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Año: 21, Mayo 1979 No. 437
N.D. Alocución pronunciada por el Ing. Francisco Pérez de Antón en la UFM el 21 de abril de 1979 con motivo de la creación de la Academia de Empresarios Distinguidos de dicha Universidad.
El empresario en la Universidad
Francisco Pérez de Antón
Una sociedad grande es aquella donde los hombres de empresa están convencidos de que su función en ella es igualmente grande.
Alfred North Whitehead
En todo acto de graduación se rinde un emocionante homenaje al progreso del conocimiento humano. Con cada diploma que otorga, la Universidad despliega su regocijo honrando públicamente, tanto a quienes acaban de adquirir ese conocimiento, como a aquellos que lo cultivan y lo difunden.
El conocimiento, sin embargo, no se utiliza en la práctica de una manera mecánica sobre un modelo estático, sino de forma inspirada en un mundo dinámico y vital en perpetua modificación. Por lo tanto, la aplicación oportuna de ese conocimiento requiere ciertas cualidades que la Universidad no puede enseñar.
Virtudes tales como el ingenio, la imaginación, la perspicacia; habilidades como la percepción de la naturaleza humana, la capacidad para asociar ideas o establecer símiles, la detección de las necesidades de los hombres, son propias de ciertas personas que ponen, oportunamente, en práctica el saber y la ciencia. A estas personas se les conoce con el nombre genérico de empresarios.
Sus cualidades, sin embargo, no suelen gozar del palmarés universitario. Es más, durante los últimos decenios, un paulatino y vergonzoso silencio académico ha venido cayendo sobre ellas descalificándolas por razones puramente ideológicas.
La Universidad Francisco Marroquín está convencida de que esa es una tendencia equivocada y desde la fecha de su fundación ha tratado de convertir ese silencio en voz y la voz en eco. Y hoy, haciendo de la palabra un hecho, desea incorporar a su cuadro de honor a un distinguido y selecto grupo de empresarios ejemplares.
Con ello, queremos enlazar en un todo congruente a quienes enseñan, a quienes aprenden y a quienes practican con excelencia el pensamiento económico y la filosofía de la libertad.
Pero no se piense que este homenaje a los hombres de empresa son unas vulgares aleluyas. La Academia no se sentiría satisfecha si la realidad no pudiera contrastarse con la teoría. De ahí que resulte oportuno enfatizar, aunque sólo sea brevemente, los fundamentos económicos de la empresa y el empresario.
El porqué del olvido
La ideología prevaleciente ha convertido al hombre de negocios en una figura cada vez menos tolerable.
Para algunos, la teoría económica empresarial carece de base científica. El poder de la decisión económica, advierten, se ha transferido al ejecutivo altamente calificado. Por lo tanto, el empresario ya no es aquel individuo arriesgado e ingenioso a quien la teoría clásica hacía merecedor del beneficio.
El marxismo cartujano aduce por su parte que la función económica del empresario no deja de ser un puro discurso apologético, una canción desafinada del folklore capitailista, que sólo puede reflejar la conciencia de clase de quienes la defienden. El empresario no tiene lugar en una sociedad socialista.
Finalmente, la función empresarial ha sido relegada a un segundo plano por las doctrinas económicas del intervencionismo estatal. Y ello es comprensible. En un esquema social donde el Estado es substancia y los individuos accidente, la empresa estatal será siempre planeta y la privada satélite, el burócrata piloto y el empresario asistente de vuelo.
En suma, cualquiera que sea la premisa de que se parta, se suele concluir casi siempre en lo mismo: el empresario puede ser substituido con eficacia. ¿Qué de extraño tiene entonces que las universidades se adentren cada día más en la investigación y la enseñanza de una economía sin empresarios?
He ahí la razón del vacío. He ahí la causa de que las universidades se hayan alejado de los empresarios y de que los empresarios hayan dejado de acercarse a las universidades.
Sin embargo, no es menos cierto también que la teoría empresarial está hoy arrumbada y cubierta de polvo por una necesaria falta de actualización.
El imposible equilibrio
La razón de ello es fácil de descubrir. Muchos pensadores y economistas contemporáneos todavía creen en la existencia de esa entelequia pastoril que es el mercado en equilibrio. Pero además, tras esta primera falacia apunta otra más grave. Y es la de que el empresario es el agente desestabilizador de ese equilibrio. Supuestamente, el mercado es un lago de tranquilas aguas donde el empresario arroja la piedra de la innovación provocando el oleaje y los desajustes.
Pero la realidad es muy otra. A poco que se medite sobre el particular se concluirá de inmediato que la naturaleza del mercado no es precisamente la placidez. La sociedad humana es un gigantesco hervidero de desajustes, una gran turbulencia de desequilibrios. Nada hay más inquieto y variable que las necesidades de los hombres, nada más inestable que la valoración de las cosas. Y esa es precisamente la causa de sus discrepancias.
Los gustos, los valores y las necesidades de los consumidores cambian según el lugar y el tiempo. Hoy apreciamos menos lo que ayer tenía gran valor. De igual manera, ciertos bienes producidos en el Sur tienen mayor demanda en el Norte.
Las variaciones y las variables son incalculables. Lugar y tiempo crean un permanente flujo de cambios en las necesidades de las personas que se manifiestan en el mercado a través de los precios.
Tales necesidades, tales discrepancias, deben ser satisfechas y ajustadas. Y es ahí donde surge el empresario, quien alerta y vigilante trata de reducirlas. Las innovaciones no son sino una muestra de su ingenio para acortar la brecha de tiempo y lugar entre la necesidad y su satisfacción.
El empresario moviliza factores y bienes de lugares donde son abundantes a donde son escasos. Allá estimula la oferta, acá satisface la demanda. El hombre de empresa adquiere en el presente para vender en el futuro. ¿Qué hace el industrial, el agricultor, el banquero o el vendedor de verduras sino comprar aquí, ahora, para vender allí, después? ¿Y cuál será el resultado de su acción sino satisfacer al que vende y gratificar al que compra?
No. El empresario no es el desestabilizador de la utopía, ni el creador de falsas necesidades, ni el manipulador del mercado. Tales apelativos no son más que mendaces etiquetas. El empresario actúa precisamente en forma contraria, esto es, buscando permanentemente el equilibrio, tratando de enviar al mercado lo que el mercado pide.
El mecanismo revelador
Fácil es deducir que esta función no puede realizarse a ciegas. El empresario necesita de ciertos indicadores que le adviertan dónde y cuándo se producen esos desequilibrios. Es imprescindible contar con un sistema de comunicación por medio del cual pueda captar las necesidades de los consumidores.
Tan extraordinario medio de comunicación es el sistema de precios. Un sistema natural, espontáneo y no diseñado, con el cual unos hombres se dicen a otros qué necesitan, cuánto necesitan y con qué urgencia lo necesitan.
El sistema de precios es el mecanismo revelador de los desequilibrios del mercado y el que proporciona toda la información que el empresario requiere. Un precio es simplemente un dígito, pero el empresario capaz puede extraer de él un impresionante acervo de datos como qué, cuánto, cuándo, dónde, cómo y para quién debe producir, comprar o vender.
Por eso, las manipulaciones exógenas de este mecanismo, como es el caso de los controles de precios, tienen un grave efecto distorsionador. En primer lugar, impiden que los consumidores manifiesten sus necesidades reales. Y en segundo, desorientan al empresario, quien organiza la producción y el intercambio basado en indicadores falsos.
La función económica
Guiado por un sistema de precios sin alterar, el hombre de empresa cumple una función económica clave.
El empresario compra, transforma, instala, transporta y procesa al menor costo que puede encontrar, vendiendo productos y servicios allí donde los consumidores asignan a los bienes un valor mayor. Es, como dijera J. B. Say, el contratista universal. Es el agente activo que conecta la abundancia con la escasez, el elemento que enfrente lo barato con lo caro, el gran distribuidor natural, en suma, de la riqueza creada.
Y si economizar significa asignar el mínimo de recursos a la producción, el empresario es fundamentalmente un factor económico.
Un factor casi olvidado por la Academia contemporánea, más ocupada a lo que parece, en la descripción de las necesidades que en investigar cómo satisfacerlas de la manera más económica.
El estímulo
La información que el mercado proporciona, sin embargo, no le basta al empresario. Para que ponga en función sus talentos necesite un estímulo. Y obsérvese que digo estímulo y no compensación. Para muchas personas resulta evidente que todo empresario, por el hecho de serlo, debe tener una compensación.
Pero esto no es correcto. El beneficio empresarial es sólo una posibilidad, algo aleatorio y contingente, una meta a lograr. Las utilidades se convertirán en compensación únicamente si la acción empresarial satisface a los consumidores.
Tal es la ley del mercado. Las utilidades no son una cifra que se agrega al costo. Si ello fuera cierto, ningún empresario fracasaría. Tampoco son el premio a una inversión, pues no toda inversión merece premio. Finalmente, las utilidades no son una ganancia que se obtiene a expensas de otros, ya que en todo intercambio el beneficio es mutuo o no hay intercambio.
Las utilidades son en fin el pago al talento equilibrador, a la eficiencia, a la aplicación sabia del conocimiento útil y relevante. Son el estímulo convertido en compensación tras recorrer el arduo camino de la prueba y el error. Son el indicador de la urgencia con que los hombres necesitan de las cosas.
Por eso fracasa el funcionario estatal. Sin ese estímulo indispensable, sus habilidades administrativas, aunque excelentes, pueden resultar inocuas en la práctica.
El riesgo no asegurable
Todo lo dicho hasta aquí pudiera parecer un tanto discursivo para quienes insisten en presentar al empresario como un mercachifle de segunda. Ni sus conocimientos de la vida real, ni las virtudes aquí apuntadas, son suficientes al parecer para situarle en la posición social que merece y le corresponde. Por ello, se hace preciso mencionar la más notable de ellas. Esa cualidad es el valor responsable.
Básicamente, un empresario es un individuo que asume riesgos no asegurables. Por ejemplo, un agricultor no puede asegurarse contra una cosecha deficiente, ni un comerciante contra una baja de precios, ni un petrolero contra una perforación fallida. Esos riesgos no son asegurables porque no son medibles. Su característica esencial es la incertidumbre.
Sólo el empresario se arriesga a afrontar lo impredecible haciendo conjeturas. La incertidumbre tiene que ver con el futuro y con el temor a lo desconocido. Por eso en última instancia, la acción empresarial no es cuestión de más o menos riqueza, de más o menos sabiduría, sino de más o menos valor responsable para afrontar las incertidumbres económicas. He ahí la gran diferencia entre el hombre de empresa y el funcionario de una compañía estatal. Y he ahí también la razón de que la sociedad necesite a los empresarios.
Porque ese valor responsable, como tantas otras cualidades empresariales, no puede ser enseñado o aprendido. A lo sumo, sólo puede ser estimulado o descrito. Nuestra Universidad, en definitiva, podrá formar profesionales altamente capacitados y gozar de gran prestigio por ello, pero no puede formar empresarios. Mas si en algún caso hubiere alguna duda, bastará una simple prueba para aclarar la diferencia. Pregúntese cuál de los dos perdería su patrimonio en el caso de una decisión equivocada. Y en la respuesta, el verdadero empresario quedará identificado.
En resumen, nuestra misión como casa de estudios es preparar profesionales valiosos que asesoren a los hombres de empresa, aminoren las incertidumbres y conozcan a fondo el proceso y los mecanismos del mercado. Sin duda alguna, muchos de nuestros profesionales podrán ser magníficos empresarios. Pero eso es algo que no dependerá de nosotros, sino de ellos, de su carácter, de sus cualidades y de su experiencia en esa otra universidad del eterno aprender que es la vida misma.
El empresario en la Universidad
Y es esa proyección de nuestras enseñanzas en la práctica lo que hoy queremos reconocer en este selecto grupo de empresarios aquí presente.
Sus talentos, sus cualidades y sus realizaciones son un vivo ejemplo para todos nosotros. Más aún, nuestro más ferviente deseo sería que nuestros estudiantes les imitaran, pues son ellos, los empresarios, y no nosotros quienes poseen ese difícil don de comprender a los hombres, percibir sus necesidades y finalmente satisfacerlas.
Tales virtudes merecen ser reconocidas, honradas y estimuladas. Para ello, la Universidad Francisco Marroquín ha creado la Academia de Empresarios Distinguidos en la cual queremos agrupar lo más granado y selecto de la empresarialidad guatemalteca.
Y a ustedes, empresarios destacados de nuestra comunidad, les pedimos ser los primeros miembros de esta Academia. Compartan con nosotros el emocionante tributo al progreso del conocimiento humano en este acto de graduación.
Señores, bienvenidos a la Universidad.
«Se distingue al hombre excelente del hombre vulgar en que aquél se exige mucho de sí mismo, en cambio el otro no se exige nada, sino que se contenta con lo que es, y está encantado consigo».José Ortega y Gasset