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Año: 21, Julio 1979 No. 442
A propósito de lo que sucede en Nicaragua [i]
Esta dramática epístola, escrita como testamento político, es, al mismo tiempo que una confesión de culpabilidad, una requisitoria contra todos los que contribuyeron a la gran farsa de la revolución cubana y a crear el mito de Fidel Castro.
Propietario y director de la popular revista «Bohemia» de La Habana, Cuba, Miguel Angel Quevedo fue uno de los principales responsables de la situación creada en su patria con la dictadura comunista.
Arrepentido tardíamente, cuando Cuba se encontraba convertida ya en colonia soviética, Quevedo tuvo el gesto de apelar al suicidio como un testimonio de protesta contra la tiranía.
Esta carta constituye su mea culpa y su testamento político:
«Sr. Ernesto Montaner,
Miami, Fla.
12 Agosto 1969.
Querido Ernesto:
Cuando recibas esta carta, ya te habrás enterado por la radio de la noticia de mi muerte. Ya me habré suicidado.
Sé que después de muerto lloverán sobre mi tumba montañas de inculpaciones. Que querrán presentarme como «el único culpable» de la desgracia de Cuba. Y yo no niego mis errores ni mi culpabilidad, lo que sí niego es que yo fuera «el único culpable». Culpables fuimos todos, en mayor o menor grado de responsabilidad.
Culpables fuimos todos. Los periodistas, que llenaban mi mesa de artículos demoledores, arremetiendo contra todos los gobernantes. Buscadores de aplausos que, por satisfacer el morbo infecundo y brutal de las multitudes, por sentirse halagados por la aprobación de la plebe, vestían el odioso uniforme de «oposicionistas sistemáticos». Uniforme que no se quitaban nunca. No importa quién fuera el Presidente. Ni las cosas buenas que estuviese realizando a favor de Cuba. Había que atacarlo. Y había que destruirlo. El mismo pueblo que los elegía, pedía a gritos sus cabezas en la plaza pública.
El pueblo también fue culpable. El pueblo que quería a Guiteras. El pueblo que quería a Chibás. El pueblo que aplaudía a Pardo Llado. El pueblo que compraba la revista «Bohemia» porque «Bohemia» era el vocero de ese pueblo. El pueblo que acompañó a Fidel desde Oriente hasta el campamento de Columbia.
Fidel no es más que el resultado del estallido de la demagogia y de la insensatez. Todos contribuimos a crearlo. Y todos, por resentidos, por demagogos, por estúpidos, o por malvados, somos culpables de que llegara al Poder. Los periodistas, que conociendo la hoja penal de Fidel, su participación en el bogotazo comunista, el asesinato de Manolo Castro y su conducta gangsteril en la Universidad de La Habana, pedíamos una amnistía para él y sus cómplices en el asalto al Cuartel Moncada, cuando se encontraba en prisión.
Fue culpable el Congreso que aprobó la Ley de Amnistía. Y los comentaristas de radio y de televisión que la colmaron de elogios. Y la chusma que lo aplaudió delirantemente en las graderías del Congreso de la República.
«Bohemia» no era más que un eco de la calle. Aquella calle contaminada por el odio, que aplaudió a «Bohemia» cuando «Bohemia» inventó «los veinte mil muertos». Invención diabólica del dipsómano Enriquito de la Osa, que sabía que «Bohemia» era un eco de la calle, pero que también la calle se hacía eco de lo que publicaba «Bohemia».
Fueron culpables los millonarios que llenaron de dinero a Fidel para que derribara al régimen. Los miles de traidores que se le vendieron al barbudo criminal. Y los que se ocupaban más del contrabando y del robo que de las acciones militares de la Sierra Maestra.
Fueron culpables los curas de sotana roja que mandaban los jóvenes para la Sierra, a servir a Castro y sus guerrilleros. Y el clero, oficialmente, que respaldaba la revolución comunista con aquellas pastorales encendidas, conminando al Gobierno a entregar el Poder. Fue culpable Estados Unidos de América, que se incautó de las armas destinadas a las Fuerzas Armadas de Cuba en su lucha contra los guerrilleros. Y fue culpable el State Department, que respaldó la conjura internacional dirigida por los comunistas para adueñarse de Cuba. Fueron culpables Gobierno y oposición, cuando el Diálogo Cívico, por no ceder y llegar a un acuerdo decoroso, pacífico y patriótico. Y los infiltrados por Fidel en aquella gestión, para sabotearla y hacerla fracasar, como lo hicieron. Fueron culpables los políticos abstencionistas, que cerraron las puertas a todos los caminos electoralistas. Y los periódicos que, como «Bohemia» les hicieron el juego a los abstencionistas, negándose a publicar nada relacionado con aquellas elecciones. Todos fuimos culpables. Todos. Por acción u omisión. Viejos y jóvenes. Ricos y pobres. Blancos y negros. Honrados y ladrones. Virtuosos y pecadores. Claro, que nos faltaba por aprender la lección increíble y amarga: que los más «virtuosos» y los más «honrados» eran los peores.Muero asqueado. Solo. Proscrito. Desterrado. Y traicionado y abandonado por amigos a quienes brindé generosamente mi apoyo moral y económico en días muy difíciles. Como Rómulo Betancourt, Figueres, Muñoz Marín. Los titanes de esa «izquierda democrática» que tan poco tiene de «democracia» y tanto tiene de «izquierda». Todos, deshumanizados y fríos, me abandonaron en la caída. Cuando se convencieron que yo era anticomunista, me demostraron que ellos eran antiquevedistas. Son los presuntos forjadores del tercer mundo. El mundo de Mao Tse-tung.
Ojalá mi muerte sea fecunda. Y obligue a la meditación. Para que, los que queden, aprendan la lección. Y los periódicos y los periodistas, no vuelvan a decir jamás lo que las turbas incultas y desenfrenadas quieran que ellos digan.
Para que la prensa no sea más un eco de la calle, sino un faro de orientación para esa propia calle. Para que los millonarios no den más sus dineros a quienes después los despojan de todo. Para que los anunciantes no llenen de poderío con sus anuncios a publicaciones tendenciosas, sembradoras de odio y de infamia, capaces de destruir hasta la integridad física y moral de una Nación, o de un destierro. Y para que el pueblo recapacite y repudie a esos voceros del odio, cuyos frutos hemos visto que no podían ser más amargos.
Fuimos un pueblo cegado por el odio. Y todos caímos víctimas de esa ceguera. Nuestros pecados pesaron más que nuestras virtudes. Nos olvidamos de Núñez de Arce, cuando dijo: «Que cuando un pueblo olvida sus virtudes, lleva en sus propios vicios su tirano…».
Adiós. Este es mi último adiós. Y dile a todos mis compatriotas que yo perdono con los brazos en cruz sobre mi pecho, para que me perdonen todo el mal que hice.
Miguel A. Quevedo»
«No es el régimen político o el orden social, cualesquiera que sean los que fundamentan la libertad de sus adheridos, sino que es la libertad que cada hombre conquista por sí mismo la que hace que un régimen político o un orden social lo sean de libertad política y social».M.F. Siacca
[i] Publicación de la Cámara de Comercio de Guatemala el 4 de Julio en todos los Diarios del País y Telenoticieros