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Año: 30, Junio 1988 No. 655
N. D. Carlos Ball es un empresario de Venezuela. Ha sido dirigente de varias asociaciones empresariales de su país, y un distinguido periodista. Ha sido columnista de «La Esfera», «El Universal» y «La Verdad». Fue Gerente General del Diario de Caracas, y hasta recientemente estuvo asociado a la Fundación Heritage. Este artículo apareció en su forma original en El Diario de Caracas, en Diciembre de 1981. Cualquier similitud entre lo expresado por el ilustre venezolano y lo que piense usted no es mera casualidad. Es sin duda el reflejo de la situación que hoy día asfixia a casi todos los países de América Latina.
CIUDADANO DE SEGUNDA
Carlos A. Ball M.
No soy funcionario ni militar ni del magisterio nacional ni periodista ni empleado público, por lo tanto no tengo acceso a los comisariatos sino que compro mis alimentos y medicinas en el supermercado y en la farmacia. Vivo en una urbanización de «clase media», por lo cual pago las más altas tarifas de agua y debido a que mi consumo de corriente eléctrica es relativamente alto, soy penalizado también en la facturación de la electricidad. Mis padres pagaron hasta el último centavo del costo de mi educación y yo, a la vez, pago por la educación de mis hijos, además de pagar con mis impuestos por la educación de otros. Soy dueño de mi apartamento, por lo que no puedo deducir ni alquileres, ni Intereses de mis Impuestos. Cuando tenga la posibilidad de comprar una vivienda mejor, mi crédito hipotecario no será de «interés social», según el Estado por lo cual pagaré las más altas tasas del mercado financiero.
Aunque recibí dos títulos universitarios, a mi regreso a la patria se me dificultó tanto la incorporación que no pertenezco a ningún colegio profesional, por lo cual estoy automáticamente apartado de los múltiples privilegios que estos numeritos confieren en una sociedad crecientemente corporativista y credencializada.
Por apego a costumbres pasadas de moda, no pago ni mordidas ni tramitadores, lo que dificulta en extremo que logre mi propósito, ante oficina pública alguna. No tengo carnets, ni credenciales con sellitos, ni intimidad con cachuchas que me vayan a recibir al aeropuerto, por lo cual estoy a la merced del inspector de aduanas y se me registran exhaustivamente mis efectos personales. Aunque un creciente número de mis conciudadanos se rotan a menudo en la obtención de pasajes «de cortesía» en la línea aérea nacional, yo pago a las otras empresas privadas la tarifa más cara por kilómetro en el mundo occidental, para que la mitad de los pasajeros de la aerolínea estatal puedan viajar de gratis.
Claro que no tengo ni carro oficial, ni placas con letras especiales, por lo que tengo que pagar por mi auto casi tres veces su costo de fábrica, y un impuesto anual de circulación altísimo porque, según se ha decretado, tener carro es un lujo. Cada dos o tres meses me cortan el teléfono por «falta de pago» y tengo primero que averiguar el monto del recibo que no llegó, para pagar a la carrera y luego sentarme a esperar pacientemente a que a alguien se le ocurra conectarme con el mundo exterior. Y aún así, los teléfonos no funcionan cuando están conectados.
Soy tercera generación de comerciantes capitalinos. Como tal se me señala a diario como especulador, deformador de la cultura autóctona al promover productos desarrollados en otras latitudes, capitalista, enemigo del pueblo, profeta del desastre y promotor de la desconfianza. Muchos de estos insultos y atropellos provienen de funcionarios de un ministerio que fue creado para fomentar a la industria y al comercio. Sólo falta que se me obligue a coser una gran letra «C», amarilla, en la pechera de mi chaqueta. Como no trabajo con los bancos del Estado, estoy obligado a pagar los préstamos que recibo. Por ser comerciante y no uno de los ciudadanos buenos como si lo son los cooperativistas y los «medianos» industriales, y los exportadores no tradicionales no gozo de tasas de interés preferenciales, ni de incentivos impositivos, ni de subsidios, ni de rebajas arancelarias. Como mi negocio se encuentra en una muy transitada avenida, me caen con creciente frecuencia los inspectores fiscales de Hacienda, de Rentas Internas, del Seguro Social y, últimamente, hasta de la Contraloría. El concejal que elegí en mi pasada euforia democrática, me cuadruplicó la patente el año pasado. Los congresistas que representan mi jurisdicción son unos robots que levantan la mano, aprueban, rechazan, se excitan, gritan, duermen o rompen el quórum según las instrucciones de su partido, que reciben por los telefonitos sin sentirse con la más leve obligación hacia mí.
Mi crédito en el exterior sufre porque no recibo las facturas que me envían por correo y si se me ocurre pagar por la misma vía estoy tentando al destino, y nada que decir de las cartas que sintomáticamente dicen «recibida mal sellada». Cuando importo algo, se «extravía» automáticamente entre el 10 por ciento y el 15 por ciento de la mercancía en las aduanas y en los puertos del estado, lo cual se traduce en las primas de seguro más costosas del mundo. De la noche a la mañana se me impone un aumento en la tarifa postal de 233 por ciento para el correo nacional y hasta de 500 por ciento para el internacional, sin derecho a pataleo y mucho menos a aspirar a un mejor servicio. Los libros y revistas que pido al exterior, me llegan con retraso de ocho meses a un año y últimamente llegan algunos números con las horas pegadas y las ilustraciones estropeadas porque fueron dejados a la intemperie. El desastroso correo nos expone a las bandas de salvajes motorizados que hacen lo que les da la gana y, apenas caen unas gotas de agua, se estacionan a escampar bajo los puentes de las autopistas, creando el caos total en el tránsito citadino.
Cotizo al Seguro Social desde hace 19 años sin haber nunca recibido beneficio alguno por parte de tan augusta institución. Los aromas que produce el agua que sale de los chorros municipales me quitan el apetito. Me ducho con los ojos cerrados para no sentirme menos limpio después de un baño con agua amarillenta y a veces maloliente. Manejo después de las 6:00 p.m. por las calles oscuras y asustado. no sólo por el azote de los cacos (provenientes mayoritariamente de las naciones hermanas, a las cuales ayudamos abriendo nuestras fronteras en pacto de amor fraterno) sino que temo pisar a algún infeliz que, desesperado por las Interminables colas de los micros y autobuses se lanza a la calle o simplemente hace la cola en medio de las avenidas.
Tuve la mala suerte que de chiquito me enseñaron a hablar castellano, a decir «por favor» y «gracias», a mirar los ojos de las personas con quienes hablo y hasta suelo esperar que me contesten algo cuando formulo una pregunta. Tan malas costumbres producen el más absoluto desprecio de parte de cualquier funcionario público menor de 50 años, desde el portero hasta el esponjado licenciado de traje brillante y plaquita de «subdirector general encargado». Si acaso sucede la aparición del jefe, quien normalmente está en conferencia con el ministro, o fue llamado de urgencia al palacio, entonces se presencia una verdadera transformación milagrosa: el despotismo se convierte en servilismo. Y uno se siente extranjero en su propio país. Un país que estamos perdiendo tras la avalancha de los vándalos.
Soy más pobre que el año pasado, pero todavía no he llegado a la categoría de los favoritos del Presidente, el mismo por quien voté en un momento de irracional ofuscación y quien se encuentra tan preocupado por el bienestar del Tercer Mundo, que no encuentra tiempo para arreglar lo de acá. Debido a sus constantes viajes, se dice que le van a pagar el sueldo en «travelers checks», pero el humor criollo no impide, la muy triste conclusión, de que he sido convertido en ciudadano de segunda.
GOBIERNO JUSTO Y ESTABLE
Si cada hombre tiene el derecho de defender, aún por la fuerza,su persona, su libertad y su propiedad, varios hombres tienen el Derecho de concertarse, de entenderse, de organizar una fuerza común para encargarse regularmente de aquella defensa .
El derecho colectivo, tiene pues, su principio, su razón de ser, su legitimidad, en el derecho individual; y la fuerza común, racionalmente, no puede tener otra finalidad, otra misión, que la que corresponde a las fuerzas aisladas a las cuales substituye. Si existiera un pueblo constituido sobre esa base, me parece que ahí prevalecería el orden, tanto en los hechos como en las ideas. Me parece que tal pueblo tendría el gobierno más simple, más económico, menos pesado, el que menos se haría sentir, con menos responsabilidades, el más justo, y por consiguiente el más perdurable que pueda imaginarse, cualquiera que fuera, por otra parte, su forma política.La Ley, FREDERIC BASTIAT, 1801-1850
«Es cierto que los burócratas ya no son servidores públicos de la ciudadanía sino sus dueños y tiranos, irresponsables y arbitrarios. Pero ello no es culpa de la burocracia. Es el resultado del nuevo sistema de gobierno que restringe la libertad de las personas para manejar sus propios asuntos y que asigna cadavez más funciones al gobierno. El culpable no es el burócrata sino el sistema político».
1881-1973) 1945, Ludwing von Mises, «BUROCRACIA»