Año: 24, Enero 1982 No. 501

IDEAS ERRÓNEAS QUE CONDUCEN A LA POBREZA

Hilary Arathoon

Una idea expuesta por el filósofo francés Miguel JEyquem Montaigne en uno de sus ensayos, pero que prevalece hasta nuestros días, es la de que en una transacción comercial entre dos partícipes, la ganancia de uno forzosamente tiene que significar pérdida para el otro.

Esta es una idea errónea. En una operación comercial libre, ambos partícipes ganan o de lo contrario, no se llevaría a cabo la transacción.

En donde el mercado es libre y no hay coerción por parte del Estado, el vendedor puede fijar el precio que considere conveniente y accesible para el comprador y corresponde a éste el aceptarlo o no. Si el comprador lo acepta, es que lo considera ventajoso para él. De lo contrario, lo rechazaría y no habría transacción. De modo que podemos convenir en que en una operación comercial, ambos partícipes ganan, ya que de lo contrario, no se llevaría a cabo la transacción.

Las ganancias que obtenga el vendedor con la venta de cualquier mercadería, refleja no sólo la aceptación que tiene dicha mercadería por parte del comprador a consumidor, sino el beneficio que éste deriva de dicha transacción, lo cual siempre será en proporción a las ganancias obtenidas por el vendedor. A mayores ventas, mayores ganancias para el vendedor y mayores beneficios para el consumidor. Después de todo, una compra-venta no es más que un trueque. Es decir, que ambos se benefician o enriquecen. Al enriquecerse el vendedor con la venta de su producto, enriquece a la vez al comprador o consumidor del mismo. Esto contradice otra idea igualmente errónea e igualmente perjudicial y es que la prosperidad alcanzada por unos es motivo de pobreza para los demás.

Una de las ideas más erróneas y más perjudiciales abrigadas hoy día es la de que muchas de las grandes fortunas y de las ganancias obtenidas por las empresas y corporaciones, son inmerecidas. Según los que abrigan dichas creencias, las ganancias son producto de la suerte o de la explotación y por consiguiente son injustamente obtenidas. Esta idea o sentimiento es y ha sido motivo de mucho sufrimiento y de la mayor pobreza. Es una idea que no sólo perjudica enormemente a los pobres, sino que ha desatado las pasiones de odio y envidia que embargan a la humanidad y las que la han llevado a la serie de conflictos que hoy la azotan.

La falacia de que la prosperidad de unos es la causa de la pobreza de otros proviene de nuestra incapacidad de poder comprender a cabalidad la verdadera naturaleza de la riqueza y de la pobreza.

Deberíamos comprender, sin necesidad de mucha ponderación, que la pobreza es el estado natural de la humanidad (todos los pueblos primitivos san pobres) y que la riqueza es un estado artificial, producto del trabajo y de la inteligencia del hombre. Coma dijera el economista escocés Adam Smith hace más de dos siglos: «La riqueza proviene de la gran multiplicación de la producción de las diferentes artesanías como consecuencia de la división del trabajo, lo que ha ocasionado en una sociedad bien cimentada esa opulencia que se extiende hasta las clases más bajas de la sociedad». Esto lo dijo a inicios de la era industrial, ¿qué no podría decir hoy día?

Un siglo después, Herbert Spencer también reconoció el origen de la riqueza. En su obra «el hombre y el estado», dijo: «No es al Estado al que debemos las múltiples inversiones útiles comprendidas desde la pala hasta el teléfono. No es el Estado el que hizo posible una navegación más extendida gracias al desarrollo de la astronomía, ni es el Estado el descubridor de los adelantos en las ciencias físicas y químicas que hacen posible la fabricación moderna, no es el Estado el que ideó las máquinas para producir tejidos y para trasladar a los hombres y a las cosas de lugar a lugar y para satisfacer en miles de formas nuestras necesidades. Las transacciones de orden mundial que se llevan a cabo en las oficinas comerciales, el tráfico intenso que circula en nuestras calles, el sistema de distribución al menudeo que pone todas las mercancías a nuestro alcance y hace que los artículos más esenciales nos sean traídos a nuestras propias puertas, no son debidas al gobierno. Todos estos beneficios son el resultado de la actividad espontánea de las ciudadanos, ya sea por separado o por grupos».

El sistema del mercado es el que crea y origina la riqueza. No es a través del servicio a las ricas y poderosas que se crea esa riqueza, sino a través de satisfacer las necesidades de las mayorías.

En contra de la creencia popular, las rentas y ganancias obtenidas por los productores son los elementos básicos del proceso que genera nuestra prosperidad. Las rentas y ganancias son el premio que dichas personas reciben por su servicio a la humanidad. Para ser específicos, las ganancias son el premio que el productor o el intermediario reciben por reducir las costos y por haber sabido utilizar los escasos recursos en la forma más eficiente para satisfacer las necesidades del consumidor. Al premiar a través de las ganancias a aquellos que mejor satisfacen las demandas del consumidor, el mercado libre provee los incentivos para la creación de mayores bienes y servicios. Al permitir la acumulación de la riqueza, incrementan también el capital disponible para aumentar la producción. Las ganancias son las que sirven de guía a las inversionistas para colocar su capital en los negocios donde más hacen falta a fin de satisfacer las demandas del consumidor. Por eso, Samuel Gompers, padre del movimiento laboral de los Estados Unidos de Norteamérica, dijo que «el peor crimen para las clases trabajadoras, lo cometen las compañías que dejan de obtener ganancias».

Es un error el promover la envidia, la codicia y el odio hacia las que han logrado acumular riqueza. Como señala Ludwig von Mises en su célebre obra «Acción Humana»: «El principio mismo de la empresa capitalista es el de satisfacer las necesidades de las mayorías. No hay en la economía de mercado ninguna otra manera de adquirir y conservar riqueza que la de proveer a las masas en la mejor forma y de la manera más económica de todos los bienes de que han menester». Prueba de ello lo tenemos en el genio creador de Thomas Edison, quien cumplió su promesa de reducir tanto el precio de las bombillas de luz eléctrica, que más tarde sólo los ricos se darían el lujo de utilizar candelas.

El hecho de que algunas personas hayan hecho enormes fortunas a través del mercado, debería ser motivo de satisfacción y no de enojo. El hecho de que una persona como Walt Disney haya podido hacer una fortuna de seiscientas treinta millones de dólares creando dos emporios de turismo inigualables en el resto del mundo, debería ser más bien motivo de agrado. Walt Disney hizo su fortuna a través de crear entretención para grandes y chicos. Prueba de la buena acogida que tuvieron sus películas de dibujos animados y sus películas actuadas y demás programas que logró desarrollar, es la enorme fortuna que acumuló, que le permitió crear los dos emporios, los cuales son no sólo fuente de esparcimiento para millones de visitantes de todas partes del mundo, sino que a la vez proveen de trabajo a miles de personas, todos los cuales se enriquecen gracias al genio de un solo hombre.

De modo que lejos de ser motivo de empobrecimiento, la prosperidad de unos engendra en los demás prosperidad y no pobreza. Por eso resulta inexplicable que haya gente que crea que la mejor forma de beneficiar a los pobres sea poniendo coto a la creación de la riqueza y que nadie pueda acumular más de cierta suma. Esta idea data de miles de años atrás y ha sido expuesta por varios escritores, incluso por nuestro recordado poeta Rafael Arévalo Martínez en su «viaje a Ipanda». Pero en realidad, como bien dice William F. Simon, quien fuera Secretario del Tesoro de Estados Unidos de Norteamérica: «Si en verdad buscan ayudar a los pobres, ayuden a los ricos. Ellos son los que a través de sus inversiones, aumentan el número de fábricas y crean más trabajo. La única ayuda que ellos necesitan y que se les debe dar, es la libertad de producir, de comerciar y de utilizar su propiedad pacíficamente en la mejor forma que crean conveniente».

El mercado libre es el único sistema que puede conducir, si no a la eliminación, por lo menos a la reducción de la pobreza. El Estado Benefactor únicamente conduce a la dependencia. Los recipiendarios de favores asumen que pueden descargar todas sus obligaciones en manos del Estado y que pueden vivir a expensas de éste. Es decir, fomenta el parasitismo. En cambio, en el mercado libre, la gente comprende que para poder recibir, hay que dar y nadie pretende vivir a expensas de los demás.

«Colbert, consejero de Luis XIV de Francia, era de los que creían que la prosperidad de una nación puede lograrse a través de una legislación adecuada. Hablando en cierta ocasión ante un grupo de manufactureros, les preguntó, oficioso, qué podría hacer él en beneficio de la industria. La respuesta no se hizo esperar. Un industrial de nombre Legendre, le respondió: «Laissez-nous fiare». O en buen español: déjenos hacer, déjenos tranquilos ».