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Año: 38, Enero 1996 No. 813
N.D. Antes de ser electo miembro de la Cámara de Diputados en Italia en 1994, Antonio Martino era profesor de Economía y Decano de la Facultad de Ciencias Políticas de la Free University (LUISS) of Rome,. Desde 1976 trabajaba como profesor de tiempo completo enseñando en varias universidades Italianas. Tiene una licenciatura en Leyes (Mesaina 1964) y fue alumno de Economía en la Universidad de Chicago de 1966 a 1968. Fue ministro de Relaciones Exteriores en Italia del 11 de mayo de 1994 al 18 de enero de 1995. Es presidente del Grupo Italiano, Unión Interparlamentaria, desde febrero de 1995. Colabore, con cierta regularidad, en periódicos, revistas y programas de radio y televisión, nacionales e internacionales. Ha escrito y publicado 10 libros y más de 150 artículos. Pertenece a la sociedad Mont Pelerin (miembro desde 1976 y Director desde 1982, fue vicepresidente de 1986 a 1988 y Presidente de 1988 a 1990). Es miembro de la .Philadelphia Society desde 1981, de la Societa Italiana degli Economisti desde 1976 y del Club dell economía desde 1987. Este mes recibirá un Doctorado Honorífico en Ciencias Políticas por parte de la Universidad Francisco Marroquín en Guatemala. Este articulo es un resumen de una, charla que dió el 28 de abril de 1995 en la Philadelphia Society.
IDEAS Y EL FUTURO DE LA LIBERTAD
Por Antonio Martino
Estoy convencido de que el argumento en favor de la libertad es mejor entendido hoy que, digamos, en los pasados cincuenta años. Para demostrar esto, sólo es necesario ver el clima intelectual de los años cuarenta. En 1947, en la primera reunión de la Sociedad Mont Pelerin, Hayek afirmó que su meta era la de reunir a «un grupo de personas que están de acuerdo en lo fundamental y entre quienes algunas concepciones básicas no son cuestionadas a cada paso». Su evaluación del número de tales personas, sin embargo, era pesimista: «el número de aquellos que en un país dado están de acuerdo en lo que a mi juicio son los principios básicos liberales es reducido», especialmente si se compara a la gran tarea» enfrentada.
Sobre la pregunta acerca del futuro de la libertad, las opiniones siempre han sido exactamente distintas. El mismo Schumpeter fue, como todos sabemos, muy pesimista. Cuando se fundó la Sociedad, escribió: «¿Puede sobrevivir el capitalismo? No. Yo no creo que pueda. El funcionamiento actual y esperado del sistema capitalista es tal que su mismo éxito mina las instituciones sociales que lo protegen e ‘inevitablemente crea condiciones en las cuales no podrá vivir y que fuertemente señalan al socialismo como su heredero aparente».
El pesimismo continuó floreciendo hasta fechas recientes. Por ejemplo, recuerdo que la reunión de la Sociedad Mont Pelerin en Hillsdale, en 1975, un miembro prominente de la Sociedad estaba convencido de que Inglaterra se convertiría en una dictadura en los próximos cinco años.
En retórica política ya tenemos muchas razones por las cuales estar moderadamente optimistas en nuestra evaluación de las tendencias actuales. La retórica política ha ido cambiando rápidamente en muchos países, incluyendo, por ejemplo, la República Popular de Italia. Hace treinta y dos años, cuando se realizaban las ‘elecciones generales de 1963, había consenso en favor del estatismo entre ‘la mayoría abrumadora de políticos de casi todos los partidos Políticos. Quienes nos atrevíamos a retar la sabiduría prevaleciente basada en el gasto deficitario, la planificación económica nacional, la nacionalización, y la intervención gubernamental directa éramos tildados de reaccionarios y sencillamente ignorados por los nuevos mandarines. Hoy las cosas han cambiado drásticamente. Déjenme decirles algunas palabras sobre mi país.
En 1993, frente a un sistema político colapsado, un desorden financiero alarmante, un sistema tributario confiscatorio, y un verdadero peligro de recesión, los italianos pensaron que todos los problemas del país se podían curar cambiando el sistema electoral. En un referéndum realizado en abril de 1993, alrededor de 83% de los votantes indicaron que querían pasar de un sistema de representación proporcional (RP) hacia un sistema mayoritario. Precipitadamente, se aprobó la nueva ley electoral que reemplazaba RP con un sistema mixto –75% de los senadores y diputados serían elegidos sobre la base de «primero en pasar el poste», los restantes 25% sobre una versión extraña de representación proporcional.
Las elecciones se efectuaron el 27 y 28 de marzo de 1994, con dos candidatos. Por un lado, estaba la izquierda, dirigida por el Partido Democrático de la izquierda, heredero del antiguo Partido Comunista de Italia, seguido por un gran y mezclado surtido de grupos, el cual incluía a partidos tan diversos como el de los comunistas no reconstruidos, los verdes, lo que quedaba del Partido Socialista Italiano, católicos de Izquierda, y más. Del otro lado, una alianza dirigida por Silvio Berlusconi, un exitoso empresario y magnate de la televisión. El había convencido a algunos académicos, incluyéndome a mí, de que había que crear un nuevo movimiento político con el fin de crear una alternativa a la izquierda. Un movimiento espontáneo se comenzó a formar, y, en cuestión de semanas, el movimiento «forza Italia», empezó a cobrar fuerza. «Forza Italia» exitosamente formó una coalición con la Alianza Nacional conservadora en el sur y la «Liga Norteña» en el Norte, de tal forma de que juntos podía proveer una alternativa a la Izquierda. Esa alianza ganó las elecciones basado en, probablemente el programa de libre empresa más radical que jamás se haya presentado en Europa.
El programa de Forza Italia incluía, entre otras cosas, un techo a la tributación y la aplicación de una enmienda para un presupuesto balanceado, la reforma del impuesto sobre la renta con la adopción de un sistema de tasa única, el federalismo fiscal sobre los lineamientos de «revertir la repartición de la recaudación» (toda la autoridad fiscal residiría en los gobiernos locales, los cuales darían obligatoriamente al gobierno central una proporción de su recaudación tributaria), la privatización, los bonos escolares, el desmantelamiento del sistema de salud nacional y su sustitución con un sistema de seguro privado, con bonos de salud verificados para los pobres, y más. ¿Suena familiar, no?
En otros documentos he analizado el destino del gobierno de Berlusconi y no repetiré la triste historia aquí. El punto que deseo enfatizar es que el debate político que precedió a las elecciones del 27 y 28 de marzo se centró enteramente en nuestras propuestas. Las ideas liberales fueron dueñas del momento. Y hoy algunas de esas mismas ideas, en una forma algo diluída, están siendo imitadas por el líder del Partido Democrático de la Izquierda, Massimo DAlema. ¡El plagio es el halago más grande! Pero, regresemos al tema más general.
Comentarios en apoyo a la libertad económica están siendo hechos por líderes políticos de diferentes partidos en casi todas partes, y en cambio comparable puede observarse en el mundo académico y en la opinión popular. ¿No es tentador concluir que hemos estado ganando? Para responder a esa pregunta, primero debemos estar conscientes del peligro del historicismo y escépticos de lo que Karl Popper sarcásticamente llamaba la creencia en «las Inexorables Leyes del Destino Histórico». Nuestra pregunta, sin embargo, no necesariamente entraña una actitud fatalista hacia la historia. Es una pregunta muy importante, y, si podemos especificar su significado exactamente, merece preguntarse.
El primer problema es especificar el intervalo de tiempo bajo observación: ¿Sobre qué lapso de tiempo hacemos nuestra comparación? «El clima intelectual es ahora más favorable a la causa de la libertad de lo que fue hace 25 años, pero ¿ésto quiere decir que es más favorable de lo que fue, digamos, hace 10, 50 6 100 años? Lo que quiero decir es que existe el peligro de confundir un lapso temporal en un proceso histórico con un cambio radical de dirección.
Déjenme enfatizar que el punto que me preocupa es el clima intelectual no la política real. Estamos dolorosamente conscientes de que cambios drásticos en la retórica no necesariamente se traducen en cambios en políticas. Es importante, por lo tanto, separar ambos conceptos y preguntarnos bajo qué condiciones un cambio en el clima intelectual resulta en un cambio en políticas.
Desde la perspectiva de la confrontaci6n ideológica, estoy convencido de que vivimos en una de las épocas más felices de la historia contemporánea de la humanidad. Me parece que en ninguna otra época se ha analizado más o entendido mejor la defensa de la libertad.
Creo que todos estamos de acuerdo en que la amenaza más grave a la libertad proviene del gobierno, las amenazas privadas son más fáciles de lidear. El crecimiento del gobierno y el resultante peligro a la libertad tienen dos fuentes principales. La primera es la presión de grupos de interés que tratan de asegurarse rentas políticas o resguardarse de la competencia. Esta amenaza es más formidable, porque, como lo señaló Adam Smith, la convergencia de intereses privados y políticos es favorecida por la estructura de incentivos políticos.
La segunda fuente de crecimiento del gobierno es el socialismo y su fe en la benevolencia del gobierno, lo que Frank Knight llamó «el contenido esencial del socialismo».
En un plano intelectual, ambas fuentes de crecimiento de gobierno han sido sujeto de extensos escrutinios críticos, y el juego de intereses subyacentes ha sido expuesto. Como resultado, es. mucho más difícil hoy día agrandar las funciones del gobierno en nombre del «bien común». Ahora contamos con evidencia empírica extensa de que la regulación suele terminar sirviendo los intereses de los productores regulados, dando así una buena ilustración de la opinión de Adam Smith sobre la «rapacidad maliciosa y el espíritu monopolista» de comerciantes e industriales.
Aún más importante, hemos visto un dramático desplazamiento de la opinión en contra del mito del gobierno benefactor en las últimas dos décadas. Este desplazamiento se debe en gran parte a la visión del gobierno como un grupo de políticos, y no como una entidad mítica y abstracta. El efecto desembriagante de la economía de la política sobre el clima intelectual ha templado, en alguna medida, la mística del gobierno como solucionador de problemas, llevando a Jim Buchanan a concluir: «Yo puedo ser muy pesimista cuando observo muchos aspectos de nuestra política económica actual y contemplo la economía política post-Reganiana. Pero soy optimista cuando comparo la discusión y el diálogo en los años ochenta con el que pudo haber ocurrido en los sesenta o aún en los setenta. Las ideas sí tienen consecuencias, la presunción fatal ha sido expuesta, y la noción romántica no retornará. Camelot no retornará».
La economía de la política y la economía de la regulación son sólo dos ejemplos de nuestras victorias intelectuales. El liberalismo ha enfrentado el desafío del marxismo, el fascismo, el «gobierno benefactor», y el Keynesianismo, y ha ganado: excepto por unos pocos fanáticos incurables y desesperados, ya nadie cree en la planificación centralizada, la nacionalización, los controles de precios y salarios, o en políticas de ingresos, en el gasto deficitario, el crecimiento inflacionario, el proteccionismo, la superioridad de la atención pública de salud, y todos aquellos surtidos atavíos de excusas para un gobierno más grande que eran tan populares hace tan sólo una generación.
Una pregunta interesante surge en este punto: ¿debe atribuirse el cambio al trabajo de prominentes pensadores liberales en general, a economistas en particular, o ha sido el producto de las circunstancias? Habiendo tenido la gran fortuna de realizar trabajos de postgrado en la Universidad de Chicago durante la segunda mitad de la década de los sesenta, yo tiendo a atribuir gran importancia al trabajo de académicos ‘liberales en general y economistas en particular. Sin embargo, en lo que a economistas concierne, George Stigler siempre ha estado convencido de que, como profesión, no son terriblemente relevantes.
En cuanto a nuestra pregunta, no cabe duda que la popularidad de las ideas de la libertad ha sido reforzada por el fracaso del estatismo y el deseo de encontrar una alternativa. Pero es igualmente cierto que sin la revolucionaria contribución de pensadores liberales, tanto el análisis del «fracaso del gobierno» como de la alternativa a sus problemas no hubiese existido.
Eso, sin embargo, es el aspecto intelectual del cuento. En cuanto a política real, las cosas son totalmente diferentes. Mientras la retórica ha cambiado dramáticamente, las políticas no han cambiado tanto. Nadie predica un sistema socialista, pero cuando se trata de políticas, la acción organizada de los grupos de presión inevitablemente conduce a más intervención gubernamental
En la actualidad, cada uno de nosotros parece favorecer la disciplina y competencia del mercado en general, es decir, para todos los demás, pero cuando toca sus propios intereses él no se abstiene de tratar de usar el proceso democrático político para extraer rentas políticas o monopólicas. Demandamos economía y eficiencia de los oferentes de los bienes y servicios que consumimos, pero queremos tener tan alta paga como es posible y no nos molesta estar protegidos de la competencia en lo que producimos.
Hasta cierto punto, todos somos culpables de este comportamiento esquizofrénico: ¡normalmente, yo soy muy abierto en mi oposición al crecimiento en el gasto público, pero no cuenten conmigo para oponerme a un gasto mayor en salarios de profesores universitarios! Lo mismo es cierto, por ejemplo, en el campo de. restricciones al comercio: las personas favorecen el libre comercio internacional enprincipio es decir, para todos los demás, y suelen argumentar que su industria es un caso especial, merecedora de algún tipo de protección.
Puede ser que gastemos más energía en promover nuestros intereses como beneficiarios de favores políticos que en promover una dependencia mayor en los procesos de mercado para la sociedad en general. Esto es sencillamente una variación del viejo tema: nos gustan los precios altos para los productos que vendemos, y precios bajos para los productos que compramos. Pero, nuestro interés como productores de algunos bienes y servicios es mayor que nuestro interés como consumidores de bienes y servicios producidos por otros, y, como resultado, nos esforzamos más por mantener alto el precio de nuestros productos que por mantener bajos otros precios. O, dedicamos más recursos a incrementar la intervención gubernamental en nuestro propio beneficio que a reducir la intervención gubernamental que favorece a otros. Esto explica porque, si comparamos el tamaño de la interferencia gubernamental en nuestras vidas hoy en nuestros días de retórica liberal con lo que fue hace 25 o aún 15 años, podemos concluir que en la mayoría de países estamos mucho peor ahora que entonces. Sin importar qué medida escoge uno, el gobierno ha crecido muy rápidamente en el último cuarto de siglo, y esto es cierto, aunque a distintos niveles, en casi lodos los países occidentales.
Es muy probable que seamos testigos oculares de una ilustración del ciclo de Friedman, la posición de que: «un cambio significativo en la política social y económica es precedido por un desplazamiento de la opinión intelectual... Al principio tendrá poco impacto sobre la política social y económica. Luego de un lapso de tiempo, algunas veces de décadas, una corriente intelectual «tomada en un punto de inundación» se extenderá primero gradualmente, luego más rápidamente, al público en general y a través de la presión popular sobre el gobierno, afectará el curso de la política económica, social y política. Cuando la corriente de hechos alcanza su punto de inundación, la corriente intelectual principia a menguar. . . ». En otra ocasión, no obstante, Milton Friedman ha explicado que: «toma mucho tiempo. Y enfatizo que un revés en el clima de la opinión es una cosa; el revés en la política es un asunto completamente distinto. El cambio verdadero en el clima intelectual no comenzó sino hasta los años cuarenta tardíos o principios de los años cincuenta. Así que Usted no puede esperar realmente a que [el cambio] esté completamente implementado sino hasta alrededor del año 2,000».
Tal vez. Yo tiendo a estar de acuerdo con el profesor Friedman y ciertamente espero que esté en lo correcto. ¿Pero cómo sabemos si éste es el caso? ¿Podría ser que el clima intelectual actual, como diría Schumpeter, «sea uno de esos retrocesos», los cuales, considerados por sí mismos, podrían sugerir la presencia de una tendencia opuesta? ¿Será que el actual clima intelectual favorable a la libertad sea una excepción temporal en el curso de la historia?
La respuesta obvia a estas preguntas, es, por supuesto, que no sabemos. No existen «leyes inexorables del destino histórico», ni tendencias deterministas en el clima intelectual ni en la política. No existe tal cosa como una victoria (o derrota, por ende), una situación que, una vez lograda, será siempre mantenida. La lucha por la libertad es un componente «natural» e inescapable de la vida. Podemos exitosamente sobreponernos a los desafíos de nuestro tiempo y apuntarnos una «victoria» temporal, pero nuevos problemas pronto surgirán, así como serán descubiertas nuevas formas de estorbar nuestras libertades personales y las viejas serán resucitadas.
El frustrante cambio en política, además, es en gran medida debido a las limitaciones de nuestros éxitos intelectuales. Por ejemplo, no hemos producido un plan o una guía realista y viable para desmantelar las estructuras de Estado existentes. Los casos en los cuales se ha obtenido un éxito en demoler los marcos socialistas son notorios en que no había (y aún no hay) una fórmula previa de aceptación generalizada para neutralizar los intereses atrincherados que se resisten al cambio desde el status quo.
Es especialmente apropiado que esta reunión se lleve a cabo en la ciudad en la que se escribió la Constitución de los Estados Unidos. Eso es porque nuestros éxitos presentes son especialmente vulnerables en cuanto generalmente se han dado cambios de política dentro de un conjunto de reglas dadas, inalteradas, en lugar de que se den en un cambio de reglas constitucionales. Los arreglos constitucionales no son eternos, pero, si son diseñados correctamente, seguramente poseen una mayor durabilidad que los cambios políticos en el contexto de reglas dadas. Nuevamente, esta es una de nuestras debilidades intelectuales. Por ejemplo, todos estamos de acuerdo en la conveniencia de reemplazar políticas discrecionales con una Constitución monetaria. Sin embargo, cuando se trata de una Constitución monetaria de un tipoespecífico, nuestras opiniones difieren ampliamente: algunos favorecen un régimen fijo monetario, otros quieren un patrón oro, o monedas de competencia, o una variedad de diferentes remedios, y lo mismo es cierto de una Constitución fiscal. La discrepancia vasta de opiniones en nuestro campo reduce la posibilidad del éxito significativo. Por eso no existe una razón a priori para estar complacientes, satisfechos con la situación actual. No estamos ganando necesariamente.
Me gustaría terminar, sin embargo, con una conclusión moderadamente optimista. Antes que nada, si es cierto que no estamos ganando en el sentido de que no tenemos soluciones Constitucionales de aceptación general (aceptables) para los principales problemas de nuestro tiempo, también es cierto que ellos están perdiendo: las recetas estatistas que antes fueron tan populares ahora están completamente desacreditados, de tal forma que nuestros opositores no saben qué sugerir.
Pero hay otra razón para estar optimistas. Como Churchill durante la Segunda Guerra Mundial, podemos basar nuestra confianza en el futuro sobre sus errores. El efecto acumulado de décadas de socialismo han producido una situación cercana a la bancarrota que hace casi imposible mayores expansiones de interferencia gubernamental. El estatismo está en bancarrota tanto intelectual corno financiera: tiene un pasado, si bien sin gloria, pero no tiene un futuro. Bajo estas circunstancias, es difícil imaginar cualquier crecimiento mayor en el tamaño del gobierno.
Tal vez, el cambio en la retórica no debe ser acreditado a nuestras victorias intelectuales, siendo sólo un reflejo de la simple aritmética de un gobierno quebrado. En cualquier caso, si la tendencia actual persiste, en lugar de que su éxito mate al capitalismo como sostenía Schumpeter, veremos al socialismo destruido por sus fracasos. Definitivamente, ¡estos son días gloriosos para nosotros los reaccionarios!
Traducido por Carroll Ríos de Rodríguez