Año: 16, Abril 1974 No. 315

UN "NO" A LA AVARICIA

Leonard E. Read

Ningún punto amerita mayor atención en el campo de la economía política, que donde trazar la línea divisoria que delimita las funciones correspondientes al gobierno para que éste no asuma poderes totalitarios y termine abarcándolo todo como en el socialismo. A menos que dicho problema se resuelva en forma racional, la sociedad ideal resulta un sueño imposible. De todas las decisiones que corresponde a los particulares resolver en relación con problemas sociales, éste es el que encabeza la lista.

Ya en dos ocasiones previas he sugerido dónde debiera demarcarse el limite, y ambas de dichas soluciones son satisfactorias para mí. Aunque no han sido refutadas abiertamente, dichas soluciones han recibido escasa aceptación por los demás. Quizás no exista una fórmula universal o solución mágica al problema.

Existe otro dilema comparable que puede servir para demostrar cuán difícil de solución es el problema. He observado a través de los años a numerosos individuos que han cambiado de credo y se han convertido del socialismo a partidarios de la filosofía de la libertad, y en cada caso he indagado la causa o razón que motivó el cambio, pero hasta la fecha ninguna de las razones dadas, han sido idénticas. Es decir, que no existe ninguna fórmula mágica. ¿En tal caso qué hemos de hacer? ¿Son inútiles nuestros esfuerzos por tratar de convencer a los demás de los méritos de la libertad? ¿Hay algo que pudiéramos hacer de ejemplar en nuestras vidas, que pudiera abrir los ojos a los demás? Parece haber un procedimiento útil. Ver cuántas llaves se pueden insertar en el llavero, para en caso que nos falle una, seguir probando con las demás. Es decir, ver en qué forma podemos incrementar nuestro repertorio de argumentos convincentes. Con dicha fórmula, aunque no esté garantizado el éxito, por lo menos se aumentan las probabilidades. Siempre existen mayores probabilidades que una de tantas llaves sirva para abrir la puerta; lo cual resulta más ventajoso que tener una sola llave.

Sucede lo mismo al tratar de fijar límites a las actividades gubernamentales. No existe ninguna llave mágica o explicación aparente. Entonces ¿qué podemos hacer? Seguir procurando aumentar nuestro acopio de razones. Veamos cuántas llaves podemos hallar. Por de pronto, aquí va una que me permito presentar: «NO ACEPTAR SEA INCLUIDA EN LA LEGISLACION, NINGUNA LEY QUE APELE A LA AVARICIA». ¿Servirá dicha llave? Tal vez sí, tal vez no, pero amerita considerarla.

Primero debemos comprender que la esencia misma del gobierno es la fuerza organizada. Ampliando dicho concepto, significa que todas las leyes van respaldadas por la fuerza. Para saber qué es lo que al gobierno corresponde hacer o no hacer según dicha llave, o sea, dónde fijar el límite para la actividad gubernamental, debemos saber previamente cuáles leyes apelan a la avaricia humana y procurar que no encuentren cabida en nuestra legislación.

En segundo lugar, conviene observar una característica que es común a todos los humanos y que también nos servirá para aclarar la cuestión y es la ley del menor esfuerzo, o sea que: «el hombre siempre tiende a satisfacer sus necesidades con el menor esfuerzo posible».

Esta tendencia es abrumadora y en realidad son poquísimas las excepciones a la regla. Muchos ciudadanos ricos, por ejemplo, solicitaron su inscripción o inclusión para recibir el servicio médico gratuito, tan pronto como éste hizo su aparición. Casi todas las organizaciones religiosas, educacionales o de caridad, aunque no estaban obligadas a participar en el programa de «Seguridad Social», se sumaron a disfrutar de sus beneficios. Hay millones de norteamericanos que prefieren aceptar las pensiones otorgadas por el «Seguro contra el Desempleo», que dedicarse a trabajar. Si el gobierno ofrece mayor remuneración a los finqueros por no sembrar, que lo que pueden ganar sembrando y cultivando sus tierras, se puede tener la seguridad que no lo harán. Cuando a los sindicatos se les concede o adjudica poder para imponer su voluntad sobre los demás, hacen «micos y pericos» del mercado. Hasta los hombres de negocios se muestran prestos a abjurar del «principio de libre competencia» y aceptar protección, toda vez que ésta se les ofrezca. Hasta se prestan a diseñar máquinas para recolectar tierra de la luna y traerla a este planeta, si el hacerlo les resulta más lucrativo. Estas formas de apelar a la avaricia natural inherente en el hombre, son sólo unos cuantos de los miles de ejemplos que podríamos dar confirmando que el hombre tiende a satisfacer sus deseos en la forma más fácil o menos trabajosa posible.

Clarificando el concepto, expongámoslo en esta forma: que la avaricia surge, aparece, crece y se expande, según las oportunidades que se le presenten de obtener algo gratis (o libre de costo), sea esto una comida, una limosna o un regalo o donación. ¿Por qué? Simplemente porque estos «comedores públicos» (si los podemos llamar así), proveen los medios a través de los cuales, los hombres pueden satisfacer sus deseos en la forma menos trabajosa posible, y le proporcionan el medio de calmar sus inquietudes sin esfuerzo alguno. Con pocas y honrosas excepciones, la humanidad tiende a recurrir a esas fuentes donde se les ofrecen las cosas sin costo o al menor costo posible, con la misma naturalidad con que acuden a los centros de abastecimiento donde venden más barato en preferencia a los más caros, para buscar los productos y servicios que necesitan. Como las abejas, tienden a buscar la miel; llámesele a esto avaricia o como se quiera.

Existen excepciones a dicha regla. Hay quienes no se rebajan a adoptar dichas tácticas, que no escogen en toda ocasión la forma menos trabajosa, personas de sólidos principios, de moral fuerte que «les impide vivir sólo de pan». En último análisis, la sociedad bien cimentada depende de la proliferación de esta clase de hombres, por más alejados que nos encontremos hoy día de ese futuro ideal. Mientras tanto, si logramos en forma racional determinar dónde trazar la línea, quizás logremos introducir algún cambio que nos beneficie. Pero esto no resultará tarea fácil. El porcentaje de la población que se ha acostumbrado a acercarse a los «comedores públicos» es tan grande y es tan atrayente para los políticos poder contar con su fuerza como votantes durante los comicios o elecciones, que todos están ávidos de aprovecharse de dichas circunstancias; y la combinación de ambas fuerzas resulta prácticamente invencible. Sin embargo, vale la pena probar.

En ausencia de cosas ante las que doblegarse, las personas tienden a permanecer erectas. La «ley del menor esfuerzo» no necesariamente los conduce a extremos deplorables, siempre que no existan tentaciones que los inclinen a hacerlo. La avaricia permanece dormida y no se manifiesta, siempre que no haya algo que intencionalmente la provoque.

Los «comedores públicos» fomentados por leyes que apelan a la avaricia humana, están todos ellos creados exclusivamente del fruto del trabajo de la gente. Cuando abundan como ahora, los hombres pugnan entre sí por adueñarse de lo nuestro. Se apropian. ¿Por qué? Por la ley del menor esfuerzo. Remover dichos comedores. Inmediatamente la gente empezará a competir entre sí por obtener nuestro beneplácito. ¿Por qué? Porque ésta es la siguiente forma más práctica para satisfacer sus necesidades según la ley del menor esfuerzo.

¡En vez de doblegarse, andan rectos! ¡De rivales se transforman en competidores! ¡De limosneros, en comerciantes! ¡De ladrones, en benefactores! Quizás no exista más benevolencia o perfección en los hombres que antes, pero se ha removido de su presencia la tentación de la avaricia.

¿Cómo podemos juzgar si una ley apela a la avaricia, para mantenerla alejada de nuestra legislación? Considero que existe una regla sencilla: «NUNCA DAR APROBACION A UNA LEY DE AYUDA A ALGUIEN».

Definitivamente no es función del gobierno tomar acción positiva en apoyar, mantener, o prestar ayuda a ninguna persona, grupo, o sector de la sociedad. Tal ayuda sólo puede extenderse a una persona o grupo a costillas de los demás. El deber de la ley es el de codificar las prohibiciones y enforzarlas; es decir, que tiene la obligación de invocar una justicia común y mantener la paz.

Cualquier vez y en cualquier ocasión en que el gobierno abandona ese papel negativo o puramente defensivo, surge de inmediato la avaricia entre toda la ciudadanía. El gobierno puede prestar un gran servicio alejando a intrusos; pero cuando el gobierno pretende ayudarnos, el gobierno mismo se convierte en el intruso más poderoso.

Comprendo que para la mayoría de las gentes la demarcación así trazada ha de parecer fría, descorazonada ,y carente de misericordia. Pero la que se vuelve «descorazonada» si no va apareada con el sentido común, es la misericordia misma. El proveer a las gentes de «comedores públicos» no sólo despierta el vicio de la avaricia, sino también los va tornando inútiles. De dicho proceso, resulta una atrofia de las facultades, de cuya atrofia es casi imposible curarse o recuperarse. Ayudar a la gente a volverse inútiles, no es acto de bondad. Tampoco corresponde sentir lástima de nosotros mismos como contribuyentes. Toda la simpatía que albergamos en nuestro interior debiera extenderse a los que aceptan donaciones o limosnas, porque se han doblegado y quizás jamás logren nuevamente enderezarse.

Sin duda alguna un mundo en el que nada se saliera de lugar y transformara en suciedad, en el que el hierro no tuviera fallas, en el que la madera no tuviera ni rajaduras ni nudos, en el que los jardines no tuvieran malezas, en el que la comida surgiera ya cocinada, en el que la ropa no se gastara y en el que el lavado de ropa fuera tan fácil como lo describen los anuncios de los fabricantes de jabón, en el que las reglas no tuvieran excepciones y en el que las cosas nunca se descompusieran, sería un lugar fácil para vivir. Pero para fines de entrenamiento o desarrollo sería completamente inútil.

Es la resistencia que encontramos, la que pone a prueba y templa nuestras fuerzas, es la conquista de la materia indómita, la que educa al trabajador. «Deseo encuentren dificultades suficientes para mantenerse sanos y que contribuyan a fortalecerlos y capacitarlos».

Esta, pues, es la tercera manera de trazar la línea. Dar un «No» bien claro a la avaricia.