Tópico de Actualidad
Año 51. Agosto del 2010. N. o 991

Nota del editor:

En esta entrega el doctor Armando de la Torre presenta los antecedentes de la desorganización social, primero en el mundo grecorromano y luego en la edad media, frenados oportunamente por la idea de la republica romana en la antigüedad y la tradición inglesa moderna. De ahí nos ofrece una versión más general o universal del populismo, justificada precisamente por la base histórica sobre la cual elaboró anteriormente..

"Populismo" y "Democracia"

Por Armando de la Torre

Para empezar, permítaseme hacer una exposición muy breve del contraste que de entrada discierno entre " democracia " y " populismo ".

Una primera diferencia consiste en que se ha probado que la democracia, en cuanto sistema para determinar quiénes han de gobernar, funciona sólo si, independientemente de los gobernantes, los hombres y mujeres son ya capaces de gobernarse a sí mismos . En cambio, lo que se suele identificar como "populismo" surge entre las masas de electores que, en lo individual, no han sabido, o no han podido, fijarse para su propio desarrollo metas factibles y escoger los medios más idóneos para llegar a ellas; en una palabra, electores que escasa o ninguna experiencia han tenido de autogobierno, como sucedía, por ejemplo, en Roma con los libertos o con los campesinos sin tierras, que emigraban a la ciudad a la espera de panem et circensem .

Cuatro siglos A. D., la democracia ateniense hubo de enfrentarse ya a este fenómeno que hoy llamamos " populismo ".

Alcibíades sirvió de arquetipo. Genial, carismático, elocuente y hasta galán, pero inescrupuloso y narcisista, traicionó repetidas veces a quienes le habían sido leales. Supo, sin embargo, otras tantas ganarse el perdón de los ofendidos, que no podían sustraerse a su encanto personal. Hasta Platón se inspiró en su ejemplo para diseñar su famoso perfil despectivo del "hombre democrático".

En Roma, Cicerón hubo de hacer frente a ese mismo fenómeno populista, esta vez en la persona de un "golpista" en ciernes, Catilina, a mediados del siglo I A. D 1 .

Tal como se entiende hoy corrientemente en Iberoamérica –o al menos así ha sido durante los últimos años–, en cuanto halago deliberado de las masas y compraventa de sus votos con la moneda de promesas cuestionables, al "populismo" lo considero, pensando en el largo plazo, siempre incompatible con la plena vigencia de una democracia republicana constitucional .

Para emitir este juicio tan negativo, parto, en primer lugar, de la visión normativa griega de la política como la "ciencia regia"; o sea, como la culminación de la vida ética de la comunidad política en su conjunto, radicalmente opuesta a esa otra maquiavélica, a la que estamos más acostumbrados, de la justificación moral del poder por el poder mismo.

O sea: entiendo la política como actividad eminentemente racional y ética , a partir de principios éticos igualmente racionales.

Concibo como democracia todo gobierno que cuenta con el consentimiento mayoritario de los gobernados, expresado en elecciones generales periódicas mediante el voto igual y secreto de cada uno de los llamados a elegir (supuesta la alternabilidad en el poder público).

Más allá del voto mayoritario para decidir quién gobierna en un sistema democrático representativo , entraño en mi concepto de democracia el de " republicanismo "; es decir, el de la división y separación de los poderes que gozan del monopolio legal de la coacción, y con delimitación expresa de sus facultades respectivas por una Constitución escrita o consuetudinaria, de tal manera que se reduzcan al mínimo las posibilidades de abuso del poder por cualquiera, al transgredir los límites que les están fijados.

De esta manera se ha llegado a la conformación de gobiernos "constituidos por leyes e instituciones", no por las voluntades arbitrarias de individuos legalmente poderosos.

Quien primero señaló la importancia de una genuina separación de poderes en el ejercicio republicano fue el historiador griego Polibio 2 , que creyó descubrir en ella una auténtica concordia ordinum , raíz, según él, de la estabilidad triunfante de la Roma de su época.

En aquella concepción de Polibio, tal "concordia" equivalía a la presencia simultánea en el poder estatal del elemento monárquico (los cónsules), del aristocrático (los senadores) y del democrático (los tribunos).

Se anticipó así en muchos siglos a la sabia advertencia, resultado del estudio de la historia, hecha por Lord Acton: " El poder corrompe, y el poder absoluto corrompe absolutamente " 3 .

El objetivo inmediato de esta interpretación republicana de la democracia se ha resumido crecientemente, desde la segunda guerra mundial, en la protección y salvaguardia de los derechos humanos (o "civiles" según la tradición anglosajona): cronológicamente, primero los de los ciudadanos, hoy los de todos, ciudadanos o no, referidos muy especialmente a quienes integran minorías raciales, religiosas o políticamente heterodoxas.

Polibio, hijo de su tiempo al fin, compartía la tesis, generalmente aceptada entre los griegos, de que en el recurrente abuso del poder el mismo empieza por degenerar al concentrarse en un único hombre (el monarca que se convierte en tirano), se repite por el conjunto de unos pocos (los aristócratas que se corrompen en oligarcas), y culmina hasta en una mayoría de los ciudadanos: los demos de la terminología griega, la plebs en el caso concreto de Roma 4 . Llegado a este punto caótico, la misma reclama un salvador (a caballo o en tanqueta) y el ciclo se reinicia de nuevo ineluctablemente.
De ahí la originalidad para Polibio de que los diferentes centros independientes del poder se complementaran y fiscalizaran recíprocamente al mismo tiempo ; esto constituía, según él, la clave de un republicanismo logrado.

Los jueces y pretores, así como sus respectivos jurisconsultos, no sobresalían en este horizonte republicano con un adicional poder independiente, simplemente porque la misma tradición republicana lo daba por supuesto .

Todos sabemos que esa admirable república de los romanos empezó a ser erosionada, con la reforma agraria de los hermanos Gracco, el año 133 A. D., y que a ella siguieron otras más violentas, que acabaron dando al traste, tras un siglo de guerras civiles, hasta con la misma república 5 .

Al final, esos poderes independientes, antes disperos, quedaron concentrados en unas mismas manos: las de la persona del emperador Augusto (el año 31 A. D.). La ulterior eliminación definitiva del Senado romano del proceso de sucesión imperial, a la muerte de Tiberio (en el 37 A. D.), selló para siempre la decadencia y muerte de la república.

Cuando poco más de tres siglos después fue asesinado el último emperador, a manos de los bárbaros (476 A.D.) –parafraseo a Sir John Hicks–, "lo que murió fue un fantasma".

Durante los mil años siguientes a las invasiones de los bárbaros germánicos, de entre los jirones de lo que pudiéramos llamar "residuos" medievales de un pasado democrático romano (que constituyeron los cimientos de la Europa que hoy conocemos), sólo podrían ser rescatados, como muy modestamente equiparables, la institución del jurado en la impartición de la justicia, los respectivos derechos imprescriptibles sobre la tierra de señores y siervos, de acuerdo con el derecho consuetudinario (parte esencial del ius commune europeo), y el reemplazo de la "virtud" patriótica, también en nuestra tradición hispánica, por la defensa de los "fueros" o "libertades" de las comunidades ante las autoridades feudales 6 .

Con el redescubrimiento del derecho positivo romano en Bolonia, a principios del siglo XII, y su paulatina recepción por casi todo el continente hasta el XVI, aquellos últimos vestigios democráticos apenas fueron retenidos en ciertos "Parlamentos" (Inglaterra, Islandia, Hungría, Polonia…), de índole inevitablemente más aristocrática que popular. Tal es el caso de la célebre charta magna , que fue obligado a firmar el rey Juan sin Tierra (1215).

La tendencia positivista en el derecho (iniciada con las "glosas" al Código de Justiniano) hubo de desembocar en el absolutismo regio, que se enseñorearía de la Europa continental por doscientos años. Lo estrenaron Felipe II en España y Luis XIII en Francia, y a ellos proveyó notoriamente de sustento filosófico Jean Bodin, en el siglo XVI 7 .

El fiel de la balanza empezó a inclinarse de nuevo hacia la versión republicana moderna, en la Inglaterra del siglo XVII, con las guerras por la supremacía política entre el rey y el Parlamento. La victoria contundente de este último, con la "Revolución Gloriosa" de 1688 sobre Jacobo II, y su posterior fundamentación filosófica por John Locke, dos años más tarde, abrió el camino hacia la reinstauración contemporánea del ideal republicano de la "división de poderes" 8 .
Sobre tales precedentes, los constituyentes de los Estados Unidos, reunidos en Filadelfia en 1787, quisieron también establecer ese sistema republicano para sí mismos, como eventual freno a toda opresión, incluida esa modalidad de la misma que ellos llamaban mob rule , y que podríamos traducir como "gobierno desde las calles" (otra manera, sea dicho de paso, de referirse al "populismo") o de "oposición extraparlamentaria". Además de Polibio, les sirvió de antecedente el parlamentarismo inglés, y por último su propia experiencia en América, con el autogobierno de casi siglo y medio 9 .

Más o menos por esos mismos días, los girondinos de la Revolución Francesa, que habían albergado aspiraciones federalistas para Francia, dentro de la interpretación de la separación de poderes propuesta por Montesquieu, perdían sus cabezas bajo la guillotina, a manos de los jacobinos, durante el periodo llamado "del Terror" (1792–1794).

Esa tragedia consolidó y prorrogó la apertura a la tendencia centralizadora, en la cauda de un caudillo carismático para las masas, que ha caracterizado a Francia (del que Bonaparte fue el primero en hacer hábil uso y De Gaulle brillante colofón) 10 . Nuestra Iberoamérica habría de ser un adicional campo de ensayo para lo mismo, a todo lo largo del siglo XIX.

Aquel modelo republicano original descrito por Polibio se frustró entre nosotros, y no habría de tener un titubeante renacimiento sino hasta la aprobación plebiscitaria de la actual Constitución de la V República francesa, en 1958, y de ciertos tímidos ajustes dentro de la mentalidad del positivismo jurídico en nuestra América, en fechas más recientes.

Por "populismo", pues, entiendo el recurso emocional electorero utilizado por un líder o a favor de él, pero cargado de falacias lógicas, en absoluto no asimilable a una democracia republicana efectiva, que asegure el respeto a los derechos fundamentales de todos , pues tiende a la anulación de esa preciosa división de poderes independientes entre sí, como ha sucedido en Cuba y se intenta en Venezuela.

Es bien sabido que el desencadenamiento de las pasiones por el demagogo suele tener como consecuencias difíciles de evitar el estrechamiento del horizonte de las opciones que han de debatirse y la distracción hacia temas periféricos, escasamente relevantes para el bienestar de los pueblos a largo plazo.

A su sempiterno impulso, tales "populistas" (Alcibíades, Catilina, Robespiere, Lenin, Mussolini, Hitler, Perón o Lázaro Cárdenas, por mencionar algunos) han solido cortejar y conquistar mayoritariamente el consenso de las masas electorales (un medio legítimo), al tiempo que recortan los derechos fundamentales (un fin ilegítimo) de las minorías que disientan .

El "populista" quiere un campo liso y aplanado ante sí 11 . Le estorban, una vez llegado al poder, la prensa independiente, la Iglesia, los individuos pensantes, los sindicatos y las corporaciones poderosas que le puedan disputar esferas de decisión e influencia.

Como botón de muestra, en la "Constitución" vigente en Cuba se reconoce el derecho a la libertad de emisión del pensamiento, siempre y cuando su ejercicio se haga en pro de la construcción del socialismo. Es obvio que, para quien aspire a otro orden no-socialista, no existe constitucionalmente tal libertad de expresión. En este caso, como lo ilustró George Orwell, "aquí todos somos iguales, menos algunos que somos más iguales que los demás".

En esa dirección se encamina ahora el sistema que paso a paso erige Hugo Chávez en Venezuela, bajo el lema (que muy poco dice) de "socialismo del siglo XXI". En realidad, algo ya repetido, dejà vú , mucho tiempo atrás. Pero, lamentablemente, algunos otros lo emulan, como en este momento lo insinúan los repetidos ataques velados de las autoridades a voces disidentes en Guatemala 12 .

El populismo, así entendido, no es nada nuevo, ni se ha ceñido exclusivamente a colores ideológicos determinados, sean de izquierda, de centro o de derecha.

Es, simplemente, la eterna versión autoritaria en la conducción de los pueblos, que unas veces se vale de los cañones y otras de los sofismas, siempre, al parecer, tan del gusto de los condicionados por la abulia, que escapan así, bajo el anonimato colectivo de las masas embrujadas, a las respectivas responsabilidades entrañadas en sus libertades individuales.

Hitler, por ejemplo, ganó democráticamente las elecciones de fines de 1932, con el 47% de los votos válidos, lo que le aseguró una mayoría absoluta en el Parlamento (Reichtag). Ese mismo órgano democrático de poder hubo de conferirle legalmente " plenos poderes ", como no hace mucho lo hizo el congreso de Venezuela con Hugo Chávez, a través de las leyes adjetivadas "habilitantes". Con semejantes facultades omnímodas pudo Hitler organizar a sus anchas sus empresas guerreristas y posteriormente el genocidio de judíos, gitanos y homosexuales. Y Chávez, ¿qué nos tiene en reserva?

Que el ideal republicano a los ojos de muchos en la culta Europa no se hubiera identificado todavía universalmente, por aquel entonces, con la democracia constitucional, lo prueba el hecho de que cuatro años más tarde (1937), aprobados ya los decretos-leyes raciales de Nuremberg (1935), que despojaban, en nombre de la mayoría aria, a una minoría significativa de alemanes "no-arios" de sus derechos constitucionales más elementales, el propio Hans Kelsen, maestro de la filosofía jurídica positivista, que impera en casi todas las facultades de Derecho de nuestras universidades iberoamericanas, calificaba al III Reich de un "Estado de derecho" (!). A semejante aprobación se sumó por esas mismas fechas el gran gurú del laborismo británico, Harold Laski 13 .

En nuestra América, esto ha constituido una perenne tentación para los grandes demagogos; es decir, para los grandes simplificadores de los temas políticos más complejos, háyanse llamado Velasco Ibarra, Salvador Allende, Getulio Vargas, Fidel Castro o Daniel Ortega.

Sus secuelas invariables han sido el estancamiento, si no el retroceso, económico de sus pueblos, la polarización partidista extrema, muertes de inocentes, y la disminución en los gobernados de su capacidad de decidir por sí mismos.

Todo esto suele llegar acompañado de índices más silenciosos, pero igual de elocuentes: el de todos aquellos que votan con sus pies por el camino del exilio, o el de los altos presupuestos para seguridad represiva, con los que los "caudillos" blindan su poder, que insisten en llamar "popular".

Ha sido, pues, el populismo una experiencia dolorosa multisecular, en todos los continentes y bajo los pretextos más dispares, pero siempre arropado con el nombre de "democracia".

Al surgimiento de tales corrientes populistas ha contribuido, además, en ciertos casos, la pequeñez numérica de una clase media que se muestre alerta, próspera y educada, y la debilidad crónica de los sistemas de justicia.

Desde un punto de vista ético , el populismo se ha mostrado como el caldo de cultivo para los irresponsables, en lo que fácilmente caen los pueblos cuando predominan en él los hombres y mujeres cortoplacistas de cualquier estrato social, y para quienes el fin justifica los medios.

Por otra parte, el antídoto del populismo se ha visto en la concreción de lo que se interpreta hoy como un genuino "Estado de derecho": o sea, aquel en el que cada ciudadano haya interiorizado la convicción que tan bellamente formuló una vez Benito Juárez: Entre los individuos, como entre las naciones, el respeto al DERECHO AJENO es la paz.

Pero para llegar ahí, la formación democrática debe arrancar desde la cuna: cuando se inculca en las tiernas mentes en formación que el límite inviolable a la libertad de cada cual es su respeto a la libertad de los demás. Este es el sentido último de la responsabilidad , para cuyo ejercicio nada aporta tanto como la exigencia de que se responda estrictamente por las consecuencias de cada acto deliberado.

Sin ello, todas las declaraciones retóricas de libertad y democracia, en el mejor de los casos, más que papel mojado.

Y esta es mi acepción final del "populismo", respecto a una imposible coexistencia con la "democracia".

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Notas

  1. Las "catilinarias" (cuatro en total) fueron sus piezas retóricas ante el pleno del Senado contra ese violento demagogo, entre noviembre y diciembre del año 63 a. de C. Con ellas, el entonces Cónsul Cicerón logró desbaratar una peligrosa conjura, que habría puesto un fin más temprano y corrosivo a la división de poderes en la República.
  2. "Ya he mencionado las tres divisiones del gobierno en el control de los asuntos de Estado. En cuanto a sus funciones respectivas, todo era igual y adecuadamente establecido y administrado, en todos los aspectos, de tal forma que nadie, ni siquiera de los propios romanos, podría decir con certeza si su sistema de gobierno era aristocrático en su carácter general, o democrático, o monárquico. Y esta incertidumbre es más que razonable, ya que si se centrara en las competencias de los cónsules parecería ser totalmente monárquico y real en la naturaleza. Sin embargo, si tuviéramos que centrarnos en las competencias del Senado, parece ser un gobierno bajo el control de una aristocracia. Y, sin embargo, si uno fuera a mirar a las competencias de que disfruta el pueblo, parece claro que era de carácter democrático". (Polibio, La Constitución de la República Romana, 6,11.11 , traducción de John Porter).
  3. John Emerich Edward Dalkberg Acton, más conocido como Lord Acton, historiador católico inglés, Profesor Regio de Historia Moderna en Cambridge, especializado en la historia de la Iglesia. En 1887 escribió al obispo Mandell Creighton (también historiador, pero con énfasis en la de los papas) la epístola que sirvió de marco a su célebre dicho:
    No puedo aceptar su doctrina de que no debemos juzgar al Papa o al Rey como al resto de los hombres con la presunción favorable de que no hicieron ningún mal. Si hay alguna presunción es contra los ostentadores del poder, incrementándose a medida que lo hace el poder. La responsabilidad histórica tiene que completarse con la búsqueda de la responsabilidad legal. Todo poder tiende a corromper y el poder absoluto corrompe absolutamente . Los grandes hombres son casi siempre hombres malos, incluso cuando ejercen influencia y no autoridad: más aún cuando sancionan la tendencia o la certeza de la corrupción con la autoridad (subrayado mío).
    (La aventura de la Historia, año 6. n. o 70 (agosto 2004): p. 101. Arlanza Ediciones, S.A.)
  4. Cornelio Tácito fue quizás de los historiadores romanos quien con más deliberación puso distancia entre sí mismo y las masas. Joaquín Villalba Álvarez ( Estudio léxico del pueblo en Tácito: vulgus, plebs, populus ), incluye entre sus consideraciones el juicio con que lo calificó Bassols: Tácito odia y rehúye todo lo vulgar y plebeyo. Ningún escritor ha escrito con tanta elevación como Tácito. No desciende nunca hasta sus lectores y, por el contrario, exige que éstos se eleven a él. Evita siempre las frases hechas y triviales, las expresiones vulgares y corrientes… Como un Ortega y Gasset de aquellos tiempos. Es de recordar, sin embargo, que había sido esa plebs la que libró anónimamente las exitosas guerras de la República, la que la alimentó con el trigo de sus desvelos campesinos, la que enfrentó a los senadores con su derecho al "veto", la que les forzó ulteriormente a compartir con los tribunos , de condición exclusivamente plebeya, el poder mayúsculo de legislar.
  5. La llamada "revolución romana" abarcó un siglo de graves perturbaciones públicas desde el consulado del primero de los Graccos hasta la derrota definitiva de Marco Antonio por Octavio, en la batalla de Accio, el año 31 a. de C.

    Ese período, letal para la República, resulta todavía muy aleccionador para nosotros. Desde mi perspectiva personal, derivó de repetidos intentos de cónsules, senadores y tribunos del pueblo , que con el apoyo de movimientos partidistas se disputaban alternativamente la ampliación de sus poderes respectivos bajo las etiquetas de optimates y populares , para supuestamente redistribuir los éxitos ganados bajo el sistema republicano de la división de poderes durante los siglos IV y III a. de C. La política se militarizó por ello y, paulatinamente, para todos los efectos reales, Roma dejó de ser una República con la llegada al poder de Julio César (48 a. de C.). Su sobrino Octavio Augusto, que compartió de facto el poder por algo más de una década con un quasi populista y un oligarca, durante los años posteriores al asesinato de César, no hizo al cabo más que institucionalizar la concentración de hecho de todos los poderes del Estado en sus manos, las del primero de los sucesivos "imperatores".
  6. El poderoso no gusta de competidores. En los tiempos del absolutismo monárquico, el aristócrata era el enemigo que había que vencer (la Fronda, bajo Luis XIV, o los "comuneros", bajo Felipe II). Fuenteovejuna puede todavía servirnos de receta contra los impulsos autoritarios de los políticos, como la del Espartaco de la era clásica. Hoy, los días de las dictaduras totalitarias o quasi totalitarias, todo desafío que pueda venirles de cualquier otra fuente ajena –la prensa, por ejemplo–, en consecuencia ha de ser aplastado. De ahí su habitual antipatía a la propiedad privada de los demás, pero sobre todo hacia los propietarios privados de los medios de producción.
  7. Les six libres de la République (1566) fue su opus magnum . Su aporte más incisivo a la historia del pensamiento político fue el concepto de "soberanía", en su caso entendida como la independencia total del monarca de cualquiera otra cortapisa a su poder (la Iglesia, la costumbre inveterada, los parlamentos…) que no le viniera inmediatamente de Dios. Un anticipo a l´Etat c´est moi , de Luis XIV… Rousseau hubo de retener este peligroso concepto, pero desplazado a le peuple o la nation .
  8. Second Treatise on Government , 1690. A la manera romana, su separación y división de poderes ha de darse entre el Legislativo y el Ejecutivo. No incluye en ella a un poder judicial, cuya independencia y autonomía también da por supuestas según el common law , la versión británica del ius commune europeo. Habría de ser el Barón de Montesquieu, por la circunstancia muy particular de las judicaturas hereditarias en Francia, quien habría de postular expresamente la independencia racional estricta de un "poder judicial" respecto a los otros poderes supremos del Estado. La Revolución de 1789 intentó hacerlo realidad con el nuevo (y viejo) concepto de la positividad exclusiva del derecho, pero hoy vemos su fracaso.
  9. Las colonias inglesas del norte de América no fueron erigidas (salvo parcialmente la de Virginia) "en nombre del rey", como sucedió con las colonias ibéricas y francesas, sino por grupos religiosos o corporaciones económicas con expresos fines de lucro. Así el monarca no nombraba motu proprio a sus gobernadores, sino que se limitaba a refrendar a los seleccionados por las asambleas populares coloniales. Tampoco se decretaban ni recaudaban los impuestos por sus oficiales, sino por los de las autoridades coloniales electas. El "espíritu de frontera" reforzó el sentido de autonomía personal de los colonos, que para mediados del siglo XVIII gozaban de una libertad y un nivel de vida superiores a los de sus conciudadanos en la metrópoli. Por eso su guerra de independencia no fue "revolucionaria" radical, sino conservadora, a diferencia de lo que hubo de ocurrir en Francia y en las colonias de España y Portugal, donde los movimientos independentistas sí fueron revolucionariamente radicales, porque aquí entre nosotros (y los franceses) nunca habíamos conocido el autogobierno.
  10. El retorno de Charles De Gaulle al poder en plena guerra independentista de Argelia (y del fiasco francés en Indochina) fue un caso más en ese país de "bonapartismo" (1958), pero con matices más contemporáneos. La IV República, que siguió al paréntesis autoritario de Vichy en 1945, había sido un completo caos (como la Segunda República española, de 1931 a 1939, y la de Chile bajo Allende, de 1970 al 73). Ese síndrome del salvador montado a caballo lo reconocemos los iberoamericanos muy bien. Pero De Gaulle legó a los franceses contemporáneos un entramado constitucional eficaz (una concreción del moderno concepto del Estado de derecho): es decir, sin menoscabo alguno de las libertades y derechos del hombre y del ciudadano, como lo habían intentado sucesivamente sin éxito muchas otras iniciativas políticas. Paradójicamente, hubo de retirarse bajo la presión "populista" de los eventos estudiantiles de mayo de 1968.
  11. El mejor estudio que conozco sobre esa propensión monopolizadora del poder, es, en mi opinión, la obra de Bertrand de Jouvenel Du Pouvoir, l´histoire naturelle de sa croissance , escrita bajo la plena ocupación de París por los alemanes (al tiempo que Jean Paul Sartre escribía su El ser y la nada , y Henri de Lubac El drama del humanismo ateo . En particular, tengo por muy iluminadora su referencia a "la vocación de toda aristocracia (por tanto no sólo la de sangre) es a resistir" . Como Ortega, por tanto, el cree que hoi aristoi (los mejores) son quienes se erigen en contestatarios de cualquier abuso del poder público, aun el mayoritariamente respaldado por las masas seguidoras de un caudillo populista, sean los contestatarios pensadores libres, dirigentes sindicales, empresarios innovadores, sacerdotes intrépidos, héroes elegantes de la pluma, o simplemente cualquiera que trabaje con el azadón la tierra que le fue heredada.
  12. La tecnología digital , empero, ahora nos proporciona un recurso adicional para la salvaguardia de nuestras libertades de pensamiento y expresión, como la tecnología de los transistores le permitió a De Gaulle defender a su gobierno de los golpistas de 1961 y a Yeltsin al suyo, mediante el fax, de la intentona de unos cuantos mediocres burócratas del partido comunista, treinta años más tarde.
  13. Citado por F. A. von Hayek en su obra Los fundamentos de la libertad ( The Constitution of Liberty ), (Chicago: Chicago University Press, 1961), en una nota al pie de página del capítulo XVI "La decadencia de la ley".