Año: 18, Junio 1976 No. 367

La Voluntad y el Carácter

Por Hilary Arathoon

A principios de siglo se leía y se escribía mucho sobre la voluntad. Los textos pedagógicos, aun los más elementales, recalcaban la necesidad de fortalecer la voluntad y el carácter. Muchas de las obras de los autores favoritos tales como Samuel Smiles, Orison Sweet Marden, José Ingenieros, versaban sobre el tema y hacían énfasis en la responsabilidad moral del individuo, a quien consideraban como el arquitecto de su propio destino, apto y capacitado para seleccionar y elegir entre el bien y el mal y por consiguiente. responsable ante Dios y ante los hombres de sus actos, tanto de sus triunfos como de sus fracasos.

«La Imitación de Cristo», lectura común en los hogares cristianos, recalcaba la necesidad de combatir y de vencer las tentaciones y de expurgar las pasiones. «Aplica el hacha a la raíz y así podréis erradicar el mal» decía Kempis. William Ernest Henley, poeta inglés decía: «Yo soy amo de mi destino y capitaneo mi alma». Napoleón se ufanaba de no ser víctima; sino amo de las circunstancias y decía: «las circunstancias las hago yo». Goethe repetía la misma idea cuando decía: «Quien es firme de voluntad, ajusta el mundo a sí mismo».

Uno de los más bellos poemas del grande y famoso poeta mexicano, Amado Nervo, dice así:

Muy cerca de mi ocaso, yo te bendigo, vida, porque nunca me diste ni esperanza fallida ni trabajos injustos. ni pena inmerecida;

Porque veo al final de mi rudo camino que yo fui el arquitecto de mi propio destino; que si extraje las mieles o la hiel de los cosas, fue porque en ellas puse hiel o mieles sabrosas: cuando planté rosales coseché siempre rosas.

Cierto, a mis lozanías va a seguir el Invierno: ¡mas tú no me dijiste que mayo fuese eterno! Hallé sin duda largas las noches de mía penas; mas no me prometiste tú solo noches buenas; y en cambio tuve algunas santamente serenas,...

Amé, fui amado, el sol acarició mi faz. ¡Vida, nada me debes! ¡ Vida, estamos en paz!

¿Cuántas personas hoy día estarían dispuestas a decir lo mismo? La respuesta forzosamente habría de ser: muy pocas o ninguna.

Como podrá apreciar el lector, todos buscaban introspectivamente la causa de sus triunfos y de sus fracasos. No pedían nada a nadie (porque aunque quisieran no había nadie a quien pedir) y mucho menos al gobierno, cuya única misión era mantener el orden.

En aquel tiempo, tenían fe en la vida, fe en Dios, fe en sí mismos, fe en su capacidad para salir avantes pese a las circunstancias y difícilmente se podrá negar que eran mucho más adversas que lo que son hoy día. Pero era una época en que aún privaban valores espirituales y no se esperaba todo de este mundo.

Eran menos materialistas. ¿Qué de extrañar que esa época haya sido una de las más pacíficas que recuerda la historia? Que en Europa haya reinado la paz durante un período de casi cien años o sea desde el fin de las guerras napoleónicas, hasta la primera guerra mundial. La «bella época» la llamaban los franceses. De sus faltas y fracasos los hombres se reconocían culpables.

Para esos hombres su brújula era Dios. El hombre normaba sus pasos por los mandamientos. Tenían alguien a quién adorar, a quién servir, alguien superior a ellos mismos y su voluntad la acomodaban a la voluntad Divina.

Ahora no tienen a nadie más que a sus iguales.

El daos fraternalmente la paz, estribillo de moda en las iglesias, implica que todos somos hermanos, hijos del mismo Padre. Pero perdida la creencia en Dios, la relación consanguínea queda rota. Perdida por el hombre en su ignorancia la fe en Dios y en sus designios, ha llegado a creer que: «todo le es ya permitido.. Además, «paz» implica hasta cierto punto resignación, virtud inexistente en nuestro mundo materialista.

Por su énfasis en la violencia y en los actos de aberración sexual, las películas modernas asquean. El cine es como el teatro, en que su misión es reflejar la naturaleza humana para que podamos vernos tal cual somos, y la imagen que se nos presenta ante los ojos es repulsiva. Antes había buenos y malos y era posible identificarse con los unos y sentir aversión por los otros. Hoy es imposible simpatizar con uno u otro bando, porque como en la película «El Padrino», todos son igualmente desagradables, sin ninguna cualidad que los redima.

La necesidad de satisfacer el hambre espiritual del hombre es superior a la necesidad de satisfacer el hambre material. Mas hoy día, todos, hasta los representantes de la iglesia han claudicado. Han dado primacía a la obligación de satisfacer el hambre material y el hambre espiritual ha quedado relegado al olvido. Creen que basta con que un hombre tenga pan para que automáticamente sea bueno. Cuando la realidad es otra según podemos constatar con nuestra juventud quienes a pesar de gozar de un grado de bienestar ,jamás alcanzado, ni siquiera soñado por las generaciones que les precedieron, muestran su inconformidad en el uso de drogas y estupefacientes y en un relajamiento moral sin precedentes. Y es que sobre de ellos pesa una necesidad insatisfecha, el hambre espiritual. Desorientados, sin brújula, sin saber a dónde ir, ni qué buscar, más que satisfacer la necesidad material inmediata viven al día, y buscan gozar sólo del momento pasajero y efímero. No quieren sacrificarse, ni esperar, ni dejar pasar el momento presente que no ha de volver.

El sentido del deber se ha perdido. El deber del padre y de la madre para con los hijos, el deber del esposo y de la esposa para con el o la cónyuge, el deber de los hijos para con los padres. Ya no hay deberes ni obligaciones, sólo derechos: derecho a lo no sembrado, derecho a lo no laborado, derecho a lo no ganado. Que se les quite a otros a través del voto mayoritario, no importa, con tal que se nos dé.

El único derecho que se ha esfumado es el único válido, o sea el derecho del productor al producto de su trabajo y de su esfuerzo. Se le pide que trabaje y que produzca, pero se le niega el derecho de poder disponer libremente de los beneficios del mismo. De poder escoger con perfecta libertad qué es lo que desea a cambio. De modo que su trabajo resulta estéril y vano, ya que a la larga recibe la misma recompensa que el que no trabaja y no produce. ¿ Qué de extraño pues, que la producción disminuya y que el hambre surja como una amenaza muy tangible y muy próxima en el futuro inmediato de la humanidad?

Y es que el problema máximo que confronta la humanidad, no es el de la distribución sino el de la producción. La riqueza no es estática, ni una constante que permanezca fija, sino dinámica y que debe crecer al compás de las necesidades de la humanidad. El «milagro de los panes y de los peces», es un milagro que debe repetirse día a día y que Dios ha previsto que se repita siempre que se cumplan ciertas normas y el estado no intervenga sofocando los naturales anhelos de la humanidad a una vida mejor. Pero cuando el estado interviene obstruyendo esos anhelos, el natural incentivo a producir queda truncado y los paliativos con que se pretende suplir esa falta resultan estériles y ridículos ante lo apremiante del problema.

Pretendemos que haya paz, pero ¿qué paz puede haber cuando todos nos consentimos explotados o defraudados? Freud nos eximió del sentido de culpabilidad y de responsabilidad, de modo que lejos de considerarnos culpables, todos somos víctimas inocentes, juguetes de impulsos que están fuera de nuestro control.

Hoy el dedo acusador no apunta hacia uno mismo, apunta hacia los demás. En vez de «mea culpa» acompañado con golpes de pecho, el estribillo popular es «sua culpa».Culpa del padre (complejo de Edipo), culpa de la madre (complejo de Electra), culpa de los ricos, culpa de los Estados Unidos de Norteamérica, culpa de cualquiera, excepto de la propia. Y todos se consideran con derecho a rehacer entuertos, castigando a los demás ya sea directa o indirectamente, colocando bombas en edificios públicos sin importarles que víctimas inocentes sufran las consecuencias.

Mientras tanto procuramos dorar las faltas propias con nombres que las hagan menos feas, menos repulsivas. Nos hemos vuelto más comprensivos con el vicio y por consiguiente más compasivos e indulgentes. Lo único malo es que al no reconocernos culpables, no intentamos reformarnos y seguimos sumidos en él, pese a que las consecuencias las sufran nuestros hijos y todos los demás que tengan que soportar nuestras debilidades.

Antes teníamos normas para juzgar entre el bien y el mal. Hoy día nuestras únicas normas son las estadísticas que señalan la frecuencia con que se comete o ejecuta una acción. Si las estadísticas comprueban o establecen que ésta se comete con suficiente frecuencia y regularidad, estamos exonerados de toda culpa y de todo reproche y justificados o quizás hasta obligados a seguirlas mismas normas para no quedarnos atrás y ser la excepción.

Ahora de lo que se trata es de pertenecer a nuestro ciclo, a nuestra era, a nuestro conglomerado. A hacer lo mismo que hacen los demás, sea lo que fuere. El gran pecado es discrepar, disentir. La gran virtud es la conformidad. En todos los casos se busca la nivelación. Hasta en las escuelas y universidades se trata de no hacer distingos. Procuramos no reconocer méritos para no tener que condenar faltas, no vaya a ser que a los estudiantes se les vaya a crear algún complejo. Crear complejos es lo único que buscamos evitar a toda costa.