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Año: 23, Febrero 1981 No. 480
Decadencia de la Unión Soviética
[i]George W. Herald
2a. PARTE
Cartas perdidas
De acuerdo con el último prospecto de Intourist (agencia turística estatal), las únicas zonas abiertas a los viajes son: Moscú y Leningrado, como así también las de Ucrania, Bielo-Rusia, Georgia, Armenia, Estonia y Moldavia. A ningún extranjero se le permite visitar parte de la República Federal Socialista Soviética Rusa (RFSSR), Latvia, Lituania, las repúblicas musulmanas y Azerbaidján. De 33 ciudades de más de 500,000 habitantes, 20 no pueden ser visitadas. Esto significa que millones de ciudadanos soviéticos nunca se encuentran con un extranjero a lo largo de su vida.
A pesar de todas estas precauciones, la mayoría se da cuenta, por supuesto, que son oprimidos. La principal razón por la cual hasta ahora no han hecho nada al respecto es la omnipresente KGB (policía secreta soviética). Dirigida por un exdiplomático, de 67 años de edad, Yuri Andropov, esta organización es un verdadero monstruo administrativo. Mientras que las fuerzas policiales en países occidentales nunca exceden del uno por ciento de la población, la KGB emplea del 7 al 10 por ciento. Esto significa que entre 12 y 17 millones de personas están permanentemente ocupadas en espiar a sus vecinos. Cualquiera que exprese la más ligera crítica en una cola, en una tienda, en una reunión sindical o en una fiesta privada, se arriesga a tener dificultades con un hombre de la KGB. Los llamados stukachis informantes que visten de civil también revisan la correspondencia de la gente. Un corresponsal norteamericano en Moscú tiene un colega que una vez envió 100 cartas a amigos de Europa Occidental, desde diferentes puntos de la Unión Soviética, para comprobar cuántas encontraban su destino. Sólo siete llegaron.
La mayoría de los rusos se han adaptado a esta opresión permanente, recurriendo al engaño. Mentir, hacer trampas y robar, se ha convertido en una forma de vida para ellos. Mientras sus artimañas estén dirigidas contra el Estado, no las consideran inmorales sino una forma de legítima defensa.
En la primavera de 1980, el profesor William Taubman organizó una mesa redonda sobre este tema en la Universidad de Amherst. Uno de los participantes, el emigrado soviético Michael Schweitzer, declaró:
«Se nos enseñó desde la edad escolar que era absolutamente necesario mentir si queríamos vivir. La vida soviética es un gran escenario teatral en el que cada cual representa un papel. Teníamos que concurrir a las reuniones de adoctrinamiento, porque no podíamos arriesgamos a que se notara nuestra ausencia. Miles de tales reuniones se realizan diariamente, aunque todos saben que son meras charadas. Los oradores no creen ni una palabra de lo que están diciendo y no esperan que quienes los escuchan lo crean. Sin embargo, por pobremente que sea pagado, tiene que hacer como que cree, porque de lo contrario puede ser denunciado a su patrón, el que le haría su vida todavía más insoportable».
En el mismo simposio, la esposa de Schweitzer, Victoria, describió las tribulaciones de la mujer soviética con las siguientes palabras:
«Robamos en cuanta ocasión se nos presenta. Llevamos a nuestros hogares cosas (tomadas) de la carnicería, el restaurante, el jardín de infantes. Si nos llamaran ladronas nos sentiríamos terriblemente ofendidas. Simplemente, tenemos que proceder así para medio alimentar a nuestras familias. Muchas personas hacen cosas peores. Tomemos el caso del personal médico, por ejemplo. Los pacientes en los hospitales soviéticos raramente reciben inyecciones contra el dolor. ¿Sabe usted por qué? Los empleados de los hospitales venden los calmantes para beneficio personal, sin importarles que los pacientes mueran de dolor por carecer de ellos. Las enfermeras que venden las drogas son consideradas personas honestas. Son sólo personas. Nuestro país difiere de otros países normales. Es alimentado con mentiras de arriba abajo».
Como un medio de escapar de esta atmósfera depresiva, más y más rusos se dedican a la bebida. El alcoholismo se ha convertido en uno de los mayores problemas del país. Mientras que los norteamericanos se ponen alegres con dos o tres martinis, los hombres soviéticos frecuentemente se toman una botella de vodka barato de un solo trago, perdiendo luego el conocimiento. Todas las noches, las patrullas policiales recogen a miles de borrachos que no pueden ir a sus casas por sus propios medios y los llevan al vomitorio más cercano. Hay casi tantos vomitorios como expendios de bebidas alcohólicas en todas las ciudades soviéticas.
Una de las lógicas consecuencias de estas perpetuas borracheras es una creciente tasa de ausentismo laboral. Es raro el día en que todos los miembros de un grupo de trabajo se presenten por las mañanas. Entre el 5 y el 10 por ciento de los hombres siempre falta. Al respecto, el profesor Voslensky hizo el siguiente comentario:
«¿Cómo puede prosperar una economía cuando el 10 por ciento de la fuerza activa de trabajo es utilizada para espiar al otro 90 por ciento, convirtiéndolos así en alcohólicos? Los agentes de la KGB no sólo no producen nada, sino que su mantenimiento absorbe, después del Ejército Rojo, la mayor parte del presupuesto nacional. No tiene nada de sorprendente, entonces, que la economía soviética se haya venido deteriorando ininterrumpidamente desde 1973. De un 7 por ciento, en ese año, la tasa de crecimiento ha descendido al 0.7 por ciento en 1979 y se cree que llegará a cero en el año de 1980».
En la actualidad, la mayoría de los agricultores soviéticos viven de los productos que obtienen de las pequeñas parcelas individuales que se les permite cultivar. El sistema es similar al impuesto por los señores feudales de la Edad Media. Pero la baja productividad de los koljozes repercute directamente en la industria soviética, debido a que mantiene demasiada fuerza de trabajo en las granjas. La industrialización de Europa Occidental y de los Estados Unidos se basó, esencialmente, en la transferencia de fuerza de trabajo del campo a las fábricas. El año pasado, la mano de obra industrial soviética creció sólo en 2.3 millones de trabajadores. Se cree que entre 1980 y 1985 la cifra descenderá a 300 mil, en su mayor parte mano de obra asiática no calificada.
Inevitablemente, la lógica interna del sistema ha conducido a un severo estancamiento. económico, particularmente en la República Soviética de Rusia propiamente dicha. Los pequeños aumentos salariales que hasta ahora ayudaron a mantener tranquilas a las masas no pueden seguir otorgándose, y el descontento de la clase trabajadora crece día a día. Los trabajadores se sienten disconformes, porque se han dado cuenta de que su nivel de vida es mucho más bajo que el de sus camaradas en algunas remotas repúblicas.
En realidad, los trabajadores de Rusia Central se están convirtiendo rápidamente en motivo de risa en toda la Unión Soviética. Desde el Báltico hasta el Cáucaso, la gente ha comenzado a verlos como al tonto del juego. Hay más coches en las calles de Tiflis, la capital de Georgia, que en Moscú. En el Cáucaso y en el sur de Ucrania se ha descolectivizado la mayor parte de las granjas. Los terratenientes de la costa del Mar Negro venden libremente sus productos a clientes particulares. Algunos de ellos alquilan incluso aviones para llevar sus frutas a Moscú y venderlas en mercados callejeros.
El sociólogo francés Emmanuel Todd, autor de La caída final, explica: «La KGB, a pesar de su enorme tamaño, simplemente no puede ya cumplir la tarea de supervisar un imperio tan vasto. Mientras más nos acercamos a la periferia de la Unión Soviética, más débiles se vuelven los controles. Si bien los habitantes de estas regiones acatan al comunismo, nada significa éste en sus vidas diarias. El mercado negro florece y el soborno se practica abiertamente. En Azerbaidján, por ejemplo, cualquiera que tiene dinero para hacerlo puede comprarse un empleo oficial. El cargo de fiscal de distrito fue vendido recientemente por 30 mil r ublos; el de jefe de la milicia por 50 mil, y el de director de koljoz por 80 mil. Relativamente barato era el puesto de director teatral, que se dio por 10 mil rublos. Obviamente, sólo personas que ya forman parte de la nueva burguesía disponen del dinero suficiente para estas cosas».
Una vez que se cruza la frontera y se entra en los países satélites, la distancia que los separa del centro de poder ruso se hace más evidente. La vida diaria en Budapest, con sus salones de té, sus negocios elegantes y sus hoteles Hilton, está occidentalizada en un 80 por ciento. Alemania Oriental mantiene una rígida fachada prusiano-comunista; pero, al igual que las mayores potencias industriales, ha creado su propia sociedad de consumo y sus ciudadanos ya no palidecen de envidia cuando miran los programas vespertinos de televisión de Alemania Occidental. Incluso los polacos, con sus problemas laborales y su pesada deuda externa, se han acostumbrado a vivir a un nivel infinitamente mas elevado que sus «protectores» rusos Al respecto, resulta significativo que los obreros de los astilleros de Gdansk, iniciadores del reciente levantamiento, son los trabajadores mejor pagados del país.
No hay secreto, ni interferencia radial suficientemente poderosa que permita seguir ocultando estas circunstancias al pueblo de Rusia Central. Irónicamente, el Kremlin sólo puede culparse a sí mismo por tal cosa. Durante años, cientos de soldados soviéticos se han establecido en Polonia, Hungría o Alemania Oriental. Ellos han visto cómo viven los otros y han vuelto a su país para contar esa historia.
Desde los sucesos en Polonia, muchos observadores europeos creen que es sólo cuestión de tiempo el que los trabajadores soviéticos se levanten contra la nomenklatura. De acuerdo a como ellos ven las cosas, el Kremlin tendrá que elegir entre tres reacciones: puede tratar de cortar de raíz cualquier rebeldía obrera mediante la intervención militar abierta en la propia Rusia, en Polonia y en cualquier otra parte que ello sea necesario; puede amenazar a las potencias occidentales con la guerra en un intento de restablecer la solidaridad del COMECON, o puede buscar formas razonables de reformar su anticuado sistema social y adaptarlo a la era posterior a Marx.
La primera reacción conllevaría un serio riesgo. Los tiempos han cambiado desde Stalin. Ya no sigue siendo seguro que los soldados rusos ellos mismos hijos de campesinos y granjeros estén en toda circunstancia dispuestos a disparar contra su propio pueblo. La nomenklatura haría bien en recordar que fue la Revolución de Octubre la que promovió la creación de los consejos de soldados y campesinos y exhortó a las tropas a volver sus rifles contra sus propios oficiales.
La segunda reacción estaría fuera de carácter. Es cierto que los líderes rusos sufren de paranoia y se ven cercados por los Estados Unidos, Europa Occidental, China y ahora, incluso, Turquía. Pero esto también prueba que la preservación de la seguridad de su país es algo que ocupa un primer plano en sus mentes. Hasta cuando Stalin hizo el pacto con Hitler, su objetivo era mantener a la URSS fuera de la guerra. Dado que su error le costó a los rusos 14 millones de vidas humanas, todos están de acuerdo al menos en un punto: nunca más. Esto no les impedirá utilizar su costosa maquinaria militar en operaciones que no involucren mayores riesgos para el pueblo. Puede haber otros Angolas, Abisinias y Afganistanes («Después de todo», dijo sombríamente un diplomático francés, «están sólo en la letra A»). Pero es improbable que se comprometan en operaciones que pongan en juego su seguridad. Le corresponde a Occidente colocar indicadores camineros diciéndoles: «Hasta aquí y no más adelante».
Por ahora, el indicador caminero de Berlín sigue estando en su lugar, y otro está en proceso de ser erigido en el Golfo Pérsico.
El tercer camino
La mayoría de los observadores de Europa están de acuerdo en que el verdadero interés de las potencias occidentales está en procurar que los soviéticos elijan el tercer camino. No sólo porque una saludable reforma de su régimen parece ser la única posibilidad de reducir los temores de una hecatombe, sino también porque Occidente se ha convertido, quiéralo o no, en un socio económico de la Unión Soviética. Los gobiernos, bancos y empresas occidentales han invertido tanto capital y esfuerzo en ese país que su colapso interno también afectaría a Occidente. Al respecto, el comentarista francés Jean Daniel dijo:
«El juego se ha revertido desde 1950. En ese entonces los rusos se sentían atemorizados por nuestra superioridad militar, mientras que nosotros estábamos exasperados por sus campañas ideológicas (la era de MacCarthy). Ahora nosotros parecemos temerosos de su proclamada superioridad militar y ellos están asustados por nuestras ofensivas ideológicas».
«No hay duda que nuestro sistema, con todos sus severos reveses, ofrece a millones de personas una mejor vida que la que puede ofrecer su régimen. Ellos consideran el éxito de nuestra sociedad de consumo como una afrenta y una agresión ideológica. Les recuerda todos los días que han fracasado precisamente en el campo que fue el propósito de su revolución: el mejoramiento de la suerte del hombre común. Por lo tanto, de nada servirá decirles que sigan nuestro ejemplo. El único factor que puede conducirlos a una angustiosa revisión sería el continuo crecimiento económico de sus satélites. Mientras más progresos hagan éstos, más seriamente se sentirá tentado Moscú a copiar su estilo más relajado. Esta es la razón por la cual Occidente debe ayudar a la Europa Oriental».
Los actuales líderes soviéticos son considerados demasiado viejos para moverse en una nueva dirección. Leonid Brezhnev sufre de artereoesclerosis, Alexis Kossygin está enfermo en cama, Michael Suslov está casi ciego. Todo lo que los tres viejos del Kremlin siguen queriendo es preservar lo que ellos han logrado y transmitirlo a sus sucesores más o menos intacto. El problema es que sus probables herederos tampoco son jóvenes. Andrew Kirilenko, quien regañó al exlíder polaco Edward Gierek en una reunión secreta y organizó su caída, tiene 74 años. El especialista en cuestiones agrícolas, Fedor Kulakov, tiene 62 años y el ministro de Defensa, Oustinov, 63. Tal vez algunas nuevas figuras se muevan hacia el centro del escenario durante el XXVI Congreso del Partido, en 1981; pero se cree que pasará un tiempo antes de que la «generación de los blue jeans» pueda hacerse oír en Rusia. Entonces, y sólo entonces, el mundo exterior tendrá la posibilidad de negociar con un equipo del Kremlin que entienda que sólo una drástica descentralización y liberalización podrá sacar a la Unión Soviética del predominante atraso que la aflige. La cuestión es saber si el mundo aguantará tanto tiempo.
«Sé bien que la estafa no es producto de la perfidia de un dirigente malvado, o de la ambiciosa crueldad de un clan dueño del poder. Es la consecuencia inexorable de sistemas y métodos, de dogmas inhumanos que no pueden ser abandonados, de condiciones económicas, políticas y sociales, que los dirigentes soviéticos no pueden modificar ni suavizar, ya que ello implicaría su caída».Eudocio Ravines, «LA GRAN ESTAFA»
[i] Bajo el titulo de Decadencia de la URSS apareció en la Revista Visión el 20 de octubre de 1980, el presente artículo que en este número reproducimos parcialmente con su autorización.