Año: 33, 1991 No. 719

N. D. Los temas del medio ambiente y la ecología han cobrado popularidad. La calidad de vida que nos brindan los recursos naturales son un problema común, es decir, que nos concierne a todos. Pero ello no significa que el enfoque de sus soluciones sea «colectivos, como se plantea generalmente».

La Dra. Jo Ann Kwong es Bióloga graduada de Brown University, con una Maestría en Planificación Urbana y un Ph. D. en Economía de los Recursos Naturales, de la Universidad, de Michigan. Esta nota es un fragmento de su conferencia impartida en la XV Sesión Internacional de la Fundación Atlas, celebrada a fines de 1990, en Guadalajara.

AMBIENTALISMO DE LIBRE MERCADO

Por Dra. Jo Ann Kwong

El Ambientalismo ha tomado un renovado fervor que constituye, tal vez, la amenaza más grande a , la libertad individual en el siglo veinte. Mientras observamos la caída del comunismo alrededor del mundo, la economía dirigida y de controles está viva y le está yendo muy bien bajo el disfraz de la protección al medio ambiente. Las acciones de los intereses ambientales tienen un efecto muy grande, no sólo en el público americano, sino que también en el resto del mundo, debido al crecimiento de los problemas «globales».

El ambientalismo, tal y como se práctica en los Estados Unidos, es principalmente un movimiento elitista. Debido a que virtualmente todos están a favor del aire, del agua y de la tierra limpia, la mayoría de las personas están dispuestas a sacrificar racionalmente algo de su bienestar material para lograr beneficios ambientales. El interés especial del ambientalismo, sin embargo, ha seguido un programa en donde la consecución de un medio ambiente límpido A CUALQUIER COSTO es prioridad número uno. Ya no es suficiente, por ejemplo, limpiar los basureros al punto de minimizar los peligros a la salud. Bajo los nuevos reglamentos federales los sitios peligrosos deben ser limpiados técnicamente al punto de que el agua en esos lugares sea más limpia que el agua potable clorificada

Lo que asusta de este panorama es que las demandas ambientales están siendo respaldadas cada vez más por una gran influencia política. Las demandas ambientales se han traducido efectivamente en regulaciones federales, estatales y locales muchas de las cuales son francamente absurdas. Por ejemplo: Los Angeles está en proceso de prohibir las cortadoras de césped con motor de gasolina, y las tradicionales barbacoas en el patio trasero; Denver se encuentra en vías de prohibir la quema de leña para estufas; Vermont ha prohibido la venta de aire acondicionado en los carros nuevos; Maine está tratando de prohibir los Tetra-paks los recipientes de jugo que son tan populares porque no necesitan refrigeración y Minnesota ha prohibido los recipientes de espuma plástica comprimida usados por restaurantes como McDonalds.

Pero esto sólo es la punta visible del témpano de hielo. El precedente para este tipo de regulaciones es toda una madeja de legislación federar que regula virtualmente todos y cada uno de los recursos ambientales y naturales que se puede uno imaginar. Tenemos una Ley Federal de Control de la Contaminación del Agua, la ley del aire limpio, la ley del agua limpia, la ley de los desperdicios peligrosos, la ley de la planificación de los bosques, la ley de las especies en peligro, etc., etc., etc. Tan sólo el mes de octubre de 1990 el Congreso pasó las enmiendas a la Ley del Aire Limpio que pretenden reducir drásticamente elementos que se creen son responsables por la lluvia ácida, el «smog» urbano y el consumo de ozono a un costo para el público de 35 a 50 mil millones de dólares.

Los ambiciosos objetivos de los grupos de presión del medio ambiente han sido logrados a través de efectivas campañas públicas, aprovechándose del miedo y las emociones. Los problemas ambientales se presentan de forma apocalíptica. Cada día nos informan sobre nuevas amenazas a nuestra salud o bienestar, o que los viejos peligros son peores de lo que creíamos.

Con el factor miedo y el emocionalismo con que se asocia, ha habido una tendencia creciente y dominante a que la gente piense que «el gobierno debiera hacer algo». La actitud prevaleciente acerca del ambientalismo es que el gobierno debe administrar, ser propietario o proteger nuestros recursos de los egoístas y avaros explotadores. Y así que, a pesar de la imagen de nuestra nación como un estado democrático y capitalista, el medio ambiente es un área en donde no hay democracia. Como mencioné anteriormente, poseemos una historia extensa de regulaciones, mandatos y controles que afectan nuestros recursos naturales. El gobierno federal es el terrateniente más grande en los Estados Unidos, propietario de aproximadamente 30% del total de las tierras.

Esta confianza en las instituciones del Estado existe, a pesar de que el gobierno ha demostrado tener tremendos problemas en llevar a cabo su papel de custodio. Por ejemplo: En 1988 el Parque Nacional de Yellowstone fue objeto de la atención mundial debido a sus tremendos incendios forestales. Los fuegos no pudieron controlarse en gran parte debido a disputas políticas internas en el Servicio de Parques Nacionales sobre lo que era apropiado con respecto a la «administración natural». El resultado final para el medio ambiente fueron millones de hectáreas de tierras salvajes destruidas innecesariamente o severamente dañadas. De manera similar, el Departamento de Administración de Tierras Internas ha sido severamente criticado por sus políticas de pastura y minería por medio de las cuales otorga derechos a particulares por una fracción de su valor de mercado. El Servicio Forestal ha sido atacado por sus ventas de madera abajo del costo en las cuales los contribuyentes han subsidiado la tala de los bosques nacionales. El Servicio de Pesca y Vida Salvaje ha manejado mal la conservación de especies en peligro al permitir el contagio de enfermedades entre los últimos especímenes.

A pesar de eso, no existe un alto a las regulaciones ambientales. El hombre promedio aún cree que la única forma de proteger nuestros recursos es confiarlos al gobierno. Es irónico que esto continúe pasando en tiempos en que los sucesos mundiales han dado un vuelco radical: con la caída del comunismo a nivel mundial, podemos observar cada vez más los impactos devastadores de las economías dirigidas y de controles. Los países del bloque oriental y la Unión Soviética tienen unas de las peores condiciones ambientales en el mundo. Polonia, Hungría y lo que era antes Alemania Oriental y Checoslovaquia se consideran áreas de desastres ambientales; son los más contaminados de todos los países industrializados. De acuerdo a grupos ecológicos occidentales, sus ríos, tierras y bosques están tan contaminados que muchos están biológicamente muertos, sin posibilidades de recuperación sin ayuda. Las condiciones son tan malas que los checos solían bromear acerca de que el antiguo gobierno comunista era el único que practicaba la guerra química a su propia gente. En varias áreas se han repartido máscaras de gases de uso militar, incluyendo a Ucrania, para proteger a los residentes de las emanaciones tóxicas. Uno de los periódicos de Washington, D.C., reportó hace poco que el espectáculo de lagos, ríos y ciudades crónicamente contaminados es lo que ha inspirado a millones de rusos y a muchas comunidades siberianas a demandar el derecho de manejar sus propios asuntos. El recién elegido primer ministro adjunto de Rusia, cuya carrera política se inició con la campaña de salvar el Lago Baikal, uno de los lagos más grandes del mundo, ha dicho «El uso eficiente de losrecursos es posible sólo cuando aparece un dueño real de los recursos. En tanto las decisiones que afectaban el futuro de Siberia eran tomadas por algún burócrata en Moscú, el mal manejo era inevitable».

Es difícil creerlo pero los políticos occidentales necesitan aprender esta importante lección del político ruso Que nuestros recursos naturales necesitan «dueños» para poder prosperar.

Un gran número de nuestros problemas ambientales surgen del hecho de que muchos de nuestros recursos son propiedad común es decir, muchos recursos de aire, agua y tierras son propiedades en conjunto de «todas las gentes del estado». Cuando existe la tenencia en común, surge la condición de que ninguna persona se toma la responsabilidad de cuidar el recurso. Todos asumen que otra persona lo hará, o simplemente no les importa lo que pase.

Nada de esto ocurre debido a malas intenciones. Es simplemente parte de la naturaleza humana. Vemos ejemplos de esto bajo miles de aspectos de la vida diaria.

Los dueños de casa cuidan mejor su propiedad que los que alquilan, no necesariamente porque les importe más, sino porque en ellos recae la responsabilidad de un mal mantenimiento. Si el techo necesita reparación, los dueños lo componen para proteger sus pertenencias. Pero en una casa arrendada, el inquilino no posee incentivos para efectuar este desembolso financiero. Si al dueño no le interesa proteger su propiedad, tiene más sentido para el inquilino cambiarse a otra casa que efectuar una reparación costosa que le traerá pocos beneficios a largo plazo Analogías similares se aplican a carros arrendados y carros privados. Las personas cuidan bien de sus propias piscinas pero no de las piscinas públicas o los lagos; las personas pasean a sus perros en parques públicos, pero no en sus jardines. La gente tira latas de aguas gaseosas y palomitas de maíz en los pisos de las salas de cine, pero usualmente no en sus propias salas. La diferencia entre esas situaciones es la propiedad. Cuando las personas son dueñas de propiedades, tienen incentivos para cuidarlas. Esto no quiere decir que necesariamente lo harán pues siempre podemos encontrar un dueño de casa que deja que su propiedad se estropee. Sin embargo, tiene el incentivo de cuidarla. El dueño de la propiedad abandonada acarreará con los costos de su mal mantenimiento cuando venga el tiempo de vender la casa.

Al formular una política nacional en la cual todos son co-propietarios de los recursos, le estamos dando a la gente poco incentivo para que cuiden apropiadamente tan valiosos recursos. Necesitamos, como dijo el primer ministro ruso, «dueños» detrás de los recursos. Daré unos ejemplos de cómo funciona esto.

ELEFANTES AFRICANOS. En los últimos 10 años, la población de los elefantes africanos ha disminuido de 1.5 millones a menos de 500,000. Kenya ha perdido 3/4 partes de su población paquiderma desde 1981. Pero al considerar los números globales estamos omitiendo importantes hechos. El número de elefantes está decreciendo en el centro y el Oriente de Africa, pero no en los países del Sur como Botswana, Zimbabwe, Sud Africa y Namibia, en donde los elefantes están incrementándose.

En Zimbabwe, por ejemplo, la manada de más o menos 50,000 ha crecido 5% anualmente. Ahí el gobierno otorgó a las comunidades de campesinos el derecho de cazar y pueden vender esto derecho. Como resultado, la población tiene interés en la salud de la población de elefantes. También tienen incentivos para administrar los elefantes para la cacería, lo que es tremendamente más lucrativo que la caza ilegal del comercio de marfil. La cacería promedio proporciona $25,000, en la cual el elefante es el trofeo principal. El valor del marfil es de sólo $4,000. Debido al valor turístico de la caza,los dueños privados protegen sus manadas de los cazadores ilegales y de enfermedades, de la misma forma en que los granjeros protegen su ganado doméstico.

En contraste, Kenya ha escogido combatir la caza con leyes de protección de los elefantes, prohibiendo la cacería. En lugar de otorgar derechos de propiedad, el enfoque de propiedad colectiva continúa. Como resultado, la cacería ilegal ha proliferado con la ayuda de sobornos a los guardias de los parques y a funcionarios del gobierno. Sin incentivos ni derechos sobre los elefantes, los campesinos no tienen interés en protegerlos. Al contrario, el incentivo para cazarlos ilegalmente se acentúa pues es la única forma en que los nativos pueden beneficiarse de la fauna salvaje. Añadiéndose a la ineficiencia de este enfoque, el año pasado el gobierno quemó ceremoniosamente $3,000 millones de dólares en colmillos como ejemplo para instar a otros gobiernos a sumarse a la prohibición internacional del comercio del marfil.

Desafortunadamente, tales prohibiciones han demostrado ser ineficaces una y otra vez . Se puede establecer una comparación con el rinoceronte negro, cuyo cuerno es muy valioso. A pesar de la prohibición de su comercio, su población ha continuado en descenso estrepitosamente, excepto en Zimbabwe en donde algunos existen en ranchos privados.

Este razonamiento no sólo se aplica a bienes de consumo concretos o a la vida salvaje. También funciona para conservar recursos ambientales valiosos como playas, riberas, bosques y parques. En la medida en que el gasto público expande el límite mediante el cual se proporcionan estos bienes de forma pública, más y más oportunidades surgen para proveer estos bienes de forma privada. Las personas están dispuestas cada vez más a pagar por las playas privadas para escapar las condiciones congestionadas y deterioradas de las públicas. Los propietarios de playas privadas pueden limitar el número de personas y ofrecer una diversidad de servicios que satisfacen las diferentes necesidades de sus clientes.

De modo que la esencia del enfoque de libre mercado al ambientalismo son los derechos de propiedad. Al estructurar leyes y regulaciones que proporcionan derechos de propiedad sobre los recursos, podemos alentar la custodia del medio ambiente.

Una gran parte de la belleza de este enfoque es que anima a las personas a proteger voluntariamente el ambiente, no porque se les vaya a multar o a coaccionar sino por interés personal, Y todos nos beneficiamos de las inversiones en la conservación o protección del medio ambiente que hacen los particulares.

Tradujo: Economista Margaret de Penedo

MERCADO Y MEDIO AMBIENTE

«Se puede lograr una reconciliación entre la economía y el medio ambiente usando las instituciones de la primera parte para alcanzar las metas del segundo. Puede expresarse esto de otra forma, como una solución cooperativa al problema de la contaminación ambiental. Es decir, podemos solucionar los problemas de la contaminación confiando en los mismos comportamientos y motivaciones que dan lugar al crecimiento y desarrollo económicos»

Walter Block (1990).