En esta entrega el doctor Armando de la Torre presenta los antecedentes de la desorganización social, primero en el mundo grecorromano y luego en la edad media, frenados oportunamente por la idea de la republica romana en la antigüedad y la tradición inglesa moderna. De ahí nos ofrece una versión más general o universal del populismo, justificada precisamente por la base histórica sobre la cual elaboró anteriormente..
Para empezar, permítaseme hacer una exposición muy breve del contraste que de entrada discierno entre " democracia " y " populismo ".
Una primera diferencia consiste en que se ha probado que la democracia, en cuanto sistema para determinar quiénes han de gobernar, funciona sólo si, independientemente de los gobernantes, los hombres y mujeres son ya capaces de gobernarse a sí mismos . En cambio, lo que se suele identificar como "populismo" surge entre las masas de electores que, en lo individual, no han sabido, o no han podido, fijarse para su propio desarrollo metas factibles y escoger los medios más idóneos para llegar a ellas; en una palabra, electores que escasa o ninguna experiencia han tenido de autogobierno, como sucedía, por ejemplo, en Roma con los libertos o con los campesinos sin tierras, que emigraban a la ciudad a la espera de panem et circensem .
Cuatro siglos A. D., la democracia ateniense hubo de enfrentarse ya a este fenómeno que hoy llamamos " populismo ".
Alcibíades sirvió de arquetipo. Genial, carismático, elocuente y hasta galán, pero inescrupuloso y narcisista, traicionó repetidas veces a quienes le habían sido leales. Supo, sin embargo, otras tantas ganarse el perdón de los ofendidos, que no podían sustraerse a su encanto personal. Hasta Platón se inspiró en su ejemplo para diseñar su famoso perfil despectivo del "hombre democrático".
En Roma, Cicerón hubo de hacer frente a ese mismo fenómeno populista, esta vez en la persona de un "golpista" en ciernes, Catilina, a mediados del siglo I A. D 1 .
Tal como se entiende hoy corrientemente en Iberoamérica –o al menos así ha sido durante los últimos años–, en cuanto halago deliberado de las masas y compraventa de sus votos con la moneda de promesas cuestionables, al "populismo" lo considero, pensando en el largo plazo, siempre incompatible con la plena vigencia de una democracia republicana constitucional .
Para emitir este juicio tan negativo, parto, en primer lugar, de la visión normativa griega de la política como la "ciencia regia"; o sea, como la culminación de la vida ética de la comunidad política en su conjunto, radicalmente opuesta a esa otra maquiavélica, a la que estamos más acostumbrados, de la justificación moral del poder por el poder mismo.
O sea: entiendo la política como actividad eminentemente racional y ética , a partir de principios éticos igualmente racionales.
Concibo como democracia todo gobierno que cuenta con el consentimiento mayoritario de los gobernados, expresado en elecciones generales periódicas mediante el voto igual y secreto de cada uno de los llamados a elegir (supuesta la alternabilidad en el poder público).
Más allá del voto mayoritario para decidir quién gobierna en un sistema democrático representativo , entraño en mi concepto de democracia el de " republicanismo "; es decir, el de la división y separación de los poderes que gozan del monopolio legal de la coacción, y con delimitación expresa de sus facultades respectivas por una Constitución escrita o consuetudinaria, de tal manera que se reduzcan al mínimo las posibilidades de abuso del poder por cualquiera, al transgredir los límites que les están fijados.
De esta manera se ha llegado a la conformación de gobiernos "constituidos por leyes e instituciones", no por las voluntades arbitrarias de individuos legalmente poderosos.
Quien primero señaló la importancia de una genuina separación de poderes en el ejercicio republicano fue el historiador griego Polibio 2 , que creyó descubrir en ella una auténtica concordia ordinum , raíz, según él, de la estabilidad triunfante de la Roma de su época.
En aquella concepción de Polibio, tal "concordia" equivalía a la presencia simultánea en el poder estatal del elemento monárquico (los cónsules), del aristocrático (los senadores) y del democrático (los tribunos).
Se anticipó así en muchos siglos a la sabia advertencia, resultado del estudio de la historia, hecha por Lord Acton: " El poder corrompe, y el poder absoluto corrompe absolutamente " 3 .
El objetivo inmediato de esta interpretación republicana de la democracia se ha resumido crecientemente, desde la segunda guerra mundial, en la protección y salvaguardia de los derechos humanos (o "civiles" según la tradición anglosajona): cronológicamente, primero los de los ciudadanos, hoy los de todos, ciudadanos o no, referidos muy especialmente a quienes integran minorías raciales, religiosas o políticamente heterodoxas.
Polibio, hijo de su tiempo al fin, compartía la tesis, generalmente aceptada entre los griegos, de que en el recurrente abuso del poder el mismo empieza por degenerar al concentrarse en un único hombre (el monarca que se convierte en tirano), se repite por el conjunto de unos pocos (los aristócratas que se corrompen en oligarcas), y culmina hasta en una mayoría de los ciudadanos: los demos de la terminología griega, la plebs en el caso concreto de Roma 4 . Llegado a este punto caótico, la misma reclama un salvador (a caballo o en tanqueta) y el ciclo se reinicia de nuevo ineluctablemente.
De ahí la originalidad para Polibio de que los diferentes centros independientes del poder se complementaran y fiscalizaran recíprocamente al mismo tiempo ; esto constituía, según él, la clave de un republicanismo logrado.
Los jueces y pretores, así como sus respectivos jurisconsultos, no sobresalían en este horizonte republicano con un adicional poder independiente, simplemente porque la misma tradición republicana lo daba por supuesto .
Todos sabemos que esa admirable república de los romanos empezó a ser erosionada, con la reforma agraria de los hermanos Gracco, el año 133 A. D., y que a ella siguieron otras más violentas, que acabaron dando al traste, tras un siglo de guerras civiles, hasta con la misma república 5 .
Al final, esos poderes independientes, antes disperos, quedaron concentrados en unas mismas manos: las de la persona del emperador Augusto (el año 31 A. D.). La ulterior eliminación definitiva del Senado romano del proceso de sucesión imperial, a la muerte de Tiberio (en el 37 A. D.), selló para siempre la decadencia y muerte de la república.
Cuando poco más de tres siglos después fue asesinado el último emperador, a manos de los bárbaros (476 A.D.) –parafraseo a Sir John Hicks–, "lo que murió fue un fantasma".
Durante los mil años siguientes a las invasiones de los bárbaros germánicos, de entre los jirones de lo que pudiéramos llamar "residuos" medievales de un pasado democrático romano (que constituyeron los cimientos de la Europa que hoy conocemos), sólo podrían ser rescatados, como muy modestamente equiparables, la institución del jurado en la impartición de la justicia, los respectivos derechos imprescriptibles sobre la tierra de señores y siervos, de acuerdo con el derecho consuetudinario (parte esencial del ius commune europeo), y el reemplazo de la "virtud" patriótica, también en nuestra tradición hispánica, por la defensa de los "fueros" o "libertades" de las comunidades ante las autoridades feudales 6 .
Con el redescubrimiento del derecho positivo romano en Bolonia, a principios del siglo XII, y su paulatina recepción por casi todo el continente hasta el XVI, aquellos últimos vestigios democráticos apenas fueron retenidos en ciertos "Parlamentos" (Inglaterra, Islandia, Hungría, Polonia…), de índole inevitablemente más aristocrática que popular. Tal es el caso de la célebre charta magna , que fue obligado a firmar el rey Juan sin Tierra (1215).
La tendencia positivista en el derecho (iniciada con las "glosas" al Código de Justiniano) hubo de desembocar en el absolutismo regio, que se enseñorearía de la Europa continental por doscientos años. Lo estrenaron Felipe II en España y Luis XIII en Francia, y a ellos proveyó notoriamente de sustento filosófico Jean Bodin, en el siglo XVI 7 .
El fiel de la balanza empezó a inclinarse de nuevo hacia la versión republicana moderna, en la Inglaterra del siglo XVII, con las guerras por la supremacía política entre el rey y el Parlamento. La victoria contundente de este último, con la "Revolución Gloriosa" de 1688 sobre Jacobo II, y su posterior fundamentación filosófica por John Locke, dos años más tarde, abrió el camino hacia la reinstauración contemporánea del ideal republicano de la "división de poderes" 8 .
Sobre tales precedentes, los constituyentes de los Estados Unidos, reunidos en Filadelfia en 1787, quisieron también establecer ese sistema republicano para sí mismos, como eventual freno a toda opresión, incluida esa modalidad de la misma que ellos llamaban mob rule , y que podríamos traducir como "gobierno desde las calles" (otra manera, sea dicho de paso, de referirse al "populismo") o de "oposición extraparlamentaria". Además de Polibio, les sirvió de antecedente el parlamentarismo inglés, y por último su propia experiencia en América, con el autogobierno de casi siglo y medio 9 .
Más o menos por esos mismos días, los girondinos de la Revolución Francesa, que habían albergado aspiraciones federalistas para Francia, dentro de la interpretación de la separación de poderes propuesta por Montesquieu, perdían sus cabezas bajo la guillotina, a manos de los jacobinos, durante el periodo llamado "del Terror" (1792–1794).
Esa tragedia consolidó y prorrogó la apertura a la tendencia centralizadora, en la cauda de un caudillo carismático para las masas, que ha caracterizado a Francia (del que Bonaparte fue el primero en hacer hábil uso y De Gaulle brillante colofón) 10 . Nuestra Iberoamérica habría de ser un adicional campo de ensayo para lo mismo, a todo lo largo del siglo XIX.
Aquel modelo republicano original descrito por Polibio se frustró entre nosotros, y no habría de tener un titubeante renacimiento sino hasta la aprobación plebiscitaria de la actual Constitución de la V República francesa, en 1958, y de ciertos tímidos ajustes dentro de la mentalidad del positivismo jurídico en nuestra América, en fechas más recientes.
Por "populismo", pues, entiendo el recurso emocional electorero utilizado por un líder o a favor de él, pero cargado de falacias lógicas, en absoluto no asimilable a una democracia republicana efectiva, que asegure el respeto a los derechos fundamentales de todos , pues tiende a la anulación de esa preciosa división de poderes independientes entre sí, como ha sucedido en Cuba y se intenta en Venezuela.
Es bien sabido que el desencadenamiento de las pasiones por el demagogo suele tener como consecuencias difíciles de evitar el estrechamiento del horizonte de las opciones que han de debatirse y la distracción hacia temas periféricos, escasamente relevantes para el bienestar de los pueblos a largo plazo.
A su sempiterno impulso, tales "populistas" (Alcibíades, Catilina, Robespiere, Lenin, Mussolini, Hitler, Perón o Lázaro Cárdenas, por mencionar algunos) han solido cortejar y conquistar mayoritariamente el consenso de las masas electorales (un medio legítimo), al tiempo que recortan los derechos fundamentales (un fin ilegítimo) de las minorías que disientan .
El "populista" quiere un campo liso y aplanado ante sí 11 . Le estorban, una vez llegado al poder, la prensa independiente, la Iglesia, los individuos pensantes, los sindicatos y las corporaciones poderosas que le puedan disputar esferas de decisión e influencia.
Como botón de muestra, en la "Constitución" vigente en Cuba se reconoce el derecho a la libertad de emisión del pensamiento, siempre y cuando su ejercicio se haga en pro de la construcción del socialismo. Es obvio que, para quien aspire a otro orden no-socialista, no existe constitucionalmente tal libertad de expresión. En este caso, como lo ilustró George Orwell, "aquí todos somos iguales, menos algunos que somos más iguales que los demás".
En esa dirección se encamina ahora el sistema que paso a paso erige Hugo Chávez en Venezuela, bajo el lema (que muy poco dice) de "socialismo del siglo XXI". En realidad, algo ya repetido, dejà vú , mucho tiempo atrás. Pero, lamentablemente, algunos otros lo emulan, como en este momento lo insinúan los repetidos ataques velados de las autoridades a voces disidentes en Guatemala 12 .
El populismo, así entendido, no es nada nuevo, ni se ha ceñido exclusivamente a colores ideológicos determinados, sean de izquierda, de centro o de derecha.
Es, simplemente, la eterna versión autoritaria en la conducción de los pueblos, que unas veces se vale de los cañones y otras de los sofismas, siempre, al parecer, tan del gusto de los condicionados por la abulia, que escapan así, bajo el anonimato colectivo de las masas embrujadas, a las respectivas responsabilidades entrañadas en sus libertades individuales.
Hitler, por ejemplo, ganó democráticamente las elecciones de fines de 1932, con el 47% de los votos válidos, lo que le aseguró una mayoría absoluta en el Parlamento (Reichtag). Ese mismo órgano democrático de poder hubo de conferirle legalmente " plenos poderes ", como no hace mucho lo hizo el congreso de Venezuela con Hugo Chávez, a través de las leyes adjetivadas "habilitantes". Con semejantes facultades omnímodas pudo Hitler organizar a sus anchas sus empresas guerreristas y posteriormente el genocidio de judíos, gitanos y homosexuales. Y Chávez, ¿qué nos tiene en reserva?
Que el ideal republicano a los ojos de muchos en la culta Europa no se hubiera identificado todavía universalmente, por aquel entonces, con la democracia constitucional, lo prueba el hecho de que cuatro años más tarde (1937), aprobados ya los decretos-leyes raciales de Nuremberg (1935), que despojaban, en nombre de la mayoría aria, a una minoría significativa de alemanes "no-arios" de sus derechos constitucionales más elementales, el propio Hans Kelsen, maestro de la filosofía jurídica positivista, que impera en casi todas las facultades de Derecho de nuestras universidades iberoamericanas, calificaba al III Reich de un "Estado de derecho" (!). A semejante aprobación se sumó por esas mismas fechas el gran gurú del laborismo británico, Harold Laski 13 .
En nuestra América, esto ha constituido una perenne tentación para los grandes demagogos; es decir, para los grandes simplificadores de los temas políticos más complejos, háyanse llamado Velasco Ibarra, Salvador Allende, Getulio Vargas, Fidel Castro o Daniel Ortega.
Sus secuelas invariables han sido el estancamiento, si no el retroceso, económico de sus pueblos, la polarización partidista extrema, muertes de inocentes, y la disminución en los gobernados de su capacidad de decidir por sí mismos.
Todo esto suele llegar acompañado de índices más silenciosos, pero igual de elocuentes: el de todos aquellos que votan con sus pies por el camino del exilio, o el de los altos presupuestos para seguridad represiva, con los que los "caudillos" blindan su poder, que insisten en llamar "popular".
Ha sido, pues, el populismo una experiencia dolorosa multisecular, en todos los continentes y bajo los pretextos más dispares, pero siempre arropado con el nombre de "democracia".
Al surgimiento de tales corrientes populistas ha contribuido, además, en ciertos casos, la pequeñez numérica de una clase media que se muestre alerta, próspera y educada, y la debilidad crónica de los sistemas de justicia.
Desde un punto de vista ético , el populismo se ha mostrado como el caldo de cultivo para los irresponsables, en lo que fácilmente caen los pueblos cuando predominan en él los hombres y mujeres cortoplacistas de cualquier estrato social, y para quienes el fin justifica los medios.
Por otra parte, el antídoto del populismo se ha visto en la concreción de lo que se interpreta hoy como un genuino "Estado de derecho": o sea, aquel en el que cada ciudadano haya interiorizado la convicción que tan bellamente formuló una vez Benito Juárez: Entre los individuos, como entre las naciones, el respeto al DERECHO AJENO es la paz.
Pero para llegar ahí, la formación democrática debe arrancar desde la cuna: cuando se inculca en las tiernas mentes en formación que el límite inviolable a la libertad de cada cual es su respeto a la libertad de los demás. Este es el sentido último de la responsabilidad , para cuyo ejercicio nada aporta tanto como la exigencia de que se responda estrictamente por las consecuencias de cada acto deliberado.
Sin ello, todas las declaraciones retóricas de libertad y democracia, en el mejor de los casos, más que papel mojado.
Y esta es mi acepción final del "populismo", respecto a una imposible coexistencia con la "democracia".
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Notas