Año: 42, Agosto 2000 No. 870
Andrew Morriss es catedrático de derecho y de economía de la Universidad Case Western Reserve de Cleveland, Ohio. Este artículo apareció por primera vez en la edición de noviembre de 1999 de la Revista The Freeman, de la Foundation for Economic Education, FEE. Reproducción autorizada.
El orden espontáneo en el campo de juegos
Andrew P. Morriss
R ecientemente observé un interesante ejemplo de la evolución de un orden espontáneo basado en los derechos de propiedad y en el mercado, en la escuela primaria de mis hijos. Un grupo de niños de cuarto y quinto grado elaboraron una serie de reglas para el campo de juegos similares a las que descubrí en mi investigación sobre el orden espontáneo durante las fiebres de oro del oeste de los Estados Unidos durante el siglo XIX. Me dio gusto, pero no me sorprendió, encontrar que los estudiantes de cuarto y quinto grado crearon una solución basada en los derechos de propiedad y los mercados para un problema del campo de juegos.
M is hijos van a una escuela primaria Montessori en Cleveland Heights, Ohio. Mi hija mayor, Kathleen, está en quinto grado. En esta escuela, como en todas las escuelas Montessori, en las aulas se reúne a niños de distintos gradosla de Kathleen incluye a niños de cuarto y quinto grado en cada una de dos clases. Aunque las clases trabajan de forma separada en la mayoría de los temas académicos, las actividades como el recreo las realizan juntos. Así, hay unos 60 niños (con cuatro maestros y asistentes) en las dos clases, con una mayoría considerable de niñas.
E l terreno de la escuela no es muy grande, aunque sí cuenta con un campo de juegos y otro campo más grande que comparte con una escuela secundaria católica para señoritas. Una de las áreas que atrae a muchos de los niños de cuarto y quinto grado es el bosque, un área de arbustos y árboles que se encuentra a lo largo de la división entre el estacionamiento y el campo de juegos de la escuela y el campo deportivo compartido. Los niños de cuarto y quinto grado han creado aquí una serie de casas bajo los árboles y arbustos, y una economía basada en una moneda de piñas de pino. Lo que mi hija me contó sobre sus juegos me pareció fascinante, así que entrevisté a una buena parte de sus compañeros respecto a la forma en la que juegan en el bosque.
Estableciendo derechos de propiedad
E l primer día de clases de cada año, los niños establecen los derechos sobre sus casas marcando los límites con distintos materiales (rocas, palos, troncos) que encuentran en el bosque. Después dedican un esfuerzo considerable a mejorar sus casasagregando muebles construidos de materiales del bosque (por acuerdo general al bosque no pueden llevarse materiales de afuera). Algunos establecen tiendas en las que venden materiales que fabrican, tales como pinturas hechas machacando plantas y rocas hasta convertirlas en polvo. Otros tienen hoteles donde los destituidos (niños que llegan tarde al juego) pueden alquilar dormitorios hasta que logran negociar su incorporación a una casa. Se agregan cuartos a las casas limpiando los espacios debajo de los arbustos y árboles cercanos, o comprándoselos a los vecinos. El derecho a un espacio delimitado de esta manera parece ser ampliamente aceptado tanto por aquellos que juegan frecuentemente en el bosque como por los alumnos de cuarto y quinto grado que eligen hacer otra cosa. (Un juego de fútbol es una de las principales alternativas.)
S ólo dos grupos no respetaron los derechos de propiedad que los niños habían establecido. Uno fue un grupo de niños de tres, cuatro y cinco años (quienes tienen un período de recreo distinto) y quienes, aunque técnicamente tienen prohibido jugar en el bosque, algunas veces tomaban las casas en grupos. El segundo fue un grupo de niños de primaria de otro colegio que usó algunas veces el campo deportivo adyacente.
A l crear sus derechos de propiedad de esta manera, los niños están actuando como los mineros que invadieron el oeste norteamericano en 1848-1849 y años posteriores. Como los niños de la escuela de mi hija, los mineros se aparecían en grandes números en un área de recursos físicos limitados. Como los niños, los mineros desarrollaron rápidamente reglas simples que garantizaban sus derechos de propiedad. Como las reglas que se desarrollaron en el colegio, las reglas de los mineros fueron respetadas por los que llegaban después.
T ambién al igual que los mineros (y la mayoría de sistemas legales), los niños han desarrollado un concepto de posesión por abandono o prescripción adquisitiva. Las casas que quedaban sin uso por períodos largos (todos acordaron que sería más de una semana y menos de un mes) podían ser ocupadas por otros, cuyo título de propiedad era reconocido por el grupo. De esta manera, el uso de la propiedad se vio fomentado. De forma similar, los mineros de la fiebre de oro respetaban las pertinencias (derechos sobre un campo minero) que quedaban desocupadas por períodos cortos de tiempo, mientras sus dueños buscaban provisiones, siempre y cuando el campo estuviera marcado de alguna forma.
L os títulos de propiedad en ambos sistemas se extendían a la propiedad mueble. Los mineros del oeste, por necesidad, a menudo dejaban sin ningún cuidado pilas de polvo de oro y provisiones valiosas en sus campos, mientras ellos buscaban más oro. Según los registros, los robos en los campos sin cuidar eran relativamente poco frecuentes. De manera similar, los niños dejan sus puñados de dinero de piñas sin cuidado, así como sus colecciones de materiales.
La resolución de disputas
M ientras ningún juego de niños estaría completo sin disputas, este juego parece notablemente libre de disputas en muchos aspectos. Esto se debe en parte a que los claros derechos de propiedad sobre sus casas le dan a cada niño un espacio para jugar como quiera, libre de interferencias externas. A diferencia de los campos de juego comunes, donde el juego de fantasía de un grupo en el columpio podría ser interrumpido por otro grupo que insiste en que tiene el mismo derecho de ocupar ese espacio para un juego de tenta, ningún grupo de niños puede imponerse sobre otro interrumpiendo un juego en proceso. Sospecho que una de las principales atracciones del bosque como espacio para jugar deriva del control que esos derechos de propiedad ofrecen.
D urante el pasado año escolar sólo se dio una disputa por derechos de propiedad. Un niño reclamaba una casa ocupada por un grupo de niños. La cuestión no se decidió por la vía de la fuerza da el derecho. En lugar de eso, todos decidieron elegir a un niño ajeno al conflicto como juez y realizar un juicio para resolver el asunto. Tras ser rechazado el primer candidato a juez por considerársele potencialmente parcial, se decidió elegir a un niño que varios señalaron como el más listo de la clase. Cada parte buscó un abogado para presentar su alegato, y se presentaron testigos, quienes fueron interrogados por ambas partes. Tras lo que fue descrito como una dramática presentación de las inconsistencias en la versión de los hechos de una de las partes, el juez falló a favor de la otra parte. Todos aceptaron la decisiónno se presentó ninguna apelación ante los maestros.
E sto nos lleva a otro punto importante. Una inquietud recurrente respecto a los sistemas privados de justicia es el grado hasta el cual estos sistemas dependen en última instancia de la ejecución externa de las reglas que crean. No hubo tal autoridad exógena durante la fiebre de oro porque los mineros estaban muy lejos de los centros establecidos de autoridad política como para recurrir al Estado. En los pocos casos en los que habían autoridades militares cercanas, la tendencia de la tropa a desertar hacia las minas ante la menor oportunidad restringía la disponibilidad de la fuerza gubernamental. Pero los niños de una escuela primaria con toda seguridad podían apelar a sus maestros para resolver sus disputas.
C omo parte del método Montessori de enseñanza, los maestros de esta escuela enfatizan que los niños deben resolver sus propias disputas. Cuando les pregunté a los niños si los maestros estaban disponibles para resolver las disputas sobre los linderos de las propiedades y otras cosas, todos opinaron que los maestros no ofrecían ninguna ayuda. Sólo nos dicen que lo resolvamos, se quejó un niño. Otro estuvo de acuerdo en que los maestros sólo hacen lo mismo de siempre, preguntarnos cómo lo vamos a resolver nosotros mismos. De hecho, los niños afirmaron que rara vez pedían ayuda a los maestros, pues cualquier disputa seria podía tener como resultado que a toda la clase se le prohibiera jugar en el bosque, mientras se calmaban los ánimos.
P or supuesto los niños no están jugando en un estado natural, como lo hacían los mineros del siglo XIX. La amenaza de ser enviado a la oficina del director existe para aquellos que intenten atacar a otros en el campo de juegos. Sin embargo, pegarle a otro alumno no es la única forma de recurrir a la violencia. En mis días de escolar los rudos que tenían éxito eran aquellos que eran hábiles aplicando la fuerza de formas que los maestros no notaran. Una de las cosas que más me impresionó del bosque fue la ausencia de cualquier evidencia de que existiera tal comportamiento.
Intercambio
D urante las primeras fiebres de oro, los mineros a menudo establecían reglas prohibiendo la venta de pertinencias, en un esfuerzo por disuadir la especulación. Estas reglas rara vez duraban más que unos pocos meses, pues tanto los recién llegados como los dueños originales notaron rápidamente los beneficios mutuos que el intercambio hacía posibles. Puesto que los niños a menudo tienen ideas absolutas respecto a la propiedad (por lo menos en lo que respecta a compartir con sus hermanos), me dio curiosidad ver cómo solucionaban estos niños las cuestiones relacionadas con el potencial intercambio de derechos de propiedad.
L os niños desarrollaron una economía monetaria, utilizando piñas como moneda. Uno podía vender bienes (artículos encontrados en el bosque), recursos naturales (los niños cavaban para encontrar piedras), y mano de obra (los propietarios a menudo contrataban barrenderos para que limpiaran sus casas). Como alternativa, aunque las piñas eran bienes relativamente escasos, podían ser cosechados directamente invirtiendo tiempo en una búsqueda. Los derechos de propiedad sobre las casas eran libremente enajenables y cambiaban de manos frecuentemente. Los grupos de niños que jugaban juntos podían disolverse y algunos buscaban casas nuevas; los niños nuevos podían unirse al juego, o los jugadores podían cambiase al fútbol y vender sus propiedades. Tal como los mineros, los niños entendieron intuitivamente el concepto de la ventaja comparativa.
A dicionalmente, el juego en general recompensaba la actividad empresarial. Los niños a los que se les ocurrían nuevos usos para la propiedad podían acumular considerables montañas de piñas. Un grupo construyó un campo de golf y cobraba los juegos; muchos más vendían artículos específicos o alquilaban cuartos.
E s interesante que los niños se resistieron a desestabilizar su moneda y su sociedad importando piñas de otras partes. La región de Cleveland tiene muchos árboles y parques, y las piñas son fáciles se encontrar con un esfuerzo mucho menor que el de barrer la casa de otro en el bosque, y sin embargo parecía que ninguno estaba interesado en importar piñas como fuente alternativa de ingresos. Cuando caminaba por áreas abundantes en piñas con mi hija y sus amigas, ellas se resistían a aceptar mi sugerencia de recoger el dinero que yacía en el suelo.
Orígenes
E rigir casas en el bosque es un juego que lleva ya bastante tiempo, y ha sido transmitido de clase a clase. De forma similar a aquella en la que los mineros experimentados conocidos como viejos californianos transmitían la ley de los mineros en el transcurso de las fiebres de oro del oeste de Estados Unidos, los niños de quinto grado transmiten la tradición oral de las reglas para jugar en el bosque. Por consiguiente es fácil ver cómo se ha perpetuado la tradición.
D ebo hacer notar, sin embargo, que este no es el Centro de Enseñanza Ayn Rand hecho famoso en un episodio de la serie de televisión Los Simpson. El método Montessori no incluye ningún contenido económico relevante (al menos no hasta el quinto grado, inclusive) y ciertamente ningún estudio de la economía austríaca. No se enseña historia de Estados Unidos antes del quinto grado, así que los niños no han estudiado la fiebre de oro. Incluso los estudiantes de quinto grado están apenas estudiando las civilizaciones antiguas, por lo que es poco probable que hayan dedicado mucho tiempo a estudiar el desarrollo de los mercados o el comercio. No han aprendido acerca de las soluciones de mercado o los derechos de propiedad, por consiguiente, de un libro de texto.
P odrían haber aprendido estas lecciones en casa, pero estos niños tampoco vienen, hasta donde puedo ver, de hogares libertarios donde se insista en tales cosas. Por ejemplo, como un indicador del clima político, en 1996 Bill Clinton derrotó abrumadoramente a Bob Dole y a Ross Perot en una elección en la clase de mi hija (Harry Browne, candidato del partido libertario, ni siquiera estaba en la boleta). Por lo tanto no son más propensos que cualquier otro grupo de niños de cuarto y quinto grado residentes en los suburbios a pasar una gran parte de su tiempo pensando en los mercados y los derechos de propiedad fuera del colegio.
C reo que hay dos explicaciones para el surgimiento de un orden espontáneo basado en el mercado y en la propiedad privada entre los compañeros de mi hija. Primero, el pensum Montessori pone un fuerte énfasis en que los niños aprendan a resolver sus propios problemas. Como dije antes, los maestros no intervienen en la resolución de disputas entre los niños más que para impedir el uso de la fuerza y guiar a los niños hacia un medio de solución. Solicitar la intervención de una autoridad externa, por lo tanto, no es una opción, excepto cuando un niño intenta usar la fuerza. Como nadie controla el juego, los niños se vieron obligados a desarrollar mecanismos que respetaran la autonomía de los otros niños e hicieran posibles las interacciones pacíficas. Las ventajas de esta solución les deben haber parecido muy obvias a los primeros niños que dieron con ella.
S egundo, y más importante, los mercados y los derechos de propiedad son naturales de una forma en la que las estructuras autoritarias no lo son. La libertad que estas soluciones ofrecen es justo lo que muchos niños desean (¡y muchos adultos también!). Mi hija y sus compañeras de clase saben intuitivamente cómo facilitar el desarrollo de su propio orden espontáneo, que les permite jugar los juegos que desean a la vez que deja un espacio para los deseos de otros compañeros de jugar de forma diferente. Estos niños han descubierto la manera de coexistir en un ambiente de intereses diversos.
Aprendiendo de los niños
O bviamente existen enormes diferencias entre las fiebres de oro norteamericanas del siglo XIX y la escuela primaria de mis hijos. Sin embargo los sistemas de reglas y derechos de propiedad que se desarrollaron en ambos tienen importantes aspectos comunes: una dependencia en los derechos de propiedad y los intercambios de mercado, una limitada serie de reglas que facilitan al individuo actuar en aras de su interés propio, y una recurrencia limitada a fuentes externas para la ejecución de las reglas. No es un accidente que estas características aparezcan en un grupo tan diverso de órdenes sociales. El hecho de que sean tan fáciles de generalizar es precisamente lo que permite que los sistemas de derechos de propiedad basados en el mercado puedan adaptarse tanto a juegos de niños de primaria como a una fiebre de oro.
P or supuesto, establecer un estado de derecho requiere de un esfuerzo. Los mineros del siglo XIX debieron valerse de sus propios recursos para instaurarlo. Los niños pueden depender del estado guardia nocturno proporcionado por los maestros y la administración para prevenir la violencia. Lo impresionante es la poca intervención que fue necesaria para establecer la paz y el buen orden tanto entre los miles de hombres jóvenes en su mayoría solteros que corrieron hacia los campos de oro como entre los niños de cuarto y quinto grado descritos aquí. Es difícil pensar en grupos menos propensos a asimilarse de forma natural y por su propia cuenta como una sociedad ordenada que los mineros y los niños en edad escolar. Que ambos lo lograran con tanta facilidad nos da un buen indicio de nuestras posibilidades de lograrlo a una mayor escala.
M uchos adultos podrían aprender bastante de los niños de la clase de mi hija. Los estudiantes se las ingeniaron para establecer en un área deseable del campo de juegos un sistema que asigna derechos de propiedad y que ofrece a cada uno la libertad de jugar como mejor le parezca, sin pasar sobre los derechos de los demás Si más adultos imitaran este comportamiento en sus vidas, estaríamos mucho más cerca de una sociedad de individuos libres y responsables.