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Año: 13, Octubre 1971 No. 256
MONEDAS FLOTANTES
Enoch Powell[i]
Mi tema de hoy es la insensatez humana. Es un tema tan fecundo e inagotable que no puede menos de maravillar el hecho de que pueda sobrevivir una especie incesantemente ocupada en la afirmación de desatinos, es decir, en la negación de hechos evidentes sobre el propio medio donde existe.
Todas las naciones tienen sus propios desatinos, de carácter local y nacional; pero sobre ninguno de ellos me tomaría la libertad de dirigirme a ustedes. Me encuentro en un país extranjero. El decoro me impide, por ello, extenderme sobre las debilidades de Gran Bretaña; y la educación me veda aludir a las de mis anfitriones. Sin embargo, no falta material sobre este tema, porque ustedes y nosotros y muchas otras naciones participamos conjuntamente en un mismo gran despropósito, al que se da el respetuoso nombre de «sistema monetario internacional». Esta enorme pirámide o Torre de Babel está construida sobre un cimiento simple, pero perfectamente adecuado. Tal cimiento es la afirmación de que los valores de las diferentes unidades monetarias nacionales, en términos de las unidades monetarias de otros países y en términos de onzas de oro puro, no deberían variar de un mes para otro o de un año para otro o incluso de una década para otra, a no ser que tales valores fuesen alterados por una decisión de un comité constituido al efecto entre las naciones. Ello es lo mismo y no menos absurdo que afirmar que todos los precios de los valores y acciones tienen que permanecer invariables, a no ser que (y hasta que) este o aquel precio sea revisado por la Comisión de la Bolsa de Valores.
No les entretendré argumentando lo que es obvio, esto es, que ni en un caso ni en el otro esos precios serán nunca justos, excepto por algún remoto azar y durante un instante de tiempo. Aparte de esta excepción extrema, todos ellos están destinados a ser más o menos incorrectos, en una u otra dirección, durante todo el tiempo. Por supuesto, si las diversas monedas nacionales fuesen oro, tallado en piezas de diferentes tamaños, u oro representado por pedazos de papel que pudieran cambiarse al instante e incondicionalmente por una pieza especificada de oro, entonces sus respectivos valores, en términos de las demás monedas, serían ciertamente inmutables, porque todas serían una y la misma sustancia.
Esto es lo que generalmente ocurría hasta poco después de haber nacido yo; y su recuerdo, como el recuerdo de tantas otras cosas de la época anterior a la guerra mundial (que para mí significa anterior a la Primera Guerra Mundial) acecha todavía la imaginación de la humanidad y forma parte de la etiología de la aberración colectiva que estoy analizando. El fenómeno resultó especialmente claro cuando en Gran Bretaña, en 1925, nos precipitamos hacia ello en lo que se llamó erróneamente «retorno al oro». Después de una década de guerra y confusión, reapareció en el mercado la mágica y gloriosa ecuación anterior a la guerra según la cual 3 libras, 17 chelines y 10 peniques y medio, eran igual a una onza de oro fino. Fue un momento nostálgico y apenas puede maravillar que tratáramos de asirnos a ella para siempre, diciendo como Fausto a la hora que pasaba: «No te vayas; eres tan bella».
Al cabo de seis o siete años se descubrió que la decisión era insostenible y pronto llegó también a ser ampliamente aceptado que había sido intrínsecamente errónea y una de las causas de la depresión que sufrimos nosotros y otros países alrededor de 1930. Es una de las ironías de nuestra época que los mismos que aceptaron decididamente esta opinión se apresuraron a restablecer de nuevo el sistema en 1944 y lo han mantenido pertinazmente desde entonces, explicando que lo único que estaba equivocado en 1925 era la cifra concreta elegida para la ecuación.
$35 la Onza
Ustedes en Estados Unidos viven todavía bajo la influencia de una emoción popular similar. Habiendo afirmado una vez, hace treinta y cinco años, que el precio del oro fino era de $35 la onza, han persistido en esa afirmación, como si la sola repetición pudiera hacerla y mantenerla siempre verdadera. Existe un anhelo humano enormemente profundo que encuentra una variada expresión religiosa hacia algo inmutable y eterno a lo cual adherirse: «Oh, tú que no cambias, permanece conmigo».
Había allí una ecuación estrechamente unida al concepto mismo de la nación, algo en torno a lo cual se centra fuertemente en todo caso el instinto humano de supervivencia y diuturnidad: la ecuación entre una moneda de oro y un dólar billete, el verdadero símbolo de Estados Unidos. Es cierto que podía afirmarse la permanencia de esa ecuación, pero una vez afirmada, ¿podía ser asegurada? Insistamos una vez más, que en la medida en que ese dólar billete pudiese cambiarse al instante e incondicionalmente por oro, esa afirmación sería obvia y, por tanto, cierta; pero cuando dejara de ser cambiable en tales condiciones, no había razón alguna para que el precio del oro en términos de dólares o el precio del dólar en términos de oro permaneciera, excepto por un breve azar momentáneo, en una cifra particular cualquiera, puesto que las condiciones de la oferta y la demanda, de la producción y de la deseabilidad de ambas cosas no tiene entre sí una relación específica y necesaria. No obstante, para mantener esa afirmación, ustedes han vaciado más de la mitad de Fort Knox y han tejido una maraña de controles y de imposiciones coactivas sobre los ciudadanos americanos.
Apresados por Error
He aquí, pues, a nuestras dos naciones, juntamente con otras, haciendo afirmaciones acerca de los valores de sus monedas nacionales, que son manifiestamente falsas, y haciendo afirmaciones acerca de la estabilidad o permanencia de sus respectivos valores, que son manifiestamente absurdas. Estamos, sin embargo, empeñados en esas ideas por la fuerza de la costumbre y por su constante y solemne reiteración.
Esto no es un fenómeno nuevo. A la verdad, en una u otra forma, es perfectamente corriente. Disponemos por ello de una amplia experiencia para predecir con certeza cómo reaccionará la gente para defender y sostener lo falso y lo absurdo, ya que, por el hecho de ser falso y absurdo, es natural que amenace siempre con venirse abajo. Una reacción no me extenderé mucho en ella es abuchear a quienquiera haga notar que se trata de algo falso o absurdo, arrojarle piedras y maldiciones y en los tiempos primitivos, matarlo, si era posible. Aquellos que en los últimos años han tenido la audacia de hablar en público de una libra flotante o de un precio libre de mercado para el oro están familiarizados con esta clase de trato.
La reacción inmediata es inventar una serie de terrores imaginarios para describir lo que sucedería si se abandonase lo falso y lo absurdo. Esto puede estar psicológicamente destinado a asustarse a sí mismo para no pensar, y está quizás estrechamente emparentado con aquellas elucubraciones medievales sobre los horribles tormentos que esperaban a quienes ponían en duda los dogmas de la autoridad eclesiástica. Creo que merece la pena hacer un examen extensivo y minucioso de estos temores supersticiosos, porque ilustran uno de los grandes peligros que amenazan a la libertad, ya sean la libertad de pensamiento y de expresión, o bien la libertad comercial y económica. Este peligro es que, una vez que se ha perdido la libertad, es fácil hacerla aparecer como impracticable e incluso quimérica.
Temores Infundados
Tan pronto como se somete a control el precio de un artículo, los hombres se persuaden a sí mismos de que, de no estar controlado, dicho artículo sería imposible de obtener. Se imaginan que si se eliminasen los controles sobre los precios de los alimentos, se morirían de hambre; que si se dejasen libres los alquileres, sucumbirían expuestos a los rigores de la intemperie. Así, la pérdida de una libertad se perpetúa como consecuencia del temor a lo desconocido, y el hábito enseña pronto a los hombres a creer que no hay otra alternativa para la situación en que se encuentran. Este hecho tiene afinidad con la dificultad de que, en tanto que el efecto del control es fácil de defender se dice que «si el gobierno fija el precio, entonces ese es el precio que se aplicará», la practicabilidad y la superioridad de la libertad sólo pueden demostrarse, en último extremo, recurriendo a la experiencia.
Sabemos que los hombres pueden caminar erectos sobre dos piernas, porque así lo hacen de hecho; pero si se nos hubiera mantenido a cuatro pies durante suficiente tiempo, trataríamos con escepticismo y ridiculizaríamos a cualquier espíritu audaz que sugiriese que sería mucho más fácil y más simple caminar erguido. Nos habríamos convencido de que cualquier experimento peligroso e indemostrado en este sentido daría rápidamente lugar a narices rotas y cráneos fracturados.
Los terrores con los cuales la imaginación ha recubierto la simple idea de que al oro y a las diversas monedas nacionales se les debía dejar encontrar libremente su precio en el mercado, como se hace con las demás cosas, y de que todas las contorsiones y todos los controles destinados a fijar sus respectivos precios son inútiles y perjudiciales, tienen similares manifestaciones en todos los lugares donde el mercado ha sido destruido o distorsionado. De aquí que, al examinar la preservación del «sistema monetario internacional», nos enfrentamos a los mismos monstruos imaginarios que cierran el camino a todas las libertades.
Veamos el primero. «Nos sumiríamos en la incertidumbre, y nunca sabríamos cuáles serían los tipos de cambio que regirían de un día para otro». Este es el clamor del prisionero en la Bastilla, que suspiraba lastimosamente por la seguridad de su confinamiento. Pero él, al menos, recibía regularmente sus comidas y vivía en la misma vieja celda familiar. La ironía en el día de hoy es que los mismos que expresan este temor no conocen nunca un momento libre de ansiedad. Día tras día, los epígrafes de la prensa les advierten a gritos acerca de la inminente devaluación, revaluación o alguna otra contingencia abrupta y desagradable. Los dolores que ellos temen son los que ya están sufriendo y los sufren por cierto en una forma especialmente aguda, pues a las incertidumbres e incógnitas en todo caso existentes viene a añadirse una más: la incertidumbre acerca de si se alterará, cuándo se alterará y cómo se alterará el precio arbitrariamente fijado.
Una incertidumbre adicional
No hay en este mundo incertidumbre comparable a la incertidumbre acerca de lo que el gobierno ha de hacer. Estas incertidumbres han de ser ya hoy tomadas en cuenta en toda transacción en la que intervenga el futuro valor de cambio de las monedas. En el argot de la Bolsa, sólo los «contados» son fijos, mientras que los «futuros» varían de día a día, reflejando lo mejor que pueden las opiniones de los interesados acerca del porvenir.
La enseñanza es ésta. No desterramos el cambio y la incertidumbre pretendiendo o afirmando que no existen. Con ello sólo aumentamos la dificultad de preverlos y de preservarnos de sus consecuencias. Hay que pagar siempre una prima para asegurarnos contra lo desconocido. Esa prima será más alta si lo desconocido incluye acciones y decisiones de los políticos y si las tendencias y los cambios del mundo real no se reflejan de una manera constante, genuina y libre en los cambiantes precios del mercado. Piénsese en lo terrible que sería la situación si estuvieran fijados los precios de contado de la Bolsa de Valores y, entre paréntesis, por lo tanto amañados y subsidiados por las autoridades encargadas del control, mientras que sólo pudieran moverse los futuros.
Acabo de refutar, incidentalmente, el argumento de que el comercio internacional se restringiría a causa de un mayor costo del seguro contra riesgos monetarios, señalando que, en realidad, habría de esperarse lo contrario. Me detengo en este punto únicamente para observar que ese argumento es una forma especial de la idea general que pretende que el control es económico y reduce al mínimo los costos, al sustituir incertidumbre por la certidumbre, proposición que ha de resultar altamente satírica para cualquier persona o entidad que tenga experiencia práctica con los controles estatales. El efecto real es sustituir un proceso continuo de ajuste por fuertes concesiones espasmódicas y tardías a una realidad que ya no es posible desconocer ni desafiar, esto es, por las sacudidas súbitas, previstas desde largo tiempo pero largamente aplazadas, implícitas en la devaluación y la revaluación.
Caos planificado versus Libertad
A pesar de ello, se afirma simplemente a veces como un hecho incontrovertible que el crecimiento del comercio mundial sufriría si los precios de las distintas monedas y del oro fueran cotizados libre y continuamente en el mercado entre sí. Esta es una variante fácilmente reconocible de la conocida superstición del «caos», por la cual se califica de «caótico» al funcionamiento del mercado en un área cualquiera, y se trata de crear la impresión de que el movimiento de los individuos y sus relaciones recíprocas se encontrarían obstaculizados. Estamos tan familiarizados con expresiones tales como «caos del tráfico», «caos administrativo», «caos y noche oscura», que la simple mención de la palabra basta no sólo para suspender todo juicio acerca de la situación, sino para neutralizar la experiencia.
Personas que están perfecta y diariamente familiarizadas con el mercado, allí donde existe en el centro comercial, por ejemplo, o en las Bolsas de Valores, se persuadirán instantáneamente de que el mercado produciría el «caos» allí donde no estén acostumbrados a él. Esta impresión se refuerza con la aplicación del término solemne e impresionante de «sistema» a la solución opuesta. Es increíble lo que puede conseguirse con sólo dar el titulo de «sistema monetario internacional» al comportamiento auténticamente caótico de los gobiernos nacionales en los últimos veinte años, y calificar de «amenaza de colapso del sistema en un caos monetario» a la perspectiva de que esos gobiernos se vean obligados a reconocer los verdaderos valores respectivos de sus monedas.
El «sistema» para llamarlo por una vez por su sobrenombre necesita incidentalmente, y de hecho ha necesitado siempre, la interferencia repetida y abrupta de los gobiernos en el comercio y en la inversión, internos e internacionales, de sus súbditos: modificaciones tributarias, controles de las importaciones, depósitos por importaciones, sobrecargas a las importaciones, alteraciones de los tipos de interés, prohibiciones de préstamos. El hecho de que se argumente en serio que tal sistema es realmente favorable para el comercio internacional, constituye una prueba sorprendente de la profundidad a que ha penetrado la superstición. El temor a lo desconocido, como todos los temores, hace a sus víctimas irracionales y ciegas a lo que les rodea.
El curso del comercio
Otro temor supersticioso con el cual estamos más familiarizados en Gran Bretaña que en Estados Unidos es el que afirma que si bajase el tipo de cambio de la moneda de un país, no podría comprar las materias primas para sus industrias ni incluso los alimentos necesarios para su población. Esta es una versión particular del clamor general en defensa del control: «Si no fuera por el control, nos moriríamos de hambre».
Por supuesto, este temor carece en absoluto de toda base racional. Si un número dado de productos británicos de cierta especie se cambian en un día por una cantidad dada de materias primas o productos terminados en Bruselas o Buenos Aires o Nueva York, también se cambiarán al día siguiente, independientemente de cualquier alteración que pueda sobrevenir de la noche a la mañana en el valor de la libra esterlina. La ecuación entre la oferta y la demanda en Bruselas o Buenos Aires o Nueva York no resulta afectada por el número de libras que el exportador obtenga por sus francos o pesos o dólares, cuando los cambie al llegar a su país, o por el número de libras que el importador tenga que destinar a comprar los bienes en francos o pesos o dólares. Las realidades permanecen inalteradas: el mismo volumen de bienes y servicios británicos se cambia en el exterior por el mismo volumen de bienes y servicios extranjeros. En otras palabras, la capacidad para comprar lo que necesitamos en el exterior no resulta afectada: nuestro nivel de vida permanece absolutamente inalterado.
Lo que sucedería es que, si bajase el tipo de cambio y, en consecuencia, los importadores tuvieran que emplear más libras, en tanto que los exportadores obtuviesen más libras, habría un desplazamiento de las importaciones hacia las exportaciones, desplazamiento que sería muy leve, pero suficiente y justamente suficiente para producir un equilibrio sin incurrir en endeudamiento. El desplazamiento sería tan ligero que resultaría imperceptible en la actualidad, menos del uno por ciento del producto nacional, o sea, muy inferior a los aumentos que se hacen año tras año en la producción y el desplazamiento en los empleos sería, por supuesto, mucho menor aún.
Este margen insignificante es el único en el cual el nivel de vida británico es mantenido, siquiera temporalmente, por el resto del mundo: es un margen tan estrecho que el crecimiento económico de un solo año promedio es suficiente para absorberlo. No obstante, es la única base para la acusación que los británicos disfrutan positivamente en hacerse a sí mismos, esto es, la de que «se imaginan que el resto del mundo les debe el sustento».
La balanza de pagos
Otro temor común, pero no menos irracional, que prevalece en los países que, bajo un sistema de paridades fijas, tienen inevitablemente lo que se llama «un déficit en su balanza de pagos», es el de pensar que, si en vez de mantenerse artificialmente la paridad corriente, se reemplazase por una libre y, por tanto, fluctuante y al principio probablemente más baja, los extranjeros como suele decirse- «sacarían sus capitales». Las víctimas de esta ilusión se imaginan, como a tantos les ocurre en Gran Bretaña, que con ello se empobrecerían, como una aldea que hubiera sido saqueada por una banda de salteadores.
En primer lugar, ningún capital productivo, a quienquiera que pertenezca, puede ser llevado al exterior: estos activos son, como pudiera decirse, «pertenencias inamovibles del dueño del terreno» y las refinerías, las retortas y los hornos tienen que quedarse donde están. Lo más que puede hacer un extranjero que tenga acciones en ellos es tratar de encontrar alguien que le compre las acciones por dinero efectivo y cambiar después ese dinero por moneda extranjera. La capacidad del país para producir bienes y servicios sigue siendo igual.
Sigamos viendo, sin embargo, lo que sucedería. En la medida en que los extranjeros decidan cambiar sus acciones u otros valores productores de interés, por dinero del país, la demanda de dinero efectivo aumentará y la de acciones y valores bajará. En otras palabras, los precios de las acciones y valores bajarán y el interés derivado de ellos o sea, la remuneración por renunciar, a cambio de ellos, a la tenencia de dinero líquido aumentará en forma correspondiente. Cuando, después de liquidar sus valores, los extranjeros procedan a convertir el producto en otras monedas, impulsarán a la baja, en esa misma medida el tipo de cambio de la moneda de la cual se están desprendiendo, en favor de aquella que están obteniendo. Obtienen así, en efecto, por su dinero, en la nueva situación en comparación con la antigua, una tasa de rendimiento inferior o sufren una pérdida de valor, según prefieran ustedes expresarlo. De esa manera, cuantos más extranjeros «saquen su dinero», mayores serán los incentivos para no hacerlo, en forma de remuneraciones más elevadas por quedarse y de mayores penalizaciones por marcharse. Es una experiencia tranquilizadora que, aun con paridades fijas, ha acontecido a numerosos inversionistas en Gran Bretaña durante los últimos años.
Así, pues, el temor a una «desbandada del dinero del país» es simplemente un espantajo para asustar incautos. Yo lo he expuesto en términos del tenedor extranjero; pero evidentemente, la misma lógica se aplica a los propios connacionales. Si se les antoja cambiar sus activos por dinero y después convertir éste o invertirlo en el exterior, ¡que la suerte les acompañe! Ellos cargarán con las consecuencias, sin que el resto de nosotros sufra. Si como consecuencia de esto suben algo las tasas de interés internas, eso no será nada en comparación con la subida en las tasas que hemos sufrido realmente en nuestro afán de mantener nuestro tipo de cambio «a la altura del vecino». En sí misma, una baja de la tasa de cambio no perjudica ni empobrece a un país. En realidad, no existe nada semejante a una tasa de cambio «alta» o «baja», sino solamente una tasa de cambio «correcta» y una tasa de cambio «incorrecta».
Proyección de una tendencia
A continuación se nos presenta otro «pero», que introduce un nuevo temor supersticioso. «Pero si dejamos libre la tasa de cambio, puede bajar y bajar, sin detenerse nunca». Éste es, en efecto, un argumento muy corriente contra el mercado en cualquier área donde ya no prevalece: si los precios pueden subir libremente, continuarán subiendo eternamente; o bien, de modo alternativo, si los precios pueden bajar libremente, continuarán bajando eternamente. Se trata, por supuesto, de un disparate, pero no por eso menos peligroso. He aquí la razón por la cual, cuando los precios de los alimentos estaban controlados, la gente temía que sin el control los precios subirían por las nubes: mientras el precio de un huevo está controlado a 6 peniques, no puede probarse que esto no impide que suba a un chelín o a dos chelines o a cualquier otra cifra. Cuando el precio de la libra está fijado a $2.40, hay personas adultas y serias que dicen que si se cotizara libremente bajaría a $1.00. Esta es su versión del huevo de dos chelines. Una réplica, semejante a la de más arriba, es ésta: «Bien, y si baja así, ¿qué importa?». Pero otra respuesta, quizás más apropiada para los prójimos más débiles, es la siguiente: «No, no ocurrirá eso; porque si la discrepancia entre el precio fijado y el precio libre fuera de esa magnitud, no habría fuerza alguna en la Tierra, bajo condiciones similares a las que tenemos ni siquiera una combinación de los bancos centrales que fuese capaz de mantener el precio actualmente fijado durante cualquier lapso». Pero todo esto ilustra una vez más la fuerza del temor supersticioso a lo desconocido.
Inquietud por la inflación
Mi último grupo de supersticiones se centra en torno al tema de la inflación. Últimamente hemos tenido en Gran Bretaña una dosis infeliz de estas supersticiones porque convenía a los políticos apoyar (a sabiendas o no) el mito de que una baja de la tasa de cambio en un país provoca automáticamente un aumento general de los precios. Esto ha servido a la vez de espantajo para resguardar el contrasentido del sistema de tipos fijos y de cortina para encubrir las causas del aumento de precios que tuvo efectivamente lugar en 1968, año en que se devaluó la libra esterlina.
Cuando una tasa de cambio fija se sustituye por una tasa de cambio de mercado, suceden dos cosas: desaparece el déficit (o el superávit), esto es, el préstamo concedido a los extranjeros, u obtenido de los extranjeros, de una cierta cantidad de bienes y servicios; y en segundo lugar, los precios relativos se alteran internamente para acomodarse a ese cambio. En igualdad de condiciones, el resultado sería un aumento (o baja) general de precios, haciéndose tanto mayor (o menor) el total de bienes y servicios disponibles. Sin embargo, como he señalado antes, la proporción de ese aumento era en nuestro caso insignificante y estaba, en todo caso, más que compensada por el aumento del volumen de la producción nacional. Por consiguiente, no habría habido aumento general de precios, si los demás factores hubieran permanecido neutrales.
Después de haber tenido lugar la transformación de un tipo fijo en un tipo de mercado, las variaciones posteriores del tipo originarán una alteración de algunos precios internos respecto de otros si y solamente si- hay una variación en los términos del intercambio, es decir, si una cantidad dada de bienes y servicios de una nación se cambia por mayor o menor cantidad de bienes que antes en el mundo exterior. Cuando esto sucede, puede ocurrir también aunque no necesariamente, que tenga lugar un aumento o disminución del producto nacional bruto, y por tanto, en ausencia de otros factores, una baja o alza general de precios.
Sin embargo, el aspecto principal en el cual aparece la inflación en todo este debate, es la creencia de que los tipos de cambio fijos constituyen una salvaguardia contra la inflación interna y de acuerdo con los diferentes gustos o bien impiden que los políticos se entreguen a ella o bien les obligan a controlarla. Frente a esto hay tres respuestas, a diferentes niveles. La primera se basa en el hecho demostrado de que los tipos de cambio fijos no impiden la inflación interna, y en que no hay correlación entre la estabilidad o inestabilidad de los precios internos en los diferentes países y su exhibición de déficits o superavits bajo el sistema de tipos de cambio fijos.
La segunda respuesta es una que yo, como político activo, estoy autorizado a dar con confianza. Es la de que si no hubiera eso que llamamos balanza de pagos, si el país en cuestión fuera la única tierra habitada en el globo, los políticos seguirían siendo penalizados por el electorado por tolerar algo más que un suave grado de inflación. La verdadera sanción a la inflación, y la verdadera penalidad por practicarla, es el efecto que sobre la gente causa el fracaso de las expectativas y el desplazamiento del poder de una persona a otra, de una clase a otra, de un gobierno a otro. He aquí una cosa de la que el político tiene que responder a sus electores.
Pero la tercera y última respuesta es un desafío. «Si queremos inflar nuestra propia moneda ¿qué le importa eso a cualquier otro país, siempre que no tratemos de insistir en que todos los demás nos financien?
Es decir, siempre que aceptemos las correspondientes consecuencias, en términos de tipos de cambio verdaderos, forma parte de nuestra independencia soberana el derecho a hacer lo que queramos con nuestra moneda nacional y a ser todo lo seudokeynesianos, o lo poco seudokeynesianos, que nos parezca».
Finalmente, el sentido común y la razón se hacen sospechosos
Concluyo afrontando el último y más peligroso de los demonios que mantiene a la gente encerrada en la prisión del control y de las falsedades, una vez que la puerta automática se ha cerrado tras ellos. Es el que hace que el sentido común y la razón resulten sospechosos. «Si tuvierais razón», protestan los prisioneros, «hace mucho tiempo que habríamos salido de la prisión; si los barrotes fueran ilusorios, no habríamos estado encarcelados tantos años. Lo que decís es demasiado simple y obvio para ser verdad. Marchaos de aquí; sois un falso profeta». Así se logra que los prisioneros se conviertan en sus propios guardianes. El mundo ha presenciado estos últimos veinticinco años, cuando ha querido verlo, el irónico espectáculo de naciones enteras esforzándose en resolver rompecabezas, mal llamados comúnmente «problemas económicos», que son el resultado de su propia insistencia en mantener prácticas manifiestamente absurdas.
Ahora bien, si el argumento racional resulta contraproducente, ¿cuál es el medio de destruir las supersticiones y de liberar a esos prisioneros imaginarios? Don Quijote se volvió cuerdo en su lecho de muerte, pero ese es un remedio que no sirve en este caso. Mi propia conjetura es que más pronto o más tarde de manera completamente accidental e impredecible, tendrá lugar una irrupción de la realidad, contra la cual no tendrán efecto ni aun las supersticiones, entelequias e inhibiciones más arraigadas, y el edificio del control y la falsificación se vendrá abajo, dejando a sus víctimas a campo abierto, aturdidas pero intactas. Ese será el momento de aproximarse a ellas, con palabras de estímulo y seguridad, y decirles: «Todo marcha bien. No había nada que temer. ¡Ya os lo había dicho!». Después de esto, sólo quedará despedirse cortésmente e iniciar el ataque contra alguna nueva insensatez.
«Todo lo necesario para que las fuerzas del mal se apoderen de este mundo es que haya un número suficiente de hombres buenos que no hagan nada».EDMUND BURKE
[i] El autor del presente artículo ha sido Ministro del Gobierno del Reino Unido y es una de las figuras más brillantes, influyentes y controvertidas en la política británica de nuestros días. El artículo que reproducimos se basa en una conferencia pronunciada en mayo de 1969 en Estados Unidos y ha sido originalmente publicado en The Freeman, en la entrega de agosto de 1969.