Año: 14, Julio 1972 No. 273

¿EN QUIEN RECAE NUESTRA ESPERANZA?

POR LEONARD E. READ

La forma de vida conocida como de «Mercado Libre», de «Propiedad Privada», de «Gobierno Limitado», y que algunos conocen como «Capitalismo», está en decadencia porque son muy pocos los que conocen sus bases filosóficas y lo que se requiere para lograr su supervivencia. Los que estén interesados en cambiar este estado de cosas deberían compenetrarse del fondo del problema para evitar gastar energías en esfuerzos irrealizables y concentrar en la que sí es factible.

Preguntad a cien personas distintas lo que es el capitalismo y obtendréis cien respuestas distintas, marcadamente diversas, cuando no contradictorias, que fluctuarán entre el concepto de un privilegio arraigado y monopolio, a un concepto ideal de capitalismo caracterizado por libertad de transacciones, de ingreso al mercado, de competencia, de cooperación, de libertad individual, a cada cual lo propio en otras palabras un campo de libre competencia, sin privilegios ni favores. Declararse hoy día a favor del capitalismo es recibir la aprobación de unos pocos y la desaprobación de muchos, tal es lo poco que se comprende el problema.

Una de las razones para ello es la creencia que los hombres de negocios debieran ser los principales propugnadores del sistema capitalista porque según la creencia popular son sus ejemplos más típicos y los que más se benefician. La realidad es que los hombres de negocios poseen características morales, éticas, intelectuales e ideológicas tan variadas como las de cualquier otro grupo tales como: los estudiantes, profesores, políticos, deportistas o jugadores, o cualquier otra categoría ocupacional. El señalar a los hombres de negocio como típicos del sistema de libertad, sería tan erróneo como clasificarlos de socialistas, violinistas o gastrónomos. Como los demás, ellos también son una mezcla de todos los vicios y virtudes que se conocen.

Si un hombre de negocios resulta ser un capitalista en el sentido de que apoya el ideal de la economía de mercado, no lo es por ser un hombre de negocios, sino porque como estudiante de asuntos económicos, puede darse cuenta de las falacias del sistema socialista y de la eficacia del capitalismo. En realidad, en ausencia de principios que los inclinen a favor del capitalismo, aquellos empresarios de grandes energías y con gran ambición de adelantar y triunfar, son siempre tentados de usar su posición privilegiada en forma política para explotar a las masas, es decir que tienden a convertirse en anti-capitalistas. Las excepciones, los empresarios que mantienen una posición capitalista basada en principios firmes, son hombres que han «trabajado contra la corriente» admirable hazaña moral e intelectual. Estos son los hombres que a pesar de ser hombres de negocios son partidarios de la libertad.

El profesor Benjamín Rogge señala este punto y así nos da la clave de dónde está nuestra esperanza:

..«en contrario a la opinión popular, no existe razón alguna para esperar que el hombre de negocios sea más adicto al sistema de la libre empresa que cualquier otro hombre. No sólo no es él el más beneficiado por dicho sistema sino que ni siquiera es el principal beneficiado. Esto más; contrario a la opinión popular, es el hombre humilde, el hombre de las masas, el que lejos de ser la explotada víctima del capitalismo, es quien más se beneficia bajo dicho sistema».

Durante algunos años, ingenuamente pensé que los grandes hombres de negocios estarían a favor que se la libertad económica cabalmente por ser hombres de negocios y en especial si sus empresas eran grandes. Sin embargo, dos amigos, miembros prominentes del mundo de los grandes negocios, me informaron confidencialmente que ellos en realidad no estaban interesados en la filosofía de la libertad, pues estaban seguros de poder salir avantes bajo cualquier clase de sistema económico. Esto me escandalizó, pero comprendí sus razones; hombres con la pujanza que ellos desplegaban, fácilmente podrían alcanzar el puesto de Comisarios en la propia Rusia. Ellos confiaban en su capacidad de prosperar en relación con los demás, en cualquier clase de sociedad, ya fuera ésta de índole totalitaria, proteccionista, o libre. Y cualquier que abriga la idea de poder alcanzar la cumbre bajo cualquier sistema, carece del incentivo que se requiere para fomentar el capitalismo.

El desarrollo y la supervivencia de las instituciones hechas por el hombre dependen en gran parte de que alguien posea un intenso deseo de entenderlas y apoyarlas. Sin ese incentivo, actual o potencial, podemos dar la libertad al olvido. ¿En quién entonces debemos buscar dicha cualidad? Principalmente y en primer lugar, hemos de buscarla en el «hombre pequeño» pequeño en el sentido de que no es uno de los ¡«Magnates»! No es de los que bajo un sistema autoritario, hubiera sido señor feudal, mercantilista, terrateniente, «maharajah», etc. Ni tampoco en el mundo de hoy, sería él un comisario, dictador, o coercionista político o uno que ejerza el monopolio ya sea en la agricultura, o en la industria o en la rama de los negocios o que sea un proteccionista en una situación privilegiada, o alguien que ya crea haber logrado todo.

Podríamos describir al auténtico beneficiado por el capitalismo como aquel que aún aprecia la oportunidad, alguien que aún no ha vivido su vida y que no está aún preparado para un sistema cerrado. Prefiere vivir su propia vida a verse precisado a mendigar de los demás o que otros le mendiguen a él. El beneficiario es el hombre que aún está en vías de crecer, o que quiere convertirse en algo que aún no es. Un Abraham Lincoln por ejemplo, o un reparador de bicicletas; un Wilbur y Orville Wright, o un Thomas Alba Edison, para citar algunos ejemplos.

El hombre que aún está tratando de mejorarse es, sin duda, el mayormente beneficiado por el capitalismo, o si lo prefiere, por la economía de mercado libre. Este sistema de vida en los EEUU de Norte América, que es la que más se aproxima a una completa liberación de la energía creadora humana es a lo que se debe el hecho de que incontables millones de nosotros podamos alcanzar la edad de setenta años y que podamos perseguir las carreras que nuestras capacidades individuales, habilidades o aspiraciones nos sugieran. Todos nosotros, si hubiéramos nacido hace más de siete u ocho generaciones, hubiéramos sido siervos y nuestras vidas hubieran sido muy cortas y limitadas. Por eso me permito repetir que somos los principales beneficiarios del capitalismo no de las prácticas mal entendidas como capitalismo, sino del capitalismo como debiera entenderse: el mercado abierto y libre. De modo que la recuperación de la libertad debe provenir de parte de sus principales beneficiarios, de aquellos que aún tienen ambición de crecer. Y a ellos, claro está, se les puede encontrar en cualquier nivel tanto económico como cultural.

Sin embargo, sólo cuando y en tanto nosotros, los principales beneficiarios de la economía del mercado libre, nos demos cuenta de nuestra suerte, podremos convertirnos en propagandistas efectivos. Porque si no nos damos cuenta cabal, el mejoramiento de nuestras circunstancias y oportunidades será atribuido a causa que no lo son, y a nosotros nos hará falta el incentivo para tratar de reinvertir la actual corriente hacia el socialismo, para tratar de comprender los principios y restaurar la práctica de libertad y capitalismo. Hasta que nos demos cuenta que éste es un asunto de interés personal, nos hará falta el incentivo y no habrá oportunidad para que prive la libertad, ninguna en absoluta.

De modo que hagamos un balance para ver qué tal vamos. Como mínimo habrá varios miles de nosotros –quizá 10,000que comprendemos que somos beneficiarios de la libertad y por consiguiente tenemos suficiente incentivo. Somos un núcleo fuerte, de mejor calidad y cantidad de los que hasta la fecha han participado en un movimiento hacia la libertad. Como dice el dicho: ¡tenemos lo que se requiere! Quizás no haga falta más que un refinamiento en los métodos y particularmente el quitarnos las vendas que no nos permiten percibir la luz.

El vendaje más efectivo ya ha sido sugerido: el mal hábito de personificar las ideas, relacionándolas a personas o cosas tangibles o que pueden apreciarse con la vista. Así, juzgamos el Capitalismo –la teoría del mercado libre, el ideal de voluntarismo, en las transacciones – a través de las imágenes de los hombres de negocios. O nos formamos una idea del capitalismo a través de una caricatura distorsionada de un capitalista. John D. Rockefeller, cuyas virtudes o vicios nos son desconocidos, fue durante muchos años el blanco de los que gustan lanzar lodo, y siempre se le representó y caricaturó como capitalista. Es por ello que el capitalismo se presenta tan enlodado como sus denigradores representaron a Rockefeller. La verdad es que no hay ninguna relación entre en concepto y la persona.

Afortunadamente la venda con la que nos cubrimos los ojos puede ser removida porque no es más que un mal hábito que se disipa al momento que notamos que no hay correlación entre una cosa y la otro. Quizás podamos deslindar entonces la idea o el concepto o el capitalismo y presentarla libre del distorcionante error que proviene de personificar ideas y estereotipar individuos. Los beneficiarios estarán entonces en condición de apreciar las cosas bajo una luz nueva y reveladora: verá que el mercado libre y su aspiración de crecer al máximo de sus capacidades son a la vez consistentes y armónicas.

No todos los que podríamos calificar como beneficiarios bajo el sistema, estarán en condiciones de apreciar la verdad, aunque tratemos de explicársela. ¿Cómo sabremos con quién compartir nuestros conocimientos y descubrimientos? Lo ignoramos, por eso el procedimiento más seguro es el de no pasar por alto a ninguno. Aun entre los más autoritarios, hay quienes han cambiado de opinión. Esto nos trae a la mente una parábola.

Un hombre amenazó su mula a una carroza y anunció que se dirigía a Jerusalén a buscar al Salvador. Durante el camino encontró a numerosas personas que lo acosaron pidiéndole su atención o ayuda, pero a todos les respondió: «Perdona, amigo, pero no tengo tiempo para ti; voy preciso a Jerusalén a buscar al Salvador». Cuando hubo llegado a su destino, halló que había pasado por alto al Salvador durante el camino. La moraleja de esta historia y lo que ha de servirnos de guía, es que debemos tratar a cada individuo independientemente de su estado, su rango social o su ideología, con la misma humilde atención que le acordaríamos a Nuestro Señor. Así evitaremos el pasar por alto a la persona más importante que jamás esposó la causa de la libertad.

Resumiendo: entonces nuestra esperanza en un mundo mejor descansa:

1o. Entre los beneficiarios del capitalismo, los que aún buscan el crecimiento y la oportunidad abierta.

2o. Pero sólo aquellos beneficiarios que saben evaluar correctamente los conceptos político-económicos y que comprendan que el mercado libre está acorde con sus intereses; porque sólo ellos sentirán el incentivo de trabajar para lograrlo.

¿Cuál es entonces nuestro papel? Continuar luchando por nuestro perfeccionamiento y comunicar nuestros descubrimientos con todos es decir los que gusten de escucharnos.