Año: 34, Mayo 1992 No. 749
N. D. Fragmento tomado de «Ciencia Política», 4to. trimestre, 1991, del Instituto de Ciencia Política de Bogotá. El ensayo original apareció con el titulo de «América Latina y La Opinión Liberal».
El autor Mario Vargas Llosa es un conocido novelista peruano que cuenta con un pasado ampliamente involucrado en la izquierda revolucionaria. Hay es el intelectual latinoamericano que más lejos ha ido en su pública ruptura con el consenso aún tan prevalente en los círculos de la cultura de izquierda.
LIBERALISMO REVOLUCIONARIO
Por Mario Vargas Llosa
La palabra de moda en América Latina es, hoy día, liberal. Se la oye por todas partes, aplicada a los políticos y a las políticas más disímiles. Pasa con ella lo que, en los sesenta y setenta, con las palabras socialista y social, a las que todos los políticos y los intelectuales se arrimaban a como diera lugar, pues, lejos de ellas, se sentían condenados a la orfandad popular y a la condición de dinosaurios ideológicos. El resultado de aquello fue que aquellas palabras se cargaron de imprecisión conceptual.
Hoy se llama liberal a la política de Collor de Mello, que puso a la economía brasileña más trabas que púas tiene un puercoespín, y a la de Salinas de Gortari, que ha destrabado la de México, sí, pero preside un régimen seudodemocrático en el que el partido gobernante ha perfeccionado a tal extremo sus técnicas para perpetuarse en el poder que, por lo visto, ya ni siquiera necesita amañar las elecciones para ganarlas. Si creemos a los medios de comunicación, son liberales los gobiernos de Menem en la Argentina y de Paz Zamora en Bolivia, el de Carlos Andrés Pérez en Venezuela y el de Fujmori en Perú, el de Cristiani en El Salvador y el de Violeta Chamorro en Nicaragua, y así sucesivamente. Todos somos liberales, pues. Lo que equivale a decir: nadie es liberal.
Para algunos liberal y liberalismo tienen una exclusiva connotación económica y se asocian a la idea del mercado y la competencia. Para otros, es una manera educada de decir conservador, e, incluso, troglodita. Muchos no tienen la menor sospecha de lo que se trata, pero comprenden, eso, si, que son palabras de fogosa actualidad política.
Por lo demás, no sólo en América Latina tiene la palabra liberal sentidos múltiples. La confusión que ella provoca es, también, monumental en inglés. En Estados Unidos si se dice de alguien que es un liberal se piensa en un sociaIista que cree en políticas redistribuidoras, en una cierta «planificación» de la economía por parte del Estado para corregir las excesivas desigualdades y que, como los marxistas, desprecia la «democracia formal».
Pero, al mismo tiempo, se llaman liberales, en la acepción clásicadel término, pensadores como el filósofo Robert Nozick, el economista MiltonFriedman y el propio Friedrich Hayek.
En América Latina es necesario aclarar siempre si queremos salir al fin del embrollo político lingüístico en el que hemos vivido sumergidos gran parte de nuestra vida independiente. Y conviene que lo intentemos porque es cierto aunque ello suene a una de esas frases hechas de que está trufada la vida política que América Latina vive un momento crucial, en el que se abre ante ella, una vez más, la posibilidad de enmendar el rumbo torcido que ha sido el suyo, y convertirse en un continente de países que prosperan porque han hecha suya la cultura de la libertad. Esto es ahora menos imposible que hace unos años, porque la democracia política el rechazo a las dictaduras militares y al utopismo revolucionario ha echado raíces en amplios sectores.
Pero la democracia política no garantiza la prosperidad y el desarrollo. Por el contrario, en algunos casos, si, como ocurre aún en la mayoría de los países latinoamericanos, coexiste con regímenes de economía semiestatizada, intervenida por toda clase de controles, donde proliferan el rentismo, las prácticas monopóIicas y el nacionalismo económico esa versión mercantilista del capitaIismo que es la única que han conocido nuestros pueblos ella puede significar más pobreza,discriminación yatraso de los que generalmente trajeron las dictaduras. En mi opinión, y en la de, creo, un número creciente de latinoamericanos, para que, además de la libertad política que ya tenemos, nuestras flamantes democracias nos traigan también justicia y progreso, oportunidades para todos y gran movilidad social, necesitamos una reforma que reconstruya desde sus cimientos nuestras instituciones, nuestras ideas y nuestras costumbres políticas. Una reforma no socialista, ni social demócrata, ni social cristiana, sino liberal. Y la primera condición para que ello sea realidad es tener muy claro qué diferencia o aproxima a ésta de aquellas opciones y a qué actitudes, ideas y políticas específicas nos referimos cuando decimos liberalismo o liberal.
Para una versión estereotipada pero muy extendida liberalismo quiere decir capitalismo y mercado y nada más. En verdad, antes que eso, quiere decir libertad económica y política, propiedad privada e imperio de la ley. De esto último casi nadie se acuerda y, sin embargo, John Stuart Mill, Adam Smith, Popper, Hayek y Raymond Aron, entre tantas ideas y posiciones que los separan, probablemente en la única en que coinciden totalmente sea ésta: que el requisito primero e inapelable, para que funcione, el mercado es decir, la democracia es la existencia de un poder judicial eficiente, independiente de todo otro poder y sobre todo probo, al que pueda recurrir el más humilde de los ciudadanos con la seguridad de que, se le hará justicia si sus derechos han sido violados. La grandeza de Gran Bretaña en el siglo XIX se debió no tanto a sus capitanes de industria y a sus exploradores y soldados, como a esos jueces oscuros, tocados de pelucas ridículas, que con su proceder fueron enseñando al pueblo entero que la ley regía lo mismo para pobres y ricos, y que un modesto tribunal podía sancionar al poderoso ni más ni menos que al modesto, y que podía también reparar las grandes y las pequeñas injusticias .
Para que la libertad económica no signifiquesegún la metáfora de lsaiah Berlín que los lobos tienen derecho a comerse a los corderos, debe de haber leyes justas y, más importante todavía, jueces justos; jueces capaces de resistir las presiones del poder político y las tentaciones del poder económico y las amenazas del poder militar o policial y las del revolucionario y terrorista; jueces conscientes de que sobre ellos pesa la inmensa responsabilidad de garantizar a diario, en cada caso contencioso que cae en sus manos, esa «igualdad» de la que hablan las leyes y que, sin una justicia eficaz, es letra muerta.
Tal vez en ningún otro orden, como en este del juez y de los tribunales, está América Latina aún tan lejos de ser una sociedad democrática y liberal . Porque en nuestros países el Poder Judicial es casi siempre una caricatura. Instrumento de quienes gobiernan, que cambian, manipulan y teledirigen las sentencias a su capricho, a menudo los tribunales subastan sus fallos entronizando de este modo una forma de discriminación social tanto o más grave que las que las diferencias de fortuna establecen en la cultura, el trabajo, la educación.
Reformas tan profundas como las que América Latina necesita en la economía, en la educación, en la justicia, simplemente no serán posibles, ni durables, si no las acompaña, o precede, una reforma de las costumbres, de las ideas, de ese complejo sistema de hábitos, conocimientos, imágenes y formas que llamamos «la cultura». La cultura enla que vivimos y actuamos, hoy, no es liberal y nisiquiera del todo democrática.
Tenemos gobiernos democráticos pero nuestras instituciones y nuestros reflejos y mentalidades aún están lejos de serlo. Siguen siendo populistas u oligárquicas, o absolutistas o colectivistas o dogmáticas, mechadas de prejuicios sociales y raciales, y muy poco tolerantes para con el adversario político, amante de las verdades absolutas, es decir, de una de las peores formas de monopolio, que es el de la verdad. Liberal y liberalismo es lo contrario de todo eso. Es tolerancia, creer en la relatividad de las verdades, estar dispuesto a rectificar el error y a someter siempre las ideas y las convicciones a la prueba de la realidad. Por eso el liberalismo es una filosofía, una doctrina, no una ideología. Porque ideología es una forma dogmática e inmutable de pensamiento algo que tiene más de religión que de ciencia y la filosofía liberal, además de pluralista, es también cambiante, un sistema flexible que va modernizándose y perfeccionándose al compás de los avances del conocimiento y la experiencia vivida en la libertad.
Aunque aún está lejos de ella, América Latina es en este momento una tierra propicia para la opción liberal. Esta opción no es moderada es radical. Pues si no se va a la raíz de los problemas, a solucionarlos allí donde ellos nacen, la solución será efímera, como lo han sido todas las que hasta ahora han pretendido sacar a América Latina del subdesarrollo. Como la propuesta Iiberal está contra el colectivismo y el estatismo, que han sido siempre las recetas de la izquierda a los males sociales, se la tilda de derechista. Eso tampoco tiene importancia porque las categorías «derecha» e «izquierda» se han vaciado casi totalmente del contenido que alguna vez tuvieron, sobre todo después del desplome del comunismo en la Unión Soviética y en los países que antes dominó.
Pero una cosa sí es segura: la opción liberal no es conservadora. Más bien, la de la transformación profunda de las sociedades latinoamericanas tal como existen. Lo ha dicho, con su habitual lucidez, Jean-Francois Revel: «Como el liberalismo, sea económico, político y cultural, no puede desarrollarse en Europa y América Latina sin trastornos, ya que estos continentes fueron modelados, a lo largo de los decenios y tal vez los siglos, por el estatismo, el dirigismo, el socialismo, el corporatismo, tanto en la práctica como en la ideología, los liberales no son pues allí, en modo alguno, conservadores, en el sentido literal, sino reformadores: renovadores de los hábitos establecidos y las ideas recibidas. Más bien, deberían ser llamados revolucionarios».
«Sí, la alternativa liberal supone una revolución para este continente nuestro de las esperanzas siempre posterqadas. Una revolución que purifique este vocablo de esas connotaciones de sangre, muerte, demagogia y dogmatismo que tiene entre nosotros y los impregne de ideas, creación, racionalidad, libertad económica, pluralismo político legalidad».Mario Vargas Llosa CIENCIA POLITICA No. 25, Bogotá