Año: 38, Marzo 1996 No. 815

N.D. El Dr. Israel Kirzner nació en 1930 en Londres, Inglaterra. Es profesor de economía en la universidad de New York. Entre sus publicaciones sobre teoría económica destacan: The Economic Point Of View (1960), Competition and Entrepreneurship (1973) y Discovery, Capitalism and Distributive justive (1989). Estos últimos dos libros ya se han traducido al español. También ha escrito y editado libros sobre metodología y economía austriaca. Ha realizado trabajos sin precedentes en la tradición de la moderna escuela austriaca de economía. Es miembro de la sociedad Mont Pelerin. Fue discípulo de Ludwig von Mises. Este artículo es un resumen del documento presentado en la reunión regional de la sociedad Mont Pelerin en enero de este año en Cancún, México.

CIENCIA ECONOMICA Y LA MORALIDAD DEL CAPITALISMO: MITO Y REALIDAD

Por Israel M. Kirzner

1. En este documento exploramos un vieja tema: la tesis de que la ciencia económica (más. precisamente, un entendimiento equívoco poca generalizado de la ciencia económica) es responsable, por lo menos en parte, por la trágicamente errónea visión de que una exitosa sociedad de mercado libre debe ser una sociedad inmoral.

Desde su origen, la ciencia económica ha. explicado los logros de los mercados libres en tanto aumentan la riqueza de las naciones, promueven intercambios de beneficio social y la. división del trabajo, obtienen la eficiencia en la asignación de los recursos, y promueven la coordinación entre los miembros de la sociedad. De hecho, estas enseñanzas de la ciencia económica básica han llevado al reconocimiento, tanto por amigos como por enemigos del capitalismo, de la ciencia económica como la base intelectual para cualquier defensa del capitalismo. Los enemigos del capitalismo han reconocido, durante más de un siglo y medio, que la teoría económica básica es el enemigo que debe destruirse para poder desacreditar al capitalismo en el mercado de las ideas. Los amigos del capitalismo han reconocido la función positiva de la economía sensata, ya que genera un entendimiento de una apreciación por los beneficios públicos conferidos por la libertad económica.

Sin embargo, demasiadas veces la ciencia económica ha sido presentada de tal forma que se estima que estos beneficios surgen estrictamente de un patrón de comportamiento individual que es denunciado como inmoral por la mayoría de observadores éticos. El problema es, por supuesto, antiguo y ampliamente reconocido. Data de, por lo menos, los escritos de Mandeville, quien argumentó «que lo que llamamos perverso en este mundo,...es el gran principio que nos hace criaturas sociables, la base sólida, la vida y soporte de todos los comercios y empleos...». Esto llevó a las primeras condenas de la economía por moralistas como Ruskin <quien declaró que los economistas clásicos y quienes podían leer su trabajo con aceptación, habían entrado en «un estado del alma completamente condenado»). La economía parecía explicar el éxito de la sociedad de mercado libre a través de su confianza en las acciones reciprocas sin trabas, producto de decisiones tomadas por individuos materialistas y egoístas. Según la percepción del público, la economía no ha logrado librarse de su dependencia (por argumentar la eficiencia y afluencia de la sociedad de mercado) del homo económicus, definido en tal forma que se le pinta, según la caracterización de Frank Knigth, como «el egoísta y despiadado objeto de la condenación moral».

A decir verdad, los economistas modernos de casi todas las escuelas han reconocido, por lo menos desde la publicación en 1932 de La Naturaleza y el significado de la Ciencia Económica, de Robbins, que la teoría económica no requiere de agentes egoístas y materialistas, únicamente de agentes que son racionales, es decir, consistentemente egocéntricos (las motivaciones altruistas están incluidas dentro de los posibles «intereses» de los individuos). Pese a la insistencia de Frank Knight de hace tres cuartos de siglo, de que la «idea de una distinción entre deseos económicos y otros deseos debe abandonarse», los economistas (incluyendo algunos de sus más prominentes discípulos) frecuentemente miden el éxito económico como si la noción de un objetivo «económico» específico para la sociedad estuviera claramente definido como la maximización de la «riqueza» o el «valor» agregado, medido en dinero.

Así es que, casi tres siglos después de Mandeville, la percepción pública en relación a las enseñanzas de la economía sobre el capitalismo aún están atascadas en una paradoja. La prosperidad capitalista deriva de la libertad que el sistema ofrece a los avaros, los aprovechados y engañosos, para timar y explotar. Aún si la opinión pública, durante la última década, se ha inclinado hacia una postura más favorable en relación a los mercados libres, ésto no significa que haya aflorado una percepción más benigna en cuanto a la moralidad del capitalismo. Más bien lo que ha ocurrido es que se ha cristalizado una actitud cínica, ampliamente compartida, a efecto de que la inmoralidad de la libertad económica sin freno es vista como un precio que vale la pena pagar para gozar de los lujos del capitalismo occidental. Una cosa es afirmar que los individuos que actúan estrictamente en atención a sus propios objetivos son llevados, como por una mano invisible, a coordinar sus decisiones con aquellas que están siendo hechas por otros. Otra cosa muy distinta (y falaz) es insinuar que esta mano invisible deriva su astucia estrictamente de los fracasos morales de los participantes en el mercado. Debemos insistir que las propiedades coordinadoras de los mercados libres serían igual y totalmente relevantes para sociedades integradas por participantes de mercado santamente altruistas, tanto como por participantes despiadadamente egoístas y materialistas.

II. Quizás valga la pena, para afianzar este discernimiento, delinear muy brevemente cómo operaría un mercado libre en una sociedad imaginaria de individuos santos, en la cual cada consumidor se preocupa principalmente por ayudar a los demás, y se ocupa en lo que nosotros acostumbramos llamar consumo (tal como comer, comprar ropa nueva, y similares) sólo para poder llevar a cabo sus filantrópicos objetivos primarios. Algunas veces se piensa, aún entre economistas que debieran comprenderlo mejor, que si todos están desinteresadamente buscando ayudar al prójimo, el sistema de precios debe colapsar. Aún si se entiende que la maximización de la utilidad por los consumidores puede mantenerse de forma tal que se aplique a una sociedad desinteresada como ésta (simplemente reconociendo que el deseo de ayudar a otros debe ser incorporado a la teoría de la utilidad), se persiste en pensar que el sistema de precios debe derrumbarse porque está ausente la motivación de la ganancia.

La verdad es que las empresas de negocios que maximizan la ganancia, cobrando los más altos precios y pagando los salarios más bajos posibles, emergerían en una sociedad puramente santa en exactamente la misma forma en que emergen en nuestra sociedad. Las ganancias obtenidas por medio de la actividad de negocios, en un mundo santo, sería sin duda invertido en elevados, santos. y filantrópicos propósitos, en lugar de ser utilizado en diversiones netamente egoístas y materialistas por parte de los empresarios exitosos. Pero eso es todo. Al manejar su negocio, el empresario que no tiene ningún interés salvo el de librar a la humanidad de los estragos de temidas enfermedades, actuaría estrictamente según los principios de maximización de ganancias. Por hipótesis, su más alta (y su única verdadera) meta es combatir enfermedades.

El punto es, por supuesto, que la maximización de las ganancias es únicamente una meta instrumental. Tanto el santo como el pecador podrán buscar maximizar las ganancias; son distintos en cuanto a los usos que dan subsecuentemente a las ganancias obtenidas. (Es exactamente igual que un santo y un pecador manejando sobre la misma carretera de la ciudad A a la ciudad B, utilizando el mismo mapa y siguiendo dos mismos principios para conducir; se diferencian sólo en tas formas en que cada uno, respectivamente, gozará de las bondades de la ciudad B). La motivación de ganancia, y por lo tanto el sistema de precios, dependen para su funcionamiento, no de la omnipresencia de metas egoístas y materialistas, sino de la omnipotencia de la acción humana deliberada. En una sociedad basada en la división del trabajo y la libertad de entrada al mercado, aquellos comprometidos con obtener objetivos altruistas y santos tienen todo el incentivo para practicar actividades de negocios para maximizar las ganancias monetarias.

III. Nuestro propósito al enfatizar este sencillo punto es el de aclarar la naturaleza y el rol del negocio empresarial en nuestra sociedad capitalista. Es, después de todo, sobre el pleno objetivo de maximización de ganancias que los críticos moralistas han derramado su más mordaz desprecio. Es el empresario que busca la maximización de las ganancias el que es insensible, despiadado y egoísta, así como astutamente explotativo y crónicamente deshonesto. Y a causa de que su actividad se percibe como central al funcionamiento del mercado libre, se ha creído que la sociedad de mercado descansa sobre un comportamiento sistemáticamente inmoral como la fuerza que lo impulsa. Pero la verdad es que las ganancias no son objetivos últimos; sólo los objetivos de consumo lo son. Las ganancias son metas instrumentales que deben expenderse para alcanzar los objetivos últimos de consumo. La moralidad o inmoralidad de buscar ganancias dependen enteramente de la moralidad o inmoralidad de perseguir estos objetivos de consumo.

Por otro lado, se sigue que el objetivo de maximización de las ganancias de una actividad de negocios se atiene, como Phillip Wicksteed señaló hace ochenta y cinco años, no al egoísmo sino a lo que él llamó «notuismo». Es decir, el maximizar ganancias no implica que el hombre de negocios sea incapaz de reconocer cualquier fin más alto que su propio gozo, sino que tiene algunos propósitos, (que en el momento tienen una prioridad mayor que el propósito de mejorar el bienestar de las personas con quienes comercia), hacia los cuales tiene intención de destinar el lucro que gane. Podemos enfatizar, quizás modificando la postura de Wicksteed, que no es el caso que empresarios natos que maximizan las ganancias no tengan en consideración el bienestar de sus trabajadores y consumidores, simplemente que esta consideración obtiene una prioridad menor en la escala de utilidad del empresario que otros objetivos por los cuales se busca la ganancia. Debería observarse además que, aunque para propósitos teóricos es conveniente enfocarse en el empresario que busca la maximización de las ganancias exclusivamente, los economistas siempre han estado conscientes de que los empresarios del mundo real, con libertad, pueden modificar el objetivo puramente instrumental de la maximización de las ganancias al introducir objetivos de «consumo» (tal como cuidar directamente de los trabajadores y consumidores) dentro de sus actividades de «negocios». Mientras que el sistema de precios ciertamente sí descansa sobre el concepto puro de la maximización de las ganancias, las propiedades socialmente benignas del sistema de precios en el mundo real no dependen de la existencia, en ese mundo, de sólo aquellos agentes puros que pueblan el sistema teórico. No existe ninguna dificultad en aplicar la teoría de precios a un mundo en el cual los empresarios integran algunos de sus objetivos de consumo directamente a sus actividades lucrativas; la coordinación social puede alcanzarse a través del mercado libre también en un mundo en el cual los empresarios sí se preocupan urgente y genuinamente por el bienestar de sus trabajadores y consumidores.

IV. Casi no es necesario extendernos sobre la verdad obvia de que el negar que el capitalismo depende para su éxito sobre el comportamiento inmoral no equivale a afirmar que el comportamiento no ético queda de alguna forma excluido de las reglas del juego del capitalismo. El señalar que la economía de un mercado libre de santos no debe ser esencialmente distinto de la economía, del capitalismo del mundo real, no equivale a ungir a los capitalistas de santos. La verdad más importante, por lo menos en un sentido muy significativo, es que el capitalismo es un sistema éticamente neutro, es decir, promueve eficientemente el logro de metas de toda estirpe ética. Sin duda, las economías capitalistas existentes en la historia moderna de la economía no siempre han sido pobladas por empresarios de carácter abrumadoramente desinteresado, santo, o ético en otros sentidos. Y quizás hayan teorías sociológicas y psicológicas que vinculan la moralidad del comportamiento de los seres humanos al sistema económico (capitalista, socialista, u otro) en el cual participan. (Existe, por supuesto, una literatura de considerables proporciones de teorías contradictorias, al respecto). Nuestra tesis es, simplemente, que la economía de la prosperidad capitalista claramente al aspecto más notorio del sistema es independiente de los principios éticos particulares a los cuales se suscriben los participantes en la sociedad capitalista.

V. Sí hay un sentido en el cual puede ser importante relacionar el éxito del capitalismo con una implicación de las reglas del juego capitalista en relación a la conducta inmoral individual. Mientras que el capitalismo sí es consistente con un comportamiento abiertamente egoísta o inmoral en otras formas, el marco de derechos de propiedad del capitalismo es tal que elimina el daño social que uno podría atribuir a dicho comportamiento repugnante. Un conjunto de derechos de propiedad, reforzado y protegido consistentemente, debe significar que, por deplorable que sea el comportamiento de una persona, ese comportamiento no tiene el poder de dañar a otros en un sentido literal. Sin los derechos de propiedad, la avaricia egoísta de un agente en la economía podría robarle a otros el uso potencial de los recursos sociales. escasos, devorados por el avaro. Con los derechos de propiedad firmemente en funcionamiento, la avaricia puede engendrar la codicia, puede ser responsable de conductas no caritativas; pero en términos del peligro de que ello reduzca el bienestar de los otros, debemos pronunciarla como virtualmente inofensiva. Donde se respetan y se mantienen las reglas de juego capitalistas, el comportamiento inmoral de A simplemente no puede violar los derechos de propiedad de B. No sólo es cierto, como se enfatizó con anterioridad, que el mercado no depende de la conducta inmoral como su fuerza de impulso, sino de hecho, el sistema de mercado libre aísla a sus participantes de cualquier daño directo que prodría ser perpetuado por una conducta inmoral, como sea que se defina.

VI. Ahora estamos en la posición adecuada para resumir nuestra reacción a la actitud cínica, ampliamente difundida, de que la prosperidad capitalista emerge sólo porque el mercado libre promueve el comportamiento egoísta repugnante y la persecución de objetivos materialistas desdeñables. Podemos resumir nuestra reacción por medio de las siguientes afirmaciones:

1) No es cierto que los éxitos del mercado libre en la satisfacción de las necesidades y la coordinación de planes deliberados, dependan de cualquier conjunto de objetivos de consumo necesariamente inmoral (o aún materialista) que persiguen los participantes del mercado.

2) No es cierto que el éxito del mercado libre dependa del comportamiento inmoral de empresarios de negocios.

3) Mientras que el sistema de mercado libre es seguramente (neutralmente) consistente con todo tipo de comportamiento inmoral por parte de sus participantes, las reglas del sistema protegen a cada participante de daños directos que se cometen en su contra por medio del comportamiento inmoral de otros.

A pesar de nuestro aparente rechazo de la tesis central de Mandeville, de que los beneficios públicos emergen de vicios privados, no deberíamos perder de vista un aspecto fundamental del sistema de mercado. Este es que el arreglo social maravillosamente productivo basado en la división del trabajo, la especialización, el descubrimiento empresarial y la coordinación social por medio del sistema de precios, trabaja debido a que afianza los poderes productivos de los participantes individuales para lograr, mutuamente, los propósitos de consumo de los demás participantes. Esto quiere decir que el nivel de vida del cual goza una persona dentro de la economía de mercado también es promovido por la participación en esa economía de individuos obrando inmoralmente, sin ética, o repulsivamente (y que la participación de uno dentro del mismo sistema avanza los propósitos de esos inmorales y repugnantes otros). «Cuando trazamos el seductivo dibujo de ‘armonía económica en el cual cada uno está ‘ayudando a alguien más, haciéndose ‘útil a él, sin sentirlo admitimos que con la idea de ‘ayuda se cuelen asociaciones éticas o sentimentales, que son estrictamente contrabando. Se nos olvida que ‘ayuda puede imparcialmente extenderse a fines perniciosos y destructivos o a fines constructivos y benéficos. . . ». Así es que los vicios privados sí pueden, seguramente, generar beneficios públicos.

La neutralidad moral que hemos reclamado para la economía de mercado no garantiza que los beneficios que deriven los participantes del mercado de su participación, no hayan sido indirectamente generados por el comportamiento éticamente deplorable de otros. La neutralidad moral sencillamente significa que la conducta éticamente deplorable no es necesaria para que la economía de mercado sea exitosa.

Podemos ser serios en nuestra preocupación por la ética y la moral; al mismo tiempo podemos apoyar y participar en la economía capitalista sin comprometer nuestros compromisos éticos. Hacerlo no nos exonera de la responsabilidad de condenar y repudiar un comportamiento deplorable, la avaricia, la corrupción y el engaño que continuamente encontraremos en la sociedad de mercado libre (así como en otras sociedades). Pero podremos extender nuestro apoyo y justificar nuestra participación con la convicción segura de que no estamos por ello, automáticamente, respaldando la avaricia, la corrupción, la degeneración o el engaño. La avaricia, la corrupción, la degeneración y el engaño no son prerrequisitos para una economía de mercado funcional y próspera.

VII. Los economistas pueden contribuir a dirimir malos entendidos respecto al rol del comportamiento inmoral en los mercados, distinguiendo cuidadosamente entre la forma de la economía de mercado en teoría y la sustancia de la cual se componen las economías de mercado del mundo real. En el nivel formal, no debería existir ningún espacio para malos entendidos. En este nivel, no existe la necesidad de medir el éxito de una sociedad en los términos de riqueza material agregada, o de ingreso en términos puramente monetarios, los cuales despistan al lector. A este nivel, la realidad intrusa de un mundo compuesto por los seres humanos imperfectos que somos, no debería despistarnos y llevarnos a concluir que la fuerza impulsadora de la coordinación del mercado es alimentada por nuestras imperfecciones morales.

Con un claro entendimiento de que el secreto del éxito del capitalismo consiste en la acción humana deliberada de sus partícipes (y en la capacidad de esta acción deliberada para estimular una actitud alerta empresarial conducente al descubrimiento y la coordinación mutua), podemos, si queremos hacerlo como moralistas, intentar mejorar la realidad capitalista sin poner en peligro sus bendiciones. Podemos ir en pos de cualquier curso de acción que la sabiduría ética y didáctica pueda identificar para elevarnos a nosotros mismos y a los seres que nos rodean sin interferir con el delicado y maravilloso proceso social ‘espontáneo, a través del cual «los hombres que nunca se han visto o han sabido el uno del otro, y que escasamente perciben la existencia o los deseos del otro, aún en la imaginación, de todas formas se apoyan en cada oportunidad, y aumentan el ámbito de realización de los propósitos el uno del otro».

VIII. El difunto John Davenport, miembro distinguido por muchos años de nuestra Sociedad, solía levantarse en nuestras reuniones pasadas y, con su caballeroso pero apasionado estilo, suplicar a los economistas entre nosotros que infundiéramos preocupaciones éticas vitales a nuestro árido y positivo campo profesional. Mi súplica esta mañana es algo distinta: que los economistas entre nosotros presentemos nuestra ciencia al mundo en una manera que, precisamente por enfatizar las abstracciones de la teoría pura, disuada de esa desastrosa y errada percepción de las implicaciones éticas del proceso de libre mercado, que tan frecuentemente tiende a proyectar el pensamiento empantanado sobre la realidad compleja.

Tradujo: Carroll Ríos de Rodríguez