmediata conduce a la acción no considerada, y la violencia no meditada crea más violencia de la misma clase.
La violencia sustituye a la razón
¿Qué es lo que ha hecho surgir este estado de cosas? ¿Cómo podemos explicar la creciente violencia que afea nuestra tierra? Es obvio que la violencia y el culto de la violencia aumentan en la medida que declinan la fe en la razón. Únicamente cuando la gente está convencida de que las diferencias no pueden resolverse inteligentemente es que recurren a la fuerza. Restaurar la razón a su propia función en los asuntos humanos es esencial si hemos de vivir en paz, pero primero debemos tratar de comprender qué es lo que ha causado la desconfianza del hombre de la era moderna en el poder de la razón.
La historia no es simplemente como la llamó Gibbon, «un catálogo de los crímenes, estupideces y desgracias de la humanidad»; pero el historial de la humanidad sí tiene manchas y ha habido violencia en todas las eras. La gente difiere y los conflictos ocasionales son, por consiguiente, connaturales a la acción humana. La especie no habría podido sobrevivir, claro está, si no hubiera una preponderancia de cooperación y ayuda mutua en los asuntos humanos, pero huellas de fricción subsisten aun bajo las mejores condiciones. Las discordias entre los hombres pueden suavizarse con un poco de buena voluntad y la anuencia a discutir el problema en vez de recurrir a la lucha, pero cuando todas las estratagemas fallan y es imposible huir, entonces las personas recurren a la fuerza. En otras palabras, la violencia ha sido parte de la vida humana desde sus principios, pero siempre como último recurso. Lo que exige nuestro diagnóstico es el culto inusitado que actualmente se rinde a la violencia.
Cuando un choque de intereses ocurre entre dos hombres de igual contextura física, antes de dar el primer golpe, uno de ellos le dice a su adversario: «Vamos, razonemos juntos», o palabras similares. Si la oferta es aceptada es porque ambos adversarios comparten ciertas ideas. Cada cual da por sentado que él es un ser finito y falible; tiene ciertas convicciones sobre bases que considera seguras, pero no tiene acceso a la Razón Divina o Universal, que sería la única que podría garantizarle la certeza. Se supone que el hombre está dotado de una chispa divina: la razón, que usada de manera correcta, es un instrumento válido para alcanzar la verdad, es decir, siempre que se use con apego a la lógica y de buena fe. Finalmente, se supone que el universo está estructurado de manera racional, de modo que hay correspondencia entre el razonamiento correcto y la naturaleza de las cosas, lo cual hace posible que los hombres, aunque empiecen su razonamiento basándose en distintas premisas, arriben a un entendimiento común.
La razón humana, empleada dentro de estas normas, puede reducir tensiones y resolver conflictos. Puede ayudar a confirmarlo a uno en sus convicciones, ayudarlo a apreciar el punto de vista de su contrincante y hacerlo pensar en la gran diversidad que hay entre los hombres.
Hemos de admitir que aun bajo las mejores condiciones, es posible que los hombres no hallen un «modus vivendi», es decir, la manera de ajustar sus diferencias; las palabras pueden conducir a los golpes. Pero la violencia, si llega a ocurrir, quedará pospuesta hasta el último momento. De ningún modo es perdonable.
Imaginemos otro encuentro. Esta vez los contrincantes no participan de una fe común en la eficacia de la razón. Siendo escépticos respecto del uso de la razón como medio idóneo para zanjar sus diferencias, están dispuestos a aceptar la alternativa de que las diferencias sólo pueden zanjarse por medio de la imposición de las opiniones de un hombre o de un partido sobre los demás. Todo aquello que deniega o disminuye la razón o cualquier cosa que la denigra, transforma un punto de vista que es razonable en una demanda no negociable de que el otro se someta por la fuerza. Los hombres estarán más en una cierta condición que en posesión de una opinión; dos puntos de vista antagónicos se confrontarán.
Adagios para la vida diaria
El crédulo no es el que sostiene conclusiones a las que ha llegado después de tomar en consideración la evidencia y ha hecho las inferencias correctas. Por el contrario, se le ha provisto de un conjunto de doctrinas previamente preparadas, extraídas del arsenal intelectual más cercano, ya sea el periódico, la televisión, la revista, el colegio, etc. En vez de ideas capaces de iluminar, encuentra adagios, sentencias o dicharachos, que cambian año con año y que sirven para incitar a ambos lados al combate. Cuando la ideología que prevalece no permite a los hombres que saquen a ventilar sus diferencias en una forma razonable, se ponen a pelear, con el consecuente aumento de la violencia que priva hoy día. Y el procedimiento se racionaliza, dando origen al culto a la violencia
La fe en la razón está a un bajo nivel en el hombre moderno. La mente humana está enredada en la confusa maraña ideológica del siglo veinte. El bajo estado del pensamiento humano es una consecuencia de una tendencia que ha unido un variado grupo de ideas.
1) El materialismo filosófico da por sentado que la realidad última es material. Sólo pequeños trozos de materia o energía eléctrica o lo que se quiera, son reales, en fin de cuentas. Si esto es así, el pensamiento no es sino un reflejo de eventos neurológicos. «Nuestras condiciones mentales, dijo T. H. Huxley, «son simplemente los símbolos conscientes de los cambios que tienen lugar automáticamente en el organismo».
Digamos adiós al libre albedrío, si «la mente secreta el pensamiento como el hígado secreta la bilis», según el decir de un materialista.
2) La doctrina de la evolución, según se le entiende popularmente, conlleva la idea que los organismos vivientes tuvieron su origen como una agitación en el fango original y se convirtieron en lo que hoy son por una interacción casual en el medio fisico-químico, sin que los impulsara ningún fin, ni apuntaran a ninguna meta. «Darwin expulsó a la mente del Universo», dijo Samuel Butler. «El Hombre», dijo Bertrand Russell, no es sino el resultado de una colocación accidental de los átomos».
3) De la psicología popular emana la noción que la razón no es sino una racionalización. Que el proceso de la mente consciente es simplemente un barniz sobre los impulsos primitivos e irracionales que emanan de la mente inconsciente. El psicoanálisis desacredita la mente subordinando el intelecto al Id.
4) Del marxismo proviene la noción que los intereses de clase son los que determinan la manera de pensar de una persona. Que existe una lógica para el proletariado y otra para la burguesía, y que el modo de producción es el que gobierna los sistemas filosóficos que elaboran los hombres, así como las metas que se trazan en la vida. La clase media, que desafortunadamente no está ni en un extremo ni en el otro, está condenada a permanecer en tinieblas, incapacitada para participar de la luz que le fue revelada a Marx y a sus discípulos.
Estas son algunas de las posiciones de batalla ideológica donde los hombres deben combatir para reivindicarse como personas pensantes poseedoras de libre albedrío y, por consiguiente, capaces de dirigir sus vidas con inteligencia e idealismo. Es preciso restaurar a la mente en el esquema total de las cosas a su lugar central, pues si desconfiamos de la mente, ¿quién puede confiar en cualquier conclusión? El lugar central de la mente debe ser la base de cualquier filosofía digna de la aceptación de criaturas racionales, y esta es la posición de batalla que respalda a todas las demás.
Por encima de todas las otras causas que han dado lugar al abandono de la razón, está el debilitamiento de la interpretación teísta, es decir: la interpretación del cosmos que encuentra un principio mental o espiritual más allá de la naturaleza. Si Dios no existe, el cosmos es, en última instancia, solamente un hecho material y el pensamiento humano queda reducido a una función corporal. La mente o parte pensante del hombre se justifica por su parentesco con la mente divina.
El teísmo sostiene, cuando menos, que una conciencia inteligente mantiene todas las cosas y persigue sus fines a través del hombre, de la naturaleza y de la sociedad. Es decir, que el universo está estructurado racionalmente, y a ello se debe que, razonando correctamente, podamos alcanzar algunos preciosos elementos de la verdad. La restauración de la fe en la eficacia de la razón y el resurgimiento de la doctrina teísta, van de la mano. Pero esto no es todo.
La aceptación de la existencia del Creador hace que los hombres recuerden su finitud; ningún hombre que tenga conciencia del poder de Dios puede creerse omnipotente. Y los hombres finitos, conscientes de lo limitado de su visión, se sienten más atraídos a buscar el enriquecimiento de sus ideas y puntos de vista, intercambiándolos con los de los demás.
En tercer lugar, el renacimiento de la doctrina teísta contribuirá a poner coto a lo que podríamos llamar el «utopianismo» de hoy día, es decir, el creer en los paraísos utópicos de nuestra propia creación. Los hombres sueñan en vano con que una combinación de expertaje político y científico podrá crear en un futuro no lejano un paraíso terrenal, y ellos usan esa posibilidad como excusa para ejercer una tiranía actual. Bajo una interpretación teísta, los hombres modestamente tratan de mejorarse a sí mismos y mejorar su comprensión de la verdad, contribuyendo de dicha manera a hacer más tolerable la situación de la humanidad, en la seguridad de que la solución final quedará en manos de Dios.
Tomado de The Freeman. Vol. 22, No. 4. Abril, 1971.